Casi medio millón de niños españoles asegura sufrir agresiones por parte de sus compañeros en el colegio. Son los estudiantes de ESO, con 13 y 14 años, los que más padecen y ejercen el acoso escolar. El fenómeno, bautizado como ‘bullying’ por un psicólogo sueco, no para de crecer en Europa. Por Isabel Navarro 

Hemos hablado con los familiares y con las víctimas. Y hemos dado la palabra a los agresores para ver qué hay detrás de esta violencia, que va mucho más allá de lo que siempre conocimos como crueldad infantil.

TFGP. TFGP.

A ese chaval, Raúl, siempre le estaba pegando, pero no sé por qué lo hacía. No es que fuera mala persona, pero tú lo ves y te da una rabia interior que te dan ganas de pegarle… Era el típico chaval al que coges manía. Normalito, “pringao”, no jugaba al fútbol, con el pelo largo… Cuando me ponía nervioso, le pegaba. Ahora, cuando me lo encuentro, se me acerca y me saluda. “Hola, tío.” Se le nota que quiere caerme bien, el muy idiota. Es caso aparte, aunque ahora me da un poco de pena. Yo no le pegaba palizas ni le robaba el bocata, pero como me ponía nervioso y en clase se sentaba cerca de mí, cada vez que me hablaba le daba una colleja o le pegaba con el estuche», afirma Alberto. «Lo tenía martirizado, y muchas veces lloraba, pero es normal, a mí también me lo han hecho, siempre tienes a alguien por encima para que te pegue un cate.»

 «Yo sólo pego a quien se lo merece. En el colegio no me denunciaban porque en el fondo las peleas son cosas de críos. ¿Mi madre? No sabe nada»

Alberto y yo estamos sentados frente a frente en una cafetería de su barrio, junto al Estadio Santiago Bernabéu. Es muy educado, ha pedido una coca-cola («es que no me gusta beber entre semana») y está pendiente del móvil porque su novia tiene que llamarlo. Está enamorado, tiene 16 años y no se siente un acosador. «Esa palabra es muy fuerte, yo no le pego a nadie que no se lo merezca. Yo, de primeras, me llevo bien con todo el mundo. O me llevo muy bien con la gente o me llevo a matar. Una vez, me llevé un martillo a clase, una niña se chivó y mis compañeros escondieron la mochila para que no me pillaran.» Alberto lleva el pelo cortado al uno, pantalones vaqueros ajustados y un plumas gris oscuro que le dobla en tamaño. Quítale la cadena del cuello, quítale los pendientes, vístelo de niño y parecerá un niño. Pero él no lo sabe, su identidad es la suma de su ropa y de su gesto amenazador, «con los pringaos, con los pijos, con los moros y los sudacas, que me parecen sucios y tratan a la mujer como un objeto». También es un encanto. «Mi madre no sabe nada. En el colegio de curas tenía problemas, pero no me denunciaban porque en el fondo las peleas son cosa de críos. Estuve yendo al psicólogo un año y algo, a los 14. Yo me he pegado con gente, he liado un montón de broncas, pero mi madre nunca se ha enterado porque no quiero que sufra. A mí me dejan salir por la noche porque saben que soy fuerte y puedo cuidarme. Me llevaron al psicólogo, pero era más por los estudios que por las peleas.

Boys fighting with other kids cheering and filming

Dicen que tengo el síndrome de déficit de atención, y el psicólogo me enseñaba a respirar para cuando me da ansiedad o se me va la olla. No sirvió de nada. Mi madre pensaba que era lo único que podía hacer. Pobrecita, no iba a quitarle la ilusión de hacer algo. No sabía qué hacer conmigo, pero ahora se ha dado cuenta de que el único que puede cambiar soy yo mismo, y estoy cambiando, pero porque quiero, no porque me lo digan.» La madre de Alberto trabaja 12 horas al día. Es directiva en una empresa, tiene 40 años y está divorciada. El hijo entra y sale de casa cuando quiere. Los fines de semana suele decir que va a dormir a casa de un amigo y siempre le dejan: «Los padres no son tontos, pero les gusta hacerse los tontos. Así no discutimos». Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia, cree que «la clave del acoso entre escolares, tal y como se da hoy, es que el proceso de socialización del adolescente ha cambiado: cada vez tienen menos peso la familia y la escuela, y más los medios de comunicación y los colegas».

 «Yo no tengo miedo a nada. Si uno me pega, yo le doy más fuerte. Pero muchas veces me pegan primero y no me creen»

Son las siete de la tarde y Rosario está luchando para que su nieto se coma el bocadillo de jamón sentado en una silla. Joaquín tiene ocho años, vive en Elche, estudia segundo de primaria y quiere ver la tele. La madre trabaja en una tienda de ropa y no recogerá al niño hasta las diez de la noche. Joaquín se revuelve en el sofá, da volteretas y pega cabezazos contra un cojín. Coge el mando y su abuela se lo quita. Entre grito y grito le da un mordisco al bocadillo, que va mermando, muy lentamente. En el colegio, Joaquín tiene la etiqueta de niño malo. «Dicen que soy malo porque pego, pero otros también pegan y no les dicen nada.» A principios de curso, un padre llegó histérico al colegio porque Joaquín y otros amigos habían obligado a su hija a desnudarse durante el recreo. «Las niñas son tontas.» «No digas eso, Joaquín. Marta es tu amiga y es una chica», le dice su abuela. «Tengo una profesora buena y una mala. La profesora mala es la del comedor, que no nos deja hacer nada y dice que somos malos. Un día le puse hielos en el suelo para que se cayera. Otro día le pegué. Yo no tengo miedo a nada. Si uno me pega, yo le respondo más fuerte. La maestra siempre se piensa que soy yo, pero no es verdad, muchas veces me pegan primero, pero nadie me cree. Si uno me dice algo, le saco los ojos por el culo. A mí me da igual pegarme con grandes y pequeños.» «Sí, pero luego te dan por todas partes, así que no te hagas el fantasma», le responde su abuela.

Según los expertos, uno de los rasgos que distingue a estos agresores es la falta de protagonismo positivo en la escuela. La abuela se lamenta: «Cometimos un error. En casa hablamos castellano, pero lo metimos en un colegio con línea en valenciano y se convirtió en el tonto de la clase. Ahora ya va mejor en el colegio, pero al principio estaba completamente perdido». Cuando le pregunto a Quim qué quiere ser de mayor, me responde que albañil, como su padre. ¿Y por qué no maestro? Seguro que hay cosas de las que sabes mucho, le digo. «Sí, sé mucho de dragones y de monstruos. El monstruo de las sombras, el monstruo del armario, el monstruo de la noche, el monstruo del mar, el monstruo de los dientes…» ¿Y de qué conoces todos esos monstruos? ¿De la televisión? «No, me los invento yo.»

«En realidad, Quim es un niño muy solidario explica su abuela. Muchas veces se pega porque otros le piden ayuda y no mide bien sus fuerzas. Un día, me dijo que cuando da una patada en el suelo, sus compañeros de colegio se asustan, y que eso le gusta. Nosotros tratamos de transmitirle otros valores, pero sus padres están separados y en su otra casa no hay límites. O le dejan hacer al niño lo que quiera o le pegan un azote.» Para muchos niños con dificultad para establecer vínculos positivos entre sus iguales, es mejor ser temido que marginado. En algunos casos, como el de Alberto, el viraje de víctima a acosador se resuelve sacando los puños: «Empezaron a fastidiarme cuando tenía diez años, con 12 empecé a pegar y a los 13, cuando iba por el patio, la gente se apartaba. Me sentía bien, porque antes era de los pringaos y después empecé a ser de los fuertes. Vale, soy el malo, pero no soy gilipollas».

El alumno que sufre el vacío de los otros cree que si no lo quieren, es por su culpa. Piensa que los agresores tienen más poder que sus propios padres

Para un adulto, es casi imposible ponerse en el lugar del niño. A un “mayor” sólo le preocupan “problemas de verdad, importantes”, como la hipoteca del piso o el despido del trabajo, pero ir de excursión y no tener a nadie con quien sentarse en el autobús parece una anécdota que se olvidará muy pronto. Algo que pasará. Sin embargo, el niño que sufre el vacío de los compañeros no es capaz de relativizar su problema. No puede saber que el niño empollón tendrá muchas ventajas de adulto. Si no lo quieren, es porque algo está haciendo mal, piensa. Se siente culpable por el maltrato que está sufriendo en el colegio y llega a creer que los bullies, o sea los malotes, tienen más poder que sus propios padres y que el resto de los adultos.

- FOTOLIA - jóvenes - tristeza - depresión - acoso escolar

Mario (nombre ficticio) ya ha dejado de llorar y de sentirse culpable. Vive justo enfrente del Colegio Suizo, en Madrid, y casi todos los días se cruza con los que fueron sus agresores. En septiembre empezó una nueva vida y un nuevo curso en un centro diferente, con otros compañeros. Hace unos meses, los telespectadores pudieron presenciar cómo era golpeado gracias a un vídeo casero que emitieron todos los informativos. En la grabación se veía a dos alumnos de diez años asestándole 21 golpes con un estuche, mientras una niña gritaba: «¡Atácalo!». Lo llamaban Cara de Tomate, y alguien decidió sacar la cámara mientras otro lo ridiculizaba con movimientos femeninos. Cuando llegó la profesora de matemáticas, tarde, Mario le contó lo que había ocurrido y su respuesta fue: «No te preocupes, sólo faltan dos días para las vacaciones, vamos a llevarnos bien». Según Ruth, la madre del chico: «Lo peor es la cara de pánico que tiene mi hijo mientras le pegan. La gente no lo ha visto, pero tiene los ojos llenos de terror. No por los golpes, que no eran tan fuertes, sino por la situación de acoso. Más tarde, esas imágenes corrieron por el recreo y todos los niños se rieron de él. Para mi hijo, eso fue lo peor».

Mario se ha leído todos los libros de Harry Potter y saca sobresaliente en matemáticas. Le gusta hacer sudokus y tiene un vocabulario por encima de lo normal, casi repelente. Es el típico niño que les encanta a los adultos y despierta la incomprensión de sus iguales. Además, es guapo y muy grande. Con 11 años mide 1,60 y calza un 42 de pie, pero el tamaño no le sirvió de nada para defenderse del bullying. Un día no le dejaban jugar; otro, le escondían la mochila; otro, le quitaban el cuaderno o el bocadillo… Unas veces, llegaba molesto a casa; otras, llorando. Según la madre, «al final era la mofa de todos. Cuando llegaba a clase, nadie lo saludaba, estaba solo durante los recreos y dejaron de invitarlo a los cumpleaños».

El colegio nos puso una denuncia porque le exigimos la cámara al que grabó la agresión a nuestro hijo. Es el mundo al revés

El 26 de junio, tras la paliza y la vergüenza, Mario llamó a sus padres y les contó lo que había ocurrido. Después de hablar con dirección y no recibir ningún mensaje tranquilizador, el padre, Fernando, decidió acercarse al colegio. Muy enfadado, se dirigió al niño de la cámara y el chico, asustado, se la entregó. «Hicimos las copias del vídeo, denunciamos la agresión y la cámara la dejamos en comisaría como prueba de lo ocurrido explica Fernando. Lo increíble es que entonces el colegio nos puso una denuncia por incursión violenta y robo de cámara. En lugar de ir contra los niños agresores, van contra nosotros. Es el mundo al revés.»

Teenager student with fear at his school (selective focus)

Aunque la sensibilidad hacia el acoso está cambiando, y ya se empieza a visualizar como un problema de verdad, todavía hoy la mayoría de las víctimas se siente desamparada por la comunidad escolar. Los padres se quejan sobre todo de los colegios privados, donde la “mala fama” puede repercutir negativamente en la economía del centro y los equipos directivos tienden a lavarse las manos.

Nieves es abogada y madre de Juan, un niño que sufrió bullying en un colegio concertado religioso cuyo nombre prefiere no desvelar. Juan, de siete años, llevaba tiempo sufriendo agresiones del mismo compañero. «Hoy le pegaba y mañana le regalaba un tazo o un cromo… Hoy te quiero mucho y mañana te doy una patada. Mi hijo decía que volvían a ser amigos y al día siguiente llegaba llorando. Avisé a la tutora y en clase lo tenía bastante controlado, pero en los recreos y el comedor seguían pegándole. También hablé con la directora y me dijo que avisaría a los padres, pero nunca lo hizo. Al mes siguiente me llaman del colegio porque mi hijo se había dado un golpe en la cabeza y querían que lo llevara al hospital. Tenía un chichón muy abultado, con sangre, y cuando fuimos, Juan me explicó que el chico de siempre le había empujado la cabeza contra el suelo.» Nieves se sintió decepcionada. De hecho, su enfado es mayor con la escuela que con el agresor: «Lo que más me duele es que sea un colegio de religiosas. Yo llevé a mis hijos a ese centro por mis creencias, pero cuando nos quejamos del problema, el trato hacia ellos cambió. Mis niños empezaron el curso diciendo qué buenas son estas hermanitas y acabaron con qué asquerosas son estas monjas».

«La escuela podría hacer más añade Esteban Ibarra, del Movimiento contra la Intolerancia. Falta compromiso, y no es que ellos sean los culpables, pero tienen herramientas para prevenirlo y en muchas ocasiones prefieren lavarse las manos, en parte porque están desbordados.» Cuando la profesora de Mario, en el Colegio Suizo, regañaba a los “matones”, le decían: «Tú, calla, que mi padre te está pagando el sueldo». Cuando Juan le explicaba a su amigo que pegar es malo, el agresor le contestaba: «Dios perdona todo, así que puedo hacer lo que quiera». En estos momentos en un recreo, los agresores se sienten fuertes. Se saben fuertes. En menos de una generación, la familia se ha transformado y el papel de la infancia también: o bien el niño es un tesoro a quien se le perdona todo sin exigirle nada a cambio; o bien, un pequeño monstruo que acumula los defectos de los adultos sin el filtro de la racionalidad y la contención. La desconfianza entre padres de víctimas y padres de agresores, entre institución escolar y progenitores y entre los niños con todos los demás pone de manifiesto la tendencia a ponerse a la defensiva cuando alguien denuncia un problema. En todo caso, nadie se reconoce directamente como acosador, pero si la pregunta es: ¿alguna vez has abusado de alguien más débil?, la respuesta siempre es diferente.


 “Bullying” Un problema global

Stop bullying

Estados Unidos, la cultura del control

Aunque el término bullying se lo inventó un sociólogo sueco, el país que primero lo aplicó fue EE.UU. Allí, el 30% de los estudiantes de entre siete y 17 años afirma haber sido testigo de uno de estos acosos en el último año escolar, y el 23%, haber participado personalmente. El fácil acceso a las armas, entre otros factores, hace que muchos de estos dramas acaben en tragedia. De hecho, el 71% de los asesinatos cometidos en los institutos fue protagonizado por jóvenes que habían sufrido bullying. Como prevención, en la mayoría de las escuelas hay mas de 20 personas dando vueltas por el colegio para ver que nadie esté fuera de clase. También hay cámaras e incluso detectores de metales.

República Checa, un ejemplo

En 2001, el 88% de los profesores del país demostró tener pocas habilidades para resolver conflictos: aseguraron que la mejor manera de resolver el acoso era juntar al agresor y a la víctima. Según el director de la Sociedad Anti-Bullying, radicada en Praga, Michal Kolar, eso es como enfrentar a un ratón con una cobra. Tras varios casos de suicidios, en 2002 el Gobierno creó un programa de formación antibullying, que incluyó al personal educativo, las familias y la Policía, promoviendo comisiones de convivencia y supervisando las actividades escolares y extraescolares. Fue un éxito. En cinco meses, los incidentes se habían reducido un 75% en todo el país.

Alemania, el acoso, a juicio

Entre septiembre de 2003 y febrero de 2004, 11 estudiantes de la escuela Hildesheim, del norte de Alemania, obligaron a Dieter a ingerir tiza, comerse el filtro de los cigarrillos y masturbarse. Fue golpeado con barras y un destornillador en la cara, los brazos y el abdomen. En reiteradas ocasiones lo obligaron a llevar durante las palizas un cubo de plástico en la cabeza y a beberse productos de limpieza. Todo fue grabado y difundido por Internet. Los acusados, una decena de jóvenes de entre 16 y 18 años, se enfrentan a una pena de seis años. El porcentaje de estudiantes que dicen haberse visto envueltos en violencia física en la escuela se ha doblado en una generación.

Gran Bretaña, corredores de fondo

Es el país que lleva más años trabajando en el tema. Según un estudio, de 1.700 padres preguntados, el 21% dijo que sus hijos habían sufrido bullying el año anterior. En este país se han creado refugios sociales donde se imparten cursos y técnicas antibullying para enseñar a los jóvenes a lidiar con sus agresores. Si un niño informa a un adulto de que está sufriendo acoso, el protocolo consiste en notificarlo inmediatamente a un policía especializado. Después se entrevista a los padres implicados y se rompen los grupos de agresores, cambiándolos de clase o de colegio. Si las agresiones son por una enfermedad, un defecto físico o racismo, los profesores están obligados a impartir un curso para tratar el tema.