“Saldremos adelante, pero no nos olvidéis”, pide un vecino de Lorca (Murcia). Los terremotos han dejado un balance desolador. nueve muertos, 1640 edificios afectados, 7500 personas sin hogar Pero los lorquinos están demostrando una entereza a prueba de seísmos. Hemos viajado hasta allí para hablar con los anónimos protagonistas de unas fotos que han dado la vuelta al mundo.ü

Fue una madraza en vida y fue una madraza a la hora de morir , resume Paqui Navarro, emocionada, al recordar a su amiga Toñi Sánchez, de 38 años. Toñi llevaba a sus dos hijos al parque cuando murió aplastada por el edificio que se desplomó en el barrio de La Viña. En un acto instintivo, desesperado, abrazó a sus dos pequeños, de tres y seis años, y los cubrió con su cuerpo mientras toneladas de hormigón les caían encima. La espalda de Toñi, una coraza de amor y vértebras, dio techo a sus hijos y los mantuvo con vida el tiempo justo para que Miguel, un policía nacional que se unió a los siete vecinos que escarbaban frenéticamente entre los escombros con las manos, los desenterrara y se los entregara a María José Carrillo, una médica del 061 que se los llevó en volandas a la ambulancia, saltándose las normas de inmovilización de los politraumatizados porque el fuerte olor a gas le hizo temer una explosión.Fue un milagro. Protagonizado por ángeles anónimos y ángeles con nombres y apellidos. Pero Lorca es eso. Una cadena solidaria de pequeños y grandes gestos. Un tejido humano que los seísmos no han deshilvanado. Al contrario, a pesar de tanta destrucción, las costuras vecinales son más fuertes que nunca. Y los ejemplos te salen al paso mientras paseas por la ciudad, con el sonido de fondo de piquetas y palas excavadoras. La reconstrucción está en marcha.Brigadas de arquitectos y aparejadores recorren las calles, tomadas por bomberos y por soldados. Se revisa viga por viga. Y los códigos de colores en los portales dictan sentencia. verde (habitable), rojo (graves daños estructurales), negro (demolición) José Antonio Fernández recoge sus electrodomésticos, sus libros y sus peces en la calle de Herrería y los sube a una furgoneta, ayudado por su familia. Solo deja el enorme acuario. Te lo regalo , me dice. A cien metros, Luis Díaz llora. Pero de alegría. La revisión indulta su edificio. No lo tiran, no lo tiran , repite como en trance. Un cartero culebrea con su vespa entre los cascotes. Algunos vecinos lo rodean. Frena y reparte la correspondencia en plena calle. Los conoce a todos. A Fabián Chango, su esposa y sus dos hijos, ecuatorianos, han venido a recogerlos media docena de hermanos y cuñados. Cargan lo que han podido sacar de su casa en los pocos minutos que les han dejado entrar y se marchan a buscar trabajo en los invernaderos de Almería. Juan Segura, jubilado, pasa la mañana en una silla de anea apostada en la acera. Un socavón tremendo ha desnudado la pared de su dormitorio. ¿Vas a estar un ratico? , le pregunta un vecino que deja unas cajas con ropa y enseres. Lo que haga falta , le responde. Cruzan una mirada. Ojos empañados. Estamos vivos , sentencia Juan. Y el vecino sube escaleras arriba a por más cosas. Sí, vivir es lo importante. Los 650 millones de euros en pérdidas son lo de menos frente al simple acto de respirar. En la calle Jardines, Mateo Cano y Guadalupe Andreu curtidor y limpiadora meten una jaula con un agaporni en el coche. Lo han rescatado de su casa, a la que no pueden volver de momento. No canta aún, pero ya lo hará. La vida sigue y va ganando sus batallas, a veces tan minúsculas como los pulmones de un pájaro. Poco a poco los comercios van abriendo [no ha habido pillaje, a pesar de la tentación de tanto escaparate roto]; los colegios, poblándose de niños Y el domingo se celebran comuniones, aunque hay unas 15 iglesias dañadas, además de la colegiata y el castillo [Lorca ha sufrido la mayor catástrofe del patrimonio histórico desde el terremoto de Asís en 1997]. En la parroquia de San José han sacado el altar a la replaceta y la eucaristía se oficia al aire libre. Josefina Valero, madre de una de las niñas comulgantes, explica. Los padres somos los pilares de nuestros hijos. Y es nuestra obligación que recuperen la normalidad de sus vidas lo antes posible para que no les quede trauma. Cada lorquino tiene motivos para llorar. Conocíamos al niño fallecido. Y nuestra casa tiene código rojo. Es probable que la derriben. Y todavía nos quedan por pagar dos años de hipoteca. Pero cuando todo es incertidumbre, valoras lo importante. Y lo importante es la familia . Javier Alcázar y Haffida Attaoui, matrimonio hispano-marroquí, dan de comer a su hija Rania, de dos años, en un campamento para los damnificados. Al principio nos daba corte venir, porque tenemos nuestro orgullo Estamos durmiendo en el coche. Y le hemos dicho a la niña que se trata de un juego para que no tenga miedo. Pero ni 40 terremotos podrán con nosotros , asegura Haffida, que lleva 16 años en Lorca y es empleada en una gasolinera. Drama en la plaza de los Aprendices, con las fachadas plagadas de cruces negras. Algunos pueden perderlo todo, como el pescadero. Pagaré la hipoteca, porque de mis deudas respondo yo, aunque espero que en el banco me aplacen algún pago. O el panadero, que vive en el primer piso del inmueble donde tenía su negocio. A pesar de los precintos policiales, los vecinos forman una cadena humana para salvar lo que puedan. Todos a una. Y tienen la generosidad suficiente para llevar comestibles de las tiendas desalojadas a los campamentos, donde ya casi todos son extranjeros. María Marín, profesora de ciencias ambientales, la hija de los fruteros, condensa toda la emoción en una frase. Es el espíritu del barrio . n

Clementa gonzález, policía local

“La gente caminaba desorientada, sonámbula. parecían los supervivientes de las torres gemelas”

Tenía el día libre, pero después del primer terremoto me fui a comisaría. El segundo me sorprendió allí. Salí corriendo. Una nube de humo cubría los barrios de San Diego y San Cristóbal. La gente caminaba desorientada, sonámbula. Parecían los supervivientes de las Torres Gemelas. Caían cascotes y las tuberías del gas estaban rotas. Entre varios intentamos reanimar a Juani [embarazada y madre de un hijo sordomudo] y Domingo, pero fue imposible. Fui a por mantas y los tapé. Pienso mucho en ellos. La chica que abrazo en la foto iba descalza. Le di unos zapatos. He dormido estos días en una tienda de campaña porque mi casa está afectada.

Sor Isabel Teresa, Clarisa”La capilla se derrumbó. Habíamos puesto tanto empeño en ella Pero todo el mundo nos echa una mano”

Aquí estamos, sacando escombros. ¡Queda tanto por hacer! Todo el mundo echa una mano. La capilla del convento se derrumbó. Habíamos puesto tanto empeño en ella Y la torre hubo que derribarla. Pero, antes de la demolición, una grúa sacó a santa Ana por el campanario. Y una campana está intacta. Ginés Orenes, un vecino, recuperó el sagrario y varias imágenes sepultadas entre los cascotes. Y los bomberos rescataron a la Inmaculada, de Salzillo. ¿Me van a fotografiar con el “traje” de faena? Pues que salga también Fátima, nuestra postulante, que después de la selectividad tomará los hábitos. Cuando nos da por llorar, ella nos contagia su alegría.

Paqui Navarro, auxiliar de enfermería

“Tuve que entrar en mi casa con casco. Pero lo peor es que mi amiga toñi murió en el terremoto”

Subí a casa a coger pañales, leche y ropa para nuestro hijo, de 14 meses. No teníamos nada. La primera noche, una mujer que ni siquiera nos conocía nos alojó en su casa, junto con otras 12 personas. El edificio tiene código verde, pero nos da miedo vivir en él. Y cada día hay nuevas réplicas. Estamos esperando a que el seguro valore los daños. Hemos alquilado una casa en Calabardina. Dejaremos pasar un mes y después decidiremos. Mi marido y yo tenemos nuestras pertenencias en dos coches. Recuperar la normalidad es difícil, pero no queda otra. Mi amiga Toñi murió en el terremoto y no me la quito de la cabeza.

Juan Bastida, peón de matadero, y su hija isabel

“Vivimos con ropa prestada y en casa de mis padres, pero estas desgracias te hacen fuerte. te olvidas de tanta tontería”

Con el primer terremoto bajamos, asustados, las escaleras. Es un cuarto piso. Cuando nos tranquilizamos, subimos otra vez a casa. Estábamos viendo las noticias en televisión cuando el segundo temblor derribó de cuajo la pared del salón. Solo quedó el armario. El escombro cayó a plomo sobre los tres coches que estaban aparcados en el portal; entre ellos, el nuestro. Desde entonces vivimos en la incertidumbre. Con ropa prestada y en casa de mis padres, pero estas desgracias te hacen fuerte. Te olvidas de tanta tontería. ¿Qué importan las pérdidas materiales? Lo que importa es vivir para contarlo.