Detrás de la famosa filtración de los papeles de Panamá hay un equipo de periodistas de Washington que lleva 20 años destapando abusos de poder de gobiernos, empresas e individuos en todo el planeta. Se trata del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), una organización sin ánimo de lucro. Hablamos con Charles Lewis, su fundador. Por Silvia Font

Todo empezó en 1992. Charles Lewis era un prestigioso pero discreto reportero de 39 años que había dado un portazo a su trabajo -el programa 60 minutos, de la cadena CBS- porque sus jefes habían censurado uno de sus reportajes. Lewis había decidido ser él quien tuviera la última palabra y montó en su casa de Washington con un par de colegas una organización sin ánimo de lucro para investigar y controlar los servicios públicos. el entonces desconocido Center for Public Integrity (Centro para la Integridad Pública).

En esas estaba cuando asistió en Moscú a una conferencia sobre periodismo de investigación. Aquello resultó “una revelación”. En aquel encuentro coincidió con grandes figuras del reporterismo como Carl Bernstein, Phillip Knightley, Anthony Sampson “los reporteros más duros del mundo”. Allí, esos periodistas de raza compartieron sus problemas; sobre todo, la falta de recursos para seguir una investigación cuando esta se prolongaba demasiado en el tiempo. Pero Lewis reparó en algo más. “Me di cuenta de que el hambre de exclusivas de los periodistas era también un obstáculo. Era un momento extremadamente competitivo, en el que la mayoría de los periodistas se ‘comían’ entre ellos”. Así que Lewis decidió que debía crear algo, un medio, para que aquellos “caballeros jedis”, como a él le gusta llamarlos, trabajaran juntos. Y así nació el ICIJ, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, una organización sin ánimo de lucro que, financiada mediante donaciones, lleva casi 20 años destapando los abusos de poder de gobiernos, empresas e individuos en todo el planeta.

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Los principales donantes del ICIJ son grandes fundaciones como la Fundación Ford, la Adhesion Foundation o una por la que han recibido no pocas críticas: la Open Society Foundation, el brazo filantrópico del especulador George Soros. Además de las donaciones, todas ellas detalladas en su web, el Consorcio aplica lo que ellos llaman “la economía colaborativa aplicada al periodismo”. Es decir, periodistas de distintos medios en diferentes países colaboran en cada investigación. Ellos pagan a su equipo propio -que puede llegar al centenar cuando se enfrentan a una gran investigación-, pero el coste de los periodistas restantes los paga cada medio.

“Nunca antes fue tan necesario el periodismo como lo es ahora. Y eso que yo llegué con el Watergate… La inoperancia política actual es la peor que he visto en mi vida”

En los últimos años, el ICIJ ha destacado por su cobertura de los paraísos fiscales. En parte, porque su actual director, Gerard Ryle, venía de cubrir información sobre evasión fiscal en medios de Australia e Irlanda y, en parte, porque “un leak llama a otro leak”. En 2013 recibieron una información que publicaron como OffshoreLeaks; luego vino LuxLeaks en 2014; y en febrero de 2015, SwissLeaks, desarrollado a partir de la llamada lista Falciani. Reconocen que se han convertido en el ‘sitio al que ir’ si quieres filtrar algo sobre paraísos fiscales. Y así llegaron los papeles de Panamá a sus oficinas hace un año. Nada menos que 2,6 terabytes de información con las bases de datos de la firma de abogados panameña Mossack Fonseca. Once millones y medio de documentos.

Las 25 investigaciones que ha publicado el ICIJ desde 1997 son muy ambiciosas, pero nada comparado con los papeles de Panamá. La filtración no llegó directamente al Consorcio, sino al periódico alemán Süddeutsche Zeitung. Marina Walker, reportera argentina asentada en Estados Unidos, coordinó la investigación.

Marina Walker: subdirectora del consorcio de periodistas de investigación.“Tenemos tanto impacto porque la sociedad está muy insatisfecha con sus líderes”

XLSemanal. Cuando crea el Consorcio, en los años noventa, ¿cómo consigue convencer a esos tipos duros del periodismo de que trabajen sin contar con un medio de referencia detrás?

Charles Lewis. Creo que porque no me veían como competencia. Además, lo que yo les propuse no era algo que las grandes cabeceras como The New York Times o The Wall Street Journal estuvieran dispuestas a hacer, principalmente por su arrogancia y la tendencia que tienen a pensar que son las mejores y las únicas.

XL. Supongo que poner todas las piezas en orden para el nacimiento del Consorcio no fue fácil.

C.L. Me costó cinco años, en los que me dediqué sobre todo a buscar financiación. Tuvimos una primera reunión en Harvard, bastante cómica, donde todos los periodistas que se reunieron allí eran tipos duros, desconfiados, que no sabían bien de qué iba aquello Y acabamos siendo amigos de por vida.

XL. Y empezaron a trabajar juntos…

C.L. Primero conseguí convencer a Maud S. Beelman, que fue la primera periodista contratada por el Consorcio, una ‘bulldog’, en el mejor de los sentidos, una reportera que venía de cubrir la guerra de los Balcanes. Luego logré sumar a los diez nombres más importantes de Harvard y Stanford. Fuimos construyendo ladrillo a ladrillo la red de periodistas. Lo relevante es que desde un primer momento se estableció una relación de colaboración, desde el primer proyecto todos entendieron que si no trabajaban en equipo de ninguna manera llegarían a determinadas historias.

XL. El Consorcio, fundado en 1997, tiene ya a sus espaldas 25 proyectos de investigación ¿Cómo eran las investigaciones 20 años atrás?

C.L. Antes todo era más ‘a la antigua usanza’. El primer proyecto, en 1998, fue sobre el contrabando internacional de tabaco desde Estados Unidos. Duncan Campbell, periodista británico de investigación, descubrió unos archivos donde se reflejaba que un tercio de los cigarrillos que se fabricaban en Estados Unidos no se vendía. Era algo ilógico y comenzó a investigar. Al proyecto se unió Maud y ella consiguió miles de documentos más. El proyecto contó con periodistas en los seis continentes leyendo miles de documentos. Algo insólito. Tras la publicación, en cuestión de 48 horas, hubo detenciones en varios países, Brasil, Argentina e Inglaterra. Eso es lo primero que hizo el Consorcio.

XL. ¿Ha cambiado el periodismo de investigación en estos 30 años?

C.L. El gran cambio viene por la increíble mutación de la tecnología. En los noventa no utilizábamos el término big data, pero los fundamentos del periodismo de investigación son los mismos. informar sobre los usos y abusos del poder. Lo que ha cambiado es la capacidad de los informáticos de permitir que ocurra lo que acabamos de ver con los papeles de Panamá; un trabajo conjunto entreistas de 75 países es algo nunca visto, algo de otro planeta. Una exclusiva de esta magnitud no hubiera sido posible hace cuatro o cinco años.

XL. Una de las características que siguen intactas en el Consorcio es ese espíritu del periodismo como ‘perro guardián’. ¿Cree que esa labor de los medios sigue siendo necesaria?

C.L. La actual inoperancia política mundial es la peor que he visto en mi vida. Te lo dice alguien que llegó como periodista a Washington durante el escándalo del Watergate y que ha cubierto muchos escándalos políticos. No hay duda de que la política se ha convertido en un ‘oficio’ perdido. Así que el periodismo vigilante es más necesario ahora de lo que ha sido nunca en la historia.

XL. ¿Tan mal ve la situación mundial?

C.L. Nunca antes hemos tenido una falta de regulación como hoy en día, donde los sistemas offshore funcionan impunemente. Ni el Banco Mundial ni el Fondo Monetario Internacional ejercen ningún control sobre los bancos; la Interpol es como un chiste que no tiene autoridad; y no existe una legislación con poder suficiente para sancionar a los paraísos fiscales.

XL. Sin embargo, cada vez hay menos periodistas, ¿no?

C.L. Sí, es alarmante la pérdida de profesionales del periodismo en los últimos años. Solo en Estados Unidos el número de periodistas se ha reducido a la mitad en los últimos 20 años. Eso significa que no hay periodistas vigilando lo que hacen los políticos y los poderosos. Y los que trabajan tienen que cubrir muchos temas, así que se ven obligados a tratarlos superficialmente.

XL. ¿Y cómo solucionar esa carencia?

C.L. Ampliar las colaboraciones a miembros externos y no solo a periodistas. El Consorcio lo ha hecho y fue una decisión acertada. La creencia de que solamente los periodistas tienen el don divino y en exclusiva de realizar investigaciones de alta calidad es absurda. Estoy muy orgulloso de ser periodista, pero no soy de los que piensan que somos los únicos en la Tierra capaces de contar la verdad. Tenemos que colaborar no solo entre nosotros, sino con otros. Hay que seguir derrumbando muros y abriendo puertas.

XL. La publicación de los documentos del bufete Mossack Fonseca parece un hito difícil de superar

C.L. El periodismo de investigación está aún en pañales; ¡todavía no hemos visto nada! Es apasionante lo que estamos viendo. Esto es solo una parte de lo que puede hacerse. Sé que creemos que lo que acabamos de vivir es significativo, pero yo le diría al mundo permanezcan atentos porque en los próximos años va a ser mucho mejor. Tiene que serlo.

P. ¿Cómo fue el momento en el que los llamaron del Süddeutsche Zeitung y les comentaron que tenían 26 teras de documentación sobre paraísos fiscales?

R. Fue gracioso porque, después de publicar el caso SwissLeaks, estábamos muy cansados y nos íbamos a tomar unas vacaciones. Y justo en ese momento nos llaman los alemanes y nos dicen que una fuente asegura que se trata de la data más grande que jamás hayamos visto. Y era cierto. Era una enorme cantidad de información que sobrepasaba a cualquier periódico. Por eso, los alemanes vinieron al ICIJ.

P. ¿Cuál es el proceso para iniciar la investigación?

R. Se compone de dos frentes. el tecnológico y el humano. El primero lo desarrollan nuestros ingenieros y analistas de datos, que procesan la información para hacerla legible y que, al final, los periodistas puedan encontrar cualquier palabra dentro de los once millones de documentos. El otro frente, el de la red humana, consiste en encontrar a los periodistas que indaguen esos datos y publicarlos.

P. ¿Cómo se crea una estructura así?

R. Hay que entrenar a los periodistas para que entiendan que es una colaboración, que pasan a formar parte de un equipo confidencial y donde hay unas reglas que permitan concluir la investigación sin que se filtre nada ni haya conflictos. No es fácil.

P. ¿Qué particularidades tiene su trabajo comparado con el de otros periodistas?

R. La escala. El número de periodistas y el volumen de los datos. El desafío también era encontrar en ese laberinto de datos las historias de interés público, país por país. Ha sido casi un año. Es complicado tener a tantos periodistas sin publicar tanto tiempo Pero, pese a momentos de tensión, decidimos aguantar, no filtrar poquito a poquito, porque entonces se perdería el impacto global.

P. Ese compromiso que consiguen de los periodistas ¿se firma o es un acuerdo tácito? 

R. Hay un acuerdo por escrito, pero es más un acto más moral que legal. Es bueno ponerlo por escrito para que no haya malentendidos.

P. Imagino que también cuentan con un equipo legal

R. Es una parte fundamental. El abogado lee todo y se asegura de que no utilizamos gratuitamente términos muy fuertes. Nos asesora para decir lo más posible, pero de forma que estés protegido. Es una gran pérdida de tiempo y energía tener que ir a defenderse a un tribunal.

P. ¿Cuáles cree que son los ingredientes que debe tener un tema para que tenga tanta repercusión?

R. Figuras públicas y profundidad del tratamiento. También tenemos impacto porque la sociedad está muy ‘intranquila’ con sus líderes.

P. ¿Por qué cree que se produce esa inquietud?

R. Hay muchos países donde la gente está haciendo muchos sacrificios para pagar sus impuestos y para crear y mantener sus pequeñas empresas, y ver que sus representantes toman atajos en paraísos fiscales y que se rigen por unas reglas distintas a las que marcan al resto de la población genera mucha insatisfacción. Lo hemos visto en Malta e Islandia; en cualquier otro contexto hubieran quedado malparados, pero no hubieran tenido que dimitir.

Mar Cabra: jefa de la Unidad de Datos e Investigación del ICiJ

La española Mar Cabra coordina la llamada ‘unidad de datos del ICIJ’, que está formado por media docena de periodistas y programadores.Cabra reconoce que WikiLeaks ha tenido un papel fundamental en el mundo de las filtraciones. Su existencia hizo posible que nosotros llamásemos a la puerta y los medios nos recibieran de otra forma , pero deja claro las diferencias entre el Consorcio y WikiLeaks. De hecho, la organización de Julian Assange los critica por no publicar la documentación íntegra.

“La existencia de wikileaks nos ha facilitado las cosas, pero somos completamente diferentes”

Cabra defiende su opción. Creemos que no podemos publicar los 11,5 millones de documentos que hemos recibido porque hay mucha información personal, cuentas bancarias, pasaportes y hasta datos de menores de los que es importante preservar su identidad porque están en verdadero riesgo. No sería éticamente correcto . Al ICIJ también le han pedido acceso a la documentación agencias tributarias de varios países; entre ellos, España. El Consorcio -explica Cabra- no facilita documentos a gobiernos. Somos periodistas haciendo periodismo, no somos ni brazo de la ley ni una agencia gubernamental, por lo que no creemos que debamos dar los datos en bruto a los gobiernos. Nosotros publicamos suficientes datos para que ellos investiguen por su cuenta.