Islotes españoles en el norte de África. Lorenzo Silva -gran conocedor de la zona- nos cuenta cómo es allí el día a día de los militares españoles. Únicos habitantes de estas extrañas rocas llenas de historia.

Una cuerda azul, tendida en la arena, de lado a lado del istmo. Por sorprendente que parezca es una frontera, la que separa el territorio del peñón de Vélez de la Gomera, de soberanía española, de la diminuta y contigua aldea de pescadores de Badis, en la región del Gómara, en el norte de Marruecos.

Al viajero que llega ante esa cuerda, desde el lado marroquí, le bastaría con pasar un pie por encima para irrumpir en otro país y provocar la inmediata reacción del centinela, perteneciente al grupo de Regulares 52 de Melilla, que vigila desde la fortaleza. A quien se acercara desde el lado opuesto, la plaza española, el mismo gesto lo llevaría a entrar de forma irregular en Marruecos, lo que sin duda movilizaría a alguien en el cercano puesto militar marroquí. Pero ni los habitantes de la aldea ni los del lado español traspasan la línea, que cumple así su cometido. el de separar dos continentes, o casi dos mundos. La reciente irrupción de unos activistas marroquíes (no residentes en la aldea) ha venido a quebrar lo que era una convivencia sin sobresaltos.

El caso de Vélez no es único. Además del peñón, España cuenta en las inmediaciones de la costa marroquí con otras dos singulares posesiones: la isla de Alhucemas (frente a la bahía del mismo nombre y a la que también pertenecen dos islotes llamados de Mar y de Tierra, a pocos metros de la playa) y el archipiélago de las Chafarinas (cerca de la frontera de Argelia y compuesto por tres islas. la de Isabel II, la del Rey y la del Congreso).

Los tres territorios, como Ceuta y Melilla, son de tanto en tanto reivindicados por Marruecos y forman por consiguiente parte de esa frontera sur norteafricana que, según la directiva que recientemente hizo pública el Ministerio de Defensa español, es una de las áreas sensibles de la defensa nacional.

A lo largo de la Historia, aparte de su función militar, sirvieron como presidio y destino de desterrados. Todavía queda testimonio de ello en los restos que subsisten de las respectivas prisiones (horadadas en la roca en Alhucemas y Vélez, sobre la isla de Isabel II en Chafarinas). También sirvieron en distinta medida para el intercambio comercial con las zonas marroquíes adyacentes, por lo que en tiempos tuvieron población civil.

Actualmente, en las islas y peñones solo viven militares. Hasta no hace mucho eran soldados de Regulares los que se ocupaban de la seguridad de los tres territorios. Ahora, para disminuir el peso del servicio (organizado en turnos de un mes), se reparte el trabajo: las Chafarinas le corresponden a la Legión; Alhucemas, a un regimiento de Artillería; y Vélez, el más antiguo, siguen custodiándolo los Regulares. En los tres, como sucedió a lo largo de la Historia, está presente la Compañía de Mar, una unidad de marinería perteneciente al Ejército de Tierra que presta los servicios marítimos necesarios y que, fundada en 1498, presume de ser la unidad militar más antigua de Europa.

A lo largo de la Historia, aparte de su función militar, sirvieron como presidio y destino para los desterrados.

Para visitarlos, se precisa el permiso de la Comandancia General de Melilla, bajo cuya responsabilidad se encuentran. Las comunicaciones con Melilla se realizan regularmente mediante helicóptero, ya sea un Cougar, cuando el pasaje es reducido, o un Chinook, cuando toca relevo de la guarnición. En Chafarinas es donde el aterrizaje resulta menos comprometido. La isla de Isabel II, donde están el helipuerto y la guarnición, es llana y de extensión mediana. Los legionarios que allí viven, una sección perteneciente a la 1.ª Bandera al mando de un joven teniente, disponen de espacio para ejercitarse y pasear. En las planeadoras de la Compañía de Mar (procedentes de requisa a los narcos) se puede pasar a las otras dos islas. En la del Rey solo se hallan el cementerio y una nutrida colonia de gaviotas que hace difícil moverse por ella. La del Congreso, igualmente deshabitada, tiene desde hace tiempo una utilidad que da algún quebradero de cabeza a los españoles: en las calas de su lado occidental se guarecen a menudo pateras y narcotraficantes. Para atajar este problema se ha planteado destinar un destacamento de la Guardia Civil a las islas, lo que ha creado fricciones con Marruecos.

En Alhucemas, donde el helicóptero ha de maniobrar con tiento para tomar tierra, manda la guarnición un también joven teniente de Artillería. En tiempos había enfrente un Club Mediterranée (que era, para escándalo del capellán, la distracción de los soldados, con sus francesas en topless, hoy día algo impensable en Marruecos). Ahora hay una playa pública a la que a veces se acerca algún joven marroquí en moto de agua, para provocar, o algún español que llega en hidropedal para visitar la isla y al que cuesta hacerle entender que no puede. Incidentes anecdóticos, comparados con la situación creada en las últimas semanas, cuando las mafias han decidido utilizar el islote de Tierra, distante solo 110 metros de la costa marroquí, para tratar de introducir inmigrantes ilegales en territorio español.

Velez de la Gomera

Vélez de la Gomera por su aislada situación sufrió numerosos asedios.

En Vélez, el más alejado y añoso de nuestros peñones (y así lo atestigua su arquitectura, en buena medida del siglo XVI) no es raro encontrar a los regulares que lo defienden corriendo por sus abruptas sendas. También hay un joven teniente al mando, que corre como uno más con sus hombres. El ejercicio físico es obligado, so pena de ganar varios kilos durante el mes de estancia en el reducido peñón. Las relaciones con los marroquíes son buenas. Incluso echan de vez en cuando partidos de fútbol con los de la Gendarmería sobre la arena del istmo.

El recorrido por el peñón, de una caprichosa belleza, lo es por una línea de posiciones preparada históricamente para el asedio (que a menudo sufrió a lo largo de los siglos). Un escenario que nadie desea ni espera en este momento, aunque las directivas de defensa lo prevean, y que invita a pensar en un futuro donde estas extrañas rocas llenas de historia -estas fronteras hispanoafricanas que hoy están a cargo de circunspectos oficiales veinteañeros- puedan ser quizá algo más que fortalezas.