Esta historia empieza en Disneylandia, pero no es un cuento de hadas. Claro que, para que se produjera, tuvieron que conjurarse antes ciertos actores y factores muy típicos en este mundo tontorrón que es el de las modas. Júntese una actriz famosa, un miembro de la dinastía americana más célebre, la obsesión por la vida hipernatural y el revisionismo iletrado de algunos que creen saber más que los científicos, agítese bien, y ya tenemos la tormenta perfecta. O, lo que es lo mismo en este caso, la perfecta epidemia. El sarampión desapareció de los Estados Unidos, como del resto de los países avanzados, a finales del siglo XX. Sin embargo, hace un par de meses Disneylandia se convirtió sin querer en un infierno vírico, en la zona cero del contagio de tal enfermedad. De pronto, familias de Washington, Kansas, Utah o Arizona descubrieron que sus niños volvían a casa con sarampión, mal que por supuesto contagiaron a su vez a otros muchos en sus ciudades y pueblos. En realidad, algo así se esperaba y temía desde hace tiempo. De unos años a esta parte, padres de los países más civilizados del mundo parecen haberse unido a lo que ya se llama la Histeria Antivacuna. Se comenzó por prescindir de la vacuna de la viruela, con el argumento de que dicho mal estaba ya erradicado y que, por tanto, los posibles efectos colaterales de la inoculación eran mayores que la posibilidad de contraer la enfermedad. De ahí, los anti-vaxxers que así se llaman los padres contrarios a las vacunas han extendido su doctrina a la triple vírica vacuna destinada a prevenir el sarampión, la rubeola y las paperas. Y ya saben ustedes con qué rapidez vírica, y nunca mejor dicho se trasmiten ciertas tonterías. En el caso del sarampión, bastó unir la corriente anti-vax al predicamento de una persona popular y respetada como Robert Kennedy júnior y a este el poco afortunado comentario en televisión de Mayim Bialik, actriz de The Big Bang theory, afirmando que las vacunas causan autismo en los niños, para que floreciera la histeria. Me pregunto qué estará pasando para que, en lo que a salud se refiere, se produzcan este y otros tipos de involución. Al ya alarmante número de mujeres que eligen dar a luz en casa porque el parto es lo más natural de mundo y debe producirse en el hogar, se suma ahora la moda también supernatural de no vacunar a los niños. ¿En qué momento empezó a confundirse lo natural con lo saludable? ¿Quién demonios logra convencer a personas, no analfabetas precisamente, sino universitarias y perfectamente razonables, de que deben prescindir de diversos avances médicos y científicos? ¿Quién ha conseguido vender la moto de que no hace falta parir en un hospital? A lo mejor es que esa gente tan culta e ilustrada ignora que, hasta que se comenzó a dar a luz en hospitales, la mayor causa de mortandad en mujeres de menos de cuarenta años era el parto y sus complicaciones. En cuanto a las vacunas, la histeria anti-vax llega a límites grotescos. A pesar de que los estudios médicos dicen que de un colectivo vacunado de 300.000 personas, por ejemplo, solo un niño desarrollará efectos colaterales negativos en los próximos 250 años, nada impide que cada vez sean más los padres que optan por no inocular a sus hijos. Claro que, si contraer sarampión puede ser grave (las complicaciones posibles van desde infecciones de oído y pecho al riesgo de sufrir encefalitis), peor es lo que está ocurriendo en el caso de la viruela. De una enfermedad que casi había desaparecido por completo nos encontramos ahora con que empieza a haber casos, con el riesgo que entraña para toda la población que no está vacunada. La información que recibimos a diario, y por la que nos guiamos, está demasiado condicionada por quién la emite. Conviene recordar que lo que opine un Kennedy o una estrella de la tele sobre una enfermedad no tiene más valor científico que lo que cuenta su vecina. Tampoco Internet es el oráculo de Delfos cuando se trata de dar información médica. Todos lo sabemos y todos caemos en ello. ¿Por qué? Cada vez más cultos y cada vez más papanatas.

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