Cuando el 11 de septiembre de 2001 dos aviones colisionaron con las Torres Gemelas, muy pocos pensaron de inmediato en Osama bin Laden. Quien seguro que lo hizo, porque llevaba tiempo avisándolo, fue John O’Neill, un conflictivo y brillante ex agente del FBI que aquel día estrenaba trabajo: jefe de seguridad del World Trade Center. Por Judy Clarke

La torre dos cayó sobre él y terminó con su vida. ¿Por qué nadie escuchó sus advertencias? La noche del 10 de septiembre de 2001, unas 12 horas antes de su muerte, John O’Neill había quedado con unos amigos para salir a cenar.

ONeill agente FBI

En su funeral, O’Neill recibió todos los honores del FBI que le habían escatimado en vida. Meses antes, había dejado la oficina federal porque no se sentía valorado

En su apretada agenda, los lunes por la noche siempre tenían por escenario Elaines, un famoso restaurante de Manhattan frecuentado por investigadores, especialistas en seguridad y oficiales de Policía. ONeill descollaba dentro de ese círculo: durante años había sido el principal experto del FBI en Osama bin Laden. A partir de 1997 había sido, además, el rostro visible de la oficina del FBI en Nueva York y había dirigido la investigación de los atentados contra las embajadas en África y contra el navío de la Armada USS Cole en el Yemen. Sin embargo, su carácter agresivo y fanfarrón le había valido la enemistad de algunos superiores, por lo que su carrera profesional en el organismo federal se había estancado.

“No van a parar hasta que echen abajo esas dos malditas torres”, insitía semanas antes del 11-S

Apartado del FBI, O’Neill acababa de conseguir un apetecible empleo en el sector privado, como jefe de seguridad del World Trade Center. El trabajo estaba muy bien pagado (300.000 dólares al año) y lo había animado. No es de extrañar que quisiera celebrarlo. Los amigos recuerdan que O’Neill hablaba a menudo de la posibilidad de un atentado en Nueva York. Según contaron a New York Magazine, unas semanas antes había dicho. “No van a darse por satisfechos hasta que echen abajo esas dos malditas torres”, y ese mismo lunes 10 de septiembre, al salir del restaurante, se volvió hacia sus colegas y dijo. “Por lo menos siempre voy a poder decir que mientras yo estuve en la oficina del FBI, en Nueva York nunca se produjo un atentado”.

A la mañana siguiente y pese a que había dormido solo cuatro horas, O’Neill estaba de muy buen humor. “Esa mañana no paramos de reír”, recuerda Valerie James, su compañera durante 11 años. La llevó a ella a la empresa de confección donde trabaja y se dirigió a su despacho en el piso 34 de la torre norte.

World Trade Center, Torres Gemelas,

Valerie se enteró por la radio del atentado; tuvo que esperar hasta las 9.17 horas para, finalmente, recibir una llamada de John. “¡Hay restos de cuerpos humanos por todas partes!”, gritó. “¿Tienes idea de qué es lo que se ha estrellado contra el edificio?”. Valerie respondió que en la radio habían dicho que un Boeing 747. “Te llamo dentro de un rato”, dijo John. O’Neill también habló con su hijo de 29 años, que ese día tenía previsto visitar a su padre en el nuevo trabajo.

Un agente del FBI recuerda haber estado hablando con O’Neill en el vestíbulo de la torre uno, en un improvisado puesto de mando del FBI y los bomberos. Fue visto por última vez andando hacia la torre dos unos minutos antes de que esta se viniera abajo. Su cuerpo fue encontrado una semana después, y no está claro en qué lugar exacto murió. Pero lo que está fuera de toda duda para quienes lo conocían es que, antes incluso de que llegara el segundo avión, tuvo que haber comprendido quién estaba detrás de los ataques.

Osama Bin Laden

O’Neill era un hombre que había estudiado y advertido sobre Osama bin Laden, pero cuyos argumentos no se vieron acompañados por las deseables medidas gubernamentales. Todo ello tenía mucho que ver con la inercia burocrática, pero también con el propio O’Neill, con su carácter fuerte y combativo, que ni de lejos se ajustaba al perfil típico de un agente del FBI.

Para O’Neill, el verdadero trabajo empezaba después de las cinco de la tarde; sus amigos eran sus contactos; sus contactos, sus amigos. Invariablemente vestido con trajes Burberry azul oscuro, camisa blanca y corbata, se pasaba el día con el móvil pegado a la oreja, hablando con contactos del mundo de la inteligencia, según cuentan el periodista Robert Kolker, que ha hablado con sus más allegados, y el documental que le dedicó la cadena PBS.

Estos amigos le proporcionaban unos datos que nadie más poseía en el FBI. “Esos datos se revelaron muy significativos durante nuestras investigaciones”, asegura la jueza Mary Jo White, cuyo sumario contra Bin Laden y otros implicados en los atentados de las embajadas se basan en información conseguida por ONeill. “Fueron incontables las veces que me dijeron que consultara a John ONeill para asegurarme sobre una u otra cuestión”, dice Janet Reno, la que fuera fiscal general en la era Clinton. “Si entraba en una sala y estaba él, era señal de que iba a contar con un análisis razonado de la situación. ONeill tenía muchísima personalidad”.

A O’Neill le fascinaba el FBI desde que, siendo un niño, en Atlantic City empezó a ver la teleserie The FBI. Empezó a trabajar en la agencia federal procesando huellas mientras estudiaba en la universidad. Se convirtió en agente en los años 70 y trabajó en Chicago y Baltimore antes de ser trasladado a Washington en calidad de jefe de antiterrorismo. Fue entonces cuando se convirtió en un especialista en fundamentalismo.

En 1995, mucho antes de que los atentados contra las embajadas y el USS Cole hicieran sonar el nombre de Osama bin Laden, ONeill ya dijo a todos cuantos quisieron oírlo que la mayor amenaza para EE.UU. eran los grupos fundamentalistas que estaban apareciendo después de que los talibanes se hicieran con el control de Afganistán. En julio de 1998, su amigo y director de la Policía Jerry Hauer recuerda que le dijo que estaba muy preocupado por Bin Laden. “Con ese pájaro tenemos un problema”. Un mes más tarde, varias bombas estallaron en las embajadas estadounidenses en Nairobi (Kenia) y Dar es Salaam (Tanzania), matando a 224 personas.

Pero su actitud desafiante y a veces soberbia le granjeó numerosos enemigos, así que, cuando en 2000 se produjo el relevo en la dirección de la oficina del FBI en Nueva York, cargo al que él aspiraba, no fue el elegido. Lo que lo frustró tanto como lo enfadó. A su modo de ver, él era mucho mejor agente que la mayoría de sus colegas. Él era quien viajaba a Arabia Saudí mientras ellos se quedaban en casa. Él era quien se plantaba en el Yemen pocas horas después del atentado contra el USS Cole mientras ellos se limitaban a hacer llamadas telefónicas…

Vivía a lo James Bond con un sueldo del FBI. Estaba endeudado y tenía esposa, compañera y dos amantes

Pero también es cierto que su hoja de servicios no era ‘inmaculada’. Había tenido serias disputas con sus jefes y un incidente que incluso llegó a la prensa: le robaron un maletín en el que llevaba documentos que nunca debieron salir de la agencia federal. Y, además, era sabido que tenía deudas astronómicas por llevar una vida a lo James Bond con un sueldo del FBI. No era el único aspecto en el que operaba como un superagente.

Para quienes lo habían conocido en la última década, su pareja era Valerie James y los dos hijos de esta lo consideraban su padre. Pero la viuda oficial en el funeral fue otra: Christine O’Neill, con la que se había casado en 1971 y con la que seguía casado y con dos hijos en común, pese a estar separados desde 1991. Sus relaciones amorosas no se quedaban ahí. “John vivía con Valerie, pero tenía una amiga en Washington y se veía con otra mujer en Nueva York”, asegura un amigo íntimo. “Antes de su muerte, ninguna de ellas sabía de la existencia de las otras”.

Valerie reconoce que fue un shock enterarse en el funeral, pero justifica a ONeill: “Era muy inteligente y los hombres inteligentes muchas veces llevan una vida no convencional. El caso del presidente John Kennedy es elocuente. No es que sean malas personas. Lo diré de otra manera: de haber sabido antes lo que he sabido después de la muerte de John, hubiera vivido a su lado del mismo modo en que lo hice durante 11 años“.