A grandes males, grandes remedios , reza el refrán; y reza bien, porque las energías vitales más fecundas nacen siempre de un fondo extenuado, de una naturaleza que presumíamos alicaída, desmigajada, aplastada por la adversidad. Durante mi viaje de novios por tierras sicilianas he tenido otra vez la oportunidad de comprobar la verdad misteriosa de este refrán, siguiendo la pista del arte barroco por la zona sudeste de la isla, que allá por 1693 sufrió un terremoto devastador que dejó sus ciudades y pueblos reducidos a escombros. En apenas unas décadas, aquellas ciudades y pueblos que habían sido borrados del mapa (algunos literalmente, incluso) fueron erigidos de nuevo, con una pujanza insospechada; y en su resurrección brillaron como no lo habían hecho hasta entonces, como no volverían a hacerlo nunca. Nunca sabremos cómo eran estas ciudades y pueblos sicilianos antes del terremoto (o solo podemos imaginarlo por los vestigios y ruinas que aquí y allá asoman, en excavaciones arqueológicas), pero los imaginamos marchitos y decadentes, aferrados lánguidamente a sus glorias pretéritas, como las familias venidas a menos se aferran al recuerdo del prohombre que fundó su estirpe, mientras su sangre se debilita y corrompe, en el marasmo de la molicie.Quizá el ejemplo más palmario de los efectos revitalizantes de aquel terremoto de 1693 nos lo ofrezca la ciudad de Noto, a mitad de camino entre Siracusa y Ragusa, construida ex novo a diez kilómetros del lugar donde se había levantado hasta entonces. Fue tanto el estrago que el cataclismo causó en la antigua ciudad que los supervivientes decidieron darle la espalda; y, dando la espalda a la muerte que se enseñoreaba del valle, fundaron la vida en lo alto de una loma, haciendo de su ciudad un jardín de piedra que al mediodía se incendia de tonalidades doradas y rojizas, mientras las campanas exhortan al rezo del ángelus. El barroco resplandece en Noto en iglesias de fachada cóncava y palacios de balcones historiados, en plazas donde se aquieta el sol y en conventos que miran absortos a la catedral, a la que se accede por una escalinata imponente que parece conducir directamente al cielo. Todavía más imponente, como un vértigo de gloria, es la escalinata que en la vecina Módica nos lleva desde la ciudad baja hasta el Duomo de San Giorgio, como un acantilado de piedra que se recorta sobre el cielo rabiosamente azul y acoge en su interior de penumbrosa majestad las reliquias del santo que la iconografía pinta lanceando a un dragón. Un poco más al norte, en la milenaria Siracusa, a orillas del mar, la catedral se erige aprovechando la planta de un antiguo templo griego consagrado a la diosa Atenea, cuyas columnas, de una piedra diáfana, casi salina, sostienen sus muros laterales; la conjunción de las columnas dóricas, el interior en el que todavía subsisten elementos bizantinos y normandos y la fachada barroca hacen de esta catedral un monumento inclasificable, grácil y a la vez robusto, como un bajel cargado de especias y encallado en los bajíos que aguarda la pleamar para desplegar otra vez sus velas. Un poco más al norte, en la localidad de Acireale, próxima a Catania, la iglesia de San Sebastiano alza su fachada, como una filigrana de alabastro erizada de estatuas que exorciza la noche; a escasos metros, el Duomo revestido de mármol, con sus torres decoradas de cerámicas polícromas, y la basílica dei Santi Pietro e Paolo completan un cuadro de serena y apabullante nobleza.La ruta del barroco siciliano concluye al sur de los montes Ibleos, en la arrebatadora Ragusa, que en realidad son dos ciudades Ragusa e Ibla levantadas sobre la roca y separadas por una profunda quebrada. Desde la carretera, Ragusa, encaramada sobre los riscos, parece un fortín inaccesible; paseando sus calles empinadas, al viajero lo asalta una impresión de colmada felicidad, un deseo irrefrenable de quedarse a vivir allí para siempre. En la iglesia de San Giuseppe, a la sombra del Duomo que corona el promontorio de Ibla, el ostensorio reluce sobre el altar. la escasa luz que se filtra en el interior de la iglesia confluye en el receptáculo donde se guarda la hostia, y desde allí se derrama en misterioso efluvio sobre el presbiterio, inunda la cúpula, se hace oración en la nave sigilosa, ornada de frescos y mayólicas. Tomo la mano de mi mujer, trémula de silencio y beatitud, y compruebo que ella también quiere quedarse a vivir allí para siempre, como yo mismo, juntos los dos en divino coloquio y olvidados de los afanes insulsos que lastiman nuestras vidas. n