En el camerino los actores conjuran sus demonios, espantan sus fantasmas y lidian con los nervios antes de salir a escena. También se juntan con otros compañeros, intercambian caramelos, cantan, se relajan, olvidan el ruido cotidiano. Cada intérprete lo vive a su manera. Por Daniel Méndez

Arturo Querejeta

En compañía de mi ‘tribu’

actores, camerinos, xlsemanal«No soy muy maniático antes de salir a escena ni tengo rituales, como eso de entrar con un determinado pie en el escenario Lo que sí hago en el camerino es acordarme de gente muy cercana y querida. unos están y otros ya no. Son como una tribu emocional que me acompaña y me aporta un plus de ánimo antes de salir. Viene muy bien porque los camerinos son tierras de nadie, y solo depende de tu estado de ánimo que sean acogedores o un espacio desolador y solitario. Con el tiempo aprendes que, ante esa realidad, solo puedes intentar llenarlos de un ánimo lo más afectuoso posible. Por otro lado, aunque mi cabeza es un desorden tremendo, en el camerino necesito que todo esté en su sitio para concentrarme y comprobar que llevo todo lo necesario en el escenario. si tienes que sacar una carta y no la llevas, ¡lo hundes todo! [Ríe]».

Carlos Hipólito

Que no falten las galletas

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«Llego al camerino con mucha antelación para charlar un rato con mis compañeros. Me parece muy importante esa convivencia. ¡no me gusta nada encerrarme en mi camerino! En cine, unos días estás en estudio; otro, en alguna localización; los compañeros cambian… En teatro es muy diferente. Tienes siempre el mismo camerino. Eso puede parecer monótono, pero cada día es distinto. a veces estás más alegre o más triste Aquí tenemos que estar en las buenas y en las malas. Cuando murió mi madre, yo estaba haciendo El misántropo, que dirigía Adolfo Marsillach. Ese día por la tarde, teníamos función. Adolfo me dijo. ‘Si quieres, suspendemos’. Lo agradecí, pero actué: la pena no se me pasaría al día siguiente, ni al otro. Siete años después pasó lo mismo con mi padre. Este oficio es así. Hay gente que decora mucho el camerino; yo no, pero siempre me acompaña un espejito que era de mi madre y algún dibujo de los que me regala mi hija. ¡Y galletas! Soy muy goloso y siempre tengo galletas de chocolate negro. ¡Si alguien quiere algo dulce, que se pase por mi camerino!».

Luis Merlo

Como en casa, en ningún sitio

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«Es curioso, cada camerino tiene su ADN. Yo me he encontrado con el camerino solitario, con el que parece el camarote de los hermanos Marx, con el de leer y escuchar música porque trabajas poco rato; con el poblado de ropa porque hay muchos cambios de vestuario Y a veces con el camerino detestable, el del teatro que se cae, aunque, por suerte, ya hay menos de estos. Los escenarios, en el fondo, se parecen más entre sí, transmiten una energía similar. Pero cada camerino es un mundo. Y nunca lo considero mi casa: es un espacio de trabajo. Nada de mezclarlos: ¡cada cosa en su sitio!».

Clara Sanchis

Me ayuda cantar un poco

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«Lo más bonito es que llegan a ser sitios muy íntimos, pero al mismo tiempo no hay nada más prestado, más de paso, que un camerino. Es sorprendente la capacidad que tenemos para apropiarnos de los lugares. Aunque yo no personalizo nada, ¡con mi desorden lo hago mío enseguida! [ríe]. Este pequeño refugio, este camarote que es un camerino, me ha permitido darme cuenta de lo desordenada que soy. Pese a eso, es importante que sea un espacio de tranquilidad, que te permita apartar de tu cabeza el ruido de la vida real y empezar a reconocer el cuerpo del personaje. A mí me ayuda cantar un poco, siempre que no moleste a nadie. Si me toca compartir, intento aislarme, con mucha educación, tras unos auriculares y escucho cosas que me acerquen al estado de ánimo del personaje. ¡Otra cosa que suele ocurrir en los camerinos es que hay mucho trapicheo de caramelos! [ríe]. En esta función, El alcalde de Zalamea, siempre le paso a una compañera caramelos de regaliz con menta y ella a mí, de miel y limón. También suelo comer algo de fruta, un plátano o una manzana, porque tengo la teoría de que es bueno para la voz».

Amparo Larrañaga

Nunca repaso textos

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«Me gusta llegar pronto, dos horas antes de la función. Así tengo un rato para estar a solas y hacer luego lo que más me gusta: recibir a los demás, merendar con ellos, charlar un poco para que nos sirva de calentamiento. No suelo repasar el texto: ¡los diálogos se graban a fuego en la cabeza! Si veo que tengo la voz regular, caliento diciendo una parte del texto. En El nombre digo el monólogo final, que dura cuatro minutos. Desde luego hay camerinos y camerinos: en unos, como este del Teatro Alcázar Cofidis, te sientes como en casa. Pero de gira te encuentras con muchos muy estropeados: pasas frío, no hay agua caliente sientes que el actor no importa. ¡Solo cuidan la fachada y el patio de butacas! Como ya me lo sé, siempre llevo mis propias luces y mi espejo. ¡Muchos se asustan! Tiene un aumento enorme, ves hasta la última arruga. Pero lo necesito: me maquillo yo misma y veo fatal [ríe]».

Kira Miró

Como una sauna

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«Es como mi segunda casa: un espacio donde te preparas para salir a escena y en el que, aunque lleves 400 funciones, los nervios no desaparecen. Por suerte: te mantienen en estado de alerta. Pero sí se transforman: al principio, siempre tienes mil cosas en la cabeza, estás pendiente de que todo funcione según lo ensayado. Después llega un momento, cuando tienes todo muy seguro, en que empiezas a jugar, a probar cosas nuevas. Y eso hace que, al volver al camerino al final de cada función, tengas una sensación diferente, porque cada día es distinto. Además de peinarme y maquillarme, antes de salir, me gusta escuchar música y hacer ejercicios de relajación, calentar la voz… Y algo muy importante es que el camerino esté muy caliente. Soy friolera y los teatros suelen ser muy fríos, así que siempre tengo mi calentador. Más de una vez alguien viene y me dice que esto parece una sauna. Me gusta a su vez que esté agradable, ordenado. Con alguna flor… En los estrenos te suelen mandar flores con notas, siempre conservo esa nota y la cuelgo en el espejo».