Pasó más de 400 días flotando en un pequeño bote a la deriva en el Pacífico. Su compañero murió de hambre. Él no. Para muchos expertos, su increíble aventura está llena de lagunas. ¿Cómo logró sobrevivir? El propio José Salvador Alvarenga nos lo cuenta. Por Jan Christoph Wiechmann 

Una costa de acantilados en el sur de California. El Pacífico, liso como un espejo. Salvador Alvarenga está sentado en la orilla, recién afeitado y con la raya del pelo perfectamente recta. Nada que ver con ese náufrago melenudo que el 29 de enero de 2014 volvió a tierra después de haber pasado más de un año en el mar. Sus manos tiemblan ligeramente.

XLSemanal. ¿Qué ocurre? Parece nervioso.

Salvador Alvarenga. No me gusta estar al lado del mar.

XL. Pero no hay ni una nube. No hay señales de tormenta.

S.A. Y eso significa ni gota de agua, sol ardiente, tiburones, soledad. Todavía me siguen viniendo muchos recuerdos.

XL. ¿De qué sobre todo?

S.A. Son demasiados. De cómo mi amigo murió de hambre. De comerme las uñas de los pies. De beber sangre de tortuga.

XL. ¿Mejor vamos a hablar a otro sitio?

S.A. No. No puedo huir siempre. Soy un hombre de mar.

XL. Pasó más de 400 días a la deriva en este mismo mar. Diez mil kilómetros. En una cáscara de nuez. Una odisea tan increíble que muchos dudan de que fuera verdad.

S.A. Tendría que haberles pasado a ellos. ¿Usted no me cree?

XL. Yo le creo. Pero tengo muchas preguntas. Por ahora todavía no ha dado unas explicaciones demasiado completas

S.A. Pregúnteles a mis compañeros.

XL. Ya lo he hecho. Y confirman que un pescador llamado Salvador Alvarenga se hizo a la mar el 17 de noviembre de 2012 en Costa Azul, un pueblo de pescadores mexicano, y que nunca regresó. Pero no estaba solo.

S.A. Ezequiel Córdoba. Dios lo tenga en su gloria. Quería haber salido con mi compañero de siempre, Ray Pérez, un hombre con experiencia, sin miedo. Pero ese día tenía que ir a la Policía. Siempre andaba metido en problemas con la ley.

XL. ¿Así que se llevó a un marinero sin experiencia?

S.A. Fue un error. Pero quería pescar como fuera. El día anterior habíamos pescado un montón. 600 kilos. Eso es mucho dinero. Necesitábamos pasta.

XL. Para aquel 17 de noviembre se había anunciado una tormenta.

S.A. No podíamos imaginarnos que se convertiría en la tormenta del siglo. Vino sin anunciarse.

XL. ¿Qué tipo de embarcación llevaban?

S.A. De ocho metros de eslora. Fibra de vidrio. Sin cabina. Sin techo. La llamaba el Titanic.

XL. ¿Y suministros?

S.A. Un total de 250 litros de combustible, 60 litros de agua, 50 kilos de sardinas para cebo y cientos de anzuelos.

XL. ¿Radio?

S.A. Sí, pero con la batería a medias.

XL. ¿GPS?

S.A. Sí, pero no era impermeable.

XL. ¿Ancla?

S.A. No pensé que me fuera a hacer falta un ancla en alta mar.

XL. ¿Chalecos salvavidas?

S.A. Uno.

XL. Ese tipo de errores pueden costar vidas.

S.A. Durante 15 años, nunca me había pasado nada.

XL. Así que salió al mar, dirección al golfo de Tehuantepec, a 90 kilómetros de la costa. El pronóstico del tiempo era de vientos fuertes, de 80 kilómetros por hora. Lluvia débil.

S.A. Las olas alcanzaron enseguida los tres metros, nuestro bote era un juguete en medio de la tormenta. Córdoba se mareó y empezó a vomitar. Decidí que teníamos que volver. Rumbo noreste, 70 grados.

XL. ¿Hacia el interior de la tormenta?

S.A. Hacia el mismo centro. La tormenta más fuerte en la que nunca he estado. Pero tenía esperanzas. Pilotaba con cuidado, cabalgaba sobre las olas, como un surfista.

XL. Da cierta sensación de euforia.

S.A. Era imposible tener más adrenalina en la sangre.

XL. ¿No entraba agua en el bote?

S.A. Mucha. Achicábamos sin parar. Cuando no estaba vomitando, Córdoba achicaba. Luego se cayó por la borda. Pudo agarrarse. Lo subí a bordo cogiéndolo del pelo.

XL. Solo eran las ocho de la mañana. ¿Cuánto les faltaba para llegar a tierra?

S.A. Ya se veían las montañas. Estaríamos a unos 25 kilómetros. Y de repente el motor empezó a toser. Traqueteaba. Y luego se paró. Pensé. ¿Será el encendido ? . Ya teníamos la costa al alcance de la mano.

XL. ¿Y qué hizo?

S.A. Llamé por radio a mi jefe, Willy. Le grité. Willy, el motor se ha averiado . Él dijo. Dame tus coordenadas . Yo le dije. El GPS no funciona . Y él. Echa el ancla . Y yo. No tengo ancla .

XL. Willy dice que los buscó durante 14 días. Me dio la impresión de que forman ustedes una sociedad muy unida.

S.A. Nos hemos salvado la vida en el mar unas cuantas veces. Y hemos perdido hombres. Hemos estado de fiesta durante días. Con tequila y mujeres. Nadie que no salga al mar puede juzgar este tipo de unión.

XL. ¿Qué significa el mar para usted?

S.A. Todo. Amor. Me daba de comer. Adrenalina. Era mi adversario. Mi compañero.

XL. Nos hemos quedado en que estaban ustedes a merced del mar, sin motor.

S.A. Las olas nos levantaban, altas como un edificio de tres pisos, y luego nos dejaban caer. Pensé. Esto no lo aguantamos mucho tiempo, pesamos mucho . Lo tiramos todo por la borda. Los 500 kilos de pesPreparé un cabo con 50 boyas y lo lancé al agua para ganar estabilidad. Eso nos salvó.

XL. ¿La radio?

S.A. Estropeada. La tiré por la borda.

XL. Aquello fue solo el día uno. El pronóstico para el día dos decía. vientos de 90 kilómetros por hora, olas de cinco metros.

S.A. La tormenta duró cinco días. Conseguimos achicar el agua justa para no hundirnos. Córdoba estaba muy mareado y gritaba. Déjanos morir . Yo gritaba. No, aguantaremos .

XL. Según los oceanógrafos, se internaron 450 kilómetros mar adentro.

S.A. No sabía dónde estábamos. No hay panorama peor. en medio de la tormenta, oscuridad total, perdidos en el océano.

XL. ¿Conseguían dormir algo?

S.A. Poco. En la caja del pescado. Apretados. Estábamos empapados y muertos de frío.

XL. Cinco días de tormenta. ¿Y luego?

S.A. Se calmó de repente. Parecía cosa de magia. Calma total. Estábamos vivos.

XL. ¿Pero sin tierra a la vista? ¿Algún barco?

S.A. Nada. Solo un cielo abrasador. Nuestro primer pensamiento fue. Vamos a morir de sed . Tenía la garganta totalmente seca. Y el esófago hinchado. Bebimos la poca agua que nos quedaba. Y empezamos a beber nuestra orina.

XL. Los expertos lo desaconsejan. En la orina hay muchas sales, y lo que hacen es aumentar aún más la necesidad de líquido.

S.A. Nos dimos cuenta muy pronto. Luego bebimos sangre de tortuga. Pescábamos tortugas marinas.

XL. ¿Cuánta comida les quedaba?

S.A. Una cebolla cruda.

XL. ¿De qué vivían?

S.A. De tortugas y medusas. Un día, al cabo de dos semanas, notamos unas gotas en la cara.

XL. ¿Lluvia?

S.A. Lluvia por fin. Primero solo un par de gotas, luego cada vez más. Bailamos de alegría. Recogimos agua con una lona de plástico. Luego la vaciamos en botellas y cubos.

XL. ¿Qué botellas?

S.A. Hay de todo flotando en el mar. botellas, garrafas, bolsas. El mar es un vertedero enorme.

XL. ¿Qué más cosas encontraron?

S.A. Grasa de cocinar. Nos la zampamos sin más. También encontramos leche estropeada. Me imaginaba que era yogur

XL. ¿Cómo es estar solo en un bote, con Córdoba, noche y día?

S.A. Nos hicimos hermanos. Hablábamos de nuestras vidas. Los dos habíamos sido malos hijos. Yo, además, también era un mal padre. Nunca me ocupé de mi hija, Fátima. Hicimos una promesa. si sobrevivíamos, intentaríamos ser mejores personas. Pero Córdoba cada día estaba más débil.

XL. ¿Qué le pasaba?

S.A. Comía muy poco. Yo cazaba pájaros y me los comía crudos. Él se negaba. Le cortaba la carne en trocitos, la ponía sobre el metal del motor recalentado por el sol, solo así comía. Pero no teníamos comida suficiente. Córdoba llamaba a su madre a gritos. Y decía. Me van a comer los tiburones .

XL. ¿Había tiburones?

S.A. Montones. Notaban que su presa estaba en el bote. Y trataban de cogerla. Córdoba estaba muy débil. Ya no podía ni levantar la botella de agua. Hicimos un trato. el que sobreviviera visitaría a la madre del otro.

XL. Está claro quién sobrevivió.

S.A. Al cabo de unos dos meses, Córdoba dijo. Me muero . Susurró. Agua, agua . Se puso rígido, y todo se acabó.

XL. ¿Había muerto?

S.A. Grité. No me dejes solo, tienes que vivir .

 XL. ¿Qué hizo con el cuerpo?

S.A. Hablaba con él.

XL. ¿Cómo dice?

S.A. Le decía. ¿Cómo estás hoy? . ¿Cómo es la muerte? .

XL. ¿Se volvió loco?

S.A. Estaba solo. Me pasaba horas llorando. Simplemente, me imaginaba que Córdoba seguía vivo.

XL. El cadáver empezaría a deteriorarse

S.A. El sol lo secó. Incluso lo abrazaba. Luego, a los seis días, por fin me dije. ¿Pero qué estás haciendo? . Así que le quité la ropa y lancé el cuerpo al agua. Luego, me quedé inconsciente.

XL. En los medios de comunicación se especuló con que pudiera haberse tratado de un caso de canibalismo.

S.A. Preferiría morir antes que llegar a eso.

XL. ¿Por qué sobrevivió?

S.A. Por la voluntad. Por la experiencia. Pero me sentía culpable. Me había llevado a Córdoba conmigo. Me pasé días enteros sin comer nada. El hambre me anulaba el entendimiento. Quise cortarme los dedos con el machete y comérmelos. Pero me daba miedo desangrarme.

XL. ¿Cómo se las apañó para sobrevivir?

S.A. Me comía las uñas de las manos y de los pies. Me cortaba los pelos de la barba, los mojaba con agua del mar y me los tragaba. También machacaba las raspas del pescado hasta hacer una harina y la mezclaba con agua. Esa era mi papilla.

XL. Pero es imposible que sobreviviera solo con eso.

S.A. Casi siempre tenía peces. Los pescaba con las manos. Los tiburones pequeños son unas presas relativamente fáciles de coger. Las agarras del lomo y las lanzas dentro del bote. También se acumulaban moluscos en el casco. Y una vez me crucé con una ballena muerta flotando. Fue todo un festín. Atraía a muchos animales, muchos pájaros.

XL. ¿Cómo se cazan los pájaros?

S.A. Les gustaba posarse sobre mi nevera, necesitaban descansar un rato de tanto volar sobre el Pacífico. Yo me quedaba sentado, muy quieto. Luego, me abalanzaba y los agarraba de las patas. Pero se defendían, me daban picotazos y me clavaban las uñas.

 XL. ¿Cómo combatía la soledad?

S.A. Fue muy difícil. Hablaba solo. Rezaba muchas veces al día. Me busqué un amigo, Pancho, un pato marino, y hablaba con él. Qué día más bueno hace hoy, ¿verdad, Pancho? .

XL. ¿Qué fue de Pancho?

S.A. Lo maté en uno de mis ataques de hambre. Por la noche, para no verlo. Le retorcí el cuello. Luego lloré.

XL. ¿Y no vio ningún barco en todo ese tiempo?

S.A. Oh, sí, unos cuantos. Sobre todo, grandes portacontenedores. Ataba la camiseta a un madero. Intentaba prenderle fuego, para llamar la atención con el humo. Una vez uno pasó justo a mi lado.

XL. ¿La salvación?

S.A. Eso pensé yo. Hice señales con los brazos, salté. Pasó pegado a mí. No había nadie en cubierta. Estos monstruos navegan con piloto automático.

XL. Una situación como esa es como para volverse loco.

S.A. Y me iba volviendo loco lentamente. Ya llevaba así diez fases lunares, 300 días.

XL. ¿No se piensa en el suicidio?

S.A. Sí. Estaba deprimido. Me sentía solo. Pero mi madre siempre me decía. Los suicidas no van al cielo

.XL. ¿Es usted muy creyente? 

S.A. Nunca lo fui. Pero encontré la fe a través de Córdoba. Siempre rezábamos juntos. Y le hice una promesa. si sobrevivía, me convertiría en un hombre diferente.

XL. Ya llevaba muchos meses en medio del Pacífico

S.A. Un día vi unos troncos flotando. Y ramas. Debía de haber tierra cerca. Divisé una isla. Una isla con palmeras. Sin personas. Sin casas. Salté por la borda, braceé. Las olas me llevaron a tierra.

XL. Se trataba del islote de Tile, una de las diez mil diminutas islas que forman el archipiélago de las Marshall. ¿Qué hizo?

S.A. Me arrastré por la isla. Pensé. Ahora, te toca esperar a que pase algún barco . Entonces vi algo rojo.

XL. ¿Una casa?

S.A. No, una camisa. Y luego una casa. Pensé. ¿Salvajes? ¿Caníbales? . Entonces vi a una mujer. Agité los brazos. Era Emi y luego vino su marido, Russell. Indígenas. Me dieron de comer. Luego, un policía me llevó a un hospital en su lancha.

XL. ¿Qué diagnóstico le dieron?

S.A. Tenía anemia. El hígado estaba lleno de parásitos por haber comido pájaros crudos. Pero estaba cuerdo. Y vivo.

XL. ¿Y cómo se encuentra de salud?

S.A. Físicamente bien. Solo tengo un trastorno hepático. Pero por la noche me despierto; sueño que estoy en el mar.

XL. ¿Ha visitado a la madre de Córdoba, tal y como le prometió?

S.A. Sí, hablé con ella durante dos horas. Ella me creyó cuando le dije que no había matado a su hijo. Pero los hermanos no me creen. Quieren dinero.

XL. Parece que todo esto le supone una carga muy pesada.

S.A. Solo quiero recuperar una vida sencilla. Una casita. Una familia. Un pequeño negocio. Lo que no quiero es volver a salir al mar.

La vuelta a casa

De México a las islas Marshall. José Salvador recorrió más de diez mil kilómetros a la deriva. El marinero fue encontrado en un atolón, casi no se podía mover. Había sobrevivido con sangre de tortuga y bebiendo sus propios orines. No tenía signos de desnutrición.

Renacer

La odisea de Alvarenga terminó en las islas Marshall. De allí lo llevaron al hospital San Rafael de Santa Tecla, cerca de San Salvador. Allí lo atendieron y ‘adecentaron’.

Abrazarse

Alvarenga abraza a sus padres, María Alvarenga y José Ricardo Orellana, tras recibir el alta hospitalaria. Tenía anemia y parásitos en el hígado. Repetía que ha sido un mal hijo.

… y contarlo

Alvarenga, tras su rueda de prensa en San Salvador. El periodista de The Guardian Jonathan Franklin lo acompañó durante meses y escribió un libro, 438 días, ahora publicado.