Los empleados que intentan evitar la catástrofe en la central nuclear japonesa dañada por el tsunami son héroes a los ojos del mundo. Pero no son supermanes anónimos, sino asustadas personas de carne y hueso con nombres, apellidos y familias. Personas que por primera vez hablan de la labor aterradora que llevan a cabo en espacios oscuros y angostos, de su miedo a la radiación y a lo desconocido y, por si fuera poco, de la angustia de sus seres queridos. También, de su determinación a seguir adelante.

Los hombres hacen cola para el control de radiación, vestidos en su mayoría con sudaderas grises con capucha y pantalones marrones de chándal. Todos llevan una bolsa de plástico transparente con sus propias ropas. Muchos tienen un aspecto lastimoso. demacrados, con profundas ojeras. No es de sorprender si tenemos en cuenta de dónde vienen y adónde van a volver dentro de pocas horas. El extraordinario valor de los cincuenta de Fukushima, el reducido grupo de personas dispuestas a arriesgar la vida para salvar a su país del desastre nuclear, ha causado impresión en el mundo entero. Pero estos cincuenta individuos varios centenares, en realidad, si tenemos en cuenta los turnos y las rotaciones han sido unos héroes invisibles. Hasta hoy mismo. En un puerto en ruinas próximo a los reactores nucleares averiados y en un cuartel de bomberos de las afueras de Tokio, damos con los trabajadores de Fukushima y conseguimos que algunos nos cuenten su terrible experiencia. Estaba oscuro como la boca del lobo , explica Kazuhiko Fukudome, quien llevó a un grupo especializado de los bomberos tokiotas hasta el reactor número 3 cuando este empezaba a fundirse. Era noche cerrada, y tan solo contábamos con las linternas de nuestros cascos. Veíamos que del reactor salía humo y vapor. Nos ordenaron bombear agua del mar para enfriar la maquinaria. Nosotros ni siquiera somos empleados del Gobierno; somos simples empleados municipales del Ayuntamiento de Tokio. Las autoridades estaban desesperadas y ya no sabían qué hacer. La misión más arriesgada de los bomberos se inició a las 11 de la noche con una llamada de teléfono. Las instrucciones fueron terminantes

comenta Fukudome. reúna a sus hombres y vayan a Fukushima. Me volví hacia mi mujer y le expliqué adónde nos enviaban. La pobre se quedó atónita, pero se las apañó para mantener la tranquilidad y se limitó a decirme que tuviera cuidado. Mi mujer sabe que su calma me ayuda. A Fukudome no se le pasó por la cabeza la posibilidad de negarse a ir, pero pensó de todo. Casi no abrimos la boca durante el trayecto hasta la central nuclear dice. Todos estábamos igual de preocupados. Hemos sido adiestrados para hacer frente a casi toda clase de situaciones, pero este era un enemigo muy distinto. Sentíamos mucha aprensión. Sus miedos no tardaron en convertirse en realidad. La cosa era mucho peor de lo que imaginaba. Había escombros por todas partes. La carretera era intransitable. No podíamos acercarnos al mar lo suficiente para tender la manguera hasta el agua. Así que tuvimos que arrastrarla corriendo, durante un kilómetro hasta llegar a la orilla, en la oscuridad más absoluta. Nos dábamos ánimos los unos a los otros. ¡Vamos! ¡Ya queda menos!, gritábamos , cuenta Fukudome. Llevábamos las mascarillas puestas, así que teníamos que gritar al máximo. Cuando vimos que el agua brotaba de la manga y empezaba a rociar el reactor, todos aullamos y levantamos los puños de contentos. En ese momento pudimos descansar un poco, porque las mangueras pueden funcionar en automático. Aparte de las mascarillas apenas iban equipados con su uniforme habitual. Tenía claro que había algo de radiación, pero no sabía cuánta. Íbamos vestidos con una chaquetilla blanca sobre el mono y una segunda chaqueta por encima, la del uniforme. Eso era todo. ¿Ha recibido radiación? Sí , responde, sin mostrarse particularmente inquieto. Estuvimos trabajando durante 26 hora seguidas, y luego nos sometieron a análisis y pruebas. Detectaron un poco de radiación en mis ropas y calcetines, así que me los confiscaron. Nos lavaron y frotaron a fondo y volvieron a hacer las pruebas. Yo seguía dando muestras de radiación, pero no en muy alto grado, y al final me dejaron marchar. ¿Y ahora se encuentra bien? Sí , responde con una sonrisa. Igual lo que voy a decirle le resulta extraño, pero estoy convencido de que no va a pasarme nada. Las ropas que llevaba por encima resultaron contaminadas, pero la radiación casi no llegó a mi cuerpo. Por sorprendente que parezca, el lugar donde la mayor parte de los trabajadores descansan es un bonito barco de vela, el Kaiwo Maru, que acababa de zarpar con su dotación de guardiamarinas hacia Honolulú, pero que, tras el tsunami, fue despachado hacia donde era más necesario. unos kilómetros al sur de la central nuclear, en el puerto de Onahama. El Kaiwo Maru, actualmente amarrado a uno de los muelles menos dañados, cuenta con generador, reservas de agua potable y todos los suministros previstos para los guardiamarinas. En el comedor, algunos de los cincuenta hombres están sentados ante las mesas con cubierta de plástico, dando buena cuenta de un estofado al curri, su primer plato caliente en días. Junto a la cubierta hay duchas calientes y camastros con sábanas. Pero nadie está relajado. Abrumados por el agotamiento físico y la inquietud, los trabajadores guardan silencio. Se pasan el día callados , afirma Susumu Toya, primer oficial del barco. Nadie habla en las comidas. Y cuando hablas con ellos, pronto empiezan a referirse a la oscuridad y al miedo, una y otra vez. Menos mal que la electricidad volvió a la central el martes. Era horrible trabajar en semejante oscuridad. La cosa era muy peligrosa , explica Akira Tamura, un joven del equipo eléctrico que calza zapatillas deportivas. Algunos de los cables que hay que reparar están arriba del todo. La operación no está resultando tan sencilla como se creía, y es un hecho que estamos angustiados. Tamura prefiere no precisar más la cuestión. Al igual que los bomberos, estos trabajadores cuentan con una protección de lo más rudimentaria. Todos llevan mascarila, pero el traje especial forrado con plomo tan solo lo visten unas pocas decenas de especialistas que pasan casi todo su tiempo en el interior de la central. Simplemente, no hay trajes de seguridad para todos. El día en que hablamos con ellos, dos de sus compañeros han sido enviados al hospital con serias quemaduras por radiación, después de que el agua contaminada se colara por la parte superior de las botas de goma impermeables y empapara sus tobillos y pies mientras andaban por un área encharcada de refrigerante en el reactor 3. El nivel de radiación en la charca era espeluznante. de 5 sieverts, o 10.000 veces el nivel normal. Si el agua ha llegado a ser absorbida por su organismo de una u otra forma, los dos obreros están condenados a muerte.El jefe del grupo, Nobuhide Suzuki, explica. Los muchachos están muy nerviosos. Hay mucha tensión, pero tenemos que seguir adelante como sea. Todos somos conscientes de lo grande que es nuestra responsabilidad, sentimos un gran peso sobre nuestros hombros. Pero el hecho de que el mundo entero nos observa y está con nosotros resulta de mucha ayuda. Tenemos la sensación de que no estamos solos. Es muy importante que el mundo siga apoyándonos . Ninguno de los trabajadores que están en el barco ha vuelto a ver a sus familiares desde que fueron reclutados para el operativo de rescate. Lo que más ansío es ver a mi mujer y a mis padres afirma Tamura. He podido mandarles un correo electrónico, al que respondieron diciendo que estaban muy preocupados. Suzuki, por su parte, declara. Tan solo he podido contactar con mi familia una sola vez, por teléfono. Mis hijos me dijeron que estaban muy orgullosos de mí. Mi mujer estaba tan nerviosa que casi no pudo articular palabra . Además de verse separados, los Tamura, los Suzuki y demás familiares directos de los hombres que están en el Kaiwo Maru también han perdido sus hogares. Hoy viven alojados en refugios. En muchos casos, el tsunami literalmente barrió sus casas, y la declaración de la zona de evacuación nuclear ha terminado por dejarlos a todos en la calle durante largo tiempo, según parece. Pero lo peor está dentro de la central. Tamura y los demás son elocuentes al describir lo angustioso de la vida allí dentro. Lo encuentro aterrador y tengo miedo todo el tiempo , declara un hombre de 32 años que prefiere no dar su nombre. Pero tengo claro que es importante y que hay que hacerlo, cueste lo que cueste. Es lo que me empuja a seguir adelante. n

El barco del descansoLos empleados de Fukushima están de servicio 24 horas. En la central trabajan una hora y descansan dos en un búnker para rebajar la exposición a la radiación. Duermen en el suelo y comen comida liofilizada. Cada varios días pueden salir al barco Kaiwo Maru en un puerto cercano para dormir en camastros y comer comida real.ü