En los últimos quince o veinte años, hemos asistido a una expansión inconcebible de las telecomunicaciones; tan inconcebible que, aun quienes la hemos vivido día a día, como una transformación paulatina y cotidiana, experimentamos cierta sensación de vértigo y perplejidad cuando recordamos cómo era nuestra vida hace quince o veinte años, sin teléfono móvil, sin Internet, sin tropecientos canales televisivos. Una persona que hubiese permanecido hibernada durante estos quince o veinte años, o recluida en algún hipotético paraje recóndito del atlas donde tal expansión de las telecomunicaciones no se hubiese hecho notar (si es que tal paraje del atlas existe), pensaría, de regreso a nuestro mundo, que ha sido trasladado a otro planeta, o que se halla bajo los efectos de una sugestión o encantamiento. Y, tras la estupefacción inicial, tal vez llegase a percibir algo que a nosotros nos pasa inadvertido. a saber, que esa expansión de las telecomunicaciones ha discurrido paralela a una reducción o encogimiento de las posibilidades de comunicación estrictamente humanas, según esa

ley infalible de la biología que nos enseña que, a medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo.La comunicación viva, la que nace de una transferencia humana, de una concordia de almas, no ha hecho, en efecto, sino empobrecerse; y, sin hipérbole, puede asegurarse que, a medida que las telecomunicaciones se expanden y perfeccionan, la transmisión veramente humana se agosta y empobrece, pues requiere de “vías de contagio” que las telecomunicaciones suplantan, obstruyen y estrangulan, aunque aparenten facilitarlas. Por televisión o Internet se pueden divulgar consignas doctrinarias que “automaticen” nuestra forma de pensar; se puede (¡y de qué modo!) excitar la emoción y enardecer el sentimiento; se puede, sobre todo, lograr que consignas doctrinarias actúen sobre nuestra voluntad a modo de implantes emocionales, provocando en nosotros adhesiones ciegas e inmediatas. Pero, faltando la argamasa que funda la auténtica comunicación humana, que no es otra sino el testimonio vivo y actuante transmitido de corazón a corazón, todo ese caudal de consignas y emociones se pudre (condenándonos a la inanidad) o fosiliza (condenándonos al fanatismo); y, puesto que la telecomunicación tiende a suplantar la comunicación verdaderamente humana, a la postre no hace sino aislarnos más, acorazar nuestro corazón y esclerotizar nuestro pensamiento.Este fenómeno paradójico que trato de explicar halla su manifestación más patente en la forma de comunicación humana más íntima y radical, que es la transmisión de la fe. Es evidente que Jesús, para propagar su Evangelio, no empleó altavoces ni megafonías; prefirió ganarse la adhesión de unos pocos, y se preocupó de que su predicación se fundase en el testimonio vivo, de tal modo que esos pocos, cuando a su vez se dedicaron a proclamar lo que habían visto y oído , lo hiciesen a través de una experiencia personal, en la que la adhesión al Evangelio fuera, sobre todo, adhesión a Quien lo encarnaba. Y convertidos, a su vez, en encarnaciones de ese Evangelio, pudieran proclamarlo hasta los confines del orbe , no mediante altavoces y megafonías, sino mediante el procedimiento originario de transmisión veramente humana, que no es otro sino el testimonio vivo. Mientras la evangelización se fundó en ese procedimiento originario, mientras fue “misión” en el sentido originario de la palabra, la transmisión de la fe fue vigorosa y fértil en cualquier ámbito. había padres que transmitían la fe a sus hijos, mediante su ejemplo laborioso y abnegado; y había creyentes que la transmitían a los incrédulos, incluso allá donde eran mal recibidos, incluso allá donde arriesgaban su propia vida (o sobre todo allí, porque al estar la fe encarnada en una persona, cuando su sangre era derramada, su fe se derramaba también, y se hacía más fecunda).A medida que la transmisión de la fe se confió a procedimientos que suplantaban el testimonio vivo por la “telecomunicación”, a medida que fue desencarnándose para hacerse más expansiva, mediante altavoces y megafonías, tal transmisión se fue haciendo más doctrinaria o emotiva; e, inevitablemente, se fue pudriendo o fosilizando, porque le faltaba su sustento, y porque su fuente se iba difuminando en la lejanía. Y es que es ley infalible de la biología que, a medida que aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo. n