Irreverente, chabacano, hortera. Este actor británico  nunca deja títere con cabeza. Su último numerito lo protagonizó en la pasada gala de los Oscar, cuando lanzó un alegato contra el racismo de la Academia disfrazado de rapero

“Tengo muy claro que hay mucha gente que me odia”, dice Sacha Baron Cohen, claramente satisfecho. Y es que cada nueva película suya suma más y más críticas de gente que se siente ofendida por su particular estilo de comedia, caracterizado por las escenas de gusto chocarrero y las situaciones disparatadas y embarazosas. Su última película, Agente contrainteligente, no es una excepción. Además de molestar a los vecinos de la pequeña ciudad inglesa de Grimsby, que aparece retratada como una comunidad sembrada de basura, en la que los niños fuman, beben y consumen crack, Baron Cohen se ha ensañado con el candidato presidencial republicano Donald Trump y con Daniel Radcliffe, el actor de Harry Potter, en una secuencia en la que ambos enferman de sida al recibir las salpicaduras de sangre de una persona en silla de ruedas que acaba de ser tiroteada.

“Las películas las hago para mí, para los amigos y para los fans -explica-. No es posible contentar a todo el mundo. Llevo años haciendo el mismo tipo de comedias y hay gente que disfruta con ellas y otros que las detestan. Pero lo bueno del cine es que eres muy libre de ver una película o no. Nadie te obliga a mirarla”.

Baron Cohen lleva hoy un elegante traje de tres piezas y camisa con el cuello abierto. “Es como visto todos los días -asegura, sin dar trazas de estar hablando en broma-. Así es como me levanto por las mañanas. Porque también tengo unos cuantos pijamas de tres piezas”. Se le ve delgado y en forma, pero asegura que sigue llevando pantalones de la talla 48 tras haber engordado casi veinte centímetros en la cintura a fin de interpretar a Nobby, el zoquete hooligan futbolístico protagonista del filme.

El cómico tiene fama de ser esquivo y enigmático cuando no está disfrazado de uno de sus histriónicos personajes, pero hoy se muestra erudito, amigable y divertido mientras bebe café a sorbitos y habla sobre el rodaje de Agente contrainteligente, sobre cómo él y sus guionistas se inventan las escenas, sobre la comedia en general, sobre la situación en Hollywood

Sacha Baron Cohen. Yo trabajo muy duro. Hago una película cada tres años, meto todos los chistes que puedo y siempre intento superarme a mí mismo. Unas veces funcionan y otras no, pero me siento feliz cuando a la gente le gusta la película.

XLSemanal. En ‘Agente contrainteligente’, el clímax llega durante la final del Mundial de Fútbol, en la que Inglaterra vence a Alemania por 2-1 gracias a un gol de Raheem Sterling, que se interpreta a sí mismo.

S.B.C. Es un sueño hecho realidad. Tuvimos unos efectos especiales sensacionales, pero lo más difícil de todo fue hacer creíble que Inglaterra pudiese ganar el mundial.

XL. Hablando de efectos, me dicen que está muy contento con una secuencia en la que salen elefantes. Su humor grueso, eso sí, impide que la describamos aquí en detalle…

S.B.C. Contamos con profesionales de efectos especiales ganadores de Oscar, con 14 toneladas de fluido y… la verdad, me cuesta creer que alguien haya sido tan imbécil como para darme el dinero necesario para rodar estas películas [se ríe]. Es de locos, la verdad.

“Cada vez que hago un chiste fuerte, me aseguro de que la víctima se lo tiene merecido. Rechazo muchos gags si son muy ofensivos”

XL. No siempre estuvo claro que fuera Donald Trump quien se contagia del sida en su película. Antes de decantarse por él y Daniel Radcliffe, pensaron en la reina de Inglaterra…

S.B.C. Cada vez que vas a hacer un chiste fuerte, tienes que asegurarte de que la víctima se lo tiene merecido. Por ejemplo, algunos pueden resultar desagradables si la víctima es una afroamericana de 20 años. Pero si es un cincuentón del Ku Klux Klan, el público no tiene problema en reírse. En el caso del sida estuvimos pensando en varias personas, pero, cuando se dijo Daniel Radcliffe, todos los que estábamos en la sala de los guionistas rompimos a reír. Quizá porque, de pronto, me estaba convirtiendo en el fulano que había contagiado el sida a Harry Potter. ¡El que había logrado lo que Voldemort no había conseguido en nueve películas! Quién sabe. El humor es algo raro y resulta difícil de analizar.

XL. Al ver sus películas, parece que no le preocupa que alguien se sienta ofendido, pero ¿es así realmente?

S.B.C. Cuando escribimos el guion y se nos ocurre un chiste que nos hace reír, todos nos preguntamos si podemos o no incluirlo. Nos preguntamos si resulta ético, si quizá estamos yendo demasiado lejos. Hay muchas bromas que prefiero no incluir. Durante el rodaje había personas que me venían con chistes que me hacían reír, pero me dije que no podíamos meterlos, que eran demasiado extremos, demasiado ofensivos. Continuamente elimino cosas que son excesivas.

“Hice mi primer ‘sketch’ con siete años. Yo lo escribí y lo interpreté ante unas personas a las que nos hizo la menor gracia”

XL. Usted creció viendo las películas de Peter Sellers, a quien considera su inspirador, junto con Peter Cook y la gente de Monty Python…

S.B.C. Hice mi primer sketch a los siete años. Yo mismo lo escribí y lo interpreté delante de unas personas a las que no les hizo la menor gracia. De niño, siempre se me estaban ocurriendo cosas, imitaba voces Era lo que me gustaba.

XL. Se matriculó en Cambridge para ingresar en el grupo teatral de la universidad. Ahora, sin embargo, dice que ese rechazo es de lo mejor que le ha pasado profesionalmente.

S.B.C. Me dijeron que no. Mi humor era demasiado salvaje y diferente de lo que ellos hacían. Y sí, fue lo mejor que pudo sucederme, pues tuve que convertirme en actor de verdad. Podía escoger entre concentrarme en el estudio y doctorarme o tratar de hacer algo más divertido. Decidí que, en lugar de pasarme media vida encerrado en una biblioteca, trataría de hacer reír a la gente.


 

Años después consiguió empezar a trabajar en la televisión. Logró su primer contrato al enviar a los productores una cinta en la que simulaba ser un periodista albanés que entrevistaba a aristócratas participantes en la caza del zorro. Así nacería más tarde el personaje de Ali G., que entrevistaba a personajes públicos de la sociedad inglesa, a los que sorprendía con su apariencia y vocabulario barriobajero. Ali G. no tardó en cruzar el Atlántico, donde se convirtió en programa de culto en la televisión estadounidense por cable.

A continuación Baron Cohen dobló a Julien, el rey de los lémures en la película de animación Madagascar, y un año después llegó su gran éxito. la película ‘Borat’. Gracias a las objeciones hechas por el Gobierno de Kazajistán y por las disparatadas apariciones promocionales de Baron Cohen en todo programa que se atreviera con él, Borat se convirtió en un fenómeno mundial.


 

XL. A pesar de su historial de taquillazos, usted considera que cada vez es más difícil hacer películas

S.B.C. Los grandes estudios están cada vez menos dispuestos a correr riesgos. Hoy, todos están en manos de multinacionales y tienen que rendir cuentas y obtener grandes beneficios. Me pregunto lo que pasaría si hoy me fuera a uno de estos estudios a ofrecerles el proyecto de Borat. Quizá estarían dispuestos a seguir adelante o quizá me obligarían a cambiar Kazajistán por un país imaginario.

XL. ¿Cómo andan sus relaciones con la Academia de Cine de Hollywood? Lo digo porque muchos de sus miembros pensaron que resultó excesiva su sorpresiva aparición disfrazado de su personaje el rapero Ali G. en la última ceremonia de los Oscar.

S.B.C. Creo que mi relaciones públicas se encontró con algún que otro problema. Para serte sincero, dudo mucho que vuelvan a llamarme. Ahora tengo que decir que -a pesar de toda esa polémica por lo que sucedió en la noche de los Oscar-, si no fuera por los premios de la Academia, hoy en día los grandes estudios tan solo harían películas con la idea de ganar dinero. Los premios de la Academia son la razón principal por la que la industria intenta que las películas también sean buenas. O sea. por mucho que critiquemos a la Academia, creo que es una institución que tendría que seguir en activo y a la que hay que apoyar.Está por verse si los de la Academia piensan otro tanto sobre Ali G.


 

Así monté el numerito en la gala de los Oscar

El encargo era sencillo: salir al escenario con la actriz Olivia Wilde para presentar La habitación, nominada a mejor película. Debía hacerlo como Sacha Baron Cohen, no como uno de sus personajes. “Me llevaron a una habitación y me dieron mi discurso -recuerda Baron Cohen-. Era una presentación florida y llena de palabrería. Ya sabe, algo así. ‘En una tierra lejana, una madre y su hijo se encuentran atrapados en los confines de una hermosa prisión ‘. Les dije que sí, aunque tenía claro que no iban a dejarme salir como mi personaje Ali G. Así que mi mujer y yo nos las arreglamos para colar de tapadillo la barba, las gafas y el gorro, y me cambié en un cuarto de baño junto al escenario. Por suerte, en Hollywood nadie te hace preguntas si te encierras 40 minutos en un baño con una mujer. Me acerqué al escenario con la barba postiza puesta, me puse el gorro y le dije a Olivia. ‘Mira, voy a salir vestido de Ali G. Ayúdame a meterme el pelo bajo el gorro’. Olivia me ayudó y salí a hacer mi numerito”. De pie, junto con Wilde, Ali G. dijo que estaba allí en representación de los actores de color no nominados, “como Will Smith, Idris Elbow [se refería a Idris Elba] y, por supuesto, ese fantástico hombretón negro de La guerra de las galaxias, Darth Vader”. Ali G. lamentó, además, la suerte de esos “pequeñines amarillentos que tanto trabajan, esos con el rabo muy pequeño”, en referencia a Los minions. “La reacción de los miembros de la Academia no se hizo esperar. Muchos dijeron: ‘Gracias, hombre’, en tono sarcástico -recuerda-. Mi relaciones públicas tuvo algún que otro problema y dudo que me llamen otra vez. Pero bueno esa ceremonia es demasiado larga, la verdad”.