Hay cada vez menos rubias y casi todas están en las antiguas repúblicas soviéticas. A las mafias el dato no les ha pasado inadvertido y se han lanzado al asalto de la última gran mina de oro capilar. Aunque el negocio es legal, tras las doradas extensiones de Paris Hilton se esconde el drama de miles de jóvenes madres rusas que renuncian a su pelo para comprar ropa y libros a sus niños. Así se dejan rapar para huir de la pobreza.

Con laprimavera llegan los modernos “tramperos” a la provincia de Kaluga, en la Rusia profunda. No se internan en los bosques donde habita la marta cibelina, sino que recorren la estepa convertida en un barrizal por el deshielo. Van de pueblo en pueblo por los mismos caminos enlodados que trabaron las patas de los caballos tártaros y las botas de los soldados de Napoleón. Son buscadores de oro. Trenzas de oro luminoso y suave como trigo candeal. Traficantes de pelo. Mercaderes ambulantes que compran cabelleras al peso en los últimos yacimientos de rubio natural del mundo. las remotas aldeas atrincheradas entre los montes Urales y los afluentes del Volga, en Siberia, Ucrania y Uzbequistán; contrabandistas capilares en Bielorrusia, país donde este comercio ya ha sido prohibido. Es un negocio global y floreciente impulsado por la moda de las extensiones en Europa y Estados Unidos. El pelo oscuro que exportan la India y China es más abundante y barato, pero el rubio y la gama de tonalides claras arena, fresno, vainilla son más apreciados por dos razones. escasean y es más fácil teñirlos para imitar otro color. Así que los compradores de pelo llegan a las regiones más pobres de la antigua Unión Soviética con un fajo de rublos en la mano, pagan una pequeña suma desde 35 euros al cambio por una trenza de unos 40 centímetros, la longitud mínima de uso comercial a mujeres que se dejan esquilar. Y revenden el botín a los mayoristas. El kilo de pelo rubio de gran calidad supera ya en el mercado internacional los 1200 euros. Y su cotización sigue subiendo.Una vez procesada la materia prima, los grandes proveedores rusos y ucranianos, y también italianos con socios en aquellos países, la distribuyen a los salones de belleza europeos y norteamericanos, aunque una cuarta parte la consumen las clases acomodadas de Moscú, San Petersburgo y Kiev. El precio medio para las extensiones ronda los 300 euros, pero puede costar varios miles en establecimientos de élite, en especial si se trata de pelo virgen (sin teñir) con certificado de autenticidad y denominación de origen, aunque las falsificaciones también han llegado a este producto, algunas fabricadas con pelaje de yak. Cada dos o tres meses hay que pasar por la peluquería para reponer los mechones perdidos o recolocar los despegados. Este mantenimiento cuesta otros 100 euros por sesión. Cada mechón pesa unos 30 gramos y hacen falta al menos 20 para lucir una cola de caballo y unos 50 para lograr una melena que llegue a la cintura.Pese a que el mercado europeo también está en auge, Estados Unidos es el principal comprador de cabello humano para extensiones, con una facturación de 250 millones de dólares anuales (unos 175 millones de euros). Pero la mayoría es pelo castaño y negro de países asiáticos, destinado a las mujeres afroamericanas, pioneras en el uso de extensiones. La tendencia entre las clientes de pelo más claro fue popularizada por Paris Hilton, Cameron Diaz, Christina Aguilera, Jennifer Aniston o Jessica Simpson. Los bucles más exclusivos y caros son los de pelo rubio natural.

Es muy difícil obtener pelo adulto natural que sea rubio. Casi el 90 por ciento de la población mundial tiene el cabello de color castaño. La rareza del color determina el precio , explica Des Tobin, profesor de biología de la Universidad de Bradford (Reino Unido).Y entre todos los rubios, el de las mujeres eslavas es el más codiciado. Nadie más tiene esto, nadie. El pelo ruso es el mejor del mundo , asegura Aleksei Kuznetsov al New York Times. Kuznetsov es el propietario de Belli Capelli, una de las principales empresas del sector, con unas ventas de 11 millones de euros en 2009. Una de sus plantas procesadoras está en Mosalsk, a unas tres horas de Moscú. Allí llegan los intermediarios que han recorrido las aldeas esteparias y las remotas ciudades industriales, empapelando con anuncios árboles y farolas. Recolectar un saco de 20 kilos supone dos meses de trabajo. La variedad más cara es el rubio caramelizado del que presumen las adolescentes de la vertiente oriental de los Urales. vetas que cambian de tonalidad de miel a platino a la luz del sol; hebras de textura finísima que se peinan solas con el roce del viento. Buena parte del cabello recolectado en Rusia proviene de bucles conservados en casa de cortes previos. Algunas mujeres rusas y ucranianas se cortan el pelo, por tradición, después de dar a luz a su primer hijo y pueden decidir venderlo años después. En zonas muy pobres es un recurso para lidiar con tiempos desesperados. En una nave de Belli Capelli, varias decenas de empleados lavan, tiñen y peinan cabello. El proceso es laborioso. Primero hay que hervirlo y desinfectarlo. Pasa por una lavadora industrial y más tarde por un fregadero donde se frota a mano con agua y detergente. Las guedejas se dejan secar, colgadas en unos alambres, o bien se meten en un horno para acelerar la evaporación. Luego son cepilladas con unos grandes peines de púas. Después de desenredar los mechones, se iguala el largo hasta una medida estándar. La cosecha rubia no es nueva, pero sí los viveros donde se siega. En los 60 y 70, Europa Central y Escandinavia, sobre todo mujeres finlandesas del medio rural. Con la implosión del comunismo, la búsqueda se extendió hacia el este. En los 80, polacas, rumanas y moldavas. En los 90, ucranianas, bálticas y rusas; al principio, de las capitales; después, de regiones cada vez más apartadas, más deprimidas. A medida que crecía la renta en los países productores y las mujeres de pelo claro escalaban posiciones económicas, el rastreo de rubias pobres dispuestas a entregar sus cabelleras se hizo más difícil. Es lógico que la gente de Ucrania venda su pelo cien veces más a menudo que la de Suecia. No se hace por gusto. Solo los que tienen apuros financieros recurren a esta fuente de ingresos , expone David Elman, un intermediario con sede en Kiev. El periodo fuerte de ventas coincide con el comienzo del curso escolar, cuando muchas mamás y hermanas mayores sacrifican su mata de pelo para comprarle a los peques libros y uniformes.Elman vendía pelucas, pero se pasó a los bucles rubios y hoy suministra a lujosos salones de peluquería en Alemania y Estados Unidos. La demanda es alta, pero no puedo distribuir más de 150 kilos a la semana. El negocio es tan goloso que las mafias locales se disputan la recolección en algunas zonas de los Urales, y los 30 mayoristas que compran la mercancía, a más de 1200 kilómetros de allí, mantienen vigilantes armados en sus almacenes para evitar que los ladrones les tomen el pelo. Bielorrusia ha prohibido el comercio de cabello y lo ha tipificado como delito. Y en Ucrania, la ex primera ministra Yulia Timoshenko luce una trenza rubísima y espectacular como símbolo de sus credenciales nacionalistas. No obstante, ha confesado que el color auténtico de su pelo es castaño.Algunos expertos creen que el rubio natural está condenado a la extinción y que el gen responsable podría desaparecer en un par de siglos, aunque la mayoría considera esta hipótesis una exageración. Ese gen sería el resultado de una mutación ocurrida en el norte de Europa hace 11.000 años, durante la Edad de Hielo. Las mujeres rubias y con ojos azules eran más llamativas que sus rivales y así captaban la atención de los hombres, siendo preferidas en el apareamiento. La evolución hizo el resto. Desde entonces, el rubio se asocia a fertilidad, belleza y estatus. Pero hoy solo el 14 por ciento de la población mundial portaría en su genoma ese alelo recesivo cuando hace medio siglo el porcentaje rozaba el 50 por ciento. Donde la competencia es feroz es en el mercado global. El rubio genuino de Rusia y Ucrania se disputa la cuota del cabello natural el de fibra sintética es mucho más barato, pero no resiste las altas temperaturas de los rizados o alisados con el pelo chino y el indio. Hay unas 10.000 fábricas de cabello en China. Existe un tópico que equipara los productos chinos con la mala calidad, pero en el caso del pelo no es cierto. El problema es que es oscuro, lo cual limita mucho los colores a los que puede ser teñido , explica Julia Shishkina, directora de Hairshop, empresa rusa que abastece a peluquerías. En el caso del cabello indio entran en liza razones éticas que condicionan su venta. Una investigación de la BBC reveló que el pelo que se corta a las niñas en los templos hindúes era revendido a una red de traficantes. Un negocio redondo porque la donación es gratuita. A las menores obligadas a la ofrenda ritual por sus padres se les termina rapando la cabeza entre lágrimas. Estrellas del pop como Jamelia, británica de origen jamaicano, que antes llevaba extensiones, abanderan campañas contra este comercio. Por último, un mercado alternativo. Internet. Algunos salones de belleza de Moscú se abastecen de chicas que venden su pelo en la Red. Son jóvenes urbanas; muchas, estudiantes o desempleadas , relata Shishkina. Es habitual que en los anuncios las chicas aseguren que no fuman ni beben y que toman complejos vitamínicos, además de especificar la marca del champú que utilizan y la longitud y el grosor de la melena que subastan. Si no, el precio baja. n

Corte y confecciónUn grupo de empleadas de la fábrica Yukhov, en Rusia, ultima varias melenas. Derecha. extensiones de hasta 80 cm de largo, listas para ser vendidas. Cuanto más largas, más caras. Una de estas puede valer varios miles de euros.

El otro lado del espejo Para alargar sus propios cabellos y saber cómo cuidar la inversión, cada vez más jóvenes moscovitas recorren 300 kilómetros al sur de la capital, hasta Mosalsk, donde opera la ya famosa escuela La Rubia de Oro, del salón Belli Capelli, proveedor a su vez de extensiones de gran calidad. Derecha. la etiqueta del celebrado salón es la garantía del pelo real eslavo.

Buscadores de cabellerasColor, textura, extensión todo cuenta, y se paga. Una adinerada cliente moscovita busca su melena ideal. Ya existen tiendas especializadas, auténticas boutiques al alcance de muy pocos. Derecha. Alekxei Kuznetsov, jefe de Belli Capelli, en Mosalsk, y maestro de La Rubia de Oro, muestra una de sus cabelleras más caras.