Un Oscar, dos Palmas de Oro, más de 30 películas… Este mes se cumplen 25 años de la muerte de Luis Buñuel. En esta entrevista en La Coupole de París, su hijo Juan Luis traza un retrato inédito del gran genio de nuestro cine. Fernando Goitia / Fotografía de Georges Merillon

Esta era la mesa de mi padre. Ésa, la de Sartre y Simone [de Beauvoir]. Ahí, Man Ray. En esa de ahí, Max Ernst.» A sus 73 años, la enorme figura de Juan Luis Buñuel avanza con lentitud entre la decoración art decó del restaurante La Coupole, leyenda parisina de Montparnasse. Aquí, entre columnas pintadas por Léger, Matisse o Delaunay, se reunían los surrealistas cuando París era el centro del mundo, junto con Hemingway o Picasso, a quien Buñuel veía a menudo.

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El lugar provoca en su hijo mayor, de quien ha heredado mucho más que unos ojos grandes y melancólicos, un alud de recuerdos. «Venía mucho por aquí, desde que murió el viejo ya no tanto.» Pese a todo, no ha olvidado que el steak tartar bien cargado de mostaza sigue siendo su plato favorito ni que antes los manteles eran de papel. «Era importante porque podías dibujar y tomar notas.» De pronto, abre sus enormes ojos y, con suave acento francés, suelta un: «¡Si estas mesas hablaran!». Pero no hablan. No hace falta, para eso está él. Sobre el mantel, un puñado de fotos muestran escenas familiares, rodajes e instantes de una vida, la suya, por la que han pasado secundarios de apellidos tan lustrosos como Welles, Rabal, Deneuve, Bardot, Moreau y, por supuesto, Buñuel

XLSemanal. ¿Harán alguna conmemoración especial por los 25 años de la muerte de su padre?

José Luis Buñuel. Eso es para burgueses [se ríe]. Lo importante son los vivos. La muerte es triste, pero hay que seguir. Mi padre siempre decía que cuando muriera se borrara su memoria.

¿Cree que se enfadaría con usted por esta entrevista?

J.L.B. A mi padre, esto no le hubiera gustado nada [se ríe]. Él estaba en contra de todo lo establecido, de la hipocresía. Ésa fue su obra. Dicho esto, si quiere, hablemos de él.

Él decía que no quería dejar rastro de su paso por este mundo, que quemaría los negativos de todas sus películas…

J.L.B. Sí. Cuando acababa una, solía decir: «Ya me han pagado, que hagan lo que quieran con ella». No las veía después. Lo importante para él era el guión. Todo estaba muy pensado. Luego, al rodar, tenía dos o tres semanas, así que llegaba con todo bien planificado. Una o dos tomas y a la siguiente escena. Tenía un gran sentido visual y, además, era un gran técnico.

Siempre lo persiguió la fama de no ser un gran técnico…

J.L.B. Mi primo Pedro Christian se lo dijo una vez, señalando que en una obra suya había un error, una sombra de una persona ajena al elenco. En la siguiente que hizo detuvo una escena y les dijo a dos personas: «A ver, usted póngase aquí y usted, aquí. Estas dos sombras se las dedico a mi sobrino Pedro» [se ríe].

¿Se hablaba de cine en su casa?

J.L.B. Nunca. Cuando mi hermano tenía 15 años, alguien le dijo: «¡Oye!, tu padre hace cine, ¿verdad?». Y no supo qué decir. Cuando vivíamos en México, con suerte, hacía dos películas al año, seis semanas en total. El resto del tiempo no tenía trabajo.

¿Tampoco veían películas juntos o los llevaba al cine?

J.L.B. No veía nada, aunque las coleccionaba. Como era sordo no iba al cine. La sordera se la produjo un disparo cerca del oído. No quería operarse… [hace ruidos como si protestara].

¿Su sordera llegó a ser un hándicap en algún rodaje?

J.L.B. No, pero algunas veces complicaba las cosas. En Nazarín, por ejemplo. En alguna escena, cuando Gabriel Figueroa, director de fotografía, decía: «¡Corten!»; mi padre: «¡Pero si no ha dicho tal frase!» [risas]. Y nada, a repetir. Pero tenía buen carácter. En los rodajes nunca perdía la paciencia, había un ambiente muy respetuoso, nos lo pasábamos bien.

¿Cuál fue la primera película que vio de su padre?

J.L.B. Un perro andaluz, con 16 años. Un día consiguió una copia en 16 mm que alguien le prestó y me la enseñó en casa. «¿Te gustó?», me preguntó. Yo no tenía ni idea de cine: «Muy bien, bonitas imágenes». No comprendía nada ni me lo explicó. Tampoco hay nada que explicar.

Carlos Saura contaba que Chaplin le describía a Geraldine escenas de Un perro andaluz para asustarla…

J.L.B. Es posible. A mí me contó Geraldine que en casa tenían una sala de proyección con un chino encargado del proyector; cuando llegaba la escena del ojo cortado, se oyó: «¡Porrom!». El chino se había desmayado [suelta una carcajada].

Los críticos se devanan los sesos analizando el simbolismo de Buñuel. ¿Le daba él tantas vueltas a las cosas?

J.L.B. En absoluto, pero se moría de la risa con todo eso. A veces leía cosas de ésas y decía: «¡Interesante!, no había pensado yo en esto» [se ríe]. Un perro andaluz, por ejemplo, no quiere decir nada. He visto cientos de análisis sobre la corbata a rayas de Pierre Batcheff. Esa mañana, mi padre le pidió a mi madre que fuera a comprarle una corbata. Ella bajó, compró la primera que le gustó y la usaron [se ríe]. Y todos que si el simbolismo es la izquierda, la derecha… ¡Increíble! Tampoco le preocupó la estética, aunque se hable de la ‘paleta’ de Buñuel. Decía que no tenía opinión en materia de pintura.

Siempre tenía a alguien en contra: la izquierda, la derecha, el exilio, la Iglesia, los homosexuales… ¿Alguna crítica lo afectó especialmente?

J.L.B. Si una película funcionaba o la crítica la alababa, no estaba contento: [gruñe] «¿Qué he hecho mal?». Odiaba los premios, los regalaba, los tiraba o no iba a recogerlos: Cannes, Venecia, el Oscar… Su favorito era uno de plomo, muy feo, otorgado por unos críticos mexicanos a la mejor película de las primeras semanas de 1970. «Éste es un buen premio», decía [se ríe].

Hay una foto de 1972 en casa de George Cukor con Billy Wilder, Hitchcock, William Wyler… de una cena de homenaje a su padre. Ese homenaje, supongo, se lo tomaría mejor, ¿no?

J.L.B. Sí, sí. Se quedó muy sorprendido porque todos lo admiraban. Todos estaban impresionados, nunca se habían reunido juntos. Fue muy bonito. Hasta ese momento, él no había conocido a ninguno de ellos.

De hecho, siempre huyó de la vida social y los focos. Ganó un Oscar [El discreto encanto de la burguesía], dos Palmas de Oro [Nazarín y Viridiana] y un León de Oro [Belle de jour], y ni siquiera fue a recogerlos…

J.L.B. La fama le molestaba, la gente dando la lata y esas cosas.

Todo lo contrario de Dalí, ¿no?

J.L.B. A Dalí le fascinaba el dinero, los focos. Algo que mi padre nunca soportó. Cuando Gala entró en escena, se convirtió en alguien muy antipático. Visitarlo era un problema, pero la relación entre ambos había sido extraordinaria. Un perro andaluz lo escribieron mano a mano, con una única regla: estar de acuerdo en cada escena. Decían: «Un hombre. No. Una mujer. Bien, una mujer. ¿Qué cara tiene? De miedo. Bien, bien, tiene miedo. ¿Qué hace? Anda. No. Duerme. No, no. Arrastra algo. Eso. ¿Y qué lleva? Una vaca. No, un caballo. No, un perro. Y que esté muerto y podrido». Se lo pasaron en grande.

¿Qué ocurrió para que se alejaran tanto?

J.L.B. La ruptura definitiva fue en Nueva York, adonde éramos exiliados. Dalí, en sus memorias, lo acusó de ateo y comunista en plena Segunda Guerra Mundial, cuando trabajaba en el MOMA. Era una acusación muy grave.

¿No hubo también problemas de dinero?

J.L.B. Sí, Dalí se negó a prestarle 50 dólares para el alquiler, pero lo otro era mucho más gordo. Hace poco estuve en Nueva York rodando escenas para Mi último guión, donde hablo de la carta en la que Dalí le niega el préstamo [pausa]. Una vez estaba con mi padre en un café y llegó Dalí en un Cadillac. Mi padre se tapó la cara: «¡Oh, no, Dalí!». No nos vio y se fue al piso de arriba. Luego me dijo: «Me hubiera gustado saludarlo, darle un abrazo, pero, si lo hago, en cinco minutos esto se llena de fotógrafos». No soportaba cómo usaba la imagen, su fascinación por el dinero. Pero no discutieron.

¿Esos años en EE.UU. fueron, quizá, los más difíciles?

J.L.B. Yo era muy pequeño. Uno de sus mejores amigos guardó su correspondencia con él desde 1935 hasta el final. La leí y me quedé chocadísimo, lo pasaron duro, sin dinero, con dos niños… Vivíamos en un cuarto donde la cama se empotraba en la pared [señala una foto del escultor Alexander Calder]. Gracias a Calder nos mudamos al Upper East Side. Le debemos mucho [pausa].

¿De qué etapa de su vida contaba su padre más historias?

J.L.B. De su juventud en Calanda, del campo, los insectos… Cuando vivíamos en Los Ángeles, íbamos mucho al desierto, día de campo; mi madre preparaba unos bocadillos y una botella y mi padre nos llevaba a buscar insectos, alacranes, arañas…

En El fantasma de la libertad, un padre comparte el interés por una araña con su hijo. ¿Les ocurría lo mismo a ustedes dos?

J.L.B. Eso era más de su familia, podían pasarse horas hablando de arañas, pero a nosotros no nos interesaban tanto. En casa no quería ni cuadros ni cortinas, lugares donde pueden esconderse. Sentía rechazo y fascinación por los arácnidos. Los estudió incluso en los tiempos de la residencia de estudiantes [inició Entomología].

Su padre no regresó a España hasta 1960 para filmar Viridiana, ¿qué impacto le causó?

J.L.B. Sólo le diré que, al irte, pisar de nuevo Nueva York o París era como respirar. Un alivio.

Viridiana fue censurada por el gobierno de Franco y acabó ganando la Palma de Oro. ¿Cómo la llevaron a Cannes?

J.L.B. Al acabar de rodar supimos que la censura iba a confiscar el negativo, así que había que sacarlo a Francia. Con un torero llamado Pedret, tres diestros más, un picador y yo salimos desde Barcelona en camioneta hacia la frontera, con el negativo atrás, debajo de los capotes y las espadas. Al pasar la aduana, los guardias civiles sueltan: «¡Suerte, torero!». Y Pedret: «¡Ah, gracias!» [hace ruido de motor arrancando y se ríe].

Su padre se quedó en México, ¿quién recibió el premio?

J.L.B. No sé. Tampoco recuerdo quién recogió el Oscar, sólo que lo tenía Serge Silberman [productor de Buñuel, Jean-Pierre Melville o Akira Kurosawa]. Yo hablé en su funeral: «Serge era como mi padre y no creía en Dios. Pero puede que haya un bar allá arriba, así que si existe el cielo estarán juntos tomando algo». El rabino que oficiaba la ceremonia no quedó muy contento conmigo [se ríe].

Hablando de bares y bebidas, ¿sabe preparar un dry martini, el cóctel favorito de su padre?

J.L.B. Muy fácil. Ginebra, Noilly Prat, hielo, dos aceitunas o dos cebollitas. Cuanto menos ginebra, más seco… ¿Sabe la historia del tipo que entra en un bar y pide: «Póngame el martini más seco del mundo»? Y le da la receta al camarero. «Echas la ginebra y le dices a la copa: [susurra] ‘Noilly Prat’. Cuanto más bajo lo digas, más seco» [se ríe]. Si lo haces con Jerez muy seco, se llama dry Martínez [ríe más fuerte].

¿Se dedicó al cine por influencia de su padre?

J.L.B. Yo le echaría la culpa a Orson Welles [sonríe]. Iba para profesor de literatura inglesa. Un día, en México, un amigo productor me dice que necesita un traductor para una película, Don Quijote, de Orson Welles. Necesitaba plata para mi doctorado y acepté. Pero mi padre siempre me dio libertad total. Nunca me influyó en nada [pide más mostaza y tabasco]. Esto pica mucho, ¡me gusta!

En la primera película que rodó con su padre… ¿Le enchufó?

J.L.B. Tuvo que contratarme [se ríe] para La fiévre monte à El Pao [Los ambiciosos, 1959] con Gérard Philipe y María Félix. Era una coproducción y necesitaba dos técnicos franceses. Yo era el único en el sindicato que hablaba francés y español, así que no le quedó más remedio [risas]. Hice cuatro películas con él.

¿María Félix tenía un carácter tan fuerte como se dice?

J.L.B. Conmigo era muy simpática. Tengo fotos de Sonatas [1959], de Juan Antonio Bardem, con Paco Rabal [pausa, sonríe]. ¿Quién era más macho, Paco o María? ¡Se odiaban! Entonces llega la gran escena de amor, ambos preparándose para el momento del beso. María, comiendo una cebolla [hace ruido de masticar fuerte]; Paco, por otro lado, fumando un puro barato. Imagine el beso [carcajada]. Nos reíamos mucho. Yo quería mucho a María. Me llamaba: «¡Juanluí!». Cuando se me mezclaba el francés con el español, me decía [frunce los labios, pone voz afectada]: «Juanluí, con tanto idioma te vas a quedar mudo» [risas].

De las tres grandes divas francesas de los 60 –Catherine Deneuve, Jeanne Moreau y Brigitte Bardot–, Brigitte fue la única que no rodó con su padre…

J.L.B. Recuerdo una visita de mi padre al rodaje de Viva María, de Louis Malle. Louis, Brigitte y Jeane habían alquilado una casa en Cuernavaca, donde hacían fiestas y demás. Un domingo mis padres vinieron a comer, había tacos, cerveza… Brigitte estaba en la piscina. ¡Magnífica! [abre los ojos, parece recordarla bien]. Con un traje de baño sexy, el pelo suelto y húmedo. Se acerca a mi padre y le dice [voz femenina]: «Bonjour, monsieur Buñuel». Y mi padre [gruñón]: «¿Ésta quién es?» [se ríe]. No la reconoció.

Deneuve es la que más películas hizo con él, pero ¿cuál de las tres era su favorita?

J.L.B. Jeanne era fantástica. Esa sí que era una actriz… Podías hacer diez tomas y en cada una te daba algo diferente. Mi padre decía que siempre le daba mucho más de lo que pedía su papel. Lo contrario de Brigitte, a ella le aburría repetir tomas. Catherine era diferente. Hacía todo lo que la pedías y siempre bien. Me gusta Catherine, siempre toma riesgos. Hacer una película conmigo [La mujer con botas rojas, 1974], por ejemplo [se ríe]. Pero bueno, para todas lo primero era el dinero, vivían de su trabajo. XL. Hay una escena maravillosa en Diario de una camarera en la que Moreau camina con unos botines…

J.L.B. [Risas] A mi padre le fascinaba su forma de andar y los zapatos en general. Juntó ambas cosas en esa escena.

En Él [1953] también mostró su fetichismo por los zapatos, al principio de la película…

J.L.B. Los primeros cinco minutos de Él son de lo mejor que hizo en su vida, de la historia del cine, incluso. Esos detalles del pie, el cura, su mirada, ella con los ojos, los pies… La vi otra vez, nada más esos cinco minutos. ¡Ay, Dios, es increíble!

Tengo entendido que Él [sobre un hombre enfermo de celos] era su favorita, donde había puesto más de sí mismo…

J.L.B. Ahí, eso no sé.

Su madre, Jeanne Rucar, dijo de su padre: «Luis fue un macho celoso»…

J.L.B. Sí, es verdad. Igual a eso se refería mi padre cuando decía eso de Él, la historia de un hombre celoso hasta la obsesión.

En Mi último suspiro, su autobiografía, su padre dice que se paseó disfrazado por el rodaje de Viva María y que ni siquiera usted lo reconoció. ¿Coincide su versión?

J.L.B. No recuerdo cómo lo contaba él. Teníamos que seleccionar figurantes entre más de mil personas y había un señor gritando que quería trabajar. Era él con una peluca [risas].

Le encantaba disfrazarse, ¿lo hacía en casa también?

J.L.B. No, era más una cosa suya. Un día, en México, vinieron a casa un montón de amigos disfrazados de Don Juan Tenorio. Recuerdo despertarme a las tres de la mañana y escucharlos aún despiertos hablando de la Guerra Civil [se calla, mira las fotos sobre la mesa y señala unas de Mayo del 68, con Louis Malle]. Yo estuve filmando todo esto en París…

¿Heredó la afición de su padre a las armas de fuego?

J.L.B. Sí, es algo que viene de familia. De caza, nunca; sólo pistolas. Había unas 70 en casa. Íbamos a un club de tiro a las afueras de México, sin desayunar –si fumas y tomas café pierdes puntería– y disparábamos a 400 metros, con rifle de telescópica. Luego unos huevos a la mexicana, con chile, café, un tequila y después tiro rápido con pistola y silueta a diez metros.

Aquí hay una foto de familia, todos armados, en Calanda…

J.L.B. Esto era en el campo, en Aragón: aceitunas, vino y pistolas. Nos pasábamos el día disparando, comiendo aceitunas y bebiendo. Un perfecto día de campo. Yo tomaba fotografías de él disparando y él de mí [busca entre las fotos], pero no encuentro ninguna.