La guerra de Irak resultó más terrible en Faluya que en cualquier otro lugar. Desde entonces, la cifra de niños con cáncer se ha multiplicado por doce y los bebés que nacen con minusvalías congénitas se cuentan por miles. ¿Por qué? En 2004, los aliados atacaron la ciudad con uranio empobrecido y fósforo blanco. Mientras la comunidad científica discute acaloradamente sobre si estos materiales pueden tener efectos sobre la salud, La organización mundial de la salud ha anunciado una investigación.

Al infierno con américa , murmura munem. Sus ojos pasan de ayob, que está en silla de ruedas, a mohammed, que con la mirada perdida llor

Munem Adnan Abdullah, un hombre fuerte de 38 años, y su mujer fueron bendecidos con cuatro hijos, pero los dos menores, Ayob y Mohammed, de 4 y 5 años, son incapaces de hablar o de controlar sus movimientos. Son unos tullidos , dice Munem, sacudiendo la cabeza mientras enciende otro cigarrillo. Estos días hace frío en Faluya, la ciudad donde las heridas de la guerra se niegan a cicatrizar, por mucho que hayan pasado casi siete años desde que fueran infligidas. Hay casas en ruinas por todas partes y, aunque hay muchos coches, en las aceras no se ve a casi nadie caminar. El único signo visible de reconstrucción es el gigantesco edificio del nuevo hospital. En la casa de Munem no hay muebles; tan solo unos colchones. Ha vendido casi todas sus pertenencias para pagarles el tratamiento médico a Ayob y Mohammed, que padecen severas lesiones cerebrales, aún sin especificar. Los dos hijos mayores de Munem, Omer y Alí, de 9 y 10 años, están sanos. Nacieron antes de que los americanos vinieran en 2004 y bombardearan la ciudad hasta convertirla en escombros y, según Munem, envenenaran a la población, incluso a los que estaban en los vientres de sus madres y vinieron al mundo después, como Ayob y Mohammed. Y a los que siguen naciendo. Su versión es compartida por otros padres de Faluya cuyos hijos han nacido incapacitados o enfermos. Mohammed Thiab. tres hijos, y los dos menores sufren serios daños en el sistema nervioso central. Yasir Alí. tres hijos, todos ellos con trastornos neurológicos graves. Luay Hadi. una hija, con parálisis cerebral. Ibrahim Mufeed. dos hijos; uno, sano; otro, paralizado de cintura para abajo. Mohammed Majeed. su hija pequeña sufre del síndrome de Bardet-Biedl con polidactilia; es mentalmente discapacitada y tiene seis dedos en cada mano y en cada pie. Munem era ?y sigue siendo? contable en una fábrica estatal de alambre y tuberías de cobre. Siendo joven, en 1998, se hizo miembro del Baaz, el partido de Sadam, al que se apuntaba todo iraquí que quisiera progresar. La vida no era fácil durante los años 90. Los iraquíes sufrían las sanciones y el embargo de la ONU; en las tiendas escaseaban los productos de primera necesidad Pero Munem recuerda esa década como una buena época. Empezó a ganar dinero y se casó, compró una casita y tuvo a Alí y Omer. En la primavera de 2004, el desastre se cernió sobre Faluya y sus 300.000 habitantes. El 31 de marzo, unas imágenes dieron la vuelta al mundo. Mostraban el puente de acero que cruza el Éufrates al oeste de la ciudad. Varios seres humanos colgaban de las vigas metálicas. O, mejor dicho, varios restos humanos. Cuatro empleados de la empresa estadounidense de seguridad Blackwater habían sido salvajemente golpeados por una turba callejera. Sus linchadores les pegaron fuego. Y la gente luego desfiló triunfalmente por las calles mostrando los restos calcinados, que al final colgaron del puente. Todo el mundo comprendía que los americanos iban a ponerle fin a aquello; lo que no estaba claro era cómo iban a hacerlo. Fue la operación Phantom Fury. Las fuerzas estadounidenses se lanzaron al asalto de Faluya el 7 de noviembre de 2004 y destruyeron la mayor parte de la ciudad en las semanas siguientes. Fue la batalla más encarnizada en toda la guerra de Irak. Ocho batallones de infantes de Marina y soldados de Infantería apoyados por el despliegue de carros de combate y fuerzas iraquíes, con el respaldo de la artillería y la aviación americana y con el apoyo del batallón británico Black Watch. Su abrumadora superioridad quedó reflejada en la desolación posterior. las dos terceras partes de Faluya resultaron destruidas. Unos 100 soldados estadounidenses y 1500 insurgentes murieron. El número de víctimas civiles hoy sigue siendo desconocido. Tampoco se sabe qué munición fue utilizada en Faluya y en qué cantidades. Pero se sabe que usaron tanques Abrams y Bradley, helicópteros Cobra y aviones AC-130, y que su munición normal contiene uranio empobrecido, un metal pesado con radiactividad de bajo grado, obtenido como desecho de las centrales nucleares. Ese uranio resulta tan denso que, transformado en proyectiles, es capaz de atravesar casi cualquier blindaje. También se sabe que fue empleado fósforo blanco para crear enormes cortinas de humo y que los marines contaban con un explosivo revolucionario en sus lanzacohetes SMAW, capaz de echar abajo edificios enteros. Si hubo algún otro agente químico y qué restos quedaron en el terreno solo puede contestarlo el Departamento de Defensa estadounidense. Y no lo ha hecho. El escritorio de la doctora Samira Alaani está vacío. No tiene un ordenador ni una base de datos. Solo sus propias notas particulares. A principios de 2010, Samira empezó a llevar un registro de casos de enfermedades congénitas entre los bebés que veía en su consulta de pediatría. Lo hizo porque el número de casos se triplicó a partir de 2006. Al final de 2010, Samira tenía como pacientes 350 niños con anormalidades. El registro de Samira es un escalofriante documento. Pero nadie se lo ha pedido. En Bagdad, la doctora Hawraa, jefa de prensa del Ministerio de Sanidad, zanja la cuestión diciendo que los niños de Faluya constituyen una cuestión política . Con ello quiere decir que el problema afecta a los suníes, la minoría que dominó el país con Sadam. Los suníes ?afirma? se hacen las víctimas . Hawraa asegura que no hay datos ni pruebas de ninguna clase. Lejos de allí, en Londres, dos científicos se esfuerzan porconseguir esas pruebas. Ni Malak Hamdan ni Chris Busby han estado nunca en Faluya. Pero se ha convertido en su obsesión. Hamdan es una estudiante de doctorado de Química nacida en Bagdad y crecida en Londres. Busby, un viejo biofísico británico experto en radiactividad. Hace dos años, Hamdan recibió unos documentos de una organización iraquí sobre el aumento de casos de niños con trastornos de nacimiento en Faluya. Ella acababa de dar a luz a su tercer hijo y se sintió impelida a hacer algo, según cuenta. Creó una fundación y convenció a Busby para intentar esclarecer lo que estaba sucediendo en Faluya. Su primer estudio, realizado sobre 1500 casos, se publicó en julio en el International Journal of Environmental Research y se centró en el cáncer. El número de casos de niños con cáncer se ha multiplicado por 12 desde 2005. Busby explica que tienen otros dos estudios. Analizaron cabellos de los habitantes de Faluya y muestras del suelo, y los resultados apuntan a algo todavía más inquietante. uranio enriquecido altamente radiactivo. Dos revistas científicas a las que han enviado los estudios se niegan a publicarlos. Pero no todas las peticiones de investigar lo sucedido en Faluya fueron rechazadas. En septiembre de 2010, en un encuentro en Estambul, la Organización Mundial de la Salud decidió realizar un estudio sobre los trastornos congénitos. La Agencia para la Energía Atómica también anunció una investigación. Pero entonces sucedió el desastre nuclear de Fukushima y los organismos internacionales anunciaron que su prioridad era Japón. Faluya quedó archivada.No para Munem, claro, que se mueve entre la desesperación y la rabia. A Munem antes le gustaban mucho las películas de Hollywood, pero hoy detesta todo lo que tenga que ver con América, y ese odio se lo ha transmitido a su hijo mayor, Alí, con quien juega al ajedrez, mientras sueñan con irse de Faluya, aun sabiendo que no pueden. ¿Qué sentido tiene quedarse en este lugar? , pregunta. Todo el mundo vive encerrado en su casa y en la ciudad no hay vida ninguna. Lo único que ves en Faluya son escombros y tullidos .

El dolor de Saadi, de 3 añosEl pequeño, que sufre daños cerebrales y parálisis, con su madre, en su casa de Faluya. En la otra página, vista general de la ciudad. Arriba, a la derecha, se aprecia, iluminado en naranja, el Hospital General, símbolo de la reconstrucción de la ciudad y, lamentablemente, el lugar más frecuenta

Tebah, de 5 añosSufre parálisis cerebral. Su abuela juega con ella mientras desayuna. La familia se quedó en Faluya durante los ataques. En el último, su madre ya estaba embarazada

Khadija, de 27 díasEsta pequeña ha nacido con un problema cardiaco. Asistida con aerosoles para poder respirar, en brazos de su madre, en el Hospital General de Faluya

Mariam, de 7 años Mariam juega con una muñeca. Sus dos hermanos menores también sufren desórdenes neurológicos. No hay ningún antecedente

Mohammed, de 4 años Munem sostiene a su hijo, con daños cerebrales similares a los de otro de sus pequeños, Ayob, de 5 años. Sus dos hijos mayores, nacidos antes del ataque están bien