Aquí sucedió todo. En esta cripta de 36 m2, se buscaron durante 36 días los restos de Cervantes. En la última semana, en el último rincón, tras toparse por el camino con más de 300 enterramientos, llegó la sorpresa. Así fue la búsqueda del Príncipe de los Ingenios. Por Fernando Goitia / Fotos Carlos Carrión

Arrodillado sobre la puerta de la cripta, Paco Etxeberria observa la pesada llave que la abre. Antropólogo forense de apabullante historial, tiene la certeza de que los restos de Cervantes perdidos en algún lugar del convento de las Trinitarias de Madrid no pueden estar muy lejos. Y qué mejor lugar que la cripta para empezar a buscar.

Etxeberria gira la llave y levanta la puerta con esfuerzo. La hora de la verdad del Proyecto Cervantes ha llegado. Cuatro siglos después del entierro, el 23 de abril de 1616, del escritor más editado y traducido de la historia -con permiso de la Biblia-, sus restos están muy cerca de ser recuperados.

Etxeberria desciende los escalones hacia la oscuridad. Tras él, armados de frontales y focos, cautelosos, bajan cuatro miembros del equipo interdisciplinar -arqueólogos, antropólogos forenses, historiadores, restauradores, técnicos…- que ha reunido para buscar al llamado Príncipe de los Ingenios.

La primera pista falsa

La cripta, una sala abovedada de 36 m2 bajo el altar mayor, es un caos de estanterías y palés carcomidos, restos de un uso como almacén, alquilado por las monjas a una editorial tras la Guerra Civil. Ocupando la pared norte, se aprecian 36 nichos cubiertos casi todos por una capa de yeso. La primera tarea se hace evidente: la limpieza. Hay basura para cargar tres pequeños camiones del Ayuntamiento. Será el único hallazgo que traspase los muros del convento. Así lo imponen las monjas: ni un hueso ni una esquirla abandonarán la cripta.

“Despejada la estancia -rememora la arqueóloga Almudena García-Rubio, mano derecha de Etxeberria-, vemos sepulturas señalizadas en el suelo cuya existencia desconocíamos”. Conclusión: habrá que poner la cripta patas arriba. No hay tiempo que perder.

La cripta estaba llena de trastos y estanterías. Al limpiarla, descubre una serie de sepulturas en el suelo de las que nadie sabía nada

Día uno de trabajo y primera sorpresa. En un nicho se halla una tabla con tachuelas que forman las iniciales M. C. ¿Miguel de Cervantes? “Hubo quien dijo: ‘Ya está. Vámonos a casa'” , -recuerda García-Rubio. Falsa alarma. La madera corresponde al frontal de los pies de un ataúd infantil. “Las tachuelas, además -explica el historiador Francisco Marín Perellón, otra figura clave del proyecto, son del XIX, todas iguales, a diferencia de las del XVII, de producción manual”.

Francisco Marín Perellón se sumergió en cinco archivos diferentes para rastrear toda la documentación referente al convento de la Trinitarias

No es esta su única lección de Historia. Marín Perellón es el hombre fuera de la cripta, el experto que, mientras los arqueólogos excavan, realiza el hallazgo más relevante de todos; menos espectacular, quizá, que un esqueleto, pero absolutamente trascendental. Ante su perplejidad, las monjas le entregan el archivo del convento, algo que los historiadores daban por perdido desde el siglo XIX. El experto bucea así en un laberinto de actas de defunción, licencias de obras, testamentos, documentos, legajos y libros cuyo estudio le permitirá afirmar que los restos cervantinos descansan en la cripta.

“La comunidad de Trinitarias Descalzas de San Ildefonso fue fundada en octubre de 1612 y, cuatro años después, Cervantes fue enterrado en su iglesia -detalla el historiador-. En 1630, sin embargo, al producirse un cambio de patronos, los nobles que pasan entonces a sustentar el convento exigen la retirada de todos los difuntos del cuerpo de la iglesia. Esto es, Cervantes, su esposa -Catalina de Salazar- y todos los enterrados allí desde 1612, 17 personas en total -11 adultos y 6 menores de 12 años-, son trasladados en 1630 a un lugar desconocido dentro de los muros monásticos.

Las pruebas documentales

La investigación histórica prosigue. Marín Perelló descubre que los huesos del escritor, como el resto de los exhumados ese año, pasan todo un siglo, hasta 1730, en esta ubicación desconocida. Un tiempo en que se echa abajo la iglesia primitiva, se construye una nueva en otro lugar, dentro siempre de los dominios de las monjas, y se amplía el convento. Es al final de todo este proceso, en 1730, cuando los restos de aquel grupo son trasladados a la nueva cripta. Y este es el descubrimiento definitivo. El mapa del tesoro que revela el destino del escritor.

Almudena García-Rubio, mano derecha de Etxeberria, ha dirigido al equipo de arqueólogos. Por su parte, el geofísico Luis Avial junto al historiador Fernando de Prado fue quien, hace cuatro años, lanzó la idea de buscar a Cervantes. Juntos convencieron al Ayuntamiento, a Patrimonio, al Arzobispado y a las monjas

En la cripta de las Trinitarias, mientras tanto, Etxeberria y los suyos, acompañados siempre por dos de las 12 monjas de la comunidad de clausura, prosiguen su labor. Como en una película de espías, se perforan las lápidas de los nichos con un taladro y son inspeccionados con cámara endoscópica. Seis de ellos, con inscripciones funerarias completas o parciales, corresponden a sujetos fallecidos entre 1732 y 1767. El resto, 30 en total, se abren. ¿Estará Cervantes en alguno? “Dos aparecen vacíos; otros dos albergan a capellanes; seis contienen restos de adultos, cuatro son de mujeres; y en los otros 20 hay huesos infantiles -refiere García-Rubio-. Solo en dos nichos hallamos hasta diez niños”. Además de ajuar funerario, objetos de vidrio, textiles o juguetes como una peonza y una pelota de cuero, datados entre los siglos XVIII y XIX.

Es decir, ni rastro de Cervantes. Pero el ánimo no decae. El suelo de la estancia promete aún grandes emociones. Antes de picar, el equipo echa mano del georradar, una máquina capaz de radiografiar el subsuelo en busca de enterramientos. El ingenio, elemento clave del proyecto, permitió un año atrás escanear la nave de la iglesia, sobre la cripta, en una primera exploración que marcó una posible ruta que seguir.

El equipo sabe que en 1630 ordenaron sacar de la iglesia a 17 difuntos. Uno de ellos es Cervantes. El objetivo: encontrar a esos 17

Como ocurriera entonces, entra en escena Luis Avial, el geofísico de quien partió, cuatro años atrás, la idea de buscar los restos de Cervantes. Ahora, gracias a sus servicios, los investigadores creen tener al escritor a tiro. “El georradar muestra que el suelo es un verdadero cementerio -rememora Avial, colaborador de la Policía en investigaciones criminales como la búsqueda de Marta del Castillo o los niños de Córdoba-. Calculamos más de 20 enterramientos”. ¿Estarán entre ellos los 17 del grupo de Cervantes?

Lo que la tierra esconde

Nada más empezar a excavar, a apenas diez centímetros bajo el enlosado, comprenden que la previsión se ha quedado más que corta. Se documentan 172 individuos, la mayoría niños de la segunda mitad del XVIII y la primera del XIX. Pero la excavación prosigue. Removido medio metro de tierra, otros 57 cadáveres, la mitad dispuestos en féretros, conforman un segundo nivel de enterramientos de la primera mitad del XVIII. A medida que los arqueólogos avanzan, retrocede el reloj de la Historia.

El subsuelo de la cripta parece no tener fondo. Surge un tercer estrato, a un metro de profundidad, que revela 11 enterramientos más, todos adultos y en ataúd. La mayoría de los esqueletos están en deficiente estado de conservación. Uno de ellos, sin embargo, que viste como un capellán del siglo XVII proporciona una pista interesante. Es decir, sabiendo que la cripta no estuvo disponible para acoger restos humanos hasta 1730, siglo XVIII, los investigadores creen hallarse ante los primeros enterramientos en la cripta.

La excitación se dispara enseguida ante otro hallazgo. “Uno de los esqueletos, varón de unos 70 años -rememora Etxeberria-, presenta una patología similar a la de Cervantes”. El equipo entero se detiene y se analiza el esqueleto. Otra falsa alarma. La atrofia de la mano, que Cervantes sufrió en la batalla de Lepanto cuando un trozo de plomo de un arcabuzazo le seccionó un nervio de la mano izquierda, aparece, en este caso, en el lado derecho.

Y de pronto… Cervantes

Cunde el desánimo. Las posibilidades de éxito se agotan. Culminado el análisis de nichos y suelo, el equipo prepara las maletas sabiendo que el trabajo queda incompleto. “Se habían ido todos a casa, -recuerda García-Rubio-. Quedábamos cuatro cerrando todo y, de repente, lo encontramos. Fue como. ‘¡Oye, que esto sigue hacia abajo! Espera un momento. Cuidado. ¿Qué es esto? Mira qué…” Apareció en la esquina sureste, en el único sitio en el que el nivel se nos iba más profundo. Ahora sí, eran los primeros enterramientos realizados en la cripta. un osario, apoyado sobre el estrato geológico, el suelo natural, a 1 metro y 35 centímetros”.

Aparecen más y más cadáveres. Del XIX, del XVIII… a medida que los arqueólogos excavan, retrocede el reloj de la Historia

Se estudian y clasifican los restos, en tan pésimo estado de conservación que hace imposible el análisis antropológico. “No hay forma de distinguir lesiones como las que podría presentar Cervantes”, explica Etxeberria. Tampoco es posible determinar el número total de individuos. “Así y todo -prosigue-, identificamos, en base al tamaño del radio, al menos a cinco niños. Y por los huesos frontales de los cráneos, a diez adultos: cuatro varones, dos mujeres y cuatro indeterminados. Entre estos últimos, además, hay signos degenerativos compatibles con ancianos y maxilares con pérdida de dientes en vida”. Una referencia clara a Cervantes, fallecido a los 69 años y con apenas seis dientes.

Aparecen también fragmentos de indumentaria litúrgica del XVII que remiten al sepelio en 1621 de un sacerdote, Francisco de Santiago, en la primitiva iglesia conventual, así como una moneda de 16 maravedíes de Felipe IV, de la década de 1660.

Son los últimos hallazgos en la cripta, los que, según los investigadores, conclusiones del historiador Marín Perellón en mano, resuelven el misterio de los restos de Miguel de Cervantes. Para Etxeberria y su equipo, los hallazgos del osario no dejan lugar a la duda. “Son claramente compatibles con el grupo de personas enterradas en la iglesia primitiva de las Trinitarias que fueron trasladadas a la cripta de la nueva en forma de osario”. Entre esas personas estaban, aseguran, Miguel de Cervantes y su esposa, Catalina Salazar.