Con elecciones en media España a la vuelta de la esquina, tiemblo al pensar en la sobredosis de política de vía estrecha que se nos viene encima. Pertenezco a esa generación para la que la lucha política era algo grande, vital, exaltante. Ahora casi parece mentira, pero hubo un tiempo en el que aún creíamos que nuestros dirigentes pensaban en nosotros, en el bien común. Un tiempo en el que uno tenía, al menos, la impresión de que su meta era mejorar las cosas, servir a la comunidad, cambiar el mundo. Claro que entonces no había políticos profesionales o apparátchiki. Me refiero a personas (como el presidente del Gobierno sin ir más lejos) que nunca han tenido actividad laboral fuera del ámbito de la política, con lo que eso implica. Por un lado, implica una obvia desconexión con ciertas realidades de los ciudadanos y, por otro, un apego desmedido al cargo, puesto que quedar fuera del poder significa irremisiblemente quedarse sin trabajo y, por tanto, sin medio de vida. Todo esto, unido a un encono cada vez más acusado entre los dos partidos principales, hace que las campañas electorales se hayan vuelto un rosario de acusaciones mutuas, diatribas y monsergas que hacen que a uno le den ganas de decir aquello de paren el mundo que yo me bajo. Sí porque, con la que está cayendo y con las situaciones angustiosas que vemos en la calle, lo único en lo que ellos piensan es en tirarse los trastos a la cabeza, sacarse trapos sucios e intercambiar insultos como niños estúpidos cuyo gran argumento ante las denuncias de los otros es decir y tú más . ¿Que mi política es inoperante; mi partido, corrupto; mis ideas, absurdas; mi inteligencia, la de un mosquito? Y tú más, siempre y tú más como único razonamiento. Visto lo visto, yo me pregunto a qué demonios se dedican esos carísimos estrategas, esos brillantes asesores de imagen a los que los partidos de uno y otro signo pagan un pastón por indicarles cómo enfocar sus campañas electorales. A lo mejor a ellos también los ha atacado el llamado síndrome de la Moncloa. Ese que abduce a los políticos hasta tal punto que ya no son capaces siquiera de comprender lo que espera el pueblo de ellos. Y es que solo así se entiende que su enfoque de la campaña sea ese afán por compararse con el adversario de modo tan estúpido cuando lo que tendrían que hacer es distinguirse de él. O, lo que es lo mismo, hablar de lo que van a hacer ellos, no de lo que hacen o dejan de hacer los otros. Yo comprendo que es mucho más sencillo como estrategia recurrir a ese ardid infantil del y tú más que proponer nuevas ideas, entusiasmar con enfoques diferentes y esperanzar con un liderazgo tan inteligente como eficaz. Comprendo también que, en pasadas elecciones y en campañas electorales anteriores, recurso tan barato como este haya dado buenos resultados porque el viento soplaba a favor y la situación económica del país parecía sólida y próspera, de modo que bastaba con presentarse como menos malo que el adversario para salir elegido. Ahora, en cambio, no solo no es así, sino que su actitud parece una burla, una tomadura de pelo. Alguien, por tanto, debería decirles a los políticos de cada uno de los partidos, a todos los candidatos tanto regionales como nacionales y, por supuesto, a todos sus consejeros áulicos que tanto presumen de saber de mercadotecnia y estrategia electoral que ya basta de marear la perdiz y, por extensión, a todos nosotros. Que tiempos excepcionales requieren personas, si no excepcionales (eso ya sería demasiado pedir, visto el percal), que al menos sepan sintonizar con lo que la gente realmente necesita.

Y que lo que necesita son soluciones, no palabras vacuas. Y menos aún ytumases e insultos tontos, una estrategia propia de niños de once años en un patio de colegio, pero indigna de personas que aspiran a regir los destinos de un país. ¿Pero es que nos han visto cara de tontos o qué? n