Es una de las familias más ricas y galmurosas del mundo, pero la propietaria de L’Oréal, Liliane Bettencourt, y su hija, Françoise protagonizaron durante cuatro años un triste ‘culebrón’ en el que no faltaron amantes aprovechados, mayordomos cotillas y políticos oportunistas. Por Rapahelle Bacque

Desde la calle, si uno se asoma un poco, es posible ver la muralla del palacete de Liliane Bettencourt, enclavado en el corazón del parisino barrio de Saint James, en la localidad de Neuilly-sur-Seine. Su hija, Françoise, vive a cincuenta metros en un edificio pequeño y moderno con grandes ventanales. El piso tiene dos plantas. Hay cuadros, estancias confortables y dos pianos de cola dispuestos frente a frente que ocupan la mitad del salón. Françoise recibe al recién llegado con cortesía, pero sin ceremonias.

Françoise Bettencourt Meyers no ignora que el escándalo provocado por la denuncia de abuso de confianza que interpuso contra François-Marie Banier (el artista que mantuvo una relación con su madre y que recibió regalos de ella por valor de unos mil millones de euros) ha dejado huella. Tras cuatro años de proceso judicial, el caso ha tenido más consecuencias de las previstas. el ministro de Trabajo de Sarkozy, Eric Woerth, obligado a dimitir; sospechas de financiación ilegal de un partido político; y una guerra de abogados, portavoces y asesores.

Escondida detrás de unas enormes gafas, que le deben de parecer muy fashion pero que desdibujan una belleza sobria al estilo de los años sesenta -una mezcla entre Ali MacGraw e Irene Papas-, Françoise Bettencourt Meyers se prepara para la entrevista con una larga inspiración, como si fuera a lanzarse a una piscina. Sabe que girará enteramente en torno a tres temas: las relaciones con su madre, su relación con el dinero y su visión de L’Oréal. “Allá vamos, más vale echarlo fuera de una vez”, comenta con humor. Por eso, cada palabra es delicada.

“Al principio tenía la esperanza de que las aves de rapiña se alejaran de mi madre. pero no fue así y ellos siguieron invirtiendo su dinero con unas condiciones increíbles”

El 18 de enero, la Corte de Apelación de Versalles confirmaba la incapacitación de Liliane Bettencourt, cuyos bienes y cuya vida cotidiana gestionan desde entonces su hija y sus dos nietos, Jean-Victor y Nicolas. En el expediente entregado a la jueza que decidió su incapacitación, varios expertos detallan el estado neurológico de la anciana de 89 años. “Demencia mixta degenerativa y vascular” , “trastornos cognitivos evidentes con desorientación temporal” , “trastornos de memoria y trastornos del razonamiento y episodios de afasia”. Françoise Bettencourt, sin embargo, escoge con cuidado las palabras a la hora de hablar del estado de salud de su madre “para no herirla” , asegura, si lee la entrevista. Françoise se siente satisfecha por haber alejado del entorno de su madre a todos los que habían “perdido la cabeza” con su fortuna, pero la batalla no ha terminado. Es jurídica, pero también financiera, política y económica. El 2 de marzo, Jean-Victor Meyers -el hijo mayor de Françoise Bettencourt y Jean-Pierre Meyers- entró en el consejo de administración del Grupo L’Oréal, del cual la familia es el primer accionista, para sustituir a su abuela. En el salón de sus padres solo hay fotos de él y de su hermano, Nicolas, de niños. Los dos jóvenes, de 25 y 23 años, están protegidos como las joyas de la corona. Nada de entrevistas y muy pocas fotos. Françoise, hija de la tercera fortuna de Francia -la decimoquinta del mundo-, prefiere asumir ella sola, aunque bajo la atenta mirada de sus abogados, la relación de la familia con los medios. Es la heredera.

XLSemanal. ¿Cómo está su madre en estos momentos?

Françoise Bettencourt. Está serena, relajada. Tanto mis hijos como mi marido y yo tratamos de proporcionarle la vida que desea, para que pueda ser feliz. En Navidad viajamos con ella a un lugar soleado, como ella quería, y fue un momento muy feliz para todos. Se encuentra en buena forma física, suele caminar y nadar. Desgraciadamente pasa por momentos de gran debilidad cuando aparecen los síntomas de su enfermedad.

XL. ¿De qué forma ejerce usted su tutela?

F.B. Nunca pedimos esa tutela, sino solo que fuera revocado el mandato de protección que tenía su abogado. Si la jueza decidió protegerla de esta forma, fue porque la situación era insostenible. Tras un primer acuerdo, alcanzado en 2010, yo tenía la esperanza de que las aves de rapiña se alejaran de mi madre. Pero, en los meses que siguieron, me di cuenta de que eso no era así y que seguían invirtiendo el dinero de mi madre con unas condiciones increíbles. Fue reconfortante que la magistrada decidiera escogernos como tutores. Si hubiera optado por alguien ajeno a la familia, habríamos corrido el riesgo de abrir un nuevo capítulo en esta historia de locos. Lo que nos preocupa esencialmente a día de hoy es el bienestar de mi madre. Mi hijo Jean-Victor se ocupa de que las personas que la rodean sean bondadosas e íntegras. Contrató a algunos miembros de su personal de servicio y supervisó la elección de los médicos.

XL. L’Oréal anunció, el 13 de febrero pasado, que Liliane Bettencourt dejaba el consejo de administración del Grupo y que su hijo mayor, Jean-Victor, ocupaba su puesto. ¿Quién tomó esa decisión y quién se la comunicó a ella?

F.B. Mis dos hijos tienen una relación muy próxima con su abuela, pero el mayor, Jean-Victor, fue el que mantuvo la relación con ella durante estos cuatro años tan difíciles. Y fue él quien se lo comunicó, dado que es quien va a entrar en el consejo. La decisión se tomó con el acuerdo de la jueza que lleva su tutela y para asegurar el buen gobierno de la empresa. Mi madre va a cumplir 90 años… Por supuesto podrá participar en todos los eventos relacionados con L’Oréal siempre que lo desee.

XL. ¿Ha hablado con ella de lo que las separó estos años?

F.B. Nuestras relaciones han sido dolorosas durante este periodo tan tenso, pero hoy se han normalizado, y mi cometido es que no se enfade. Con nada. Cuando nos vemos, charlamos tranquilamente. No quiero recrearme en el pasado.

XL. El abogado de su madre, Jean-René Farthouat, que debía interponer en su nombre un recurso contra la decisión de la tutela, asegura que nunca volvió a ver a su clienta.

F.B. En lo que concierne al señor Farthouat, fue mi madre la que quiso poner fin a su actividad por varias razones y, de hecho, se lo confirmó a la jueza. Lo menos que podíamos hacer era respetar su decisión. Por lo demás, las personas que nos encargamos de su tutela alejamos a todos los malintencionados que la rodeaban. ¡Ya era hora! Estos últimos años han transcurrido en un ambiente aterrador de menosprecio y manipulación. ¿Se da cuenta de que entregaron a mi madre como carnaza a los medios de comunicación? ¿Es lo normal con cualquier persona anciana y enferma? Ahora que las cosas han vuelto a su cauce, mi madre está más tranquila y, créame, mi marido, mis hijos y yo estamos aliviados al ver que se han alejado las malas vibraciones

XL. Durante estos años, su madre tuvo palabras muy duras contra usted. La describía como una mujer austera -todo lo contrario a ella, decía-, como si todo tuviera que ver con una larga falta de entendimiento entre ustedes…

F.B. Le hicieron decir y escribir palabras que no eran suyas. Nunca reconocí en ellas ni su espíritu ni su estilo. Mis padres siempre fueron discretos y jamás hablaron de su vida privada. Todo era un montaje. Fue muy duro, aunque para mí estaba claro que no era ella la que decía esas cosas. Por mi parte, jamás dije ni una palabra en contra de mi madre. Yo no sabía nada, hasta ese momento, de ese tipo de patología relacionada con el envejecimiento, pero ahora que me enfrento a ella veo lo difícil y desestabilizador que resulta para el entorno.

“Le hicieron decir y escribir palabras que no eran suyas. Todo era un montaje. Mi obsesión ha sido encontrar la verdad. Tengo la conciencia tranquila”

XL. ¿Difícil porque la acusaron de actuar por interés?

F.B. ¡Decían que quería quitarle el sitio! Es terrible. Creo que los que han tenido que enfrentarse o se enfrentan a este tipo de enfermedad podrán entenderme. Este combate empezó, de entrada, por respeto a mi madre. Pero fue también un combate por todos aquellos que tuvieron la valentía de denunciar lo que estaba pasando en su entorno.

XL. ¿Se refiere a la gente que estaba a su servicio?

F.B. No podían soportar que abusaran de mi madre. Esta historia ha sido una lucha constante por la verdad. Mi obsesión era encontrarla y mi temor era que pasara demasiado tiempo. Pero encontré mucho apoyo por parte de mi familia, de algunas personas del entorno de mi madre y de mis abogados. Espero que con el tiempo se entienda lo que hice por ella. Tengo la conciencia tranquila.

XL. ¿Cómo era la relación entre ustedes dos antes?

F.B. Siempre estuve muy cerca de mis padres, y quizá incluso más de mi madre. Mi padre se dedicaba a la política y estaba ausente a menudo, pero ella hacía de puente. Cuando era pequeña, me llamaban ‘el mejillón en la roca’ por lo unida que estaba a ella… He viajado mucho con mi madre. La veía constantemente antes de que ciertos personajes se inmiscuyeran en nuestra vida y nuestra relación y provocaran lo que sucedió. Siempre fue guapa, pero jamás tuve el más mínimo sentimiento de rivalidad hacia ella. ‘Envidia’ es una palabra que me es totalmente ajena. Como siempre iba muy elegante, yo la contemplaba con admiración. ¿Tenemos gustos y caracteres distintos? Sí, ¿pero acaso eso es un obstáculo?

XL. ¿Por qué esperó a que muriera su padre para denunciar por abuso de confianza a François-Marie Banier? 

F.B. Ya en 2006 mi madre se encontraba en un estado muy vulnerable, pero mi padre vivía y yo no quise interferir en su vida personal. Unos meses antes de la muerte de mi padre, en 2007, hablé largo y tendido con él y me di cuenta de que yo estaba al tanto de más cosas que él. Pero no quería hacerle sufrir más. Después se dijo que había tardado mucho en actuar, pero ni siquiera transcurrió un mes entre la muerte de mi padre y el inicio del proceso judicial.

XL. Su denuncia tuvo también consecuencias políticas. El exministro Eric Woerth se vio obligado a dimitir y fue imputado por tráfico de influencias y encubrimiento de financiación ilegal de un partido…

F.B. La parte política de este asunto no me concierne.

XL. Pero se supo, gracias a esta investigación, que su familia había financiado varias campañas electorales; entre ellas, las de Nicolas Sarkozy.

F.B. Era otra época. Mis padres siempre tuvieron relaciones políticas y no soy quien para cuestionar sus decisiones.

XL. ¿Pero dona usted dinero para campañas electorales, como lo hicieron ellos?

F.B. No.

XL. El asunto también puso de manifiesto que su madre había depositado unos cien millones de euros en paraísos fiscales. Hoy es objeto de una investigación fiscal. ¿Ese dinero ha sido devuelto?

F.B. Todo está en regla, y nos hemos ocupado de que así sea.

XL. Liliane Bettencourt dijo, en tiempos, hablando del dinero. A partir de determinadas cifras, a la gente se le va la cabeza . ¿De qué forma la educaron como heredera de una de las mayores fortunas de Francia?

F.B. Efectivamente, el dinero enloquece a la gente, y lo lamento mucho. Soy consciente de ser una privilegiada, pero nunca me educaron en el culto al dinero. Mis padres siempre se preocuparon por que tuviera presente la diferencia entre el bien y el mal. Estudié en colegios religiosos, en los que era esencial la educación en la honestidad y rectitud. En casa no se hablaba de dinero. Era una palabra que no pronunciábamos con facilidad.

XL. Pero era una realidad cotidiana…

F.B. Le repito que sé que soy una privilegiada, pero, como puede comprobar, no vivo en un palacete. No somos grandes coleccionistas de pintura y, como ve, no llevo joyas.

XL. ¿Su fortuna desvirtuó sus relaciones con los demás?

F.B. Aparte de algunas personas que han podido alejarse por este asunto, he conservado a mis amigos de verdad, que lo son desde hace mucho tiempo. Cuando era más joven, me fijaba mucho en la sinceridad de la gente. Si alguien hubiera querido casarse conmigo porque tenía dinero, me hubiera dado cuenta. Esperé mucho a que apareciera mi marido y sé que no fue el dinero lo que le sedujo: nos conocemos desde que llevábamos patucos.

XL. Se dijo que no era el marido que sus padres hubieran soñado para usted, especialmente porque era judío. ¿Es verdad?

F.B. Es posible que mis padres hubieran preferido que me casara con un católico, porque ellos lo eran, pero mi felicidad les hacía felices. Escribí un libro sobre las relaciones entre judíos y católicos, que me costó diez años de mi vida. Se dijo que había pensado en convertirme al judaísmo, pero no es verdad, jamás lo pensé. Me interesé por la religión de mi marido, de la misma forma que él se interesó por la mía.

XL. Imagino que, después de lo que ha pasado en su familia, habrá reflexionado sobre los problemas que conlleva la vejez.

F.B. Es uno de los temas clave de nuestra sociedad. La ancianidad nos vuelve vulnerables, como la enfermedad, y esto va a incrementarse con el aumento de la esperanza de vida. Los casos de abusos como los que ha padecido mi madre son cada vez más frecuentes. En el fondo, mi experiencia no es muy original. Hay mucha gente que lo ha sufrido. Ahora sé que, cuando se emprende un proceso judicial para proteger a los propios padres, se debe ser muy fuerte, aguantar la carrera de fondo. Se necesita sobre todo apoyo; si no, es muy difícil llegar al final.