Llega el calor y, con él, carteristas y demás artistas del hurto dejan el subsuelo y salen a la superficie. Tras pasar el invierno desvalijando a incautos en el metro, muchos de estos delincuentes emigran hacia playas y demás lugares turísticos para intentar hacer el agosto. Sepa cómo evitar que le arruinen el verano. Por Fernando Goitia

Cuatro mujeres se acercan a una joven con una maleta que sube unas escaleras. Una de ellas le ofrece ayuda y levanta el bulto. Por detrás, otra le roba la cartera y se la cede a una tercera.

Al final de la escalera, la primera deja la maleta en el suelo, la víctima incluso le da las gracias y las cuatro mujeres se alejan con el botín. “Este es un caso de libro. En grupo, una molesta, otra tapa, otra ayuda, otra puede discutir, otra sustrae, otra se lleva… Y si la víctima se da cuenta no sabrá quién ha sido ni quién tiene su cartera”, asegura el inspector Frutos.

A varios metros bajo tierra, en su despacho en la comisaría de la estación de Sol, punto neurálgico del metro madrileño, el jefe de la Brigada Móvil de Policía del Transporte repasa las dificultades de tratar con los profesionales del hurto. De su cajón, Frutos extrae un pesado bloque de documentos. La historia delictiva de una ciudadana rumana, detenida 16 veces en los dos últimos años, se eleva unos 15 centímetros sobre su mesa. Pese a su voluminoso expediente, esa mujer sabe que no ingresará en prisión. Es una experta en pequeños robos cuya comisión -tipificada como falta en el Código Penal- no suele implicar penas de cárcel. “Acabamos de ponerla a disposición judicial y hemos solicitado una orden de alejamiento -explica el inspector. No podemos conseguir que vaya a la cárcel ni una orden de expulsión, pero sí, al menos, impedir que acceda a su lugar de trabajo. Porque esta gente viene al metro a trabajar, a robar, que es de lo que vive”.

“Incautos siempre va a haber -dice-, pero casi todos estos robos se pueden evitar. Las víctimas suelen ser gente que se descuida”

El ámbito laboral de los carteristas en España es amplio y variado. Incluye lugares como el metro madrileño -líder nacional en denuncias de hurto-, el de Barcelona y los de otras ciudades españolas; museos y puntos turísticos en general, zonas y centros comerciales, estaciones de tren y autobús, terrazas o playas a donde muchos de estos delincuentes se desplazan en verano para hacer su particular agosto. “El metro de Madrid es el lugar donde más actividad de este tipo hay durante el año -señala Frutos-, pero en verano los delincuentes prefieren la superficie y se despliegan por las áreas turísticas de Madrid, se marchan a otras ciudades o a zonas costeras”. Un informe sobre carterismo elaborado por CPP, una empresa especializada en protección y servicios de asistencia, alerta de esta migración veraniega hacia capitales como Santiago, Sevilla, Bilbao, Valencia, Granada, Barcelona o La Coruña, cuyas playas y zonas más agitadas se convierten en verano en ‘la oficina’ de carteristas, tironeros, carpeteros, descuideros, ronaldinhos, claveteras y demás fauna entregada al robo a pequeña escala.

El hurto implica pena de prisión, de seis a ocho meses, solo cuando la cantidad sustraída supera los 400 euros  -el nuevo Código Penal pretende elevarla a mil- o en el caso de acumular esa misma cigra en diferentes ocasiones en el plazo de un año. Si el delincuente no traspasa la frontera de los 400 euros, el castigo establecido por el Código Penal consiste en localización permanente de cuatro a doce días o multa de uno a dos meses.  “¿Quién lleva 400 euros encima por la calle? Pues nadie -señala el inspector Frutos-. Trabajar contra los delincuentes bajo estas premisas es muy complicado. Además, ellos son profesionales, viven de esto, se organizan, se asesoran y se conocen todas las triquiñuelas”.

Por ejemplo, que no hay hurto si el dinero no llega a salir de la billetera; que no hay violencia y, por lo tanto, delito de robo si esta no ocurre en el instante de la sustracción, aunque tenga lugar posteriormente en caso de forcejeos; que nunca tienen domicilio conocido, lo que impide que los juzgados les notifiquen citaciones para juicios o para tomarles declaración o hacerles entrega de una sentencia, con lo que muchos prescriben.

Ante las dificultades legales que implica la lucha contra este tipo de delincuentes que solo cometen faltas, los mandos policiales optan por estrategias alternativas como solicitar órdenes de expulsión contra delincuentes multirreincidentes -la mayoría, según la Policía, son extranjeros del este de Europa, sudamericanos, magrebíes y subsaharianos- o, en el caso del metro, órdenes de alejamiento para evitar que los carteristas, en palabras del inspector Frutos, “puedan ir a trabajar”. Un hurto es una falta, pero si quebrantan la orden judicial y entran en la red del suburbano, eso ya es un delito y la respuesta del sistema legal se endurece.

El hurto conlleva prisión de seis a ocho meses cuando la cantidad sustraída supera los 400 euros.

“El principal temor del delincuente -prosigue el inspector-es la respuesta policial a su acto, que haya una contestación inmediata. Si los detienes y al cabo de un rato salen, pues vuelven a lo suyo. Hay casos de gente tan reincidente, que ya es que te duele y todo“. Uno de esos casos es el del clan de las bosnias, cinco carteristas procedentes del país balcánico, alguna de ellas con más de 115 antecedentes policiales, a las que un juez prohibió el acceso al metro en febrero y, tres meses después, otro revocó la sentencia. “La líder de las bosnias ha regresado y está actuando, pero es tan conocida que la detectamos enseguida y vamos a controlarla -explica Frutos-. Si sigue cometiendo hurtos y la detenemos, eso va engordando su historial en caso de que haya un nuevo juicio”.

Hace unas semanas se expulsó a un italiano y a cuatro rumanos, pese a ser ciudadanos comunitarios, por multirreincidencia. “Son gente que reside en España con el objetivo de delinquir, -cuenta Frutos. Si podemos demostrar eso, se puede proponer para expulsión. Luego es el juez quien decide”. Aunque a veces surgen ciertas complicaciones. Sin ir más lejos, el caso de las bosnias, durante años uno de los grupos más activos en toda España, está lleno de ellas. “Intentamos conseguir órdenes de expulsión -afirma el inspector-, pero es que no tienen documentación. Salieron de su país con el caos de la guerra en los Balcanes y las autoridades de Bosnia dicen que no están registradas como ciudadanas suyas. Están en una nube legal y, además, algunas tienen hijos españoles”.

La anulación de la orden contra las bosnias, sin embargo, no ha afectado a la nueva estrategia policial. Hace unas semanas, un juez de Madrid decretó órdenes de alejamiento para tres personas -un iraquí y dos rumanos- que, juntas, sumaban más de 170 detenciones. “Por mucho que los detengas, como no hay delito, ellos no dejan de robar -subraya Frutos-. No importa, no desesperamos, nosotros seguimos trabajando, acumulando información para demostrar que estas personas se dedican en exclusiva a la delincuencia y, al saber quiénes son, aumentamos la vigilancia en las zonas críticas para hacerles más difícil su trabajo. Si no pueden concentrarse exclusivamente en su tarea, roban menos, ya que tienen que asegurarse más que nunca de que no hay moros en la costa”.

La mejor prevención contra el hurto, en todo caso, es prestar más atención a lo que sucede a nuestro alrededor. En realidad, hay muy poca gente que sufra este tipo de actos. En el metro de Madrid, por ejemplo, por donde pasan cada año 609 millones de viajeros, la probabilidad de que te roben es del 0,0000179. “Si tenemos en cuenta nuestro alrededor, nunca sufriremos un robo de este tipo -comenta el inspector José Luis Guerrero, jefe del grupo operativo de metro de la Policía Nacional-. Incautos siempre va a haber, pero muchas son situaciones que se pueden evitar. Las víctimas, de modo general, son gente que se descuida, que está con la guardia baja, leyendo un libro, hablando por el móvil o, directamente, dormidos. Los sábados y domingos por la mañana muchos jóvenes, drogados o borrachos, duermen profundamente en los vagones y llegan los chinaores, mayoritariamente subsaharianos, que les cortan la ropa con una cuchilla para quitarles el móvil o la cartera. Y luego están quienes se aprovechan de personas con problemas de movilidad, como alguien que carga una maleta, y, peor todavía, de los ancianos” .

En uno de los videos que Frutos muestra en su despacho una anciana que camina con dificultad desciende muy despacio por un tramo de escaleras del metro madrileño. De su brazo izquierdo cuelga un bolso. A su lado, una amiga la sujeta del lado derecho para ayudarla en el descenso. Ninguna ha visto al hombre que, por detrás, se las acerca con rapidez y, en un brusco movimiento, sujeta el bolso de la anciana con las dos manos, tira de él con todas sus fuerzas y sale huyendo escaleras arriba, mientras su víctima grita asustada antes de perder el equilibrio y sufrir una caída de imprevisibles consecuencias. Este es el tipo de gente con el que tenemos que lidiar”, subraya el inspector.