Daniela y David, dos ciudadanos suizos, han pasado 259 días en poder de los talibanes. Durante su cautiverio, del que lograron escapar, escribieron un estremecedor diario. Publicamos extractos del mismo, mientras cuatro jóvenes cooperantes españoles siguen secuestrados por fundamentalistas. ya llevan siete meses retenidos.

Ahora! el guardián duerme. Todo está preparado. agua, pan granadas. Pasan 12 minutos de la media noche. No hay luna. La oscuridad los protegerá.

259 días en poder de los talibanes. Llevan semanas preparando la fuga. Unos 25 pasos desde su cuarto hasta la puerta. Una vez en el patio pinchan las ruedas del todoterreno. Un minuto y 15 segundos en zona de máximo peligro. Y al otro lado del muro. la libertad. O la muerte si son descubiertos. David abre la puerta y le susurra a Daniela. ¡Ahora! . En el saco de yute que llevan al hombro guardan los diarios que escribieron durante su cautiverio.

10 de marzo de 2012, cinco días antes de la fuga. Lo que he aprendido. al final, lo único que queda es la vida.

La historia comienza con un sueño. viajar hasta el techo del mundo, el Himalaya, 9000 kilómetros en su furgoneta. David, de 32 años, ha cogido una excedencia de tres meses en su empleo de policía. Daniela, también formada como policía, ha dejado el trabajo. Tramitan todos los visados, estudian las rutas, transforman la furgoneta en una autocaravana y emprenden viaje en la Semana Santa de 2011.

Daniela, al recordar, toma la mano de David. En aquel entonces , dice, como si todo hubiese ocurrido hace una eternidad, solo tenía esa mano, la mano de David, que durante los primeros días casi siempre estaba esposada o encadenada. Se aferraba a esa mano durante todo el día, la apretaba durante el sueño. Esa mano era mi asidero, mi refugio .

El 1 de julio de 2011, tras dos meses de viaje y ya en el trayecto de vuelta, recorrían Beluchistán (Pakistán). Una escolta de la Policía acompaña a la pareja por todo el país, de un puesto de control hasta otro, es el procedimiento con los pocos turistas que recorren esta parte del mundo. Beluchistán no es un feudo talibán, pero sí una región problemática. De un día para otro, su escolta desaparece. ¿Una casualidad? ¿Los sobornaron? No lo sabemos , dice David.

Esa mañana, un jeep se detiene a su lado, cinco hombres rodean la furgoneta, uno de ellos lleva un Kalashnikov. Uno exclama. Hello, how are you? . Hay gritos en pastún, los turistas creen que se trata de un robo. Los arrastran hasta el todoterreno, atados.

1 de julio de 2011, primer día de secuestro. Nos meten en el maletero y nos tapan con una lona. No veo a David, solo le oigo jadear. Digo. ¡Nos va a fusilar! . David responde. Nos llevan al desierto . David dice. Te quiero, no lo olvides . Yo también te quiero . Decimos que, si nos disparan, todo será rápido.

El jeep avanza por campo a través. Daniela y David empiezan a comprender que han sido secuestrados, pero no saben ni por quién ni por qué. Durante las siguientes cuatro jornadas atraviesan un paisaje inhóspito. Su destino, entenderán después, es Waziristán, en la frontera con Afganistán. Una zona en guerra permanente, los talibanes contra la población, clanes contra clanes, yihadistas contra un Ejército paquistaní recluido en fortalezas y, por encima de todo esto, el incesante zumbido de los drones (aviones de vigilancia no tripulados) de EE.UU.

8 de julio de 2011, día 8. Apenas comemos. Ya no sentimos hambre. Solo miedo.

La temperatura llega a los 50 grados. Duermen rodeados de basura. Daniela cuenta más de 200 picaduras de pulga. A sus preguntas, sus captores, que no dominan el inglés, responden con un no tension, no problem . No deis problemas y no tendréis problemas. Se aprenden los nombres de sus guardianes, Omar, Adek, Manor, Suber, Jaled, y empiezan a ponerles motes. Yonqui, al líder, que de vez en cuando se inyecta una dosis de morfina; Pedro el Pastor, a otro; Costras, a un tercero. A Lala, el pastún con sobrepeso a cuya casa los llevarán más tarde, lo llaman Dumbo. Dos semanas después del secuestro, los talibanes envían un correo electrónico a los familiares de la pareja con sus exigencias. Remitente. savedaviddaniela@gmail.com.

Los pastunes sacrifican una cabra. Yonqui le ofrece a David un trozo del corazón. La hospitalidad, incluso para con ellos, es un pilar del código de honor de los pastunes; el respeto a las mujeres es otro, lo que protege a Daniela de una violación. No los maltratan. Quieren mantener su mercancía en el mejor estado posible, muertos no les valen de nada. David acepta el trozo de corazón. Tienen que colaborar, seguirles el juego para continuar con vida. Los llevan a las montañas atravesando bosques de coníferas. Ven gente haciendo carbón vegetal, niños desnudos jugando. La Edad Media dice Daniela, solo que con armas actuales .

14 de julio de 2011, día 14. El lugar donde nos retienen es húmedo, sofocante y oscuro. Los hombres se meten tabaco en la boca y lo mastican. Tienen escupideras. Los niños las vacían, todo el tiempo hay alguien escupiendo. No se ven mujeres. Duermo contra la pared. Todos nos observan.

Los llevan finalmente a Miran Shah, algo así como la capital de los talibanes. Allí permanecerán los ocho meses hasta su fuga, retenidos en cuatro sitios distintos.

19 de agosto de 2011, día 50. Nos hemos acostumbrado a las explosiones y los disparos. También al zumbido de los drones las 24 horas al día. Aquí están en guerra.

Los misiles de los drones norteamericanos caen con frecuencia. En agosto reciben por primera vez la visita de Wali Ur Rehman, según los norteamericanos, uno de los terroristas de mayor rango, segundo al mando entre los talibanes. Las exigencias de los secuestradores son confusas y cambiantes, unas veces piden la liberación de presos; otras, dinero.

David contrae la malaria, tiene fiebre y escalofríos, hay que ponerle un gotero. Durante su cautiverio perderá 2s.

3 de septiembre de 2011, día 65. Interpretar cada pequeño cambio como una señal de la liberación te vuelve loco. Te pones plazos que siempre tienes que prorrogar. Intentas no hacerlo más. Vivir este aquí y ahora sin libertad.

El entendimiento con los secuestradores es difícil. Cuando aparece alguien que habla algo de inglés, aprovechan a hacerles preguntas a sus rehenes. ¿Por qué habéis venido a Pakistán? ¿Sois espías americanos? ¿Cómo rezáis? ¿Cuánto cuesta una mujer en vuestro país? ¿Daniela lleva el burka en casa? Uno de ellos señala una foto en el periódico, es un esquiador, y pregunta que qué está haciendo ese hombre. David se lo explica. No le entienden.

El tiempo se hace eterno. David y Daniela intentan mantenerse en forma haciendo gimnasia y corriendo, consiguen desarrollar así una férrea disciplina.

Si en algún momento no pueden contener las lágrimas, sus captores les dicen que paren, que el llanto es una expresión de culpa, de vergüenza.

En casa, en Suiza, la gente deja comentarios anónimos en el foro en Internet de un periódico gratuito.

Es todo culpa suya, no siento ninguna pena por ellos . Si al final hay que pagarles el rescate, tendrían que pasarse toda su vida devolviendo el dinero .Un hombre poco dado a moverse por Internet escribe en ese mismo foro una frase con su nombre real, Beat Widmer. Mis pensamientos están con mi hija . Es el padre de Daniela.

5 de octubre de 2011. Día 97. Me despierto a las 9,30. He vuelto a soñar con dulces. Con chocolates, pasteles y la libertad. Con que nos dicen os podéis ir .

Sus vigilantes llevan Kalasnikovs y explosivos. Son siempre cuatro y enseñan a sus prisioneros vídeos de rehenes anteriores, como Piotr Stanczak, el polaco decapitado en 2009. Es un hecho conocido que los talibanes no siempre decapitan a sus víctimas con un golpe rápido de espada o hacha, sino que a veces les cortan el cuello con movimientos de sierra. A uno de sus vigilantes le divierte explicar con gestos la forma de ejecución que les espera. Tomorrow you dead , mañana estaréis muertos.

18 de octubre de 2011, día 110. Nunca me he preguntado. ¿Por qué precisamente nosotros? . Y no me lo he preguntado porque nunca le desearía esto a nadie.

2 de noviembre de 2011, día 125. Ya no recuerdo la voz de mi madre. Ya no hablamos de casa, esas charlas duelen.

Pasan las Navidades. Daniela ve a una mujer dando a luz junto al fuego, ve a la madre enterrar la placenta en un agujero bajo su cama. También ve a la abuela comerse la cabeza de una oveja en un día de fiesta. La anciana se sienta en la cama, ante ella tiene una bandeja con la cabeza cocida de la oveja. Me ofrece, riéndose, parte de la lengua. Luego les pide a sus nietos que partan la cabeza. El cerebro del animal, blando y blanco, está listo para comer. Después saca del cráneo uno de los ojos, lo aplasta con la mano hasta que la pupila, negra, se desprende. Luego se la mete en la boca .

En enero, los talibanes cambian su estrategia. Ya no quieren la libertad de sus presos, sino dinero. El 23 de enero, Daniela habla por teléfono con su padre, le dice que en una semana tiene que haber cinco millones de dólares en la Embajada suiza en Islamabad. Si no, nos matan .

Hay pocos lugares en el valle donde funcione el teléfono móvil, por eso tienen que sacar a los prisioneros de la casa. Los llevan sin vendarles los ojos; gracias a ese descuido, pueden hacerse una idea del entorno. A solo un kilómetro de la casa, David ve una torre sobre una colina, en lo más alto ondea una bandera de Pakistán. Quizá sea un puesto militar, y está cerca. Empiezan a imaginar escenarios de fuga.

9 de febrero de 2012, día 224. Estamos encarcelados sin culpa. Es una guerra en la que nuestro país no tiene nada que ver. Y nosotros somos el instrumento de aquellos que no tienen ninguna opción. Los poderosos luchan con armas modernas contra aquellos que no disponen ni de lo básico para vivir.

El 14 de febrero vuelven a ver a Wali Ur Rehman, el comandante talibán. Habla de un rescate de 50 millones de dólares. David cree que ha oído mal y pregunta. ¿Cinco? , no, 50 , ¿15? , no, 50 . David y Daniela pierden toda esperanza. Saben que nadie pagará 50 millones por ellos.

Empiezan a perfeccionar su plan de fuga. Desarrollan diversos escenarios, tal como aprendieron durante su formación policial. No tienen manera de comprobar si ese edificio cercano es un puesto militar, así que, por si acaso, se pertrechan para una larga caminata hacia territorio seguro.

Empiezan sus preparativos. David intenta fabricar una brújula con trozos de metal y una batería. Apartan víveres, esconden pan, botellas de agua. En su habitación, que también hace las veces de trastero, encuentran betún para teñirse el pelo y ropa para pasar inadvertidos. Si llega a producirse una lucha cuerpo a cuerpo, David es peligroso. además de policía, es instructor de krav maga, el arte marcial desarrollado por el Ejército israelí.

8 de marzo de 2012, día 252. David cumple hoy 32 años. Feliz cumpleaños, querido, le canto a las 7,15.

9 de marzo de 2012, día 253. Cumplo, 29 años. David me canta antes de levantarnos. En la mano sostiene un plátano con una vela clavada. Es mi tarta de cumpleaños.

Pocos días antes de la huida aplican un lubricante para armas, que también han encontrado en su celda-trastero, a la cerradura y las bisagras de la puerta de su habitación para evitar así chirridos delatores. La puerta de madera tras la que los encierran cada noche solo está asegurada por fuera con un pasador de hierro sin candado. Sobre la puerta hay dos pequeñas ventanas. David ha descubierto que una de ellas se abre y que puede sacar parte de su cuerpo, lo justo para llegar al pasador y abrir la puerta. Dedican dos noches a poner a prueba el procedimiento.

15 de marzo de 2012, día 259. Ahora.

La puerta está abierta. Daniela se echa al hombro el saco, corre los 25 pasos que hay de la puerta interior a la puerta de la calle. Han metido bultos de ropa dentro de sus sacos de dormir para que parezca que siguen allí. Cuando los guardianes se asomen por la mañana, pensarán que todo va bien. Confían en ganar así algo más de tiempo. David utiliza una de las agujas que guardó cuando tuvo malaria para pinchar las ruedas del todoterreno de Lala. El dueño de la casa no podrá seguirlos. Abren la puerta exterior, un pesado portón de hierro. Y desaparecen.

Trepan a cuatro patas y en total oscuridad por una ladera pedregosa. David mira alrededor, ni rastro de Daniela. Luego ve un punto de luz más abajo, teme que sea un perseguidor. La luz se acerca, es Daniela. ¡Apaga la linterna, maldita sea . Pero es que no veo nada . ¡Apaga la maldita linterna! .

Corren en la dirección de lo que confían que sea una instalación militar. David ve un foco en uno de los muros, tiene que ser del ejército, ahora sí que está seguro. Hace la señal de SOS con la lámpara, los han visto pero no les dejan entrar, los soldados temen que se trate de un ataque. David vuelca todo su equipaje en el suelo para que lo vean, se descubre el torso para que comprueben que no lleva bombas. Pasan dos horas, dos horas de gritos y ruegos, pero por fin les dejan pasar. Otra vez los atan. Son las 4,15 de la madrugada. No saben qué va a pasar ahora, temen que quizá los vayan a entregar de nuevo a los talibanes, en el ejército también hay corrupción. Pero a las siete de la mañana aparecen tres helicópteros en el cielo. La mejor sensación de mi vida , dice David.

16 de marzo de 2012. Nos imaginamos que esto es una estación, estamos esperando al tren que nos lleve a casa. ¡Sabemos que llegará la libertad, llegará una segunda vida!

David y Daniela no quieren que el cautiverio marque su vida. Él quiere volver pronto a su trabajo de policía. Daniela quizá escriba un libro sobre lo sucedido. En esta segunda vida ya han cumplido algunas de las cosas que anotaron en la lista de deseos cuando estuvieron secuestrados. David. comer tortitas y tomar una copa de vino en casa con Daniela. Daniela. dormir bajo un edredón de plumas.