Dicen que, de no haberse retirado, habría sido la mayor estrella de la historia. Pero, con apenas 38 años, optó por la vida familiar. ¿Qué la llevó a abandonar Hollywood para refugiarse en Roma? Su hijo italiano saca a la luz los recuerdos romanos que cambiaron la vida de Audrey Hepburn. Por Fernando Goitia

Convertida en inocente princesa, la vida de Audrey Hepburn cambió al recorrer las calles de Roma a bordo de una vespa. Por arte de esa magia llamada cine, y de una sencilla película, Vacaciones en Roma, aquella actriz desconocida no solo se transformó, de la noche a la mañana, en una gran estrella con un Óscar en el bolsillo; sus cinematográficos paseos por la dolce vita romana, de la mano de Gregory Peck, le proporcionaron el estatus de símbolo de la Ciudad Eterna, tan incontestable para los propios romanos como el Coliseo o la Fontana di Trevi.

Audrey se ganó así el corazón de los romanos y quizá por ello acabó convirtiendo Roma en su hogar y en el refugio que le permitió alejarse de la frivolidad y la superficialidad de Hollywood, un lugar que revitalizó con su glamour y su carita de ángel inocente, pero en el que nunca se sintió completamente cómoda.

Vacaciones en Roma

Audrey Hepburn y Gregory Peck en la película ‘Vacaciones en Roma’

En Roma, sin embargo, se sintió a gusto desde el primer momento. El hechizo fue tan contundente que, después de mostrarse al mundo en aquella obra maestra de William Wyler, Hepburn rodó en la capital italiana dos películas más; en los años cincuenta se compró un apartamento al que acudía a menudo con su primer marido, Mel Ferrer, y en 1969 formó una nueva familia con su segundo esposo, el médico romano Andrea Dotti, convirtiendo la Ciudad Eterna en su hogar hasta mediados los ochenta.

Su hijo Luca Dotti, fruto de aquel último matrimonio, se ha decidido ahora, ayudado por más de 200 fotografías, a contar en el libro Audrey in Rome cómo se forjó esa relación entre la tercera mayor estrella femenina de todos los tiempos -según el American Film Institute, la otra Hepburn, Katherine, es la reina y Bette Davis, la segunda-y Roma.

“En 1953, cuando se rodó Vacaciones en Roma -cuenta Dotti-, la guerra estaba fresca en la memoria de los romanos, pero la película recuperó el espíritu despreocupado y divertido de la ciudad y, de pronto, mi madre fue adoptada como un nuevo icono local”. Tres años después de aquella primera toma de contacto romana, la actriz británica de origen belga regresó para protagonizar la monumental Guerra y paz, rodada íntegramente en los estudios Cinecittá. Al bajar del avión en el aeropuerto de Ciampino, la prensa local, agradecida por haber devuelto la ciudad al mapa, la recibió como a una hija predilecta. Y así empezó todo. Finalizado el rodaje, Hepburn y Ferrer, su marido entonces y compañero de reparto en la adaptación del libro de Tolstói, compraron allí un apartamento que visitaban con frecuencia.

Era la edad dorada de cinecittà, pero Roma siempre protegió a mi madre. Los paparazis no la acosaban como a las estrellas. La respetaban

Eran los años del ‘Hollywood del Tíber’, del esplendor de Cinecittá, del auge de los paparazis que perseguían en busca de indiscreciones nocturnas a las estrellas que poblaban la noche local. Pero a Hepburn, más allá de una carita de sueño a altas horas de la noche en algún club, jamás la pillaron perdiendo los papeles. “He visto miles de fotografías de mi madre en los archivos de las principales agencias fotográficas -asegura su hijo- y siempre salía estupenda” . Por un lado, sus años como bailarina de ballet proporcionaron a la actriz una compostura impecable durante toda su vida. Por otro, los fotógrafos, por aquella aura suya de símbolo romano, tuvieron con ella unos miramientos que jamás concedieron al resto de los astros cinematográficos. “Roma protegió a mi madre subraya Dotti. Los reporteros siempre le concedieron su espacio y su tiempo”.

A finales de los años cincuenta, la actriz ya tenía su propio círculo de amigos. “Henry Fonda [tercer vértice del triángulo protagonista de Guerra y paz] se casó con una italiana, Afdera Franchetti, en 1957, y se mudó a Roma -cuenta Dotti-. Mi madre y Ferrer salían mucho con ellos. Fueron Afdera y su hermana Lorian quienes hicieron de mi madre una auténtica romana.

Audrey Hepburn siempre disfrutó de la ciudad. “Durante los casi 20 años en que mi madre vivió en Roma -prosigue-, la gente la conocía y casi todos los taxistas sabían dónde vivía. Todavía lo saben hoy. Me llevaba al colegio, al parque, a clases de natación, se reunía con mis profesores, compraba en los famosos pizzicagnoli [ultramarinos] romanos, cocinaba para nosotros o para sus amigos, sobre todo espagueti al pomodoro, su plato favorito, y daba largos paseos con sus perros. A veces, un fotógrafo la seguía y la inmortalizaba junto a mi padre en alguna callejuela cercana al Campo dei Fiori, esperando a que mi abuela les abriera la puerta de su casa para un almuerzo dominical”.

“Mi madre decía que tenía la nariz y los pies demasiado grandes. También que era excesivamente delgada y que le faltaba pecho”

Audrey Hepburn, cuenta el menor de sus dos hijos, nunca acabó de entender su propio atractivo. “Decía que tenía la nariz demasiado grande, lo mismo que los pies [calzaba un 39]; que era excesivamente delgada y que le faltaba pecho”. Hepburn pesaba 50 kilos, medía 1,70 y su cintura apenas superaba los 50 centímetros, pero en una época dominada por las actrices voluptuosas y de curvas rotundas, Billy Wilder, al contratarla para Sabrina -la segunda nominación consecutiva de la actriz al Óscar-, vio a aquella joven de magnética sonrisa y con la clarividencia del genio soltó: Esta jovencita convencerá al mundo de que los grandes senos y las curvas pronunciadas son un vestigio del pasado.

Hepburn, sin embargo, nunca acabó de verlo tan claro. “Se miraba a los espejos y decía: ‘No entiendo por qué la gente me considera guapa’ -revela su hijo-. Su explicación era que, probablemente, poseía una buena combinación de defectos”. Su sentido del humor fue, precisamente, una cualidad bien apreciada entre sus colegas. No en vano mantuvo amistad con muchos de sus compañeros de reparto como Gregory Peck, Rex Harrison, Humphrey Bogart o Cary Grant, quien llegó a decir: “Todo lo que pido por Navidad es otra película junto con Audrey Hepburn”.

El deseo de Grant nunca se cumplió. Cuatro años después de Charada [1963], lo único que rodaron juntos, ella le dio la espalda a la industria: “Mi madre nunca se comportó como una estrella. madrugaba, era puntual, no gritaba ni daba berrinches de diva. Aun así, debe de conservar todavía el récord mundial de portadas de revistas. 650 -revela su hijo. Toda esa exposición la convirtió en alguien muy famoso y con mucho glamour, pero si sumamos el tiempo invertido solo en sesiones fotográficas suman dos años completos de su vida. Llegó un momento en que necesitaba algo más”.

Hepburn tomó la decisión de dejar el cine no una, sino dos veces. Primero, en 1967 para cuidar del pequeño Luca. Más tarde, en los ochenta, tras un regreso enlazando tres películas, se retiró del todo para entregarse a la causa de la infancia de la mano de Unicef.

“Mi madre nunca conoció a mis hijos -subraya Dotti-. Habría sido una abuela maravillosa, haciéndoles pasteles, estando con ellos siempre que pudiera, contándoles cuentos… Decía que los niños deben jugar y ser felices porque necesitan de esa alegría a medida que crecen. Para ella, envejecer era parte del círculo vital. No entendía los esfuerzos de las mujeres por mantenerse jóvenes. Apreciaba hacerse mayor, ya que disponía de más tiempo para sí misma, su familia, y se alejaba del frenesí superficial de Hollywood”.

A Audrey siempre le acompañó la tristeza. “La guerra -dice su hijo-. Perdió familia, hogar… Eso quedó latente en su alma”

Quienes la conocieron bien reconocen en Hepburn una tristeza que siempre la acompañaba. !”La guerra -señala Dotti-. Perdió a casi toda su familia, su hogar… Eso permaneció latente en su alma, aunque detrás del dolor todo lo convertía en un descubrimiento. Cuando hablaba de su carrera, decía que había sido como ganar la lotería. Y en el fondo de su corazón, siempre fue una granjera. Creció entre Bélgica, Holanda e Inglaterra, en el campo, y amaba lo rústico. Por eso, al final de su vida eligió Suiza”.

En los setenta, cuando Italia recibía las sacudidas de la mafia y el terrorismo, Hepburn insistía en que nada la apartaría de su familia. Vivió allí hasta 1986, seis años después de divorciarse del padre de Luca, -cuando se trasladó a Suiza para estar cerca de su hijo, que estudiaba allí, interno, el bachillerato. En 1963, la actriz había comprado en ese país -“con su propio dinero”, solía decir con orgullo- una granja. El romance de Hepburn con Roma había terminado.