Juan Pablo Goicoechea habla de su madre, Ana María Matute. Repasa para ‘XLSemanal’ la vida de la genial escritora: los buenos momentos y también los duros. Por Fátima Uribarri

Cuando era pequeño, a Juan Pablo no le gustaban las judías verdes. Pero su madre desplegaba entonces su infinita imaginación. Las machacaba con un tenedor, las convertía en un campo arado o en un huertecito y comenzaba a narrarle la historia de un niño que una vez se perdió y, “naturalmente, me engatusaba y me las comía todas. Mi madre hacía un cuento hasta de las comidas comenta Juan Pablo. Siempre fue alegre, hasta el último momento”.

Una mujer cariñosa, tolerante, a la que no le gustaba mandar

Juan Pablo nos recibe en el domicilio familiar, un ático de Barcelona lleno de recuerdos donde la escritora vivió sus últimos 20 años acompañada de su hijo y de su nuera, Marisol. Juan Pablo es un hombretón. Se parece a ella cuando la escritora era una mujer grande; después, tras un ingreso en el hospital, se quedó delgada y pequeñita. Pero, a diferencia de su madre, Juan Pablo no es amigo de las entrevistas. “He acompañado a mi madre a muchos sitios, pero nunca he querido salir en los medios, aunque ella lo intentó muchas veces. ¡Ay, si me viera ahora!, pensaría: ‘Anda, ¡me he tenido que morir para que salga!'”.

“¡Claro que yo sabía que mi madre bebía! Ella distinguía entre los médicos que la dejaban beber y los que no”

La figura de Juan Pablo, sin embargo, siempre aparecía en las entrevistas de Ana María. Lo mencionaba a menudo, hasta cuando pedía un gin-tonic con la excusa de “ahora que no me ve mi hijo”. ¿Sabía Juan Pablo que su madre se tomaba alguna copita? “Claro. Yo no la dejaba porque estaba contraindicado con su medicación, pero hacía la vista gorda. Mi madre tenía un baremo curioso para calificar a los médicos. si tenían buena conversación y le decían que con un wiski al día no pasaba nada, entonces eran buenos médicos; si no, ‘no tenían ni idea’. Recuerdo también que un día en un tren camino de Madrid pidió una cerveza a las diez de la mañana y el camarero no se la quiso servir. ‘¡Este es un resentido social’! , nos dijo”.

El único día que se enfadó con su hijo

“Ana María era muy cariñosa conmigo y con los niños en general; le interesaban sus mentes y participaba de su mundo. No recuerdo grandes trifulcas ni cuando yo era adolescente. Ni siquiera me regañaba con las pellas. Me decía que no debía hacerlas, pero era tolerante. no le gustaba mandar”.

La única vez que se puso dura conmigo yo tenía 17 años. Quería ser paracaidista. Pero, como era menor, necesitaba su firma para inscribirme. Ella me la negó. Pero la falsifiqué. el talento no se hereda, pero sí algunas actitudes [se ríe]. Coincidió con la Marcha Verde y eso no le gustó nada a mi madre. En algunas cosas la he hecho sufrir, porque no he sido como ella quiso”, añade su hijo. De niña, la escritora tuvo una relación maravillosa con su padre; con su madre, sin embargo, le costó llegar al entendimiento. Mi madre me contaba que su padre era muy comprensivo con sus fantasías. Decía que su padre era Ulises y su madre, el Cid Campeador.

Pero mi abuela, a la que tuve un gran afecto, era la que estaba en casa, la que tenía que poner disciplina. Fue una mujer austera, poco dada a los arrumacos; una castellana vieja. Mi madre era Ulises, como mi abuelo , cuenta Juan Pablo.

Ana María hablaba mucho sobre su propia infancia: conservó hasta el final a Gorogó, el muñeco que le trajo su padre de Londres cuando ella tenía cinco años. En Mansilla de la Sierra, el pueblo riojano, vivió una de las etapas más felices de su vida, con Conchita, José Antonio, José Luis y María Pilar, los hermanos Matute. “Excepto la mayor, Conchita, que era un alma bendita, los hermanos eran la piel de Barrabás”, comenta el hijo de Ana María.

La separación matrimonial y la pérdida de la custodia de su hijo

La infancia fue feliz, pero Matute vivió una vida adulta dura. En 1963, cuando su hijo tenía nueve años, se divorció de Ramón Eugenio de Goicoechea. Le quitaron la custodia y solo pudo ver a su niño gracias a la generosidad de su suegra y su cuñada, que se lo dejaban a escondidas. “Yo no recuerdo peleas entre mis padres, era una convivencia afable. Luego, yo me fui a vivir con mi abuela paterna, y mi madre me iba a buscar los sábados: íbamos al cine y a merendar, siempre en taxi, porque nunca condujo. De la separación y de aquellos años, yo sabía lo que tenía que saber. Mis padres se volvieron a ver cuando yo me casé con mi primera mujer, nada más”.

“Ya de adulto, ella me decía: ‘Ay, Dios mío, ¿dónde se ha ido mi niño de los sabaditos?’. Esto me lo decía cuando teníamos una controversia o diferencias de opinión apostilla. En esos sabaditos, a veces me llevaba a ver películas de mayores. Le daba dos duros de propina al acomodador para que me dejara pasar. Mi madre apuraba la vida las 24 horas del día, cada minuto de cada hora. Siempre alegre”.

“Mi madre no tenía nada de frágil. Hay que ver todo lo que pasó. Parecía Millán Astray de tantas cicatrices”

Cuando la escritora recuperó la custodia de su niño, acabó su pesadilla y comenzó su etapa americana. “Cuando fui adolescente, nos fuimos a Indiana. Allí, ella daba clases de Literatura Española en la Universidad de Bloomington y comenzó su relación con Julio Brocard, su segundo marido, aunque no vivían juntos. Mi madre disfrutaba con sus clases. Los fines de semana hacíamos excursiones. Éramos muy felices los dos”, recuerda Juan Pablo.

¿Qué tal se le daba el inglés a la escritora? “Se defendía. Un día en el supermercado, yo estaba poniendo las cosas en la caja. Descargué unas botellas de vino y ¡cómo se puso la cajera! Estábamos en los sesenta en el Midwest: un niño no podía tocar el alcohol. Mi madre se quedó a cuadros y me dijo, emulando a Astérix: ‘Están locos estos americanos'”.

Madre e hijo regresaron a España en 1966. Después vinieron los años de Sitges; con Julio y los amigos de la Gauche Divine [Carlos Barral, los hermanos Goytisolo, José María Castellet, Esther y Óscar Tusquets, Ana María Moix ].

Esther Tusquets siempre evocó con nostalgia las cenas que preparaba Matute. “Cocinaba muy bien. Pero era muy despistada y se olvidaba de lo que tenía en el fuego. Ahora, recogiendo sus cosas cuenta su hijo, hemos encontrado un folio con grandes letras rojas en el que ponía: ‘¡Cuidado, patatas en el fuego!’ La cuartilla se la llevaba a la mesa donde escribía para no olvidarse, pero eso no ha evitado que varias baterías de cocina de casa hayan perecido. Sus especialidades eran el arroz con pollo y las ‘patatas Ana María'”.

“En Sitges empezó a escribir Olvidado rey Gudú. Había mucha vida en casa, recuerdo haber visto allí a Cortázar. Iban sus amigos y a mí me encantaba escucharlos. Mi madre era muy creativa, dibujaba de maravilla, a Esther Tusquets le hizo unas joyas con culos de botella; a mi prima Pilar, todo un ballet ruso en recortables. Adoraba las papelerías y las ferreterías. Iba recogiendo cositas por todas partes. Parecía una urraca, cogía todo lo que brillaba. También hacía vestidos de muñecas”.

Y llegaron los tiempos oscuros con la depresión

“En esa época de Sitges viajó mucho con Julio. Era una gran viajera y me enviaba unas postales fantásticas. Le interesaba conocer nuevos mundos, nueva gente, y lo absorbía todo. Le encantaba observar, miraba a la gente por la calle, se inventaba sus vidas, montaba personajes. ¡A veces también se creaba personajes falsos sobre sí misma! A los taxistas les contaba historias tremendas, dramáticas; y los pobres se quedaban hechos polvo. Hasta tenía una libreta llena de nombres propios inventados; la hemos encontrado ahora”.

Tras Sitges vino la oscuridad. Ana María Matute padeció una fuerte depresión que la mantuvo apartada de la escritura durante 15 años. “Es su etapa más gris cuenta su hijo. Yo me había ido a vivir a los Estados Unidos, donde trabajé como piloto. Estuvo muy apartada de todo, aunque conservó buenas amistades, como la de Ana María Moix, Esther Tusquets o Luis Romero, que era un gran amigo de Julio”.

“Los últimos tres días de su vida, ella sabía lo que iba a pasar. Lo vivió con serenidad. Murió sin enemigos”

A los periodistas nos hablaba con naturalidad de su depresión. “Hablaba de todo explica Juan Pablo. Exponía su vida, no tenía nada que ocultar”, dice. Aunque hay una cosa que sí ha ocultado: su habitación, un espacio sagrado donde no han entrado las cámaras.

El 26 de julio de 1990, el día que Ana María cumplía 65 años, Juan Pablo se encontró a Julio tirado en el portal de su casa. El fallecimiento del que Ana María llamaba su ‘marido bueno’, con el que compartió treinta años de su vida, le supuso mucha tristeza, pero no recayó en la depresión , cuenta Juan Pablo. Los últimos años de la escritora los vivieron juntos y cómplices madre e hijo. “Ahí donde la ves, mi madre tenía un carácter muy fuerte. A veces chocábamos. Mi madre no tenía nada de frágil, ni siquiera en lo físico, porque hay que ver todo lo que le pasó, parecía Millán Astray de tantas cicatrices. Vivió con nosotros desde el año 1994. yo era el único que le decía las cosas que los demás no le decían”.

‘Olvidado rey gudú’, el libro que le cambió la vida

En ese ático de Barcelona, con Juan Pablo y Marisol, terminó Ana María Olvidado rey Gudú, la novela que la hizo renacer. “Nunca consideraba que un libro estaba terminado. Corregía mil veces. Su gran tortura era entregar. La cosa llegó a un punto que una vez Carmen Balcells la secuestró. Se la llevó a su casa y le dijo. ‘Si no lo acabas, no sales’. Y lo terminó”, cuenta Juan Pablo. “Olvidado rey Gudú fue un bombazo. Y ella fue la primera sorprendida. De nuevo la consideraban como escritora y, además, en el libro aparece su propio universo: lo escribió para sí misma; es el libro que a ella le hubiera gustado leer”.

“Pintaba, hacía recortables, collares… Lo absorbía todo. Miraba a la gente y se inventaba sus vidas”

Después llegó el ingreso en la Real Academia, el premio Cervantes, que tan feliz la hizo. En la entrega estuvo con el rey Juan Carlos. “El rey la adoraba y le contaba confidencias y cosas de su infancia. Incluso cuando se enteró de una de las muchas caídas de mi madre [tenía osteoporosis], le envió sus muletas, esas de los intermitentes, que tuvimos que adaptar porque había gran diferencia de altura entre ambos”.

Tras Olvidado rey Gudú comenzó una vida ajetreada de jurado en premios literarios, conferencias… “Le encantaba participar, reunirse con su público, viajar, comer, ¡beber!, relacionarse con la gente, estar activa, viva. Así fue hasta los últimos días. Escribió hasta el final, hasta que físicamente no pudo más”. ¿Cómo escribía? “No era nada disciplinada, no era Vargas Llosa. Había sido nocturna, pero últimamente era diurna. De noche leía en la cama. Siempre lo hacía tumbada. Cuando escribía, no sabía en qué día estábamos; si era festivo o no: si no se lo advertíamos, no se enteraba de que era Navidad. Se le podía ir el santo al cielo y quemársele las patatas”. La escritora murió el pasado 25 de junio, días antes de cumplir 89 años. “Los últimos tres días sabía lo que iba a pasar y lo vivió con mucha serenidad. Una de las cosas que ha logrado mi madre es morir sin tener enemigos”, apostilla su hijo.