Lleva empalmando un novio con otro desde los diecinueve años. Esta mujer bellísima, imagen de Dior, se cita con nostotros en un hotel de los Ángeles. Tres segundos antes ha vivido uno de los momentos más bochornosos de su vida… Siga leyendo… Por Ixone Díaz Landaluce

Su fotogenia no tiene ni trampa ni cartón.

En persona, Charlize Theron es tan guapa, tan alta y tan espectacular como en su mejor posado. Quizá más. Pero ni siquiera ella, con su sonrisa sensual, su melena rubia y su Oscar en propiedad, está libre de momentos bochornosos. Acaba de vivir uno de esos instantes en los que uno implora que la tierra se abra y te engulla de un bocado. «Me he manchado la blusa y he ido con mi maquillador, que es gay, al baño. Una señora ha entrado y yo estaba ahí, con las tetas fuera. Ella ha empezado a gritar. Shane ha empezado a gritar. Y yo, en medio del baño, en topless hasta que la señora ha llamado a la seguridad del hotel. Esto ha pasado hace, aproximadamente, tres segundos». Parece mentira. Tres segundos después, Charlize Theron es el paradigma de la elegancia sin rastro de lamparones: viste una blusa de grandes botones dorados, pantalón del mismo color, tacones de aguja y un maquillaje impecable. Se ríe a carcajadas de la anécdota mientras saborea una taza de té y explica por qué decidió convertirse en la nueva musa de Jason Reitman (artífice de la irreverente Juno) en su cinta Young adult, que se estrena el 17 de febrero.

«Cuando vi Up in the air, recuerdo que salí del cine diciéndome a mí misma: “¡Quiero trabajar con él!”. Bueno, eso no es del todo cierto… Pensaba: ¿Qué hizo esa zorra de Vera Farmiga para conseguir ese papel? Esa “zorra”, eso es lo que pensaba… Ella está increíble y yo estaba celosa». Pero la oferta de Reitman incluía una cláusula escrita con letra pequeña: Theron debía estar dispuesta a ponerse en ridículo. Mavis es una treintañera en perpetua crisis existencial que bebe demasiado, se alimenta de Coca-Cola light y reality shows y provoca vergüenza ajena a su paso.

La catarsis se precipita cuando decide volver a su pueblo y reconquistar a su novio del instituto, un hombre felizmente casado. Theron se quedó petrificada cuando vio la cinta acabada. «¡Qué vergüenza! No podía ni hablar. El resultado era mucho más bochornoso de lo que ella esperaba. La moraleja de la película es que, si no te enfrentas a las cosas, vendrán a por ti y te morderán en el culo. Yo no sé si maduraré algún día, no sé si querré ser adulta algún día… Sé que puedo enfrentarme a los problemas como tal, pero no me siento adulta. Solo pienso que soy vieja».

Puede sonar exagerado teniendo en cuenta que tiene 36 años, pero lo cierto es que, repasando su vida, da la impresión de que a ella le han dado mucho más de sí que al común de los mortales. Para lo bueno y para lo malo. Creció en una granja de Benoni (Sudáfrica) con una cabra llamada Bok como compañera de juegos. En el colegio no encajaba, ella le echa la culpa a unas gafas de culo de botella. Y en casa la convivencia con su padre, alcohólico, terminó en tragedia el día que su madre lo mató de un disparo para evitar una paliza. El jurado consideró que fue en defensa propia y Gerda fue absuelta. «Se convirtió en mi jodido tatuaje», ha dicho Theron sobre el suceso que marcó su adolescencia.

Pero con 16 años encontró el salvoconducto para dejar atrás un pasado traumático. Ganó un concurso de modelos, hizo las maletas y se plantó en Milán. Luego, con la convicción de que posar no era lo suyo, probó suerte en Nueva York. Sin un dólar, durmió en el sótano de una amiga mientras tomaba clases de danza. Hasta que una lesión truncó su futuro como bailarina. Su madre voló desde Sudáfrica para rescatarla de la depresión y darle un ultimátum. «O te pones a hacer algo en serio o te vuelves a casa conmigo». Pero, antes, le dio una última oportunidad comprándole un billete de ida a Los Ángeles. Allí pasó sus primeros días en un cochambroso hotel que limpió con lejía nada más llegar. Pocos meses después fue a cobrar un cheque que su madre le había enviado para ayudarla a pagar el alquiler. La cajera se negó a darle el dinero y ella montó en cólera. El show llamó la atención de John Crosby, un agente que hacía cola detrás de ella. Theron se fue del banco sin el dinero, pero con su tarjeta en el bolsillo; el pasaporte necesario para entrar en el circuito de los castings. Y en 1996 un anuncio de Martini que aún habita en el imaginario colectivo cambió su vida.

Su poderosa presencia escénica y un talento aún por pulir le sirvieron para protagonizar cintas como Las normas de la casa de la sidra o La maldición del escorpión de jade. Y, en 2003, Hollywood empezó a tomarla en serio gracias a Monster, en la que interpretaba a una asesina en serie. Para ella, actuar es algo serio. Pura terapia. «Actuar siempre es una catarsis. Para mí, significa jugar, negarse a crecer, actuar como un niño, pero con la ventaja de que alguien te paga por ello. Y si tienes la suerte de hacerlo con un buen guion, puedes sumergirte en la condición humana e incluso descubrir cosas de ti mismo que no sabías. En tu día a día puedes barrer todo eso bajo la alfombra, pero en este trabajo tienes que ser capaz de mirarlo fijamente de frente». Pero esa perpetua sesión de psicoanálisis que requiere su oficio tiene sus riesgos. «Desde el momento en que acepto un proyecto, me convierto en una persona muy obsesiva. Y esa obsesión capta cada pensamiento que procesa mi cerebro. Si estoy caminando por la calle, archivo todo lo que veo para volcarlo en el personaje. Es un proceso íntimo, porque estoy creando algo que tiene sus misterios y no quiero compartirlos. No tiene un botón para apagar o encender, es mi pequeño y oscuro secreto… Eso y rezar mucho. ¡Encuentro la religión cada vez que empiezo una película! Oh, Dios mío, ayúdame. Cualquier poder superior que pueda echarme una mano me sirve», dice. Tiene sentido del humor. Y no le importa hacer uso (y abuso) de él si se tercia. Cuenta Jason Reitman que, en una de sus primeras reuniones con ella, la actriz le contó un chiste obsceno y él cayó rendido a sus encantos. «Una mujer con un sentido del humor grosero es, probablemente, lo más sexy del mundo», argumenta el director.

A Theron no le importa compartir miserias porque no se toma a sí misma demasiado en serio. Dice palabrotas, no esconde que le gusta beber alcohol y que, hasta hace poco, estaba enganchada a la nicotina. «A la gente le encanta escribir esas cosas sobre mí… Pero ni soy alcohólica ni digo tantos tacos. He aprendido que la vida no es un ensayo, que tienes que vivirla como tú quieras. No quiero tener 80 años y estar en mi lecho de muerte pensando: “Dios, ojalá hubiera vivido mi vida a tope”. Así que simplemente estoy viviéndola. Y no creo que haya un manual para eso». A ella tampoco es fácil etiquetarla. Habla con la misma pasión de la última exposición que vio en Londres que de la lucha definitiva, una disciplina deportiva que combina varias artes marciales. «¡Me encanta la lucha definitiva! Leí un libro, A fighters heart, cuyo autor viajó por todo el mundo para conocer a diferentes artistas marciales. Me ayudó a entender la poética y la belleza que se esconde detrás de la lucha».

De su vida privada se sabe lo justo. No es casualidad. Ella se ha encargado de blindarla a prueba de paparazi. Vive en Los Ángeles, le gusta pasear con su Harley-Davidson, tiene dos perros y esta es la primera vez, desde que tenía 19 años, que disfruta de la soltería. Su relación con el actor irlandés Stuart Townsend terminó en 2010 después de nueve años juntos. «Estoy soltera y lo estoy disfrutando. Siempre me he sentido cómoda en una relación porque soy una bestia monógama por naturaleza y ese es mi terreno. Pero ahora me gusta sentirme bien sin necesidad de estar con nadie». Esa es, precisamente, la impresión que da en las distancias cortas. La de una mujer que se siente cómoda en su propia piel y consciente del camino recorrido. «Vengo de un lugar que hace muy evidente lo afortunada que soy. Tengo una vida estupenda y no sé cómo diablos lo he conseguido».