El dolor de la familia de Marta del Castillo, de la del empresario Collarte, de la de Mari Cielo Cañavate y de la de tantos otros no tiene punto final. Y no lo tendrá hasta que puedan enterrar a sus muertos. Exigen que sus presuntos verdugos confiesen dónde están los cadáveres y reclaman algo que ha puesto en pie a gran parte de la sociedad. justicia. Hablamos con ellos.

Las togas andan revueltas. El ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, anuncia una revolución. Pero muchos reclaman que a las medidas previstas -prisión permanente revisable, reformas de la Ley del Menor – se sume una revisión legal para zanjar una polémica que tiene un siglo de vigencia. ¿sin cadáver no hay delito? Todo empezó en 1910, fecha del famoso crimen de Cuenca. Entonces se metió en la cárcel a dos inocentes por matar a un hombre que, en realidad, se había ido a vivir a otro pueblo. Desde entonces, los jueces españoles son muy reticentes a condenar sin el hallazgo del cuerpo. El último episodio ha sido el de Marta del Castillo. Miguel Carcaño ha sido sentenciado a veinte años, a pesar de que sigue sin haber rastro de la adolescente sevillana. Pero la confesión de Carcaño fue decisiva. Sin ella, hoy podría estar en la calle.

Es muy difícil conseguir una sentencia en ausencia de cadáver. Y también es muy complejo discernir, sin pruebas forenses, si se trata de homicidio o asesinato, ya que la diferencia depende de si hubo premeditación, ensañamiento La Ley de Enjuiciamiento Criminal, de 1882, es ambigua. Exige que el juez recoja todas las pruebas materiales, aunque no exige cadáver, sino indicios razonables de que el hecho se ha producido y pruebas que incriminen al autor.

La jurisprudencia tampoco aclara mucho. Hay algunas sentencias condenatorias y otras en que todo queda, como mucho, en detención ilegal. Carmen Rey, la abogada que ejerció la acusación particular en el caso de Mari Cielo Cañavate, reconoce la dificultad que supuso la ausencia del cuerpo para conseguir una condena histórica y que sienta precedente. El caso era un marrón que nadie quería, hasta que un juez diligente -el de Instrucción n. 1 de Hellín- se hizo cargo. Pese a todo, cuando empezó el juicio, la gente nos tomaba por locos. ¡Sin cadáver, no había pruebas directas! Pero los indicios no dejaban lugar a dudas .