El año pasado, con motivo del estreno de su película Sin hijos, Maribel Verdú tuvo que responder públicamente a una pregunta a la que ya había tenido que enfrentarse con más frecuencia de la que ella hubiera deseado en su vida personal y es esta. ¿Por qué no has querido tener hijos? . La interrogación obviamente puede formularse tanto a hombres como a mujeres, pero las miradas que la acompañan son mucho más torvas (o farisaicas, malévolas, condescendientes e incluso hasta genuinamente apenadas) si se dirigen a una mujer. La decisión de no ser madre ha sido siempre una elección incomprendida. En otros tiempos se le podía achacar que atentaba contra el divino mandato de creced, multiplicaos y poblad la tierra (algo que, como todo lo atávico, tiene un peso que va más allá de la mera creencia religiosa). Ahora, en cambio, va contra esa tiránica y fundamentalista religión de nuestro tiempo, la corrección política. Desde los anuncios de la tele hasta la literatura, desde la historia hasta las comedias de Hollywood, todo parece confabularse para promover la maternidad. Más aún, vivimos una exaltación de ella. Las mujeres embarazadas pasean sus orgullosos vientres de siete u ocho meses por la playa, las madres amamantan a sus hijos hasta que cumplen casi dos años y algunas eligen hacerlo en la vía pública o en el Congreso de los Diputados. Personalmente no veo la necesidad de hacer alarde de algo que es lo más natural del mundo, por lo que me atrevo a pensar que tiene un punto de exhibicionismo, muy trasnochado, dicho sea de paso. Tal vez ignoren estas madres tan rompedoras que amamantar en público era moda que causaba furor allá por el siglo XVIII, así que nada nuevo bajo el Sol. Ser papá y mamá mola y hay que hacer bandera de ello. Sus mayores propagandistas son los personajes que tienen que cuidar su imagen. Presumir de tener una familia supernumerosa, como Brad Pitt y Angelina Jolie, o de llevarlos todos los días al cole y bañarse con ellos todas las noches, como David Beckham, queda cool ante los fans. Sobre todo porque nadie hace la reflexión de que unos y otros cuentan con un ejército de nannies y cuidadoras que se ocupan de los niños cuando los fotógrafos no están delante. No me malinterpreten. Soy de las que eligieron ser madre, y para mí la familia es una fuente inagotable de satisfacciones, pero no soy partidaria de estigmatizar a nadie. Ser padres es solo una opción y, como todas, tiene sus pros y sus contras. En España se calcula que el 25 por ciento de las mujeres nacidas en los años setenta no tendrá hijos. Es cierto que de ese porcentaje muchas lo hacen por motivos profesionales o económicos, pero existe entre un 5 y un 10 por ciento que renuncia a la maternidad sencillamente porque sí. Hace poco, un grupo de escritores que había tomado este camino se reunió para escribir un libro. Lo llamaron Egoísta, superficial y ensimismado, tres de los reproches que con más frecuencia se le hacen a aquellos que toman tal decisión. Unos (el grupo estaba formado por hombres y mujeres) argumentaban que no les gustaba el mundo tal como era y no querían traer hijos a él. Otros, que su ansia de perpetuarse estaba más que cubierta con su vocación de escritor o de escritora. Pero la mayoría apuntaba que, simplemente, no tenía instinto maternal o paternal. Una de las autoras del libro decía que la vergüenza por ser egoísta, no femenina e incapaz de criar a un niño era una de las emociones más duras a las que se enfrenta una mujer, por lo que muchas de ellas optan al fin por tener hijos a su pesar. Y aquí surge la siguiente pregunta. ¿quiénes son más felices, los que tienen hijos o los que no? Existen estudios para todos los gustos. Unos apuntan que las parejas que eligen no tenerlos ponen toda su energía en procurarse mutua felicidad. Otros, en cambio, sostienen que no hay nada como una gran familia. Y yo, por mi parte, pienso que, al final, como siempre, la felicidad no tiene recetas. Depende de cada uno, de modo que lo más sensato sería decir. Olvídese de lo que piensen los demás y siga su instinto, ese no se equivoca nunca .