El Mundial de Fútbol en Catar no solo está empañado por la corrupción. Las condiciones laborales de quienes tienen que levantar los estadios y los hoteles en medio del desierto son aún más escandalosas. El país árabe trata a los obreros casi todos son nepalíes, indios y paquistaníes como a esclavos. Esta es su historia.

Los operarios que trabajan en las obras de Catar llevan la cabeza envuelta en pañuelos de algodón para protegerse del frío del amanecer y del calor del mediodía. Solo dejan una pequeña abertura para los ojos. Es como si la ciudad estuviera habitada por espectros sin rostro.

Su tarea es transformar este país del Golfo en un paraíso resplandeciente, con hoteles, edificios de oficinas, centros comerciales y estadios de fútbol. Ganesh es uno de estos ‘espectros’. Se encuentra en las afueras de Doha, tumbado en su cama, agotado después del turno en la obra. En su habitación, de cuatro por cuatro metros, viven diez hombres. El aire es denso y pegajoso; el ventilador no funciona. Ganesh tiene 26 años, es un hombre alegre y algo tímido. Tiene que hacer un esfuerzo para tragarse la frustración y ocultar el cansancio. La casa en la que vive es un mazacote de hormigón levantado allí donde Doha empieza a desparramarse en bloques de pisos y naves industriales. Este lugar figura en el mapa solo como zona industrial.

Es el hogar de los ‘hombres sin rostro’. Miles de ellos viven aquí. ‘Vivir’ quiere decir dormir y comer. Estos hombres habitan en los márgenes de un sueño que los jeques del petróleo quieren convertir en realidad. El Mundial de Fútbol que Catar acogerá en 2022 también forma parte de ese sueño. En marzo arrancaron los trabajos preliminares del primer estadio, al sur de Doha. También hacen falta hoteles, calles, puentes, parques, estaciones de metro. En ello trabajan hombres como Ganesh, aunque los organizadores aprovechan cualquier ocasión para insistir en que las obras no están necesariamente relacionadas con el Mundial. El comité organizador quiere evitar a toda costa la impresión de que jugar al fútbol en el desierto se está cobrando vidas.En 2012 y 2013 murieron 964 obreros la mayoría, extranjeros llegados desde la India, Nepal o Bangladés, cifra que el Gobierno de Catar finalmente ha confirmado. Algunos de estos hombres murieron en verano, por el calor, o en accidentes en las obras.

El mundial del escándalo. Por si fuera poco, hace unas pocas semanas salieron a la luz nuevos indicios sobre la corrupción que rodeó la adjudicación del Mundial. Según estas informaciones, Mohamed bin Hammam un exdirectivo del fútbol catarí sobornó a miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA. Y ahora son hombres como el nepalí Ganesh los que están sufriendo las consecuencias, los que están pagando la absurda decisión de organizar un torneo de fútbol en medio del desierto. En su habitación se han reunido ya tres docenas de hombres, todos están descalzos; las cucarachas corretean por el suelo. Comentan por qué los cuartos siguen abarrotados; los baños, sucios; y la comida es tan escasa.

¿Pero Amnistía Internacional no denunció en su informe de noviembre de 2013 las inhumanas condiciones de los trabajadores extranjeros en Catar? Sí, pero la situación apenas ha mejorado, responden. Solo hay tres pequeños baños para cien personas, dice uno de ellos. Todos están nerviosos, todos tienen miedo de ser los próximos a los que alcance la maldición del desierto. Casi la mitad de los 1,4 millones de trabajadores extranjeros que hay en Catar proceden de la India y Pakistán; el 16 por ciento, de Nepal; y el resto, de Irán, Filipinas, Egipto o Sri Lanka.

Los nepalíes son unos trabajadores especialmente sacrificados, resisten aunque sus cuerpos no puedan más. Algunas mañanas estoy tan mareado que no puedo ponerme de pie , cuenta Ganesh en voz baja, como si estuviese admitiendo una debilidad vergonzante. Por cada día que no trabaja le descuentan un cinco por ciento de su salario mensual. Dice que ha venido a trabajar aquí por voluntad propia, pero en realidad su situación legal es poco mejor que la de un esclavo. Las leyes del país son las principales responsables. Todos los extranjeros que quieran trabajar aquí están obligados a demostrar que han sido reclamados por un ciudadano catarí. A este sistema se lo conoce como Kafala. El trabajador queda así encadenado vitalmente a ese ciudadano y no puede cambiar de trabajo sin su permiso, ni salir del país.

Un país rico. A todo esto, Catar es un país rico, muy rico. frente a sus costas se encuentran algunas de las mayores reservas de gas del planeta y el PIB per cápita es el más alto del mundo. Lo cierto es que no tendrían ningún problema en pagar sueldos más altos a sus trabajadores. Pero el auge de la construcción también ha atraído a empresas extranjeras, de Francia, Gran Bretaña, China o Alemania, poco dispuestas a compartir sus beneficios con indios o nepalíes. El sueldo de Ganesh es de unos 300 euros al mes por seis días de trabajo a la semana, de ocho a diez horas diarias. Sus padres y su hermana viven en un pueblecito de solo 150 familias al sureste de Nepal. Su padre cultiva arroz y hortalizas para alimentar a la familia.

El hermano de Ganesh también trabaja en Doha y gana 180 euros al mes. El dinero que los dos hermanos mandan a Nepal a través de Western Union representa la única fuente de ingresos de la familia.A pesar de todo, las cosas no le van tan mal a Ganesh. en Catar hay muchas personas que viven peor que él. Se las encuentra, por ejemplo, en unos barracones de madera levantados a media hora en coche del bloque de Ganesh. Sus techos son de chapa ondulada y se amontonan entre depósitos de chatarra en el extrarradio de Doha. Aquí viven los desechados por el sueño catarí. Son albañiles, soldadores y escayolistas que hasta el año pasado eran empleados de Lee Trading and Contracting, una empresa especializada en los interiores de bloques de oficinas y que ahora se encuentra en liquidación. Su jefe está encas empleados llevan desde la primavera de 2013 esperando a que les paguen los sueldos que les deben. Casi ninguno tiene dinero para pagarse el billete de vuelta. Son náufragos, están varados en Doha.

Los náufragos. Uno de estos hombres es Ram Achal Kohar, al que todos llaman Anil, de 26 años. Es de Nepal, como Gamesh. Tienen la misma edad y todo lo que poseen cabe en una maleta. Pero hay diferencias entre ellos. Anil no tiene trabajo y sí mucho tiempo libre; Ganesh no tiene tiempo, y el trabajo lo deja exhausto. Anil, a diferencia de Ganesh, está casado y tiene dos hijos. A su empresa, dice Anil, le encargaron en 2012 completar el interior de la torre Bidda, en Doha. Trabajaba de electricista. El cliente lo quería todo en blanco. mesas, sillas, suelos y paredes. Anil sigue sintiéndose orgulloso de su trabajo, tiene fotografías guardadas en el móvil. Pero el trabajo impecable no fue suficiente.

La empresa le debe a Anil 2200 euros y el billete de vuelta a Katmandú. Cree que, si se va de Catar, se quedará sin el dinero. Por eso sigue aquí. Hasta hace poco vivía de la caridad de algunos ciudadanos ricos que, de vez en cuando, conducen hasta los barracones en las afueras de la ciudad con el maletero lleno de pan, patatas, carne o verduras. Anil pudo enviarle algo de dinero a su familia en octubre, pero no fue mucho. Sus dos hijos tienen cinco y siete años, viven con su mujer, su madre y su abuela, todos en la misma casa. Tuvieron que pedir un préstamo , dice Anil. Le avergüenza no poder mantener a su familia, aunque no sea culpa suya.

La legislación. El problema no es que Catar no tenga leyes laborales, simplemente las autoridades ni las imponen ni vigilan su cumplimiento con la dedicación que cabría exigir. Hasta hace poco tiempo, el Ministerio de Trabajo disponía de apenas 150 inspectores, suficientes solo para controlar una pequeña parte de las empresas del país. Es cierto que el número de inspectores ha aumentado últimamente, pero también lo ha hecho el número de obras en marcha. Catar tiene intención de invertir más de 151.000 millones de dólares en infraestructuras durante los próximos cuatro años, con lo que será aún más difícil vigilar el cumplimiento de los patrones laborales. Sepp Blatter, el presidente de la FIFA, calificó recientemente de error la adjudicación de los Mundiales de Fútbol a Catar

Todo el mundo tiene ahora la mirada fija en este diminuto país. Y por el momento solo se ha conseguido dar un paso igual de diminuto. en algunos alojamientos para obreros se habilitarán salas comunales con televisión vía satélite, habrá Internet gratuito y no más de cuatro camas por habitación. El problema. estas nuevas normas solo afectan a los trabajadores que estén empleados en obras directamente relacionadas con el Mundial. Es decir, de momento, solo unos 200 hombres. Los demás obreros extranjeros que hay en Catar tendrán que seguir durmiendo en habitaciones abarrotadas en las afueras de las ciudades. La jornada laboral de Ganesh empieza en su habitación a las tres y media de la madrugada. Se levanta, se lava rápidamente y se apresura para llegar al reparto del desayuno, en el sótano de un edificio cercano. Ganesh llena una fiambrera metálica con sopa, arroz, carne y pan. Tiene que llegarle hasta la tarde.

Ese día, a Ganesh le toca trabajar en un puente situado en los alrededores de Lusail City, una pieza más en el puzle que es la nueva red de infraestructuras de Catar. Ganesh corre hacia la obra y desaparece entre la masa de ‘espectros’ sin rostro. Cuando al caer el Sol el autobús lo lleve de vuelta a los suburbios de Doha, al bloque de hormigón donde vive, hará todo el viaje dormido, agotado.