Pocos genios de la música han dejao, además de una gran obra, una vida de pleícula. Siempre al borde del abismo, Miles Davis y Chet Baker – tan distintos musicalmente- llevaron vidas muy parecidas. intensas, rotas y marcadas por la droga. Dos filmes indagan en la desenfrenada biografía de estos dos colosales trompetistas.

Apenas se cruzaron unas pocas palabras, pero compartieron músicos y escenario. Aquella noche del 13 de septiembre de 1953, en el club Lighthouse de Los Ángeles, dos genios del jazz dieron lugar a un disco legendario. El único que consiguió juntar a Miles Davis y Chet Baker, dos de los mejores trompetistas de la historia. La realidad, sin embargo, es que nunca llegaron a estar juntos sobre aquel escenario. primero fue el turno de Baker, el trompetista blanco, guaperas y de aire melancólico; más tarde, el de Davis, la leyenda extravagante, que apenas tocó tres temas. Nunca habían tenido una relación fluida. Para Davis, Baker -que había aprendido mucho (y copiado algo) de él- no era un músico serio. Puede que no fueran amigos íntimos, pero tenían muchas más cosas en común de lo que sospechaban. Aparte de su habilidad para arrancarle notas a la trompeta, compartían existencias atormentadas, adicciones varias, una increíble facilidad para meterse en líos y una peligrosa tendencia a la autodestrucción.

Y, ahora, Miles Davis y Chet Baker tienen algo más en común. Hollywood los ha convertido en carne de biopic. En Born to be blue, Ethan Hawke se mete en la piel de Baker; y en Miles ahead, Don Cheadle ‘resucita’ a Miles Davis y hasta podría aspirar al Oscar por su interpretación.

El James Dean del jazz. Pese a su merecida reputación de alma rebelde y torturada, Chet Baker (Oklahoma, 1929) comenzó cantando en el coro de una iglesia. Su padre era guitarrista profesional y, aunque su madre trabajaba en una fábrica de perfumes, también era una talentosa pianista. Como el trombón que su padre le intentó enseñar a tocar era demasiado pesado para un niño, cuando cumplió 11 años recibió una trompeta como regalo de cumpleaños. Fue amor a primera vista. Por las tardes se sentaba con su madre en el porche de casa a escuchar la radio para memorizar las canciones y tocarlas después con el instrumento. Abandonó el instituto antes de tiempo y se alistó en el Ejército. Apenas duró seis meses en Alemania.

Después lo destinaron a San Francisco. Pronto empezó a frecuentar más los clubs de jazz de la ciudad que la base militar y dejo el Ejército para convertirse, esta vez sí, en músico profesional. Un par de años más tarde, el gran Charlie Parker lo escuchó durante una audición y lo contrató para acompañarlo en una de sus giras. Con la bendición de Parker, todas las puertas del jazz comenzaron a abrirse para él. Gerry Mulligan lo invitó a unirse a su célebre cuarteto y, de la noche a la mañana, Baker se convirtió en un pequeño fenómeno. era un blanco en un mundo de negros y un guaperas al que apodaron como el «James Dean del jazz» por su pose de tipo rebelde e incomprendido.

Recibió premios (como trompetista, pero también como vocalista), formó un cuarteto con su nombre y tocó junto con todas las glorias vivas del jazz, Davis incluido. Cumplía, además, con los requisitos de las estrellas de la época. le gustaba conducir coches de lujo y seducir a cuantas más mujeres, mejor. Incluso Hollywood se fijó en él, pero después de su debut en la gran pantalla (en la poco memorable Hell’s horizon) rechazó un suculento contrato de un estudio cinematográfico. Prefería ser músico, vivir en la carretera.

Una vida ‘colocado’. Empezó a pincharse heroína a finales de los cincuenta. Y su adicción fue consumiéndolo poco a poco durante la década de los sesenta. entraba y salía de la cárcel por delitos menores, vendía sus instrumentos para financiarse la dosis, fue expulsado de Inglaterra, deportado a Estados Unidos desde Alemania y pasó un año encarcelado en Italia. Llevaba una vida caótica y era incapaz de asumir compromisos musicales a largo plazo o de aceptar las irrechazables ofertas de algunas discográficas. Y sus hábitos cada vez eran más nocivos. acabó consumiendo speedball, una mezcla explosiva de heroína y cocaína. En Let s get lost, el documental que Bruce Weber rodó sobre él y estrenó tras su muerte, la cantante Ruth Young, que compartió diez años con el trompetista, lo definió así. «Era arrogante, un estúpido neurótico, dependiente de cualquier cosa. Y no me refiero solo a la heroína». Estuvo casado tres veces y tuvo cuatro hijos (tres de ellos con la actriz Carol Baker), pero la familia nunca fue una de sus prioridades.

En 1966, Baker recibió una terrible paliza en la que le destrozaron la mandíbula y prácticamente lo dejaron sin dientes. Según su versión, fue un grupo de chicos que intentaron robarle. Aunque el enseñamiento con su boca, su modo de ganarse la vida, indica que podría tratarse más bien de un ajuste de cuentas.

Las heridas en la boca y su dentadura afectaron gravemente a su embocadura y estuvo varios años sin poder tocar la trompeta y ganándose la vida (y costeando sus adicciones) como empleado en una gasolinera. Y desapareció. Algunos incluso lo dieron por muerto. Pero Baker se empeñó en aprender a tocar la trompeta de nuevo y después de reconstruirse la dentadura y de recibir tratamiento con metadona (aunque nunca dejó del todo las drogas) se instaló en Nueva York y empezó a dar pequeños conciertos y a grabar discos con sellos modestos. Pasó la última década de su vida en Europa, donde grababa discos minoritarios que la crítica recibía apasionadamente. En mayo de 1988, Baker cayó por la ventana de su habitación en un céntrico hotel de Ámsterdam. Estaba ‘colocado’. Consumió cocaína y heroína hasta el último día de su vida. Y murió con 58 años.

El genio inimitable. Davis apenas sobrevivió a Baker tres años… Había crecido en una familia acomodada de Saint Louis. su madre era maestra y su padre, un prominente dentista que, cuando Davis cumplió 13 años, le regaló su primera trompeta y consiguió que un músico de jazz local le enseñara a tocar sus primeras notas. Era obvio que tenía un talento natural para el instrumento. Con 16 años empezó a tocar en clubs locales y con 17, cuando la banda de Billy Eckstine llegó a la ciudad (con Charlie Parker al saxofón), Davis logró ocupar la vacante de tercer trompetista. La experiencia le abrió los ojos y decidió mudarse a Nueva York. estudiaba música clásica en la prestigiosa Juilliard por la mañana y tocaba jazz en los clubs de Harlem por la noche. Pronto dejó la escuela y se unió a la banda de Parker de manera permanente. Su talento para arrancarle nuevos sonidos a la trompeta era extraordinario.

«No toques lo que ya existe», solía decir para resumir su filosofía. Le gustaban los retos y le obsesionaba encontrar nuevos estilos y, de paso, redefinir el jazz en el intento. «Cambié el destino de la música cinco o seis veces», llegó a escribir en una ocasión. Nunca fue un tipo modesto. Pero tampoco mentía. Le interesaba cualquier tipo de música y cualquier tipo de fusión. desde el pop (colaboró con Prince) o la música árabe e hindú hasta el flamenco. Y no se casaba con nadie. en la época del black power, contrataba músicos blancos, pero también brasileños, hindúes o árabes.

Pero todo lo que tenía de genio musical lo tenía de tipo conflictivo. Podía ser cruel y brutal, sobre todo con las mujeres… Estuvo casado tres veces. con la bailarina Frances Taylor, quien confesó que había temido varias veces por su vida durante su matrimonio; con la cantante Betty Mabry y con la actriz Cicely Tyson. Y firmó tres divorcios. Sobre el escenario también era arrogante. capaz de darle la espalda al público durante una actuación o de ausentarse en medio de un concierto sin mediar palabra o explicación. Aunque era un tipo culto, a menudo se comportaba como un pequeño gánster. le gustaba pasearse con una pistola en la cintura, chulear al volante de su Ferrari o su Lamborghini y tenía un don especial para meterse en líos, generalmente relacionados con las drogas. Aunque en los años cincuenta logró desengancharse de la heroína, siempre arrastró una personalidad de adicto.

Encierro y ‘acid jazz’. En los setenta, Davis se tomó un respiro del mundo. Y se sumergió en las drogas. Apenas salía de su apartamento en el West Side neoyorquino. Estaba agotado física y creativamente. Siempre había tenido una salud débil. había sufrido pólipos en las cuerdas vocales, diabetes, problemas cardiacos, llegó a romperse las dos caderas… No volvió hasta finales de la década, cuando ya desintoxicado empezó a coquetear con el funk y el acid jazz y a buscar, una vez más, un sonido nuevo mientras pintaba cuadros muy cotizados. Durante años se rumoreó que padecía sida, algo que él siempre negó. Después de ingresar en un hospital de Los Ángeles a causa de una neumonía, Davis sufrió un fallo cardiaco cuando trataba de resistirse a recibir un tratamiento médico. Tras varios días en coma, Miles Davis murió el 28 de septiembre de 1991. Tenía 65 años.

Davis y Baker fueron coetáneos, genios de esa trompeta que les regalaron sus padres por su cumpleaños, personajes volubles y conflictivos que desaparecieron entre sus adicciones y se fueron demasiado pronto. Ahora el cine nos los devuelve.