No somos hermanas, aunque lo parezcamos. No somos amigas, aunque podamos dar esa impresión. Somos otra cosa aún por definir; un día me levanté y me crucé con ella en el vestíbulo del hotel. Por un momento creí que me reflejaba en un espejo y me llevé la mano al cabello, instintivamente, para domar un bucle suelto. Ella me miró, atónita, y fue entonces cuando descubrí que poseía una doble, un eco humano, un espejo real y un poco despistado.Con nuestro sólido sentido práctico (una virtud más que compartimos), pronto supimos verle las ventajas a parecernos tanto, tanto. Éramos, en realidad, una fantasía para muchos y una aspiración para otras. Pulimos un poco más nuestras diferencias. el arco de las cejas, los colores pasteles y envolventes que unificaban nuestro cuerpo, y convertían las piernas en infinitas. Contagiamos esa alegría. Para eso nos contratan. El perrito fue una idea de ella, de mi doble. Quienes nos vieran, no recordaría el color de nuestros ojos, ni las diferencias del rubísimo cabello que compartimos, pero nos diferenciarían por el cachorro. ¿Con cuál quedaste, con la del perrito, o con la otra? Para no ofendernos (también compartimos defectos y, uno de ellos, es la susceptibilidad. Somos primeras actrices, no chicas de reparto), intercambiamos el perrito de vez en cuando.Hace tiempo que ya no mencionamos nuestro nombre. Somos tú y yo, y también en eso albergamos dudas. En algún momento, ya se me olvida que yo soy yo. Nos miramos a los ojos y sonreímos. Somos bellas, jóvenes y ya sabemos que nunca estaremos solas. Y eso, por encima de nuestra piel de porcelana, de las manos larguísimas y las caderas estrechas, es algo que nos tranquiliza. Ya estamos armadas para luchar contra el tiempo.