En España hay ya diez millones de alérgicos y serán veinte millones en 2025. Las alergias son la pandemia del siglo XXI. Para encontrar soluciones, hace falta tener claras las causas. Así que los investigadores han puesto la vista en comunidades como los amish, que apenas padecen este mal, para ver dónde y por qué comenzó el problema. Por Carlos Manuel Sánchez

¿Beber leche de vaca recién ordeñada, respirar el polvo de los establos y jugar entre boñigas puede inmunizarnos frente a las alergias? Mark Holbreich, un alergólogo de Indianápolis (Estados Unidos), opina que al menos habría que empezar por ahí. Y no es el único. Holbreich comenzó a visitar las comunidades amish hace veinte años. Si solo tuviera a los amish como pacientes, habría tenido que cerrar su consulta. Los niveles de alergia y asma de los niños amish son hasta cinco veces más bajos que los de los niños de ciudad. A Holbreich le picó la curiosidad y decidió investigar…¿Por qué esta secta de granjeros que viven al margen de los avances tecnológicos está exenta de ictericias, lagrimeos, asfixias y estornudos?

Las alergias no son nuevas. Una tableta egipcia ilustra sobre la muerte del faraón Menes por una picadura de avispa. Pero en los últimos años no dejan de aumentar en los países desarrollados. Los médicos consideran que las enfermedades autoinmunes, entre ellas las reacciones alérgicas (respiratorias, a los alimentos, a los fármacos, a la ropa, a los metales, al Wi-Fi, al semen, en fin, a casi todo… ), son la pandemia del siglo XXI, como en el siglo pasado lo fueron las enfermedades infecciosas. Unas 250.000 personas mueren por crisis asmáticas en el mundo cada año. La progresión es imparable. Y España no es una excepción. Ya hay diez millones de alérgicos en nuestro país y serán veinte en 2025, casi la mitad de la población.

Y lo que es peor, las alergias son cada vez más molestas, más incapacitantes y más peligrosas. En España, las alergias a pólenes ya no se limitan a la primavera y duran hasta seis meses. Comienzan en enero con los cipreses, siguen con las gramíneas y plátanos de sombra y terminan en julio con el olivo. Pero, además, cada vez hay más alérgicos crónicos que padecen los síntomas durante todo el año.

También han aumentado las anafilaxias. “Un choque anafiláctico es una explosión alérgica que afecta a todo el organismo de forma rápida y brusca. Puede ser mortal -explica Montserrat Fernández, jefa del servicio de alergia del Hospital Clínico San Carlos, en Madrid y es difícil de diagnosticar, porque suele presentar un cuadro clínico complejo, con enrojecimiento, picor, ahogo, náuseas, mareos…”. Según un estudio reciente, se dan 113 casos anuales por cada cien mil habitantes. Y se calcula que en España una de cada 300 personas sufrirá un choque anafiláctico a lo largo de su vida.

El ‘secreto’ de los amish contra la pandemia

Holbreich realizó pruebas cutáneas de alergia a niños amish. Solo el siete por ciento resultó estar sensibilizado a pólenes y otros alérgenos. La sensibilización aumenta el riesgo de acabar desarrollando una alergia; es el paso previo. Holbreich pensó primero que la invulnerabilidad de los amish podría deberse a factores genéticos, pues forman una comunidad muy endogámica, pero esa teoría se descartó enseguida, estudiando los orígenes suizos de los amish. Lo que sí detectaron los científicos es una clara diferencia entre niños de pueblo y de ciudad. Los hijos de los agricultores y ganaderos padecen menos alergias. Así que microbiólogos e inmunólogos han convertido el norte de Indiana, territorio amish, en la meca de la investigación contra las alergias. Pero también buscan respuestas en las zonas rurales de Polonia y China, cuya vida tradicional se ve amenazada por el progreso y la emigración a las ciudades, como sucedió en España hace 30 años.

“Una cosa está clara: los hijos de agricultores y ganaderos tienen menos alergias. Los científicos lo llaman el ‘efecto granja’

De momento no hay conclusiones, pero sí sospechas. Según Holbreich, los amish sufren menos alergias porque beben leche sin pasteurizar y crecen rodeados de mierda, con perdón. Los investigadores lo llaman el ‘efecto granja’. “Los niños limpian los establos, andan descalzos y están expuestos a microbios y bacterias que estimulan su sistema inmunológico” , explica. Holbreich llama a las boñigas de vaca ‘oro líquido’. Y calcula que, con cada inhalación de aire, un niño amish recibe una exposición a los microbios mil veces mayor que uno de ciudad. “A la hora del desayuno, los niños amish tienen hongos y detritus en la ropa, en las uñas Están flotando en el ambiente. Es un entrenamiento de campeones ”

Los resultados obtenidos con los amish concuerdan con los de las investigaciones polacas, donde aumentan las alergias coincidiendo con el éxodo del campo a la ciudad desde que ingresó en la Unión Europea. El caso de China es paradigmático. Los escolares chinos de las zonas rurales tienen tres veces menos alergias que los de Pekín. El 40 por ciento de esos niños han vivido en granjas toda su vida. Hay una vieja hipótesis que se denomina ‘teoría higienista’ y que viene a decir que en el polvo de los establos y en la leche fresca pululan microbios que son importantes para un correcto funcionamiento del sistema defensivo humano.

¿Enfermos por un exceso de higiene?

En el fondo, una alergia no es más que un error, una metedura de pata de nuestro sistema inmune, que es el que se encarga de defender al organismo ante intrusos peligrosos como bacterias, virus o parásitos. Para esa función cuenta con un ejército de células asesinas y anticuerpos. Estas tropas de choque van aprendiendo a lo largo de la vida a distinguir entre ‘amigos’ y ‘enemigos’. Sin embargo, en el caso de los alérgicos, lo que hacen es declararles la guerra a unos intrusos que no son peligrosos: polen, ácaros, ingredientes de alimentos… El contacto con estas sustancias provoca la liberación de transmisores que desencadenan una reacción inflamatoria.

Si faltan sparrings, se aburren y se entretienen de otra manera: luchando contra las inofensivas partículas de polvo o de polen. Así pues, un exceso de higiene las privaría de adiestramiento y su ejercicio diario. Pero los alergólogos ya no se conforman con esa teoría. La consideran demasiado simplista. Y las nuevas investigaciones dan un paso más. Por una parte, algunos microbios pueden tener un papel clave en la maduración del sistema inmune, ¿pero cuáles? Se trata de identificarlos, de saber cuáles son nuestros aliados y cuáles nuestros enemigos. 

Por otra, todo apunta a que no solo es una cuestión de no esterilizar el chupete cada vez que se le caiga a nuestro bebé al suelo.Lo que ha disparado las alergias es probablemente un cambio radical en el estilo de vida, con múltiples factores en juego: la contaminación ambiental, los medicamentos, el estrés, la alimentación…

 El aire que se respira en las ciudades o la comida que compramos en los supermercados contiene cientos de sustancias químicas que no existían en el siglo XIX. Y quizá nuestro sistema inmunitario no solo está desentrenado, sino también confuso, como esas ballenas que acaban varadas en las playas, desorientadas por la contaminación acústica de los océanos. “Por eso los amish, que viven en una cápsula del tiempo, como se vivía antes de la Revolución Industrial, nos pueden enseñar lo que hemos perdido”, apunta Holbreich.

Tratamientos personalizados

  • Diagnóstico Molecular. No basta con saber si una persona es alérgica a un determinado alimento, sino que ahora se busca la proteína en concreto a la que está sensibilizada. Gracias al diagnóstico molecular se ha descubierto que hay muchas alergias cruzadas a pólenes y alimentos de origen vegetal que tienen proteínas en común. Se sabe también que la ingesta de alcohol o antiinflamatorios puede agravar una reacción alérgica.
  • Inyecciones a la carta. Investigadores austriacos han desarrollado inyecciones a la carta contra el polen de gramíneas y trabajan en proyectos contra el pelo de gato, ácaros y polen de abedul, según Der Spiegel. Además, han creado un chip de detección precoz que mediante fluoromicroscopía permite hacer visibles los anticuerpos que reaccionan ante determinados alérgenos.
  • Desensibilización. Consiste en administrar pequeñas dosis progresivas del mismo alérgeno al que un individuo está sensibilizado, como si fuera una vacuna. La inmunoterapia suele ser un tratamiento largo, de tres a cinco años por término medio. Y sus resultados no son siempre exitosos. Es más efectiva con los pólenes y más complicada con algunos alimentos. La ventaja es que es compatible con la administración de fármacos e inhaladores.
  • Cócteles basterianos. Se recomienda consumir alimentos probióticos, que contienen bacterias intestinales. Durante décadas han sido utilizados para hacer yogur. Tienen efectos demostrados en el tratamiento de los trastornos digestivos, y cada vez más estudios concluyen que los beneficios son similares para el sistema inmune y las alergias, aunque no son un remedio milagroso. El consumo de probióticos durante el embarazo podría ayudar a reducir las alergias en el recién nacido.
  • Kit de emergencia. Un alérgico a las picaduras puede morir en 10 minutos y una alergia alimentaria puede acabar con una persona en 25. Un kit de emergencia con gotas, pomada, antihistamínicos, un móvil y, sobre todo, un lápiz de adrenalina autoinyectable puede salvar la vida a los pacientes más expuestos, en especial a los niños, porque previene el broncoespasmo y el colapso cardiovascular.