No sabía que un autor tan apreciado en casa como Dino Buzzati escribió sobre ciclismo. Conocía su vertiente de montañero. Pero no esta otra que he descubierto gracias a un libro de la también apreciada en casa editorial Gallo Nero que reúne las crónicas del Giro del 49 que Buzzati escribió para el Corriere. Más allá de la rivalidad entre Coppi y Bartali, que algo tiene de los duelistas de Conrad en un país ansioso por encontrar héroes, el contexto de posguerra permite abarcar más asuntos que los deportivos. Está, sobre todo, el valor vertebrador del Giro cuando llega a una Sicilia que se siente desprendida de Italia hasta el punto de que el bandolerismo de Giuliano ha derivado a un proyecto político independentista. Sciascia cuenta en novelas cómo los restos de esa banda fueron absorbidos por la Mafia.Buzzati me ha recordado que, hace muchos años, me apasionó el ciclismo. Si alguien me hubiera preguntado en algún momento de principios de los años ochenta quiénes eran mis ídolos deportivos, en la respuesta habría sido mencionado José Luis Laguía. Aquel escalador que se especializó en ganar todas las Vueltas el maillot (creo recordar que verde) de la Montaña que teníamos torpemente dibujado en una chapa con la que competíamos en el barrio, en los parques y los parterres en los cuales trazábamos circuitos y hasta poníamos metas volantes y montículos de tierra para ir puntuando nuestra propia vuelta en un cuadernito que guardaba un amigo de fiar. Debíamos de ser un espectáculo, porque a veces hasta se paraban a mirar un momento los miembros de la Policía Militar que patrullaban todo el día un barrio en el que vivían muchos oficiales en plenos años de plomo.La admiración por José Luis Laguía tuvo una consagración ridícula pero tierna. O eso creo, al recordar ese niño que fui. Uno de los años que la Vuelta terminó en el paseo de la Castellana, salí de casa (en bicicleta, por supuesto) con el único propósito de conocer a Laguía y de pedirle un autógrafo. Hasta me llevé conmigo un bolígrafo y una hoja de papel. Llegué temprano a Castellana, cuando aún no había apenas nadie. Por lo que reparé en un grupo bullicioso, vestidos todos sus miembros con maillots verdes, que ya tomaba posición en la primera línea de espectadores, cerca de la meta. Era nada menos que la Peña José Luis Laguía. Siendo uno mismo un seguidor de Laguía de probada fidelidad, prácticamente un Laguía hecho chapa, resultó evidente que debía presentarme a esa peña e integrarme en ella. La verdad es que fueron amabilísimos y me adoptaron como mascota, supongo. Hasta me dieron un bocata. Por lo que ya no me moví de ahí mientras la gente iba llegando en proporciones torrenciales y los ciclistas por fin fueron pasando como chorros de colores, abstractos y velocísimos.      Terminada la carrera, entregados los premios, la Peña José Luis Laguía permaneció apostada en su lugar. Esperaban al mismísimo Laguía, que llegó de pronto sobre su bicicleta, despacio y sonriente. Se me paró justo delante y preguntó quién era yo. Un fan , le dijeron, o algo así. Yo tenía en una mano el bolígrafo y, en la otra, el papel. Sólo faltaba pedirle el autógrafo. De hecho, Laguía me miraba como esperando a que se lo pidiera de una vez para poder seguir con su vida. Pero no se lo pedí. No lo hice porque de repente se me cruzó por la mente un pensamiento propio de un repelente niño bien. ¿Y si es analfabeto? . ¿Y si es analfabeto y al pedirle que escriba su nombre resulta que no es capaz y lo humillo delante mismo de sus más firmes seguidores, los de su propia peña, que a lo mejor no saben que llevan años idolatrando a un analfabeto? La intención era noble. Pero el resultado fue nefasto. José Luis Laguía se marchó de allí tal vez abatido en el ánimo para siempre después de comprobar que ni siquiera un niño que lo tenía delante con papel y boli en la mano lo apreciaba lo suficiente para pedirle un autógrafo. A lo mejor lleva décadas traumatizado y, al leer esto, se queda más tranquilo.