Marcelino Sanz de Sautuola, su antepasado, hizo uno de los hallazgos más importantes de la arqueología mundial. Pero no vivió para ser reconocido por ello. Ahora, Lucrecia Botín ha puesto en marcha un gran proyecto, que incluye una película con Antonio Banderas, para reivindicar al descubridor de las cuevas de Altamira. Hablamos con ella del legado de este hombre ilustrado y de cómo ha marcado a su familia. Por Fátima Uribarri

Lucrecia Botín nos recibe en su casa para hablar de Altamira, película en la que se narra el descubrimiento, en el año 1879, de la cueva de Altamira, considerada la Capilla Sixtina del arte rupestre y habitada hasta hace 13.000 años, cuando quedó sellada por un derrumbe.

Desde pequeña oyó hablar de Marcelino y María, su tatarabuelo y su bisabuela, descubridores de la cueva de Altamira.

Hablaban de ellos su abuelo Emilio, su padre (Jaime) y su tío Emilio, que de niños iban en bicicleta a los alrededores de la cueva, a solo un kilómetro de la casa familiar de Puente San Miguel. Su bisabuela María, la niña que con solo nueve años fue la primera en apreciar aquellos soberbios bisontes que llevan 30.000 años recostados sobre la piedra, ha legado a sus descendientes la historia emocional de aquel importante descubrimiento. Todos los Botín-Sanz de Sautuola saben qué palabras dijo María al ver aquellos impresionantes animales a los que confundió con bueyes. Fue María la que se encargó de que perdurara la memoria de su padre, un hombre ilustrado, amante de la botánica y la ciencia, políglota, estudioso de la entonces incipiente arqueología. De generación en generación sus descendientes, los Botín-Sanz de Sautuola (unieron el apellido para que no se perdiera: María fue hija única), han mantenido viva su memoria e incluso alguna de sus aficiones: su nieto Emilio, abuelo de Lucrecia, también traía del extranjero plantas y tocones en las sombrereras de su mujer. “Mi abuelo nos ha tenido toda la vida paseando detrás de él por el jardín y cambiando los caminos para hacer sitio a las ramas de los árboles”, cuenta Lucrecia.

“El drama de mi tatarabuelo es que no lo apoyó nadie. Los científicos pensaban que mentía: la Iglesia, que era un hereje”

Es tal la devoción de Lucrecia Botín por este antepasado ilustrado que solo gracias a él y a Altamira ha accedido a abrir las puertas de su casa, todo un hito tratándose de una Botín. “Nosotros no buscamos protagonismo ninguno; por eso, no nos gusta salir en los medios de comunicación. Pero toda la familia hemos admirado desde siempre a este hombre culto y emprendedor que nos ha transmitido las ganas de saber y el amor por la botánica, entre otras cosas. Hace años que quería contar en una película que estuviera bien hecha la historia y el drama que supuso para él el descubrimiento de la cueva de Altamira” , explica.

Rodeada de obras de arte y muebles antiguos, Lucrecia habla con entusiasmo de su tatarabuelo y de Altamira. “Entré en las cuevas muchas veces de pequeña. Es algo sobrecogedor. Se cerraron, se hizo la reproducción, que es estupenda, pero me quedé con la obsesión de que la gente pudiera ver las cuevas de verdad” , dice. Por eso emprendió un proyecto triple: contar en una película la historia del descubrimiento de las cuevas; explicar en un documental su valía científica y artística; y proporcionar a la gente la posibilidad de hacer una visita virtual a este templo del arte rupestre.

El filme Altamira, dirigido por Hugh Hudson -director de Carros de fuego-, con música de Mark Knopfler, fotografía de José Luis Alcaine y protagonizado por Antonio Banderas, en el papel de Marcelino Sanz de Sautuola, y Rupert Everett, se estrena el 1 de abril. “La película era una apuesta arriesgada, necesitaba el apoyo de mi familia y lo tuve desde el principio. Mi tío Emilio y mi padre me ayudaron muchísimo”, cuenta Lucrecia.

En la película Altamira, que se estrena el 1 de abril, Antonio Banderas interpreta a Marcelino Sanz de Sautuola, descubridor de la cueva junto con su hija María.

El documental está terminado y también están casi listos para ser difundidos los cinco minutos grabados dentro de la cueva para que la gente se adentre en ella en una visita virtual.

Un caballero del siglo XIX

“La cueva ha cambiado mucho desde que yo era pequeña. Mi padre cuenta que cuando él iba a jugar allí de pequeño, que iba en bicicleta, estaban mojadas, parecía que la pintura estaba fresca. Una vez que se ha abierto la cueva, es inevitable el deterioro de los pigmentos y se va secando el ambiente. A mí me gustaría que la gente pudiera bajarse una película de Internet y así poder entrar en la Sala de los Polícromos” , cuenta Lucrecia.

Los sílex, huesos y piezas, sus escritos, lo que recopiló Marcelino está repartido entre la Fundación Botín y el Museo Nacional de Altamira. “Quedan muy pocas cosas en la familia porque Altamira es Patrimonio de la Humanidad y está bien que la gente tenga acceso a ello” , explica Lucrecia.

Se refiere a su tatarabuelo como Sautuola y lo describe como “un hombre culto con una curiosidad intelectual impresionante. Era abogado de profesión y su afición eran las ciencias. Era un caballero del siglo XIX, pertenecía a una clase acomodada. Como Darwin o Julio Verne, era gente que no tenía que ganarse la vida y podía dedicarse a sus pasiones. Lo que se le daba bien a mi tatarabuelo era la ciencia: era miembro de la Real Academia de la Historia, hablaba muy bien francés, había leído a Émile Cartailhac y a Darwin. Le fascinaba el estudio de la Prehistoria, que era una ciencia muy incipiente. Se fue a la Exposición Universal de París de 1879 y se trajo las técnicas para datar e identificar objetos. En cuanto llegó a Santander se puso a excavar, que era lo que le divertía” , explica Lucrecia.

“En mi familia somos gente curiosa, inquieta. Este espíritu viene de Sautuola, un hombre sin fronteras ni prejuicios”

“Que él descubriera la cueva de Altamira no es una casualidad. Lo increíble, lo mágico, es que la encontró casi en la puerta de su casa”, dice. Le solía acompañar María, su hija de nueve años. “Era una niña valiente y la única que cabía en la Sala de los Polícromos, que entonces tenía poco más de un metro de altura, por eso fue la primera en ver las pinturas”. Pero este descubrimiento supuso a Sanz de Sautuola el rechazo de casi todos. Los científicos no creían al hombre prehistórico capaz de crear semejantes pinturas. Solo lo apoyó el paleontólogo Juan de Vilanova. Le reprobaron los demás. Incluida la Iglesia.

La reina Victoria Eugenia visitó Altamira. También lo hizo Alfonso XIII. La cueva se abrió al público en 1917 y se cerró en 2002 para preservarla del deterioro

“Su drama es que intentó por todos los medios que le hicieran caso, y los científicos fueron indiferentes y no vinieron a ver su descubrimiento. Aceptaron sus estudios paleolíticos porque estaban muy bien hechos, pero le culparon de haber falsificado las cuevas, de haberlas pintado él. Lo llamaron ‘mentiroso’. Era todo menos eso, era un hombre con un pensamiento adelantado a su tiempo. Se murió sin que Cartailhac viniera a ver la cueva. Ese es el drama. Su hija nunca regresó a la cueva cuando él murió. Era un tema que había hecho mucho daño a su padre. Mi abuelo Emilio contaba cómo había sufrido su madre porque nadie creyó a su padre”, cuenta Lucrecia Botín.

Lo atacó todo el mundo

En su piso madrileño, Lucrecia nos enseña una reproducción de los Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, escrito por su tatarabuelo en 1880. “Escribe estas páginas para registrar lo que había encontrado y que los científicos pudieran apreciarlo”, explica Lucrecia.

El rechazo de la iglesia fue frontal. “Imagina España en el siglo XIX. Viene un señor y dice que estas cuevas fueron pintadas antes de Adán y Eva, ¿cómo se interpreta eso? Pues mal. Lo llamaron ‘hereje’, ‘mentiroso’. Lo atacó todo el mundo. Los científicos -aunque hubieran leído a Darwin- lo que pensaban es que él contradecía la evolución. No le creyó nadie. unos pensaban que estaba negando la evolución, otros que era un hereje” , cuenta Lucrecia Botín.

Émile Cartailhac visitó Altamira cuando Sanz de Sautuola ya había muerto. El francés quiso devolver el prestigio arrebatado a Sautuola y se disculpó en su escrito Mea culpa de un escéptico. Llegó el reconocimiento internacional y se conoció la valía de Altamira, pero no se ha contado bien la historia de su descubridor. “En España tenemos gente increíble, pero no se conocen bien sus historias; es algo que no pasa en cualquier otro país de Europa” , dice Lucrecia.

“En mi familia somos gente curiosa, inquieta, hemos estudiado cosas diferentes, pero todos tenemos un amor por la botánica que obviamente viene de mi tatarabuelo. Mi padre, que es banquero porque le ha tocado serlo, es un hombre que siempre nos ha empujado a saber más. Ese espíritu viene de Sautuola, que era un hombre especial, con inquietudes, sin fronteras, sin prejuicios. Es un lujo tener este antepasado”.