La fama y la familia convertidas en un infierno. Alcohol, drogas, malostratos , una maldición persigue a la saga de los O’Neal. Kevin McEnroe, el hijo mayor de John McEnroe y Tatum O’Neal, exorciza ahora los demonios del clan en un libro. Y lo cuenta todo.

Kevin, hijo de John McEnroe y tatum O’Neal, había sido detenido.La noticia apareció en medio de un sofocante mes de julio.

Al joven, aseguraban los periódicos, lo habían pillado intentando comprar seis papelinas de cocaína y diversos fármacos con morfina. Lo de siempre, otro hijo de famosos que acaba siendo drogadicto.

Las personas interesadas en el tenis de los ochenta o en el Hollywood de los setenta conocían perfectamente a los padres del protagonista. En 1986, John McEnroe se casó con la joven actriz Tatum O’Neal, de 21 años. McEnroe seguía siendo una estrella de talla mundial, aunque el año anterior hubiera perdido el número uno del ranking y ya nunca lo recuperara. McEnroe tenía solo 26 años.

Había conocido a Tatum O’Neal en 1984, el mejor año de su carrera. Ella había sido una estrella infantil y era increíblemente bella. Tenía 19 años. McEnroe podía tener a casi cualquier mujer que quisiera, y ahora quería a Tatum. La actriz había conseguido un Oscar con solo 10 años, en 1974, por su papel en Luna de papel, de Peter Bogdanovich, convirtiéndose así en la ganadora más joven de la historia. A los 16 años se besuqueó con Michael Jackson y a los 18 era adicta a la cocaína; una hija de padres famosos sobreexplotada por la industria del cine.

Tuvo tres hijos con McEnroe. Kevin fue el primero, nacido en 1986, poco antes de la boda, a quien siguieron Sean y Emily. La pareja se separó tras 6 años de matrimonio e inició una guerra de proporciones épicas por la custodia de los niños. Tatum se hundió en el alcohol y la heroína. Fue pillada con crack a solo un par de manzanas del lugar donde años después detendrían a su hijo mayor. Se cerraba así el círculo.

El pasado junio, apenas un año después de su detención, Kevin McEnroe nos recibe cerca de Nueva York. A lo largo de los últimos meses ha hecho una cura de desintoxicación y ha publicado Our town. a novel, su primera novela, bajo el nombre de Kevin Jack McEnroe.

La lectura del libro resulta dolorosa. Trata de padres, abuelos e hijos que caen uno tras otro en las garras de la droga, de niños desatendidos Pero, sobre todo, trata de cómo estos hijos fracasan una y otra vez en sus buenos propósitos y, al final, acaban siendo tan crueles y violentos como sus padres.

En su familia, asegura Kevin, sucede lo mismo desde hace tres generaciones. ¿Cómo le afectó ver de niño a su madre hasta arriba de heroína y alcohol? ¿Cómo es posible que él acabara exactamente igual a los veintimuchos? Esas son las cuestiones alrededor de las cuales gira el libro.

La tragedia original

La parte trágica de la historia empieza con su abuela materna, la actriz Joanna Moore. Y con la abuela Joanna arranca también la novela, aunque en sus páginas lleva el nombre de Dorothy White. La primera escena cuenta un accidente de tráfico. La madre, el padre y la hermana de Dorothy mueren. La familia había salido a cenar en 1941. El padre se había tomado un whisky de más, quizá dos. Con aquella tragedia original comienza la maldición familiar.

Joanna tenía 6 años y fue entregada a una familia de acogida. Con 20, un agente de Hollywood la descubrió en un concurso de belleza y se la llevó a Los Ángeles. Allí se convirtió en estrella de televisión y conoció al atractivo Ryan O.Neal, llamado Dale Kelly en la novela de Kevin. Se casaron y comenzaron la historia que narra su nieto. cómo ambos se entregaron al alcohol, el speed y la cocaína; cómo el abuelo Ryan dejó la tele y saltó a Hollywood; cómo la pareja se separó; cómo los dos hijos que tuvieron, un niño y una niña (Tatum, la madre de Kevin), iban de un sitio a otro, viviendo con el progenitor que en ese momento estuviera un poco más sobrio

John y Tatum, un matrimonio caótico

En su novela, Kevin habla también de la violencia en el hogar en el que creció, del anhelo de normalidad, de la locura en que vivían sus caóticos padres; del amor incondicional de unos hijos que se sentían culpables; de su propia infancia en colegios de élite, de una madre yonqui y de un padre cuyas pérdidas de papeles salieron durante años por televisión.

Tras el nacimiento de Kevin, John McEnroe y Tatum O’Neal se instalaron en Los Ángeles. John decidió dejar el deporte durante un tiempo y las cosas empezaron a torcerse. Fumaba porros y tal vez consumía cocaína. Kevin prefiere no entrar en detalles sobre ciertas cosas. ¿Es que no son ciertas?

Quizá lo sean en la versión de mi madre -responde-. Mi padre probablemente las negaría . Kevin lleva años intentando conciliar las respectivas versiones. Con escaso éxito.

Kevin tenía 6 años cuando sus padres se separaron. Al principio, la custodia fue compartida, pero a la vista de los problemas de Tatum con las drogas, los niños crecieron en Nueva York, con McEnroe. Los fines de semana tenían que pasarlos con su madre. Kevin cuenta que no tardaba ni un minuto en notar cuándo estaba colocada; es el sexto sentido que acaban desarrollando los hijos de adictos.

Kevin vivía con McEnroe junto a Central Park e iba a una de las escuelas más caras de Nueva York. Descubrió la marihuana a los 13 años y la cocaína, en la universidad. Definitivamente instalado en Manhattan, se planteó que le gustaría ser escritor y consiguió un trabajo como barman en un local.

Empezó a escribir la historia de su abuela, pero avanzaba a la velocidad a la que se puede avanzar cuando trabajas en un bar hasta las cuatro de la mañana y en un momento dado te acabas encontrando con un par de rayas de cocaína preparadas para ti.

Cuando terminó el primer manuscrito de la novela, en 2013, la editorial lo rechazó. Por esos mismos días le extirparon las amígdalas. Los médicos le recetaron Vicodin, un potente analgésico. El Vicodin se le terminó, pero fármacos más potentes, basados en la morfina, se podían comprar fácilmente en el mercado negro. Pasó 6 meses muy malos, cuenta Kevin, te haces adicto muy rápido, pero también te olvidas de todos tus problemas.

El 15 de julio del año pasado se puso en contacto con él su nueva agente literaria. Le dijo que tenía un contrato para él. Kevin pensaba qlograría, así que había que celebrarlo. Marcó un par de números y quedó en la calle con un camello que le entregó lo que parecían seis papelinas de cocaína, diez pastillas de OxyContin y veinte píldoras de morfina. En la esquina había aparcado un turismo. En su interior, dos policías que comían tranquilamente un sándwich.

La cocaína era detergente

Kevin pasó 20 horas en una celda. Las supuestas seis papelinas de cocaína resultaron ser de detergente, lo que no hizo más que empeorar las cosas. Kevin se culpó de no valer ni para comprar droga. Al día siguiente se encontró en la portada de los diarios sensacionalistas. Ya era como su madre. Y como la madre de su madre. Y, peor aún, como su abuelo y sus tíos, como Griffin o Redmond ONeal. Este último es el hijo pequeño de su abuelo, un tipo entrañable, sí, pero un yonqui que vuelve a estar en prisión. ¿Es que, al final, toda esa mierda era hereditaria?´

Parecía evidente que existía una conexión. En la clínica de desintoxicación de Palm Springs en la que tuvo que ingresar para evitar la condena, Kevin McEnroe le dio muchas vueltas al tema. Quizá lo hereditario no era la tendencia a la adicción, sino la falta de fe en uno mismo. Cuando eres pequeño y tu madre es una yonqui, es difícil no acabar pensando que para ella las drogas son más importantes que tú . ¿Por qué no le importas a tu madre lo suficiente como para que deje las drogas? ¿Por qué no puede ser una madre normal? Un eterno por qué.

Pero, por fin, ha conseguido liberarse de estos pensamientos. Dice que ha perdonado a su madre. Ella misma asegura que lleva 2 años limpia. Tatum ONeal se tatuó en el brazo un mensaje. Im you, youre me (‘Yo soy tú y tú eres yo’). Y es cierto. ambos tuvieron una madre dependiente y un padre violento. Y ambos fueron abandonados por sus respectivas madres como consecuencia de sus adicciones. En una carta que Tatum le escribió a la suya, Joanna, cuando tenía 6 años, le dice. Espero que pronto te pongas bien, mamá. No pasa nada por que me pegues. De Tatum a mamá. Con amor .

Tatum quiso reconciliarse con sus padres toda su vida. No lo consiguió. Joanna murió en 1997. Tras su separación de McEnroe, a comienzos de los noventa, cuando su hijo tenía ya 6 años, Tatum le pidió a su madre que la ayudara con los niños. Pero le dijo que debía estar sobria. Joanna se lo prometió. El acuerdo funcionó un tiempo, hasta una noche en que Joanna se puso a preparar una sopa. Echaba a la cazuela todos los ingredientes que encontraba y cantaba animadamente. Tatum notaba cuando algo no iba bien con su madre, igual que Kevin más tarde se lo notaría a ella. Empezó a buscar y encontró botellas vacías de vodka en su armario, en la maleta, debajo del colchón Las dos lloraban mientras Tatum llevaba a su madre al aeropuerto. Aquello fue todo.

Joanna Moore murió a los 63 años, de cáncer de pulmón. Un año después de su muerte, en 1998, Emily la hermana pequeña de Kevin encontró una jeringuilla en el dormitorio de su madre durante una de sus habituales visitas de fin de semana. Un tribunal le prohibió a Tatum ver a sus hijos a solas

.A quien Tatum todavía no ha perdonado es a su padre, Ryan O’Neal. Es complicado encontrar algo bueno que decir sobre él, quizá que fue un buen actor. Tres de sus cuatro hijos han tenido problemas con las drogas y parece que lo odian. La noche en la que una Tatum ONeal, de 10 años, vestida con un pequeño esmoquin subió al escenario para recoger su Oscar, ninguno de sus progenitores estuvo presente. Se cuenta que Ryan le habría dado una paliza a su hija esa misma noche. Estaba borracho y ciego de envidia por no haber sido siquiera nominado por su papel protagonista en Luna de papel.

Tatum recibió un Oscar por Luna de papel cuando tenía diez años. Su padre, coprotagonista en la película, ni siquiera fue nominado. Ciego de envidia, no acudió a la ceremonia.