Son los primeros de la clase. Los surcoreanos están en lo alto del podio en cuanto a educación y son un ejemplo de éxito para el resto del mundo. ¿Cómo lo han conseguido? Por Carlos Manuel Sánchez

Seguimos la maratoniana jornada escolar de una adolescente. Pero ¿estamos dispuestos a hacer lo mismo?

El despertador de So-jung Kim suena cada día a las seis de la mañana.

Su jornada es de aúpa. de seis a siete horas de clase en una escuela pública, a las que se suman tres de refuerzo en academias privadas y una de guitarra, sin contar el gimnasio, los deberes y el trabajo voluntario como asistente de su padre, doctor en medicina oriental. Cuando se meta en la cama, a las once de la noche, todavía dará un último repaso a las lecciones del día siguiente y leerá unas páginas de una biografía antes de que se le cierren los ojos. So-jung Kim no es una excepción. Su día es de lo más típico. “Es duro ser adolescente en Corea del Sur. Pero supongo que es igual de duro ser adolescente en cualquier parte del mundo. A esta edad nos estamos jugando nuestro futuro”, sentencia.

So-jung Kim tiene 15 años y vive en la capital, Seúl. Pertenece a una generación que asombra al mundo. El sistema educativo del país asiático se considera un modelo de éxito en el resto del mundo. El 98 por ciento de los surcoreanos finaliza la educación secundaria y casi el 60 obtiene un título universitario; en España, donde el curso ha empezado de manera convulsa, con recortes presupuestarios y profesores en pie de guerra, el fracaso escolar llega al 30 por ciento.

Paradójicamente, no sacan pecho. Si los surcoreanos son los primeros de la clase, es a fuerza de codos. Su excelencia se basa en el sobreesfuerzo. Los alumnos están sometidos a una presión enorme. Su nivel de estrés es el mayor de la OCDE. Estudian 50 horas a la semana, 16 más que en el resto de los países desarrollados. Y su índice de felicidad es el más bajo; en contraste con los chavales españoles, que lideran esta clasificación. En este sentido hay que apuntar que unos doscientos menores se suicidaron en 2009, en parte por malas notas. Y su déficit de sueño, similar al español (un par de horas), no se debe al chat o la consola. Sencillamente, se llevan los apuntes a la cama.

Si se compara con Finlandia, donde las clases son muy cortas y apenas se mandan deberes, solo hay un elemento en común: la calidad de los profesores. “Es una profesión con mucho prestigio y muy respetada. Tanto que la mayoría de las chicas quieren ser profesoras”, comenta So-jung Kim. Los maestros tienen buen sueldo y autoridad en clase. Pero también se quejan: las aulas están masificadas y los alumnos, con frecuencia, agotados por las clases extra. De hecho, dos de cada tres se apuntan a una o varias academias privadas, llamadas hagwon.

Solo hay un modo de escalar en la sociedad: llegar a una universidad de prestigio. Por eso, los padres obligan a sus hijos a conseguirlo cueste lo que cueste

“Como profesor, me duele que padres y alumnos confíen más en las tutorías privadas que en la enseñanza pública. La razón es que Corea ha sido una meritocracia desde la caída del sistema de castas. Solo hay una manera de escalar en la jerarquía social: llegar a una universidad de prestigio. Por eso, tantos padres obligan a sus hijos a lograr este objetivo a cualquier coste. La competencia es cada vez más despiadada y cualquier ayuda puede suponer una ventaja decisiva”, se lamenta Un-ju Han, profesor de instituto.

El milagro económico de Corea del Sur es reciente y va de la mano de su apuesta educativa. En 1945, a mediados del siglo pasado, el porcentaje de analfabetos rondaba el 80 por ciento. En los años 60, su riqueza era comparable a la de Afganistán. Pero desde entonces la educación se convirtió en una prioridad nacional y contribuyó a compensar la escasez de recursos naturales. Hoy, Corea es la decimosegunda economía del mundo. Sin embargo, la educación es una obsesión de las familias, pero no tanto del Gobierno, que gasta menos en enseñanza que la media de la OCDE. La primaria es gratis; a partir de la secundaria, los padres destinan alrededor del 20 por ciento de sus salarios a la educación de sus hijos. Y eso que la mayoría opta por matricularlos en escuelas públicas. Pero las clases de refuerzo en las hagwon suponen una media de 400 euros al mes. Lo dan por bien invertido con tal de que entren en una buena universidad, se conviertan en ingenieros y puedan conseguir un trabajo en una gran empresa como Hyundai o LG.

La educación primaria es pública y prima la disciplina: las chicas tienen prohibido pintarse y ellos, llevar el pelo largo. Eso sí, envían más sms que nadie: 2000 al mes

El profesor Sun-woong Kim señala otra paradoja: Corea del Sur es el país que más estudiantes envía al extranjero; de hecho, copan los primeros puestos en las pruebas de selección de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Pero, de repente, algo falla. Cuando ya han conseguido lo más difícil, meter la cabeza en Harvard o Yale, se desfondan. Parece como si después de tanto esfuerzo la relativa libertad de la vida en el campus haga que se relajen en exceso. Además, aunque sean obedientes y memoricen como nadie, no destacan por su creatividad ni por el trabajo en equipo. Muchos acaban aislados y un 44 por ciento fracasa.

Algunos expertos lo achacan al excesivo énfasis en la disciplina. La impuntualidad o no terminar los deberes son faltas graves y pueden ser castigadas con unos azotes. En ocasiones, toda la clase paga por la ofensa de un solo alumno. El uniforme escolar tiene que estar impecable. Las chicas no se pueden maquillar y los chicos tienen prohibido llevar el pelo largo. El rigor se extiende al ámbito de las relaciones. Socializar se considera una pérdida de tiempo. Cuatro de cada cinco colegios censuran los noviazgos entre estudiantes. Un grupo religioso incluso premia con diplomas la virginidad. Se desquitan como pueden, enviando más mensajes de móvil que nadie: 2000 al mes. “En mi juventud, el trato de los profesores era mucho más severo; ahora es más cercano”, matiza Jung-ah Yoo, la madre de Kim.

Su excelencia se basa en el sobreesfuerzo: están sometidos a un nivel de presión enorme, el mayor de la OCDE

La quinceañera lo lleva con paciencia. “Mi padre quiere que me dedique a la medicina, como él; mi madre, que sea profesora. Pero no me siento presionada por sus expectativas. Yo tengo claro lo que quiero ser: guionista. Y ellos respetarán mi decisión. Estudiaré dos carreras. Periodismo y Comunicación Audiovisual. Me faltan cuatro años para presentarme a las pruebas de acceso a la universidad. Ya me estoy preparando. Pero por mucho que estudie, no sé si estaré entre las mejores”, reconoce. “¿Agobiada? Soy feliz”, puntualiza. Cinco de cada seis estudiantes confiesan que no lo son.

Los padres de So-jung Kim fueron a la universidad y aspiran a que su hija vaya a la mejor. La educación lo es todo. “Gracias a ella, nuestro país ha despegado”, sentencia Jae-myung Kim, acupuntor. La madre, Jung-ah Yoo, estudió diseño.

LA JORNADA

6.20 Desayuno en familia: el mejor momento del día

Desayuno y cena son los mejores momentos para disfrutar en familia. A pesar del madrugón, So-jung Kim lee al menos un periódico y conversa con sus padres. Hija única, su madre dice con orgullo que es entusiasta, educada y pura . Nunca ha encendido un cigarrillo ni sabe lo que es un botellón.

7.10 h Antes de clase: ejercicio matinal con papá

Antes de clase, So-jung Kim va con su padre a un gimnasio. Mientras se ejercita, escucha música reggae por los auriculares para despertarse del todo. Una ducha y su madre la acerca en coche a la escuela de enseñanza media Neulpureun, ubicada en el barrio de Seúl donde viven. Es un centro público y gratuito.

8.00 h Dentro del aula: total respeto al profesor

El oficio de maestro es prestigioso y está bien remunerado. Se imparten de seis a siete clases diarias de 45 minutos, con descansos de diez. So-jung Kim aprovecha el recreo para ir a la biblioteca escolar. Lee novelas y biografías; cuatro al mes. El Ministerio sustituirá todos los libros de texto por tabletas digitales para 2015.

12.45 h Hora de comer: un refrigerio y más lecciones

So-jung Kim tiene 45 minutos para almorzar en el comedor escolar. La comida está rica y es variada , dice. Cuesta 35 euros al mes. Después se reanudan las clases. Todavía le quedan dos horas lectivas por la tarde (tres los martes). Los escolares tienen que aprobar de diez a doce asignaturas por semestre.

15.35 h Antes de dejar la clase: toca limpiar el aula

Los alumnos ayudan a limpiar el aula antes de marcharse. Nos organizamos en dos turnos. A cada turno le toca una semana. La disciplina es rigurosa. Tanto el uniforme escolar como el traje de gimnasia deben estar impolutos.

16.25 h Autobús y otra vez a la carga

Vuelve a casa en autobús, se cambia y se vuelve a marchar, esta vez camino de dos academias privadas (hagwon). Aprobar no es suficiente. Hay que estar entre los mejores. Y yo me pongo muy nerviosa en los exámenes.

17.00 h Clases de refuerzo: la jornada interminable

Recibe clases extra de matemáticas, inglés (su nivel le permite ser entrevistada para este reportaje en ese idioma) y lengua coreana. Cuestan 700 euros al mes. Exhaustos, algunos compañeros luchan por no quedarse dormidos.

19.30 Guitarra: un regalo ¿envenenado? 

Las clases de guitarra son un premio, pero en la práctica suponen un esfuerzo suplementario. Sus padres la incentivan con regalos. El semestre pasado. un perrito, un viaje y una cámara. Y siempre me están animando.

20.10 Al llegar a casa: ayudar a papá

So-jung Kim llega a casa pasadas las ocho de la noche. Los jueves ayuda en la consulta de su padre, que atiende gratuitamente a pacientes ancianos. Luego cenan y su madre comprueba cómo lleva sus tareas

23.00 h Repaso nocturno y así todos los días

Sube algunas fotos a Facebook, da un último repaso a las lecciones y se mete en la cama. Estoy tan cansada que me cuesta quedarme dormida. No es fácil aguantar un día tras otro, sobre todo con exámenes.

Permitidos hasta diez azotes

El castigo físico es legal, está avalado por el Tribunal Supremo y se sigue aplicando en muchas aulas, a pesar de las iniciativas para erradicarlo. Se utiliza una vara y, a veces, un taco de billar con los extremos serrados. El Gobierno recomienda que el palo no mida más de un 1,5 centímetros de diámetro y que el número de bastonazos no supere los diez. El castigo se aplica en los glúteos, las pantorrillas o los muslos. No hacer los deberes, llegar tarde, hablar sin permiso o suspender un examen se consideran faltas graves que pueden acarrear azotes.