‘El chapo’ ostenta el título de ‘narcotraficante más poderoso del planeta’, concedido por el Gobierno de EE.UU. Le contamos quién es el capo del Cártel de Sinaloa que siembra México -y medio mundo- de drogas y de sangre. Por Víctor Azebedo y Lourdes Gómez

A Joaquín Guzmán le gusta desafiar las leyes. Las de los hombres, que por algo ha sido el criminal más buscado del mundo. Y las de la naturaleza, porque seguir vivo a sus 55 años es todo un reto a la esperanza de vida en su ‘hábitat’: el mundo del narcotráfico.

Son pocos, muy pocos, los capos que alcanzan esa edad. Pablo Escobar, por ejemplo, murió un día antes de cumplir 44 años en una operación para detenerle. Y eso que Escobar movía la mitad de droga que Guzmán. Por eso Guzmán es un mito, una leyenda, que sobrevive a ataques y emboscadas, al que le escriben decenas de narcocorridos y, al mismo tiempo, aparece en la prestigiosa revista Forbes en su lista de grandes fortunas -algo incuestionable porque la suya se valora en mil millones de dólares- y Time lo incluye en su lista de los cien personajes más influyentes, junto a Barack Obama, George Clooney o Mark Zuckerberg.

‘El chapo’ aparece en la lista ‘Forbes’ de grandes fortunas y hasta en la de ‘Time’ de los personajes más influyentes

Conocido como El Chapo por su chaparra constitución, mide poco más de 1,60 m, Guzmán es un hombre que, desde la pobreza rural en la que nació, ha creado un próspero negocio multinacional. El Departamento de Justicia atribuye a los cárteles mexicanos beneficios de al menos 6.600 millones, de los cuales los de Sinaloa podrían llevarse hasta un 60 por ciento, ganancias comparables a la facturación de empresas como Netflix o Facebook, según The New York Times. La guerra contra la droga en México se ha cobrado ya 50.000 vidas desde 2006, pero eso no ha impedido su crecimiento. Los de Sinaloa no solo han esquivado la crisis mundial, han prosperado de manera exponencial en los últimos años y están presentes en una docena de países. Por su longevidad, ganancias y ámbito de actuación, el diario norteamericano asegura que podría ser considerada la organización criminal más exitosa de la historia.

Su negocio mueve más dinero que Facebook

‘El Chapo’ nació en La Tuna, a los pies de Sierra Madre, en el estado de Sinaloa, refugio de algunos de los más notorios criminales mexicanos. Poco se sabe de su vida hasta que ingresó en el Cártel de Guadalajara en los 80, cuando el negocio de la coca comenzó su expansión y los colombianos buscaron en México nuevas rutas hacia el norte. Con el tiempo, los mexicanos pasaron de intermediarios a inversores y productores realineando la dinámica de poder en la cadena americana del negocio. En 1989, Miguel Ángel Félix Gallardo, El Padrino, gran jefe del Cártel de Guadalajara y mentor de Guzmán, fue detenido por las autoridades mexicanas. El vacío de poder culminó en escisión. Nacieron los cárteles de Sinaloa, Tijuana y Juárez. El Chapo y sus entonces colegas se convirtieron de pronto en enemigos, iniciando un ciclo de sangrientas guerras internas que continúa hasta hoy. Entre masacre y masacre, en todo caso, Guzmán siguió prosperando.

Su poder quedó claro durante su estancia en prisión en los años 90, tras ser arrestado por tráfico de drogas. Condenado a 20 años, apenas pasó cinco entre rejas. Se fugó escondido en un carro de ropa sucia para la lavandería. La operación, dicen, le costó tres millones de dólares. El pago final de los muchos que hizo durante su encarcelamiento. La investigación demostró que el capo vivió allí a cuerpo de rey. Casi todos los funcionarios recibieron dinero de su preso más eminente; gracias a lo cual seleccionaba sus propios menús, dirigía sus negocios a través del móvil y recibía periódicas visitas de prostitutas en su celda.

Nadie sabe bien cuánta gente trabaja para el Cártel de Sinaloa. Algunos estudios estiman en 150.000 la fuerza ‘laboral’ que depende de Guzmán. Pero esto incluiría asalariados, subcontratados y los que trabajan desde fuera. Semejante entramado suscita inevitables tensiones y desconfianza. Las traiciones son habituales. De ahí que muchos de sus miembros tengan lazos familiares. Como en la clásica tradición mafiosa, se considera que la familia es menos propensa a la traición, aunque la clave de la fidelidad, es evidente, sigue siendo el soborno. Y cuando la corrupción falla, siempre queda la violencia. De ahí, la ola de asesinatos que asola México.

Guzmán se convirtió en una leyenda con el narcotúnel: unió México y EE.UU. bajo tierra a lo largo de casi un kilómetro. Las entregas se hacían a velocidad de vértigo

El origen del éxito empresarial de Guzmán está asociado a una obra de ingeniería. el narcotúnel. Al igual que Pedro Avilés, considerado el primer traficante de Sinaloa en los años 60, fue el pionero en el uso de aeronaves para el contrabando de drogas a Estados Unidos, Guzmán abrió camino, literalmente, con un pasadizo de casi un kilómetro bajo los pies de los agentes fronterizos. La obra, por supuesto, se la encargó a un arquitecto cualificado, e iba desde el despacho de un abogado en la ciudad de Agua Prieta, en Sonora, hasta un almacén en Douglas, Arizona. A partir de ahí las entregas se producían a velocidad de vértigo. Antes de que los aviones que traían la cocaína hubieran regresado a Colombia, la droga ya había llegado a Los Ángeles. Las autoridades acabaron descubriendo el túnel, pero para entonces ya había una decena más operando. Cuando la estrategia de ‘la gran evasión’ dejó de ser eficaz, Guzmán apostó por las conservas. Montó una fábrica de jalapeños en Guadalajara, solo que en lugar de chiles, las latas contenían cocaína envasada al vacío que se distribuía por una extensa red de ultramarinos regentados por mexicanos en Estados Unidos.

Si algo caracteriza a El Chapo es su capacidad innovadora. Como en México estaba envuelto en una espiral de violencia que le enfrentaba al último de los grupos criminales en ascenso, los Zetas (un cártel de psicópatas adictos a la violencia más despiadada, que siembran de cadáveres las ciudades del norte), Guzmán ha empezado a expandir sus actividades a Europa, donde un kilo de cocaína es tres veces más caro que en EE.UU., y a Australia, donde se le considera ya uno de los mayores proveedores. También hay indicios, según The New York Times, de que explora nuevas oportunidades en el sureste asiático, China y Japón.