Las empresas tecnológicas, las farmacéuticas y las aseguradoras han descubierto una mina de oro en los datos médicos que cedemos a través de diferentes dispositivos. ¿Son el caballo de Troya de una revolución en la sanidad? Por Carlos Manuel Sánchez

Las pulseras de actividad física y los relojes inteligentes se han convertido en nuestros nuevos fetichesCuentan nuestros pasos y controlan nuestro pulso. Contabilizan las calorías que ingerimos, las horas que dormimos y las veces que nos desvelamos. Sincronizados con nuestro teléfono móvil, nos tienen geolocalizados y monitorizados en tiempo real. Ya hay aplicaciones que supervisan nuestra temperatura corporal, nuestra tensión arterial y nuestra glucosa como si estuviéramos en un box de observación de un hospital. Pero también convierten nuestras constantes vitales en estadísticas; nuestros movimientos, en cifras. En esencia, nos cuantifican.

El objetivo es que todos, no solo los deportistas, usen estos dispositivos. La cuantificación de nuestros datos biológicos es más que una moda. En 2016 se vendieron unos 50 millones de relojes inteligentes y 35 millones de pulseras deportivas en el mundo, según la consultora GfK. En 2018 habrá 475 millones de personas enganchadas a estos dispositivos, cuatro veces más que ahora. Esta explosión va de la mano de un cambio en el perfil del usuario, que ya no es solo el ‘machaca’ de las pesas o el corredor aficionado, sino cualquier persona que se preocupe por su salud, esté dispuesta a que una aplicación de móvil registre hasta el más mínimo detalle cuantificable de su vida y extraiga un sentido de ese batiburrillo de datos; datos que se pueden compartir en las redes sociales y comparar con los de los amigos. Hasta Obama llevaba una pulsera, lo que causó cierta paranoia.

Las aseguradores, como ocurre con los buenos conductores, podrán establecer descuentos para aquellos que se preocupen por la salud y penalizar las vidas ‘imprudentes’

El mercado de los nuevos dispositivos relacionados con la salud y el deporte generó, en 2016, 26.400 millones de euros en todo el mundo. Pero es solo la punta del iceberg. Cuenta la revista Der Spiegel que el concepto mismo de sanidad se encuentra ante una revolución. Las empresas tecnológicas, las farmacéuticas y las aseguradoras han descubierto en los datos médicos una mina de oro.

El negocio no es el reloj, es nuestra salud. La salud es la gran apuesta de los gigantes de Silicon Valley. Por una buena causa, dicen, pues están empeñados en mantenernos con vida el mayor tiempo posible y en la mejor forma posible. Cuando Tim Cooke presentó el nuevo reloj de Apple, dejó caer que la compañía quería convertirse en el actor más importante en cuestiones de salud. Larry Page -fundador de Google- creó Calico, la compañía que cura la muerte , como la describió Time. Alphabet, la matriz del grupo Google, ha anunciado su colaboración con la farmacéutica Sanofi para analizar los niveles de azúcar de los pacientes diabéticos y así administrar la insulina de una forma más óptima.

Los dispositivos para monitorizarnos son cada vez más sofisticados. Estos están ya en el mercado o a punto de llegar

Las empresas de Silicon Valley están encontrando en mutuas médicas y aseguradoras a unos socios comerciales más que dispuestos. Al fin y al cabo, las personas que se mantienen activas suelen gozar de una vida más saludable. Y los asegurados sanos salen más baratos. Gracias a las pulseras de fitness y similares hay disponible un caudal de datos valiosos que todas las aseguradoras persiguen con el máximo interés. Consultoras como McKinsey hablan de que se podrían ahorrar hasta 450.000 millones de dólares solo en el sistema de salud de Estados Unidos. Esa es la cara positiva que dibujan las empresas de este nuevo mundo digital: una medicina personalizada, elaborada a la carta para cada paciente. Siemens está creando una red para intercomunicar sus tomógrafos y aparatos de rayos X de todo el mundo. IBM está aplicando sus nuevas herramientas de análisis de big data [grandes volúmenes de datos] a informes oncológicos, etc.

Y es solo el principio. Cuando se generalice el Internet de las cosas, 50.000 millones de gadgets, como pronostica Cisco, salpicarán las ciudades inteligentes en 2020. La hiperconectividad desatará un crecimiento exponencial de nuestros datos. Ya hay fabricantes de coches que diseñan asientos para medir las constantes vitales de los conductores. Los cepillos de dientes, las lentes de contacto y los aerosoles para el asma están mutando en suministradores de datos: pueden registrar el estado de la flora bucal, el nivel de azúcar en el líquido lacrimal… Y transmitir estos datos, almacenarlos en la nube y ponerlos en manos de las empresas.

Esos datos tienen consecuencias. Por ejemplo, sobre las tarifas. Las aseguradoras incluirán beneficios para las personas que se preocupen por su salud, parecidos a los que se aplican en los seguros automovilísticos para los conductores prudentes. Pero, a diferencia de lo que ocurre con la conducta al volante, llevar una vida saludable no depende tanto de la voluntad propia. Los más críticos señalan que el principio detrás de los descuentos podría derivar hacia un sistema de penalizaciones para todos aquellos que no quisieran o no pudieran, como las personas con una enfermedad, tomar parte en los “programas de salud”. En España, Axa o Sanitas regalan pulseras de actividad a algunos clientes como parte de promociones y realizan estudios entre sus propios empleados.

Los españoles no somos conscientes de los riesgos. Las bondades de la hiperconectividad son innegables. Los pacientes en lugares remotos se comunican con su doctor a través de Skype. También se evitarán miles de muertes porque un hospital no sabe qué pastillas le ha recetado el médico de cabecera al paciente que acaba de ingresar en urgencias. Solo nos piden a cambio un ‘pequeño’ sacrificio. Que renunciemos a nuestra privacidad. De hecho, parece que es un tema que ni siquiera nos preocupa demasiado. La mitad de los españoles están poco o nada informados sobre los riesgos de proporcionar sus datos personales, según un barómetro del CIS. Y eso que el 54 por ciento reconocen que es bastante probable que estos datos vayan a ser usados sin su consentimiento. Pero si en rebaja en nuestra póliza, ¿por qué ponerse tan tiquismiquis?

Sin embargo, estos ‘juguetes’ tienen poco de inocentes. En la actualidad ya hay cien mil apps relacionadas con el fitness y la salud disponibles para descargar, y que registran obsesivamente nuestro pulso, los pasos que damos, las calorías que ingerimos, las horas que dormimos... Examinemos una de las más exitosas. Se llama Dacadoo. El índice de salud que propone esta empresa está basado en los datos que le proporciona el usuario, que son cocinados por un algoritmo desarrollado a partir de los datos clínicos de cien millones de personas; y arrojan un resultado. Ese resultado cambia en tiempo real con los datos que recibe la aplicación gracias a una pulsera o a un reloj inteligente sincronizados con el móvil o bien introducidos por el propio usuario. Si te comes una chocolatina, tu nivel baja; si tomas una manzana, sube; si fumas un cigarrillo, baja; si te das un paseo, sube Si pasas demasiado tiempo delante de la pantalla del ordenador, recibes una alerta para que te muevas. Y si lo haces, te dan puntos que suben tu nota.

Suena un pelín maniático, aunque puede servir para animar a la gente a que lleve una vida más sana, pero siempre que uno no se tome muy en serio la nota… Y que esa nota no trascienda el ámbito de lo privado. ¿Se imagina un mundo en el que el jefe de personal de su empresa o su compañía de seguros tengan acceso a su puntuación y que además esa puntuación, si es baja, les dé una razón para despedirlo o para negarle una póliza?

¿Ciencia ficción? Piénselo de nuevo. El Instituto Europeo para la Ciencia, los Medios de Comunicación y la Democracia organizaron un think tank en el que participaban 25 universidades, propuso  una iniciativa para consultar a los ciudadanos sobre el futuro del estado del bienestar. La macroencuesta -bendecida por la UE y, por lo tanto, con toda la pinta de ser un globo sonda- preguntaba, por ejemplo, si la salud gratuita debía ser un derecho para todo el mundo, sea cual sea su estilo de vida. Vale que fumadores y bebedores ya pagan impuestos con cada cajetilla o cada botella, ¿pero eso es suficiente? ¿Habría que penalizarlos aún más para que contribuyan a sostener el sistema? Eso suena políticamente incorrecto, pero démosle la vuelta… Los que llevan un estilo de vida más saludable, ¿no son también más solidarios? ¿No deberían tener un premio? Una medida de tal calado sería, hoy por hoy, impensable. Pero esa no es la cuestión. La gran pregunta es si ya es factible sacar conclusiones de toda esa gran avalancha de datos personales, datos sobre nuestra salud y nuestros hábitos de vida, que circulan por la Red, que subimos a la nube o que guardan mutuas, aseguradoras, empresas… A partir de ahí lo que la sociedad permita hacer con esos datos debería ser cuestión de debate. Pero lo que ya se está haciendo, muchas veces sin permiso, es -como poco- inquietante, no ha sido debatido en serio y apenas está regulado. Porque el big data aplicado a la salud es un fenómeno tan nuevo y tan arrasador que la legislación actual es, en la práctica, papel mojado.

Los datos médicos son muy codiciados por los ‘hackers’. Se paga por ellos diez veces más que por los datos de las tarjetas de crédito

¿Qué pasa cuando aceptamos las condiciones de uso de una aplicación? ¿Adónde van a parar nuestros datos? Los datos que recoge una banda de actividad que compra un usuario para su uso personal no están sujetos al tratamiento especial que requiere el dato sanitario estricto de un aparato de telemedicina suministrado por un hospital. Por tanto, en España es legal que una empresa los trate como cualquier otro dato. Y que sean comercializados si el usuario ha dado su consentimiento. El abuso está a la orden del día. Algunas aplicaciones envían nuestros datos corporales a 14 direcciones de Internet distintas. Lo que luego se haga con esos datos ya queda fuera de las condiciones de uso de la empresa proveedora de la aplicación. Así que muchas veces estamos indefensos. Y nuestros datos corporales no se pueden cambiar tan fácilmente como los de una cuenta bancaria. Muchas enfermedades nos acompañan durante toda la vida.

Los datos médicos, además, son muy codiciados por los hackers. Ya se paga por ellos diez veces más que por los datos robados de tarjetas de crédito. En 2014, la aseguradora Anthem admitió que les habían robado los datos de cerca de 80 millones de clientes. Y, según expertos en seguridad, el 20 por ciento de las apps que requieren crear una cuenta transmiten las contraseñas sin encriptación, permitiendo con ello que cualquier atacante se ponga las botas.

Queda otra cuestión, personal e intransferible. ¿De verdad nos hacen falta estos cacharritos? Un tercio de los compradores dejan de usarlos pasados seis meses. No solo por algo tan humano como la falta de disciplina. ¿Qué interés tiene para una persona conocer si la semana pasada durmió 6 horas y 35 minutos de media o caminó 7435 pasos? De acuerdo, puede intentar mejorar sus registros o acostarse un poco antes, pero, caramba, no somos robots ni atletas olímpicos… Y la efervescencia del efecto estimulante termina pasándose.

Siempre habrá gente que le encontrará utilidad a la cuantificación. Pero siempre habrá otra gente que dirá que la cuantificación nos convierte en cosas, y que tanta cuantificación nos hacer perder de vista nuestro yo ‘cualificado’.