En la Gran Vía madrileña estaba el mítico Sepu, que eran unos grandes almacenes en versión menesterosa; fue cerrar el Sepu y la Gran Vía madrileña se ha convertido, toda ella, en un parque temático de la pobretería endomingada. Es como si la pobreza, muy dignamente resguardada en aquellos grandes almacenes, se hubiese desmelenado y desparramado por doquier como un escape nuclear, gritona y petulante, y se hubiese disfrazado de domingo (pero no hay pobre más digno de lástima que un pobre endomingado). Ahora la Gran Vía se ha llenado de tiendorras fetén para el nene y la nena, con pórticos muy iluminados, como bingos con ínfulas catedralicias, en las que se vende una ropa plebeya que, expuesta en los escaparates, pretende impostar el perfume de la alta costura; pero que, amontonada en batiburrillo informe en el interior, tiene un aire mustio y desvencijado, como de mercadillo de saldos o fábrica textil taiwanesa. La gente entra en manadas en estas tiendorras, revuelve en el batiburrillo y se sale con cuatro trapos mal cortados y peor cosidos (pero muy galanamente rebozados de lentejuelas o condecorados de plumas alopécicas), convencida de que ha hecho la compra de su vida; y luego se pone los trapos, para pasearlos por la Gran Vía, convertida en una pasarela del adefesio.La pobretería endomingada que todo lo inunda es, exactamente, lo contrario de la pobreza grave y recatada dignísima del español tradicional, con agujeros en la suela del zapato y rozaduras en el cuello de la camisa. En esta pobretería endomingada que ha hallado en la Gran Vía madrileña su zoco orgulloso y su heraldo pimpante, los zapatos con agujeros en la suela y las camisas con rozaduras en el cuello se han sustituido por chanclas de color rosa fosforito y sudaderas con leyendas oligofrénicas que dejan a la vista el ombligo, sumidero por el que se despeña el recato. La Gran Vía madrileña se ha convertido, ay, en la feria de muestras de esta pobretería endomingada, que es la expresión más grimosa de una época que primero nos acostumbró al consumo bulímico, pretendiendo que todo el monte fuese orégano; y que, ahora que la crisis nos ha descubierto un monte rapado y desértico, nos obliga a seguir consumiendo adefesios de fabricación taiwanesa, que son los únicos que nuestra pobreza rampante y lampante se puede permitir. En la pobreza de antaño había un no sé qué de hidalguía invicta y muy pudorosa delicadeza; en la pobreza de hogaño hay un no sé qué de chabacanería complaciente y muy estridente zafiedad. El pobre de antaño que no podía permitirse más que un traje procuraba comprarlo de un paño resistente que le aguantase varias temporadas y de un corte clásico que resistiera las veleidades de la moda; el pobre de hogaño se compra mil pacotillas que no resisten ni un pedo de Karl Lagerfeld, y cada vez que Karl Lagerfeld se tira un pedo (que es a cada segundo) se desvive por atrapar su aroma, en versión sucedánea y baratijona. Y así, de pedo en pedo, el pobre de hogaño se va quedando atufadito, con el gusto y la dignidad atrofiados; y se sugestiona pensando que con su pobretería endomingada disfraza su menesterosidad.Y en esta sugestión psicológica es donde se cifra el éxito de la añagaza que el consumismo ha tendido a los pobres. El pobre de antaño no aspiraba a parecerse al rico, porque las tentaciones que merodeaban al rico ni siquiera lo rozaban; y se las apañaba con su economía de subsistencia, que infringía de vez en cuando visitando el Sepu. El pobre de hogaño participa de la misma economía consumista que el rico, tiene las mismas tentaciones que el rico (que, sin embargo, no puede satisfacer); y, para colmar su insatisfacción, dolorosa como unas almorranas que le creciesen en el alma, se le abren unas cuantas tiendorras fetén como las que inundan la Gran Vía madrileña, que en realidad no son sino baratillos aprovisionados con los pedos sobrantes de Karl Lagerfeld. Solo que el pobre de hogaño, creyendo que disfraza su menesterosidad con los adefesios taiwaneses que compra bulímicamente en las tiendorras fetén, no hace sino resaltarla; porque los mismos adefesios taiwaneses que él ha comprado los han comprado otros como él, soldados en el mismo ejército de la pobretería endomingada. Y al pobre de hogaño no le queda otro consuelo sino comprarse a la semana siguiente un nuevo adefesio taiwanés, en la ingenua esperanza de que los otros no pueden permitírselo. Pero siempre se lo pueden permitir, porque en el zoco de la pobretería siempre es domingo. Y estas tiendorras fetén para

el nene y la nena, con pórticos muy iluminados, como bingos con ínfulas catedralicias, no cierran nunca los domingos. n