A sus 63 años se ha empeñado en legar al mundo una ambiciosa trilogía sobre el siglo XX

A Ken Follett le gustan las guerras. O mejor dicho, escribir sobre ellas, convertirlas en escenario para sus novelas. Follett siente una especial predilección por la segunda 
Guerra Mundial. el mayor drama vivido por la humanidad , subraya.

Cinco de sus intrigas transcurren en esa época, pero esta vez el escritor galés ha ido mucho más allá. El invierno del mundo (editorial Plaza and Janés) relata el conflicto de principio a fin, desde el ascenso de Hitler al poder hasta el advenimiento de la era atómica, deteniéndose con pretensiones históricas en los episodios más trascendentes de aquella tragedia global. La novela es, además, apenas una parte del gran desafío al que Follett se lanzó hace cinco años cuando, como si quisiera dejar un gran legado al mundo, decidió narrar en una trilogía monumental los grandes acontecimientos que marcaron el siglo XX. Para presentar este segundo volumen -en 2010 publicó La caída de los gigantes, cuyos protagonistas viven en persona la Gran Guerra y la Revolución Rusa-, el escritor citó a XLSemanal en las ruinas de Belchite, adonde llegó, vía Zaragoza, en su avión privado. En esta ciudad donde el tiempo se detuvo hace 75 años, tras una de las más encarnizadas batallas de la Guerra Civil, ha ubicado un capítulo de su nueva novela. Aquí, entre los edificios mordidos por las balas y la artillería de otro tiempo, el rey del best seller rezuma paz interior. No en vano este hombre persistente y ambicioso lleva cuatro décadas publicando sin descanso, ha vendido más de 130 millones de libros y posee una fortuna personal, según la Sunday Times Rich List, de más de 60 millones de euros. Como para no estar tranquilo.

XLSemanal. Millones de lectores leen sus novelas. ¿Ha pensado que muchos tomarán su trilogía como si fueran libros de historia?

Ken Follett. Sí, lo sé; por eso, el rigor histórico ha sido para mí algo irrenunciable. Todos los hechos que incluyo sucedieron de un modo muy similar. Hay una investigación concienzuda y todo está consultado y revisado por historiadores. De hecho, me gustaría que en el futuro la gente pueda leer la trilogía y comprender lo que sucedió en el siglo XX.

XL. ¿Se lo toma como una contribución a un mundo mejor?

K.F. No busco cambiar el mundo, sería muy pretencioso, pero ayudará a mucha gente a ampliar su mentalidad. En estas novelas vemos la realidad desde la perspectiva de cada país a través de los distintos personajes; ya sean alemanes, rusos, norteamericanos, aristócratas británicos o proletarios galeses. Ofrezco una visión global, equidistante.

XL. Y a usted, ¿escribir le ha abierto la mente?

K.F. Totalmente, por eso digo que a los demás igual les ocurre lo mismo. Ha sido revelador. Por ejemplo, siempre he sido anticomunista. En los 60, nadie un poco inteligente desconocía lo que sucedía en la URSS. los procesos de Moscú, las purgas , pero conocer a fondo el siglo XX me hace ser más anticomunista aun y refuerza mi convicción en la democracia como el mejor sistema del que disponemos.

XL. También subyace en el texto el odio hacia los judíos en toda Europa a principios del siglo XX. En Inglaterra, en la URSS, en Francia, en EE.UU. y, por supuesto, en Alemania

K.F. Así es, Hitler fue la expresión en última instancia de todo este odio, algo brutal y despiadado. Los nazis, por supuesto, son los únicos responsables del Holocausto, pero sí que hubo un desprecio casi generalizado. Nada nuevo en la Historia, por otra parte.

XL. ¿Y cómo ve a Alemania hoy? Ya no se lanza a conquistar Polonia, Rusia o Francia, pero nunca gozó de tanto poder sobre sus vecinos

K.F. Es que parece como si no lo pudieran evitar, ¿verdad? Fíjese, fueron vencidos y humillados dos veces y ahora son el país más poderoso de Europa. Es como si hubiera un aura de inevitabilidad, como si el destino de Alemania fuera dominar el continente. Es, sin duda, un pueblo con una capacidad impresionante. Alemania es un país del cual me siento muy cercano. Viajo mucho allí, tengo millones de lectores en ese país, lo he pasado muy bien siempre e incluso [se detiene, lo piensa] una vez estuve enamorado de una alemana durante dos años estupendos. El acento alemán me suena increíblemente sexy [se ríe].

XL. Ha vendido más de 130 millones de libros y es millonario. Supongo que la crisis económica no figura entre sus principales preocupaciones

K.F. Se equivoca, estoy muy preocupado. Todos deberíamos estarlo, esto está durando más de lo que nadie esperaba y no se ve el final. No soy un inversor, debo mantener mis tres viviendas y mis oficinas. Una regla de oro para mí es no invertir en Bolsa. He trabajado muy duro para conseguir lo que tengo y sería terrible perderlo todo, como perder años de vida.

XL. Su padre fue inspector de Hacienda. ¿Lo aleccionó sobre la administración y el ahorro?

K.F. No, eso no se me pegó de él [se ríe]. Nunca en mi vida he sido ahorrador, disfruto como nadie gastando dinero. Por suerte, siempre he sido capaz de ganar más cada año. Cuando pienso en las influencias de mi padre, lo veo todo como una reacción a sus ideas, porque era muy estricto y un fanático religioso. Mi ateísmo es, de hecho, una reacción contra mis padres. Siempre discutíamos sobre si Dios existe y por eso estudié Filosofía, para encontrar la respuesta.

XL. Es una visión muy negativa de sus relaciones de familia, ¿no hay nada que ?

K.F. Déjeme ver. Mi madre tenía mucha imaginación, cantaba y contaba historias, rimas, chistes, su familia era así. todos contando chistes [se ríe]. En la de mi padre eran terriblemente solemnes. Nunca bromeaban ni se reían. Odiaba ir a casa de mis abuelos paternos. Todo era. No toques eso o aquello que se rompe . ¡Un rolora bien, mi padre poseía una determinación y una persistencia a prueba de bombas. Si tenía que hacer algo, nunca cedía; lo intentaba de todas las formas posibles hasta conseguirlo. Así que heredé la imaginación de mi madre y la persistencia
de mi padre, justo lo necesario para escribir libros.

XL. ¿Cómo se tomaron que se dedicara a escribir novelas?

K.F. Siempre estuvieron muy contentos de mi éxito, aunque mi madre nunca quiso leer mis libros, decía que había demasiado sexo y palabrotas. Querían que siguiera sus pasos en la fe en la que me criaron, los cristianos renacidos, pero era un religión realmente estúpida. ¡Por Dios, terrible! Eso, para ellos, fue motivo de una gran decepción, pero estaban encantados de que vendiera millones de libros.

XL. Aunque se tengan firmes convicciones, sentir que decepcionó a sus padres debe de dejar cierta amargura, ¿no?

K.F. Sí [se lo piensa] , pero es que no puedes imaginar las discusiones que teníamos. No sé qué lección sacar de todo eso. Por otro lado, puedo ponerme en su lugar si pienso en el disgusto que me produciría saber que uno de mis hijos se ha afiliado al Partido Conservador [suelta una carcajada].

XL. Como celebridad y laborista de postín, ¿nunca le ha pedido el laborismo que se presente a unas elecciones?

K.F. Nunca. Prefiero recaudar fondos, por ejemplo. Para un partido político, seguidores ricos como yo son un gran apoyo y ellos ya tienen suficientes candidatos [se ríe].

XL. ¿Incluiría a algún político actual en una de sus tramas?

K.F. Angela Merkel quizá, por venir de la RDA, aunque no me inspira en absoluto, no apruebo sus políticas. No hay un solo líder europeo inspirador. Obama sí es interesante, sobre todo por ser negro. Ojalá ganemos en noviembre.

XL. ¿Fue de esos niños con la cabeza siempre entre libros?

K.F. Totalmente. Con cuatro años ya sabía leer y con seis me saqué el carné de la biblioteca. De niño devoraba novelas de Enid Blyton y a los 12 descubrí a James Bond y empecé a soñar con ser como él [se ríe]; Ian Fleming, por cierto, fue un gran autor de escenas de sexo. Después, ya adolescente, descubrí a Shakespeare, cuyas obras me leía como si fueran novelas, ya que mis padres no nos dejaban ir al teatro ni al cine ni ver la televisión. De ahí que yo leyera tanto.

XL. ¿Cree que a Shakespeare le gustarían sus novelas?

K.F. Mucho me temo que no [se ríe]. A él le gustaba jugar con el lenguaje, sus obras están llenas de figuras literarias y manejaba muy bien la ambigüedad. Shakespeare hace pensar al lector, mientras que yo soy más simple, procuro que te concentres en lo que estoy contando y que no necesites leer dos veces una frase. No, no creo que le gustara Ken Follett, aunque en sus obras hay mucha acción, están llenas de tramas y misterios y de personajes fascinantes y únicos como Hamlet; mi favorito. He visto la obra más de 40 veces.

XL. ¿Recuerda algún libro cuya lectura haya abandonado?

K.F. El último ha sido Cincuenta sombras de Grey, aunque me pasa a menudo. Daniel Deronda, por ejemplo, de George Eliot, me pareció terrible, aunque ella fue una gran escritora, o El hombre sin atributos, de Robert Musil; siempre se lo compara con James Joyce, pero no era tan bueno.

XL. ¿Le gustó Ulises, de Joyce, entonces?

K.F. Sí, lo leí hace tiempo y me encantó. ¡Ah!, y uno más. Crítica de la razón pura, de Kant. Tenía que leerlo en la universidad, pero nunca lo acabé. No es un mal libro, sino que me resultó demasiado difícil, de esos que has de leerte las frases varias veces para entenderlas. Es agotador.

XL. Ese no es, precisamente, el caso de E. L. James

K.F. Esta es la escritora erótica de Cincuenta sombras de Grey, ¿no? Casi ni recuerdo su nombre. Ya le digo, me lo compré, pero me dio pereza. Demasiado sexo explícito.

XL. El sexo es algo muy presente en sus novelas y bastante explícito, por cierto

K.F. Pero yo no escribo novelas eróticas. Son momentos puntuales que muestran algo digno de subrayar sobre ciertos personajes y la relación entre ambos. Piense en la literatura inglesa del XIX, George Eliot, Dickens -cuya última biografía, de Claire Tomalin, me ha parecido estupenda-; son novelas muy intensas, pero no hay sexo. Los protagonistas sufren una crisis emocional y piensas. ¿y qué hacen cuando se van a la cama? ¿Se quitan la ropa y siguen discutiendo? ¿Se duermen dándose la espalda? ¡Qué ocurre ahí! [se ríe]. La forma en que se hace el amor aporta mucho a la narración, sobre todo entre dos amantes inexpertos. Ella se preguntará. Ay, Dios, ¿qué pensará de mí si me desnudo, si le toco aquí o allí, si le hago esto o esto otro? . Me gusta contar estas cosas con detalle.

XL. En estas dos primeras novelas de su trilogía, las mujeres son quienes toman la iniciativa en el terreno sexual. ¿No son un poco avanzadas para la primera mitad del siglo XX?

K.F. [Se ríe]. Por eso las elegí. Una heroína es más atractiva que alguien del montón. Son mujeres ejemplares, de acción, el tipo de personas que contribuyen a cambiar el mundo. En aquellos tiempos, en todo caso, una chica debía llegar virgen al matrimonio y los chicos eran muy retraídos. Tanta represión hace que los encuentros amorosos acaben siendo muy apasionados, si bien es cierto que durante las guerras la moral se vio visiblemente relajada. Pero sí, la revolución sexual quedaba lejos todavía.

XL. ¿Es que también ha investigado con historiadores sobre el comportamiento sexual en la época?

K.F. No, no [se ríe]. Quizá hubiera sido útil poderme acostar con mujeres de 1914 o de los años 30, pero claro [suelta una carcajada]. La principal fuente de información cuando escribo escenas de sexo es mi propia experiencia personal. Eso y la imaginación, claro.

XL. ¿Se precia de conocer a las mujeres?

K.F. Hombre, uno nunca puede decir cosas de este tipo en voz alta. Los hombres dicen que no consiguen entender a las mujeres, pero es que, sencillamente, no las escuchan. En lugar de escucharlas, les gusta decirles lo que tienen que hacer y a las mujeres lo que les gusta es que las escuchen. Siempre me ha gustado escribir personajes femeninos, nunca me ha costado meterme en su piel.

XL. ¿Recuerda el momento en que escribió la última palabra de su primera novela, ese instante irrepetible?

K.F. Sí, el alivio, claro, como quitarse un peso de encima. Entonces empecé a pensar. ¿será buena?, ¿será lo suficientemente larga?, ¿qué pensarán los demás? Resultó no ser gran cosa, la verdad, pero me la publicaron [The big needle, de 1974, inédita en español]. Me sentí orgulloso, pero me siento mucho más orgulloso ahora; mis libros hoy en día son bastante mejores [se ríe].

XL. Cuando le llegó su primer éxito [La isla de las tormentas, 1978] ya había escrito diez novelas. ¿Se planteó alguna vez que tal vez lo suyo no fuera precisamente la literatura?

K.F. No. Nunca había escrito un best seller, pero me habían publicado todas mis novelas. No es lo mismo tener diez libros tuyos en tu biblioteca que ver montones de folios inéditos sobre tu escritorio. Si te publican, piensas, debe de ser porque algo les gusta a los editores. Supongo que lo que pensaban de mí era. Igual algún día este tipo consigue darnos algo realmente bueno [se ríe].

XL. La prensa, los profesores de literatura y la crítica lo definen como escritor de best sellers. ¿Qué tal le sienta?

K.F. Es un término despectivo, lo sé, pero en sentido literal soy un autor de best sellers. No es nada malo, ya le digo que estoy orgulloso de mis novelas. Autores como yo hacemos que millones de personas lean libros. No se deben menospreciar las aportaciones de ciertos escritores solo porque contribuyan a hacer de la novela algo popular.

XL. ¿Cómo se las arregló para escribir sus primeros libros con dos niños en casa?

K.F. Siempre trabajé para periódicos vespertinos. Entraba muy temprano y salía alrededor de las cuatro. Me iba a casa y me sentaba ante la máquina de escribir durante un par de horas. Otras personas cuidan de su jardín o se van al pub a beber; yo creaba historias. Mis primeros libros, en todo caso, eran más ligeros. Pero me daba tiempo de charlar con mi esposa, dar de comer a mis hijos y jugar con ellos, ver la televisión

XL. ¿Cambiaba pañales?

K.F. Sí, sí, siempre lo he hecho, con todos mis hijos. Pero entiendo su pregunta, la mayor parte de los hombres de mi edad no han cambiado un pañal en su vida, entre ellos muchos amigos míos [se ríe].

XL. Para terminar, una frase de La caída de los gigantes. La gente necesitaba odiar a alguien y los periódicos siempre estaban dispuestos a avivar la llama del resentimiento . ¿Es esta su visión de los medios de comunicación?

K.F. Es una frase muy certera, ¿no? En el libro se enuncia en el marco de la Guerra del 14, pero sigue vigente. Los grandes diarios incitaron el odio en las dos contiendas mundiales. A los poderosos les gusta la guerra, les interesa, porque cuando hay crisis y conflictos siempre se hacen más ricos. La demonización de ciertas minorías, promover el odio racial o social, es algo que ayuda a muchos a hacer negocios. Viven de eso, así que procuran exprimirlo al máximo. Es muy triste, terrible.

XL. ¿Por eso dejó la profesión?

K.F. No, era muy joven todavía. Dejé el periodismo porque necesitaba ganar más dinero y confiaba en ser mejor novelista que periodista. Fue una gran decisión, ¿no cree?