El escritor recibe en su casa de la Costa Brava a Ana Milán, Fernando Guillén y Ángel de Andrés, que llevarán al teatro su novela ‘Wilt. El crimen de la muñeca hinchable’

La imagen real encaja fielmente con la idea que uno se ha hecho de Tom Sharpe. un tipo enorme de mirada cristalina, vestido con clásica elegancia -tirantes incluidos-, parapetado tras una gran mesa de madera sobre la que se acumulan cuadernos y papeles y que tiene escondida a sus pies una botella de Glenfiddich.

Un hombre de indisimulada coquetería que ante la idea del inminente posado pide ser retratado del lado derecho, es mi perfil bueno , sobre todo ahora que tengo esta maldita mancha en la mejilla izquierda . Se queda tranquilo al saber que la luz y un ligero retoque pueden salvar cualquier desastre de la piel. Bien, porque no me gustaría pasar a la eternidad con una cara así .

Nos recibe con una afectuosa sonrisa y una queja que le brota de lo más profundo. Llevo aquí encerrado dos años, ¡dos años! Este es mi único mundo ahora mismo . Aquí, es su casa de Llafranc, un pueblo de la Costa Brava donde vive desde 1995. Sharpe nació en Londres en 1928, estudió Historia en Cambridge, realizó el servicio militar y se trasladó a Sudáfrica con 23 años para dar clases. Alarmado por la crueldad del apartheid escribió una obra, Natal -contra el régimen-, que le valió primero la cárcel, por subversivo y comunista peligroso, y luego la deportación. Siguió escribiendo sobre África, pero desde Cambridge, donde fue profesor diez años, antes de triunfar como escritor tras publicarse Wilt, en 1976.

Su mundo en la actualidad es sobrio, de paredes blancas, delimitado por estanterías habitadas por heroínas y villanos, aventureros y detectives. Si no fuera por el televisor, conectado con la BBC, su despacho parecería anclado en el tiempo, como las fotos, todas ellas en blanco y negro.Además de la versión teatral de Wilt, un personaje del que ni puede ni quiere desprenderse, Tom Sharpe está a punto inaugurar una exposición fotográfica en Barcelona.

XLSemanal. ¿Son como las fotos que hacía en Sudáfrica?

Tom Sharpe. No, esas ya se han perdido para siempre. Cuando me deportaron, las destruyeron todas. Miles de ellas. Fue una pena. ¡Malditos sean!

XL. ¿Qué tenían esas fotos?

T.S. La verdad. Miseria, dolor. Y por eso me llamaron ‘comunista’ y me echaron. Esa gente no tenía compasión alguna. Tenían organizado un buen tinglado y, cuando alguien se enfrentaba a ellos, se lo quitaban de encima.

El escritor nos lleva de paseo por los recuerdos que esconden las fotos de su despacho, deteniéndose sobre todo en dos. en una aparece su hija, sonriente, junto a una mesita con una taza, se estaba tomando mi café, y yo la estaba riñendo. Siempre ha hecho lo que le ha dado la gana No sé de quién habrá heredado ese carácter ; la otra es un retrato de su padre, rubio, de quijada potente y gesto serio. Era reverendo , apunta la señora Sharpe. Presbiterano. Es una religión en la que el hombre no se salva por sus buenas acciones, sino por la gracia de Dios. Y aunque Tom no es una persona religiosa, siempre se ha sentido orgulloso de los sermones de su padre . Sharpe contempla fijamente el retrato.

XL. ¿Cómo era su padre?

T.S. Era muy estricto. Muy duro. A los seis años me regaló un rifle. No una pistola, no, un rifle enorme que no podía sostener. Me enseñó a disparar con un rigor que no empleó jamás en cualquier otra cosa. Bueno, sí, en la religión. Me castigaba de manera brutal si me equivocaba, así es que yo me concentraba mucho para dar en el blanco. Aunque los primeros intentos fueron un suplicio.

XL. ¿Y a usted le gustaban las armas?

T.S. Poco importaba, la verdad. Tenía que hacerlo porque me obligaba. Y al final me vino muy bien porque, años después, me convertí en el mejor tirador de los Royal Marines.

XL. Supongo que fue toda una experiencia su paso por el Ejército.

T.S. No lo dude. Fueron dos años inolvidables, y eso que eran dignos de ser olvidados. Estaba lleno de gentuza.

XL. Sus lectores llevan tiempo esperando leer sus memorias.

T.S. Lo sé, se lo debo. Y estoy en ello, se lo aseguro. Todos los días escribo una hora o dos. Pero mi verdadera rutina ya no es escribir, sino seguir el ritmo de la toma diaria de mis malditas pastillas. Son muchas. Y por si fuera poco, todas las tardes vienen a casa para la rehabilitación del pie. Es una pesadilla.

XL. En realidad se sabe poco de su vida. Se cuentan siempre las mismas anécdotas como si fueran únicas, cuando usted debe de haber tenido una vida apasionante

T.S. No creo que mi vida le importe a nadie. Otra cosa es que conocer mi vida ayude a entender el porqué de muchas de las cosas que he escrito. Se sabe lo que he querido que se sepa y, aun así, hay cosas que escapan a lo que uno quisiera contar. Pero cuando lea mis memorias lo entenderá. Que el mundo esté loco me ha permitido escribir libros que se burlan de esa locura. Que mi vida tenga momentos de locura es algo diferente

XL. ¿Se arrepiente de alguna cosa?

T.S. Sí, de no haber aprendido el idioma que se habla aquí

XL. ¿Español?

T.S. No, catalán. Llevo viviendo en Llafranc muchos años y he conocido a personas maravillosas. Tengo mis amigos, pero hablamos en inglés entre nosotros. Es un círculo muy cerrado. Sin embargo, la gente con la que me encuentro es tan amable conmigo que me gustaría conocerla mejor, intimar, preguntarle cosas en una conversación normal

XL. Pero usted aseguró hace años que no quería aprender español para, entre otros motivos, no enterarse del precio de la carne.

T.S. Es cierto. Decimos tantas tonterías a lo largo de la vida

XL. ¿Y no querría intentarlo?

T.S. ¡Por Dios santo, tengo 84 años! Ya se acabó el tiempo, y las fuerzas, para empezar una nueva vida.

XL. Fuerzas tiene, no hay más que ver cómo se aferra usted a los placeres de esta vida. Veo que sigue con los puros y solo ha cambiado la ginebra por el whisky.

T.S. Ya no está uno para grandes cambios. Este es uno de esos pequeños detalles que resultan la clave de la felicidad.

XL. Dicen que la ginebra es más saludable que el whisky

T.S. ¿Saludable? ¿Cree que eso me preocupa cuando me han abierto en canal y tengo una cicatriz que me va del cuello al bajo vientre?

XL. ¿Y qué le preocupa entonces?

T.S. A mi edad solo preocupan la enfermedad, el dolor y la imposibilidad de hacer lo que uno quiere sin depender de los demás.

XL. ¿Y lo que sucede en el mundo?

T.S. [Se queda pensativo]. ¿Me permite que le recuerde una cita de Billy Wilder? Si quieres decir la verdad, tienes que ser muy divertido o la gente te matará . [Una carcajada muda le brota en la garganta y sus ojos brillan].

XL. Veo que la comparte.

T.S. Bueno, yo he escrito muchas verdades.

XL. Y siempre ha sido divertido.

T.S. No, no siempre. Pero el éxito me vino con el humor. Solo entonces y solo de público, que no de crítica Lo cierto es que el humor te da libertad para decir lo mismo que en un drama, pero sin aburrir a la gente.

XL. Quien tiene menos sentido del humor, ¿los banqueros, los políticos o los religiosos?

T.S. Ninguno. El poder no tiene sentido del humor.

XL. ¿Cree que el humor tiene algún límite?

T.S. Depende del riesgo que quiera correr uno.

XL. La crítica ha dicho que su humor es vulgar y ofensivo.

T.S. Hemos creado un mundo vulgar y ofensivo, y el humor solamente es el espejo que devuelve una imagen distorsionada de esa realidad. Lo que duele es la verdad.

Dejamos Llafranc y nos hemos trasladado en coche por el Ampurdán hasta la casa de Montse, la neuróloga y amiga que se ocupa de su recuperación. Ya instalados, una copa en una mano y un puro en la otra, cambia de tercio de manera inesperada.

T.S. Sabe, mi madre era una auténtica zorra.[El exabrupto nos pilla desprevenidos, provocando un silencio que retumba por toda la casa]. Era cruel. Era mala. Tanto que incluso en el asilo se buscó una amiga sorda para poder insultarla tranquilamente sin que ella se diera cuenta de las barbaridades que le decía. Así era ella. Se desahogaba a gusto incluso con alguien incapaz de responderle. ¿Qué clase de mujer es esa? ¿Qué puede esperarse de una persona así?

XL. ¿No la ha perdonado?

T.S. Nunca. Jamás.

XL. ¿Se portó mal con usted?

T.S. De manera inmisericorde. Y no solo conmigo. Con mi padre. Ella lo mató. Mi padre cayó enfermo, y ella decidió no llevarlo al médico durante tres días. ¡Tres días! Solo de pensarlo se me revuelven las entrañas. Cuando lo atendieron, ya era demasiado tarde; sufría una neumonía que se complicó y acabó con su vida. Yo no pude visitarlo, no pude ir a verlo.

La mirada ya no es celeste, se ha enturbiado, y durante un momento prefiere beber que seguir conversando. Su mujer parece afectada. Desde que sufrió el último ataque, Tom ha cambiado un poco. No solo le cuesta hablar más de lo normal, también los recuerdos parecen afectarle de otra manera. Y este es particularmente doloroso para él. ¡Le costó tanto superar la muerte de su padre! Y por si fuera poco, su madre no dejó que saliera del internado para acudir al funeral . No hace falta mucha psicología para entender de dónde sacó la inspiración para algunos de esos personajes femeninos tan alejados de las mujeres que lo rodean, que lo cuidan, que lo quieren. Este hombre que se desmorona físicamente ante nuestros ojos mantiene incólume la fuerza de su inteligencia, su ironía y su humor. Es un ejemplar único, vestigio de una época irrepetible. Cuando su majestuosa y decadente figura desaparece por la puerta, uno siente una punzada, parecida a la que habría atravesado al testigo de la extinción del último dinosaurio.

Tom Sharpe con los actores que protagonizan la versión teatral de Wilt, incluida la muñeca hinchable. Lo de la muñeca fue una ocurrencia explica Sharpe, casi una gamberrada; nunca imaginé que me llevaría hasta aquí .

Tres personajes en busca de su autor

Wilt aparece de nuevo en nuestras vidas 36 años y 22 millones de libros después. Escarmentado por la fallida versión cinematográfica, Tom Sharpe ha dado por primera vez su visto bueno a la adaptación teatral. La versión, cuyo título se ha visto reforzado con el aclaratorio El crimen de la muñeca hinchable, la firman José Antonio Vitoria y Garbi Losada y llega al teatro Bellas Artes de Madrid este 18 de octubre. No pude negárselo porque han hecho un trabajo muy original. Lo primero que pensé es que estaban locos. ¿Cómo se les puede haber ocurrido si no es una historia fácil de llevar al teatro? Pero han sido inteligentes y no han respetado mi libro, han respetado los personajes y sobre todo el humor , explica el escritor.

Hemos decidido reunir a los protagonistas con el creador de los personajes que encarnan, y todos ellos muestran una emoción casi reverencial. Fernando Guillén Cuervo es el atribulado Henry Wilt, Ana Milán es la insufrible Eva y Ángel de Andrés da vida al inspector Flint. Su llegada, que coincide con la aparición de un equipo de televisión que prepara un documental sobre el autor, provoca una situación surrealista digna de una de las secuelas de Wilt. 14 personas apiñadas en un despacho entregándose a un ritual de saludos y dedicatorias.

¿Quién es Wilt? , pregunta Sharpe. Son tantos los rostros desconocidos que no acierta a quedarse con la cara de Fernando, hasta que el actor se lo gana con una amena charla.

Fernando le comenta. Aunque me he reído, he descubierto en Wilt un trasfondo más duro, deprimente y dramático de lo que recordaba.En la novela se palpa la frustración .

Todos estamos frustrados responde Sharpe. La gente que se dice feliz miente. No se puede ser feliz todo el tiempo. Ni es posible ni sano .Ana Milán sigue la escena con fascinación. Es demasiado bella para ser Eva. Eva es gorda y fea; usted, sin embargo, tiene mucho ángel , la piropea Tom.Con Ángel de Andrés la química es inmediata. Tom pide whisky con soda para sus invitados, que a esas horas, y casi en ayunas, provoca un efecto desinhibidor que lleva la conversación por derroteros inconexos, pero divertidos. Puro Sharpe.