Me he preguntado muchas veces por qué no me gustan los superhéroes. Y no con la suficiencia de quien se alegra por no cultivar entretenimientos plebeyos, sino más bien con la consternación de quien no puede disfrutar de los alborozos propios de su tiempo. Pero lo cierto es que los superhéroes no me gustaron de niño, aunque fui un lector bulímico de tebeos de toda índole; y ahora que invaden las salas de cine he llegado a cogerles auténtica tirria.Tratando de explicarme esta aversión, he recordado al niño que fui, siempre deseoso de zambullirme en la lectura de historias que pusieran a prueba mi imaginación. Fui, en verdad, un niño bastante fabulador, devoto de la literatura fantástica y, en general, de toda expresión artística que probara a adentrarse en el reino de la maravilla. Sin embargo, con los superhéroes nunca pude transigir, aunque lo intenté repetidamente y siempre con la mejor de las voluntades. Es verdad que los tebeos de superhéroes estaban plagados de elementos muy poco realistas. aquellos tipos tenían mercurio en lugar de sangre, tenían vista de águila, podían volar y respirar debajo del agua sin despeinarse, y eran capaces de anticipar el futuro o de reventar una caja de caudales con tan sólo fijar en ella su mirada penetrante. Todo un repertorio de maravillas capaz de competir con las que encontramos en cualquier cuento de hadas o relato de terror gótico. Sin embargo, los cuentos de hadas y los relatos de terror gótico me mantenían en vilo; y los tebeos de superhéroes sólo lograban amuermarme. ¿Por qué?   Los tebeos de superhéroes admitían, en efecto, un enorme despliegue de maravillas y portentos, con la única condición de que tales maravillas tuviesen un cierto tufillo científico. Por supuesto, se trataba de una burda componenda que no aguantaba el más mínimo análisis de verosimilitud; pero lo importante era su obsesión cientifista. Cuando el superhéroe tenía que explicar sus superpoderes, hablaba siempre de una explosión de protones, de una síntesis de laboratorio, de una mutación genética o de un programa informático que se había introducido en sus conexiones neuronales. Cuando trataba de evitar que un tren descarrilase, el superhéroe tendía su propio cuerpo entre los rieles levantados, tras calcular la resistencia de los metales; cuando había que evitar que un meteorito arrasase una ciudad, el superhéroe hacía cálculos astronómicos que desviaban su trayectoria; cuando el superhéroe se proponía devolver la vida a un difunto, viajaba al pasado volando a una velocidad superior a la luz y en contra del sentido de la rotación terrestre; cuando el superhéroe se enfrentaba a un archivillano con cola de saurio y más cabezas que la hidra de Lerna, se nos insinuaba que era el producto de una herencia evolutiva privilegiada.En todas aquellas maravillas seudocientíficas no hallaba nunca el aliento de la poesía. No había en los tebeos de superhéroes hadas ni trasgos, no había sortilegios ni encantamientos, no había príncipes convertidos en ranas, ni botas de siete leguas, ni espejos constituidos en jueces de belleza. No había, en definitiva, milagros perfumados por una brisa poética y sobrenatural; todo en ellos tenía un aire de álgebra y turbina, de chip chispeante, onda ultrasónica y mutación genética, de danza de protones y atmósfera de helio. El alma que palpitaba en los cuentos como un carbunclo encendido había sido sustituida en los tebeos de superhéroes por una prótesis o un algoritmo, pura apoteosis de la materia, en alianza con los últimos avances científicos y técnicos.Ahora ya sé que los tebeos de superhéroes nunca me gustaron porque no hallé en ellos el temblor del espíritu. Bajo su apariencia maravillosa, contaban historias materialistas para un mundo que se estaba quedando sin poesía. Luego, con los años, descubriría que, paradójicamente, el estudio de la materia nos ha llevado mediante la disección del átomo, la mecánica cuántica, etcétera a descubrir que la materia, en su más recóndita intimidad, no es más que energía que se volatiliza, resolviéndose en puro espíritu. Y es que, por mucho que nos aferremos al materialismo, siempre acabamos haciéndonos las eternas preguntas que la ciega y opaca materia no puede responder.Los superhéroes nunca lograrán acabar con las hadas. Cuando el último superhéroe haya muerto, convertido en chatarra informática o infectado por un virus mutante, de sus añicos brotará una lucecilla pálida y diminuta, como de luciérnaga o cerilla exangüe. Será la luz de nuestra hada madrina, que viene a nuestro rescate, con su varita mágica; o tal vez de nuestro ángel de la guarda, dispuesto a hacer algún milagro.

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