Con la mejor de las intenciones, los padres intentan evitar los riesgos a los que un niño tiene que hacer frente cuando juega o va al colegio. Pero con ello reducen su capacidad para gestionar el miedo, enfrentarse a una amenaza o explorar por su cuenta. Por Carlos Manuel Sánchez 

Los resultados de la protección excesiva ya se están analizando y no son positivos. Una nueva tendencia pedagógica aboga por dejar que los niños se aventuren más. Se acuerda del plinto, aquel aparato de gimnasia de los colegios de hace unas décadas? Era una pirámide de cajones super-puestos donde había que dar la voltereta a riesgo de torcerse el cuello. Daba ‘miedito’. Los coscorrones podían ser tremendos. Y hacer cola para saltarlo era una experiencia inquietante.

Si se acuerda, es que usted estudió en tiempos de la EGB… Y sobrevivió. Como sobrevivió a los balonazos en el patio de recreo donde cientos de niños jugaban media docena de partidos simultáneos. Y al parque infantil erizado de trampas, como aquellos toboganes de una altura imponente. Y a los porrazos en el suelo de gravilla… Lo más probable es que sea usted un baby boomer tardío o pertenezca a la generación X, la última que jugó en la calle. Así que enhorabuena, es usted un superviviente. Pero reconózcalo, tampoco era para tanto…

Las siguientes generaciones se han ahorrado bastante de ese ‘sufrimiento’. Usted se lo ha ahorrado a sus hijos, con la mejor intención, por no exponerlos a peligros innecesarios. Y los ayuntamientos, a sus ciudadanos; y los colegios, a sus alumnos por no exponerse a querellas. Pero sus hijos ya no son unos supervivientes. Porque no tienen que gestionar el miedo, ni enfrentarse a solas a una amenaza, ni explorar por su cuenta ni evaluar de manera realista su destreza ante la probabilidad de romperse la crisma… Tampoco pueden sacar pecho por haber superado cada obstáculo. Están vivos, sí, pero no han necesitado probarse. La pregunta es. ¿estamos privando a los niños, presuntamente por su bien, de algo fundamental para su educación?

Los niños nacidos desde los años noventa en los países desarrollados son los que más atención han recibido de sus padres en la historia. Es un fenómeno global cuyas consecuencias empiezan a verse ahora, cuando los millennials han ido haciéndose adultos. Y los trastornos por ansiedad, las depresiones, las conductas inmaduras y el narcisismo se han incrementado de manera notable. ¿Hay una relación entre nuestra obsesión por la seguridad infantil y estos problemas? Muchos expertos así lo creen. Algunos autores hablan incluso de una «epidemia» de sobreprotección paterna. Y en los últimos años se está produciendo una reacción contra los estilos de paternidad demasiado controladores.

Seguros pero aburridos

Hay expertos que incluso sostienen que los menores «tienen derecho» a correr ciertos riesgos. Y que la sociedad debe encontrar un equilibrio para proporcionarle un entorno protegido sin arrebatarles ese derecho. «Los niños necesitan enfrentarse a peligros y superar sus miedos», explica la psicóloga noruega Ellen Sandseter. «Los parques infantiles son cada vez más seguros, pero también más aburridos. Y los niños tienen que divertirse cuando juegan. Ellos toman riesgos de una manera progresiva, a su ritmo. Muy pocos intentan subirse a lo más alto de una estructura la primera vez. Así que lo mejor es dejarles que vayan probando su habilidad y cogiendo confianza».

¿Y si se caen o se lastiman? Paradójicamente, una mala caída no hace que el niño le coja miedo a las alturas. El miedo a la altura se coge por no haberse subido nunca a un árbol, igual que el miedo a manejar un cuchillo, a montar en bici, a encender un fuego… Y los miedos enquistados por habilidades que no se dominan se convierten a la larga en fobias. «Desde un punto de vista evolutivo no parecería que un niño que se arriesga esté mejor adaptado para sobrevivir. Pero es así. Los juegos peligrosos no han sido eliminados por la selección natural porque sus beneficios compensan el peligro. Los niños ganan autoestima y paciencia, se sobreponen al fracaso y la frustración… En realidad, la exposición gradual a los peligros imita a las terapias de conducta contra la ansiedad», argumenta Sandseter. La clave es el control de las emociones. En los juegos peligrosos, la exposición al miedo en pequeñas dosis ayuda a que los niños aprendan a no perder la cabeza en situaciones de estrés. En los juegos bruscos y peleas aprenden a controlar la ira, como hacen los cachorros de casi todos los mamíferos.

«El miedo a los accidentes es desproporcionado», asegura Roger Hart, investigador de entornos infantiles de la City University de Nueva York. Las estadísticas parecen confirmarlo. Por lo menos en los países desarrollados. En los 34 países de la OCDE mueren unos 20.000 niños cada año por heridas sufridas en accidentes, pero la mayoría son siniestros de tráfico, ahogamientos, envenenamientos en el hogar, incendios… Jugar es seguro. Y los países nórdicos, donde los niños tienen aún cierta libertad para subirse a los árboles o jugar a su aire, son los que lideran el ranking de seguridad. Las caídas con consecuencias fatales son muy raras. Los accidentes mortales en parques infantiles en Estados Unidos son más o menos los mismos desde los años ochenta, y están en torno a una docena cada año, pero su repercusión mediática es enorme.

Falsa madurez

El temor a los secuestros también roza la paranoia. En los años setenta, el 90 por ciento de los niños entre seis y once años iba solo a la escuela. En la actualidad, solo lo hace el 5 por ciento. Pero los secuestros de menores por parte de extraños son muy raros y tampoco han aumentado desde los años ochenta. En Estados Unidos, por ejemplo, un niño tendría que pasar 750 años jugando en la calle para acabar siendo raptado. En realidad, lo que han aumentado son los raptos por parte de los propios progenitores, aunque esto se debe al aumento de los divorcios y de las disputas por la custodia.
Pero los niños de hoy vienen al mundo con la etiqueta de ‘muy frágil’ y van acompañados a todas partes. Así que su afán de exploración, que los vacuna contra el síndrome de ansiedad por separación cuando llega la hora de independizarse, queda relegado a sus smartphones. La ironía es que los niños, expuestos a un bombardeo de estímulos, parecen madurar más rápido. Pero es una apreciación engañosa. «Están en compañía de adultos y hablan como adultos, pero no lo son porque no asumen responsabilidades. Los niños de antes iban asumiendo responsabilidades, como ir solos a comprar a la tienda, poco a poco. Eran pequeños hitos», explica Hart.

La dependencia causa también un déficit de creatividad, que se ha detectado incluso en la NASA, donde no vale contar con un currículo impresionante para contratar a las nuevas promociones de ingenieros, menos duchos que sus antecesores a la hora de afrontar situaciones inesperadas. En la entrevista de trabajo se indaga cómo y cuánto jugaron de niños.

La ciudad de los niños

Que los niños vuelvan a jugar en las calles y vayan caminando a la escuela es el objetivo de La Ciudad de los Niños, la propuesta del pedagogo italiano Francesco Tonucci, que inspiró la peatonalización de ciudades como Pontevedra. Para Tonucci, «se trata de humanizar las ciudades» y, sobre todo, de «dar autonomía a los niños». Que vayan solos al colegio no es una mera anécdota. Implica «aprender a salir de casa». Al contrario que cuando van con sus padres, los niños solos tienden a distraerse, coger cosas, es decir, explorar. Aprenden también a medir los riesgos, lo que no siempre ocurre en casa, el único espacio que no perciben como peligroso y en el que, en consecuencia, cometen más imprudencias. La gran mayoría de los niños que llegan a urgencias lo hace por accidentes domésticos.

ciudad ninos 800

Además, ir solos al colegio contrarresta el miedo, que según Tonucci es lo peor que se le puede inculcar a un niño. «No te pares con nadie, no te fíes de los desconocidos» es un mal consejo. Y no está avalado por los datos. El 90% de los abusos a niños es por parte de familiares o conocidos. El proyecto de Tonucci para que los niños se mueva solos tampoco es un salto al vacío. Cuenta con voluntarios, generalmente jubilados, que vigilan los cruces peligrosos e Involucra a los comerciantes, que facilitan que los niños puedan pasar al baño o a por agua. La (re)conquista de la calle está en marcha.

¿Usted de qué tipo es?

El llamado ‘overparenting’ o sobreprotección ha dado lugar a todo un vocabulario que especifica las diferentes clases de paternidad actual. En el otro lado, los tipos de niños, entendidos como los problemas derivados de ese exceso de control.

Tipos de padre

1. Helicópteros. Sobrevuelan las vidas de sus hijos advirtiéndolos de cualquier peligro, evitando que cometan errores y boicoteando su capacidad para tomar decisiones.

2. ‘Bulldozers’. Allanan de tal modo el camino de sus hijos que estos no encuentran obstáculos, pero los hacen incapaces de alcanzar la madurez afectiva e intelectual.

3. Tigres. Padres muy estrictos que tienen altas expectativas para sus hijos y sobre los que ejercen un enorme control psicológico.

4. Faros. Se interesan por lo que hacen sus hijos sin interferir en sus decisiones y dejándoles que se equivoquen. Les sirven de guía, pero no les marcan el rumbo.

Tipos de hijo

1. Tazas de té. Niños muy frágiles cuya determinación se rompe a las primeras de cambio. Son víctimas fáciles del acoso escolar.

2. Tostadas. Están tan cargados de actividades y tienen una jornada tan estructurada que corren el peligro de quemarse.

3. Tortugas. Un caparazón los protege de los sinsabores y frustraciones de la vida real. Su capacidad para aguantar la frustración o el aburrimiento es mínima.

4. Tiranos. Son niños tan acostumbrados a crecer en una atmósfera de privilegio que se creen con derecho a todo. Sus padres y sus compañeros están ahí para servirlos, lo que los convierte en acosadores potenciales.


Seis cosas arriesgadas que debe dejarles hacer, según la psicóloga Ellen Sandseter

explorar alturas 700

1. Explorar las alturas. Trepar y colgarse son actividades de alto ‘voltaje’. Exigen gran esfuerzo y concentración. Al fin y al cabo, somos monos acróbatas. Aprender a caer es liberador.

manejar herramientas 7002. Manejar herramientas. Cuchillos, tijeras, martillos, hachas, taladros… Manipular objetos potencialmente peligrosos no solo estimula la motricidad, también fortalece la autoestima.

asomarse al peligro 7003. Asomarse al peligro. Jugar cerca de un fuego, grandes masas de agua, un barranco… activa las regiones cerebrales que mantienen la alerta y obliga a evaluar riesgos antes de tomar decisiones.

pelear 7004. Pelear. Los juegos violentos son actividades socializadoras de los mamíferos que regulan la agresividad para no hacer daño. Simular una pelea de ‘espadachines’ con palos desarrolla la cooperación.

coger velocidad 7005. Coger velocidad. Ir en bici, patines o correr muy rápido benefician el desarrollo motor, el equilibrio y la percepción del espacio. Perseguir y escapar son experiencias fundamentales del ser humano.

6. Caminar solos. Explorar es instintivo. Implica tomar las riendas del destino propio y ‘vacuna’ contra la ansiedad. Aprender a orientarnos es tan importante como controlar el miedo cuando nos perdemos.