Tras siete días en coma profundo, el eminente neurocirujano estadounidense Eben Alexander recuperó la conciencia, pero no ha vuelto a ser el mismo. Por Ixone Díaz Landaluce

Mientras su cuerpo yacía en una cama de hospital, este doctor y profesor de Harvard asegura que estuvo en el cielo. Y afirma que tiene evidencias científicas para demostrarlo. La polémica está servida.

“Fui rescatado por una luz blanca en la que se escuchaba una melodía increíblemente bella”. Así empezó el viaje de Eben Alexander. Su cuerpo, sumido en un profundo coma, yacía en una cama de un hospital de Virginia. Siete días después, Alexander abrió los ojos para sorpresa de los médicos que lo habían desahuciado.

Tenía la certeza de que había estado en un lugar muy diferente a aquella anodina habitación. “Estuve en el cielo. Eso es lo que mi experiencia me demostró en el sentido más amplio de la palabra”. Hasta aquí, el de Alexander es simplemente un testimonio más entre cientos de casos similares. La clásica experiencia cercana a la muerte, casi convertida en cliché por la descripción de la luz blanca, el túnel, el reencuentro con los seres queridos que fallecieron y el mensaje de que aún no es su hora y deben regresar a su cuerpo mortal. Sin embargo, su historia tiene una particularidad. Alexander es neurocirujano, ha tratado pacientes en prestigiosos hospitales de Boston con todo tipo de traumas cerebrales y está titulado en Harvard, universidad de fama internacional en la que también imparte clases. Así que su testimonio adquiere una dimensión especial cuando asegura que hay datos científicos que corroboran que su vivencia no fue una simple alucinación. “Después de siete días en coma, durante los cuales la parte humana de mi cerebro, el neocórtex, permaneció inactivo, experimenté algo tan profundo que me proporcionó razones científicas para creer en la conciencia después de la muerte” , escribía en un artículo que la revista Newsweek llevó a su portada.

Una mañana de otoño en 2008, Alexander se despertó con un intenso dolor de cabeza. En cuestión de horas estaba sumido en un coma profundo, y los médicos le diagnosticaban una rara meningitis provocada por la bacteria Escherichia coli que, habitualmente, solo ataca a los recién nacidos. La bacteria había penetrado en su líquido cefalorraquídeo y estaba “comiéndose su cerebro”. Los médicos, alarmados por su estado crítico, advirtieron a su familia de que sus posibilidades de sobrevivir eran escasas y de que, si lo lograba, quedaría en estado vegetativo para siempre.

Mientras tanto, su viaje había comenzado. “Al principio de mi aventura había nubes. Grandes nubes acolchadas blancas y rosas sobre un cielo profundo y azul”. A continuación, Alexander describe cómo vio a unos seres superiores “transparentes y resplandecientes” que llegó a identificar con los clásicos ángeles y cómo, de fondo, se escuchaba un “salmo glorioso”. Mientras se iba adentrando en un valle de colores brillantes, estuvo acompañado por una mujer joven, de cabello oscuro, ojos azules y grandes pómulos que vestía como una campesina. “Cuando la vi por primera vez, nos trasladábamos juntos sobre una superficie. Después, me di cuenta de que esa superficie era el ala de una mariposa. De hecho, había millones de mariposas a nuestro alrededor”.

Entre ellos, explica, no hubo intercambio de palabras, pero ella le comunicó un mensaje claro y conciso. “Me miró y, sin hablar, los conceptos llegaron directamente a mi mente: Siempre serás amado y apreciado. No tienes nada que temer. No hay nada que puedas hacer mal”. Por último, le dijo: “Te enseñaremos muchas cosas aquí, pero ahora debes volver”. Y volvió. Después de su recuperación, a Alexander -que fue adoptado en su infancia- le enseñaron una fotografía de una hermana biológica a la que él nunca había conocido y que había fallecido años atrás. En aquella imagen reconoció a la mujer con la que había compartido su mística travesía.

Su hipótesis es que no pueden ser sueños o alucinaciones porque su cortex estaba apagado y sus neuronas, inactivas

Pero Alexander, que antes de su experiencia se consideraba “cristiano, más de denominación que de auténtica fe”, no solo quiere compartir su experiencia espiritual con el mundo. Pretende, además, probarla. Su hipótesis es que, durante esos siete días, su córtex (el área del cerebro donde ocurre la percepción, la imaginación, el pensamiento o el juicio) estaba “completamente apagado” y sus neuronas, inactivas. Explica que los exámenes neurológicos y el escáner cerebral que le practicaron demuestran esta afirmación. También el hecho de que su nivel de glucosa en el cerebro bajó al uno por ciento (comparado con el nivel de glucosa en sangre), mientras en los casos severos de meningitis no suele bajar de 20. “La severidad de la meningitis hubiese evitado todo tipo de sueños y alucinaciones porque todas esas cosas requieren un funcionamiento bastante coordinado del córtex” .

Por eso, la tesis de Alexander es que su viaje ocurrió en un estado de conciencia ajeno al cerebro. “Para mí está claro que la conciencia existe en una forma más rica, libre e independiente que el cerebro y que todo eso tiene que ver con la eternidad de nuestras almas”. Para explicar el sentimiento de amor incondicional y unidad con el universo que describe en su relato, el cirujano echa mano, además, de la física moderna. “Los físicos nos dicen que, bajo la superficie, cada objeto y evento del universo está íntimamente entrelazado con otro objeto y evento. No existe separación real. El universo, como yo lo experimenté durante el coma, es el mismo del que Einstein y Jesús hablaron cada uno a su (muy) diferente manera” .

Su extraordinario relato ha levantado suspicacias entre los miembros de la comunidad científica. Para empezar, porque Alexander aprovecha su condición de neurocirujano para validar su teoría. Pero sobre todo porque, según algunos expertos en el campo de la neurociencia, los argumentos que utiliza son, en realidad, científicamente endebles. El neurocientífico y filósofo Sam Harris sostiene, por ejemplo, que un “simple escáner cerebral no puede determinar la inactividad neuronal ni en el córtex ni en ningún otro sitio.[… ] Obviamente, su córtex está funcionando ahora, así que cualquier daño estructural que mostrase el escáner no podía ser global. De otro modo estaría sugiriendo que sux se destruyó y, luego, volvió a regenerarse”. Mark Cohen, profesor de Neurología en la Universidad de California y pionero en las técnicas de neuroimagen, apoya esta tesis. “Esta interpretación poética de su experiencia no se sostiene sobre ningún tipo de evidencia. El coma no equivale a la ‘desactivación de la corteza cerebral’ o a que las neuronas del córtex cesen por completo su actividad, como él escribe. Esas situaciones describen la muerte cerebral, una condición letal al cien por cien”, sentencia.

Sus críticos dicen que todo se debe a una secreción de DMT, un alucinógeno que general el cerebro, mientras estuvo en coma

Además, Harris plantea un interrogante legítimo al caso. “Incluso si su córtex hubiera cesado su actividad por completo [una afirmación increíble en cualquier caso], ¿cómo sabe que esas visiones no ocurrieron en las horas o minutos en las que recuperó sus funciones cerebrales?. La detallada descripción de su viaje se asemeja, dicen sus críticos, a las crónicas de los viajes psicodélicos.”¿Sabe Alexander que la DMT [dimetiltriptamina, el alucinógeno más potente que existe] es un neurotransmisor del cerebro? ¿Experimentó su cerebro un aumento de su secreción durante el coma? Esto es, obviamente, pura especulación, pero es una hipótesis mucho más factible que la tesis de que su córtex se ‘apagó’ liberando su alma para viajar a otra dimensión”, concluye Harris. Los neurocientíficos no son sus únicos detractores. El físico Victor Stenger lo acusaba, en un artículo publicado en el Huffington Post, de utilizar el ‘argumento de la ignorancia’, según el cual, desconocer la explicación natural de un fenómeno es evidencia suficiente para proclamar la existencia de una fuerza sobrenatural.

El mismo Alexander confiesa que solo cuatro años antes su propio relato le hubiese puesto en guardia.  “Sé que muchos de mis colegas sostienen, como yo mismo lo hacía antes, que en el cerebro, y en particular el córtex, es donde se genera la conciencia y que vivimos en un universo desprovisto de cualquier tipo de emoción, mucho menos el amor incondicional que yo ahora sé que Dios y el universo tienen hacia nosotros. Pero esa teoría está hecha añicos. Lo que me pasó a mí la destruyó”. De hecho, el único lugar en el que el médico no ha encontrado resistencia ni miradas incrédulas ha sido, precisamente, en la Iglesia. “La primera vez que entré en una iglesia después de mi coma, lo vi todo con nuevos ojos”. Alexander, que después de salir del coma pasó dos meses escribiendo las impresiones de su experiencia y ha publicado un libro [Proof of heaven], quiere dedicar el resto de su vida al estudio de la conciencia. Pero ahora desde una nueva perspectiva. “Esa otra dimensión existe. A mí me enseñó que somos mucho más que nuestros cuerpos y nuestros cerebros y que la muerte no es el fin, sino otro capítulo en un viaje incalculablemente positivo”.

OTROS CASOS SIMILARES

El vuelo de Carl jung, psiquiatra.

Carl Jung, psiquiatra suizo, coma, conocer

En 1944, el afamado psiquiatra suizo y colaborador de Freud vio la luz. Había sufrido un infarto y permanecía en coma en un hospital de Suiza. Tal y como relató en su autobiografía, su viaje lo llevó a miles de kilómetros de la Tierra, desde donde pudo observar el planeta y describirlo con increíble precisión dos décadas antes de que el primer astronauta viajara al espacio. También visitó un templo antes de que una visión de su médico le advirtiera que tenía que regresar . Y lo hizo. Jung, padre de la psicología analítica, tuvo problemas para adaptarse después. “Ya no había nada más que deseara. La vida y el mundo entero me parecían una prisión” , reflexionaba en sus memorias.

Don Piper y la música celestial, pastor baptista.

Después de que un camión embistiera su coche en 1989, este pastor baptista fue declarado muerto. Tras 90 minutos sin constantes vitales, recuperó la consciencia. Piper asegura que en ese tiempo visitó el cielo, en cuyas puertas su abuelo fallecido le dio la bienvenida mientras, de fondo, se escuchaba una música celestial. “Es la cosa más real que me ha ocurrido” , ha dicho. Lo contó todo en un best seller [90 minutos en el cielo]que vendió cuatro millones de copias. Desde entonces afirma. “Este ya no me parece un mundo real, porque ahora sé lo efímero que es. No puedo esperar a volver allí”.

Mary Neal y su espíritu errante, médico.

Cuando su kayak volcó en el año 1999, quedó atrapada bajo el agua hasta perder la conciencia. Sin respiración durante 15 minutos, Neal cirujana de profesión asegura que vio pasar su vida delante de sus ojos. “Mi espíritu se deshizo de mi cuerpo y salí del río”. Entonces, según relató en el superventas Al cielo y vuelta, vio cómo sacaban su cuerpo y le practicaban un masaje cardiaco. Después atravesó un túnel brillante y llegó al cielo, donde unos ángeles le dijeron que debía volver. “Para mí, los límites entre Dios y la medicina se han alterado. Ahora rezo por mis pacientes”.

Colton Burpo y los ángeles, estudiante.

Cuando Colton tenía 4 años estuvo a punto de morir por una apendicitis mal tratada. Al dejar el hospital dos meses después, le contó a su padre que había estado en el cielo. “Jesús le pidió a los ángeles que me cantaran porque yo estaba muy asustado”. Teniendo en cuenta que el padre, Todd, es pastor protestante, la afirmación no era tan rara. Lo peculiar es que describió con detalle de lo que sucedía mientras le operaban. “Tú estabas solo en un cuarto pequeño, rezando, y mamá estaba en otro y hablaba por teléfono”. Todd escribió un libro, El cielo es real, con la experiencia de su hijo.

El increíble caso de Scott Routley.

Scott Routley, un canadiense de 39 años, en estado vegetativo desde que sufrió un grave accidente de automóvil. En su estado, los análisis clínicos dan por hecho que no hay conciencia y, efectivamente, es así en la mayoría de los casos. Pero no en todos. El científico británico Adrian Owen está decidido a demostrar que al menos un 20 por ciento de las personas en estado vegetativo están conscientes. Solo que no hay pistas para saber quiénes lo están y quiénes no. Owen, que ya había tenido éxito en otros casos, eligió a Routley para hacer una prueba porque sus padres insistían en que su hijo podía oírlos. Aplicaron su método habitual. Le pidieron que para responder no a sus preguntas se imaginase jugando al tenis, y que para responder sí se imaginase caminando por su casa, mientras se lo analizaba con un escáner de resonancia magnética. Hay unas partes específicas del cerebro que se iluminan cuando nos movemos. Y es una parte diferente según el tipo de movimiento y el lugar. Es decir, se pueden vincular directamente. Se puede preguntar de todo, pero, por ejemplo, es difícil interpretar las respuestas a preguntas relacionadas con los sentimientos. No así con hechos muy concretos. Así han podido saber que Scott piensa, sabe quién es y dónde está. Y una cosa muy importante. que no siente dolor.