Es ministro de Defensa, presidente del Consejo Económico y acaba de ser nombrado heredero de Arabia Saudí en sustitución de su primo Mohamed bin Nayef. El príncipe Mohamed bin Salman es un hombre con mucho poder. Por Carlos Manuel Sánchez

Pero lo que provoca fascinación -e inquietud- es lo que pretende hacer con él. Para empezar, que el país supere su dependencia del petróleo. Le presentamos al hombre que puede revolucionar Oriente Medio.
Mohamed Bin Salmán confiesa que su sueño era ser como Steve Jobs. «Si me pusiera a trabajar con sus métodos, ¿qué podría crear? Esa era la pregunta que me rondaba de joven», declaró a Bloomberg. Lo que quiere crear hoy es una nueva Arabia Saudí, «más transparente y más moderna». Para ello debe conseguir que el país «se libere de su adicción al petróleo» antes de 2030. Es interesante que utilice la palabra ‘adicción’, pues implica que esta dependencia ha sido perjudicial a la larga, ya que varias generaciones han vivido despreocupadas por su futuro.

«Está jugando con fuego. Es un ingenuo y un temerario y puede desestabilizar la región». Así describe el espionaje alemán al nuevo hombre fuerte de Arabia Saudí, el hijo favorito del anciano rey Salmán, presuntamente aquejado de demencia senil. El memorando de la inteligencia germana apenas superaba el folio -ni los espías lo tienen calado aún- y el Gobierno germano tuvo que pedir perdón por su filtración. Pero es interesante porque condensa en su brevedad la fascinación y también el temor que despierta en Occidente la irrupción de este príncipe hiperactivo y casi desconocido que no se ajusta a los clichés sobre los 7000 herederos de la casa de Saúd, la dinastía que manda en Arabia Saudí desde su fundación en 1932, de los que unos 200 podrían reclamar algún derecho sucesorio.

Presume de su amistad con Obama y sus visitas a la Casa Blanca habla sin asesores ni intérpretes.

Para empezar, no es un manirroto y jamás se lo vio en un casino o en una fiesta nocturna. En un país de cigarras que desde los años cincuenta vive de las rentas gracias al petróleo, y donde la máxima aspiración profesional es la sinecura -un empleo en una empresa estatal donde se trabaje poco y se gane mucho-, es una rareza que una hormiguita llegue al poder. Una hormiguita que no para quieta. ministro de Defensa y presidente del Consejo Supremo Económico, además de vicepríncipe heredero, es decir, segundo en la línea de sucesión, solo por detrás de su ambicioso primo Mohamed bin Nayef, su gran rival en las intrigas palaciegas. Pero Mohamed bin Salmán, en poco más de un año, controla ya los dos grandes ejes del poder saudí: el petróleo y el Ejército. Algo sin precedentes en un país donde los cargos se reparten para contentar a todos. Y lejos de optar por el continuismo, los está reestructurando de tal modo que tiene a los diplomáticos occidentales frotándose los ojos. Por algo lo llaman Mr. Everything (‘Señor Todo’).

Cambio generacional. Mohamed bin Salmán también les ha roto los esquemas a sus propios compatriotas. Es un millennial, 31 años, en un país jovencísimo, donde el 70 por ciento de sus 20 millones de habitantes tiene menos de 30 años, pero que siempre ha sido gobernado por una gerontocracia cautelosa y previsible. Un país contradictorio donde conviven Twitter y las decapitaciones públicas, pero al que Occidente le perdona casi todo, como que las mujeres vivan sometidas a los hombres, porque es un aliado. Los jóvenes parece que están de su parte. Bin Salmán les ha prometido que tendrán trabajo, aunque ya no en el sector público. La teta del petróleo ya no da para más, según el príncipe. Que está preparando a su país para vivir de otra cosa. ¿De qué? De los negocios. Quiere convertir a los saudíes en inversores y no solo en los mejores clientes de hoteles y tiendas de lujo.

Ha visitado la sede de Facebook en Silicon Valley, un lugar que admira especialmente.

Lo primero que hizo cuando llegó al Consejo Supremo de Economía, un ‘superministerio’ que incluyen el control del petróleo y la industria, fue revisar las facturas. Y lo hizo con luz y taquígrafos. Destapó un agujero de 200.000 mil millones de dólares. Y habló de «gastos ineficientes», un eufemismo del derroche. Que en Arabia Saudí se atan los halcones con longanizas era algo que ya se sabía, pero no la magnitud del despilfarro. Con el barril de petróleo a 100 dólares tampoco es que importara, pero con el barril barato el asunto se vuelve angustioso porque lo único que exporta el país es petróleo, cuyas ganancias representan el 90 por ciento del presupuesto del Estado. El príncipe alertó de que estaban a solo dos años de la insolvencia. Y ha pedido a sus compatriotas que se aprieten el cinturón, algo inaudito. Subió el precio de la gasolina, la luz y el agua, y está preparando un impuesto similar al IVA. Hubo analistas que pronosticaron revueltas e incluso su relevo pero los saudíes se lo han tomado con filosofía. Quizá porque es la primera vez que alguien les explica sin tapujos cómo están las cuentas.

Al principio solo despertaba el interés de los servicios de espionaje, que intentaban situarlo en el complejo entramado del poder saudí. Su estreno como ministro de Defensa fue inquietante. El príncipe lidera una intervención militar en el Yemen que está pasando casi inadvertida en Occidente si no fuera porque de vez en cuando los bombardeos alcanzan a un hospital de Médicos sin Fronteras. Y pugna con Irán por la supremacía en Oriente Medio. De repente, la curiosidad sobre el ‘príncipe guerrero’ y su meteórico ascenso se desató. ¿Quién es este joven que ha crecido a la sombra de su padre y que no ha estudiado en una universidad extranjera, como hacen la mayoría de los príncipes saudíes? Cuando los medios anglosajones descubrieron que Mohamed bin Salmán, a pesar de su aspecto tradicional y de haber estudiado Derecho en la rigurosa Universidad Rey Saúd de Riad, hablaba con simpatía de su admiración por Steve Jobs y Bill Gates, que tenía entre sus libros de cabecera las obras de Winston Churchill y que pretendía aplicar las recetas económicas de Margaret Thatcher, según reconoció a The Economist, la sorpresa fue mayúscula.

Casado y con cuatro hijos, no es partidario de la poligamia y defiende que las mujeres puedan conducir, algo insólito en Arabia Saudi

Y cuando se supo que no es partidario de la poligamia y que, además, estaba esperando el momento para plantear a las autoridades religiosas que las mujeres puedan conducir, se habló incluso de «un soplo de modernidad» en palacio. Está casado con la princesa Sara bint Mashur. El matrimonio tiene cuatro hijos pequeños, dos niños y dos niñas. Y según confesó el propio príncipe, no planea casarse más veces. «Ya es bastante difícil sacar adelante a una sola familia», declaró. No obstante, algunas fuentes aseguran que sí se ha vuelto a casar, en secreto. Y en cuanto a lo de plantearle a los poderosos clérigos que las mujeres puedan conducir y viajar solas sin el permiso de un hombre, ese momento no llega.

El juego de la ambiguedad. Pero el príncipe sabe decir lo que cada interlocutor quiere escuchar. Y parece tener un discurso para oídos occidentales y otro para consumo doméstico. Esta ambigüedad quizá sea indispensable para su supervivencia política. De momento, le ha servido para aventajar a todos sus rivales. Primero, entre su propia familia. Es el cuarto hijo del rey Salmán y de su tercera esposa, Fahda, una mujer que por su linaje tiene mucho predicamento entre las tribus beduinas y que ejerce una gran influencia entre bambalinas. Es su mentora. Conviene recordar que la monarquía saudí no es hereditaria a la usanza europea; allí, los hermanos del rey tienen prioridad sobre los hijos.

Fahda procuró que sus retoños recibiesen una educación excelsa. Y era muy severa. «Mis hermanos y yo no entendíamos por qué no se nos perdonaba ni un solo fallo. Pero aquellos castigos nos hicieron más fuertes», recuerda el príncipe. Vivió con su familia en la corte del entonces rey Fahd, pero el rey no le dio mucha ‘bola’. No hubo sinecuras para él en las grandes empresas públicas y su paso por el Gobierno fue fugaz.

Su jugada maestra es convertir la compañía estatal de petróleo, Aramco, el orgullo de los saudíes, en un fondo de inversiones descomunal

Pasó a la empresa privada. Y cuando el rey Abdalá, sucesor de Fahd, nombró al padre de Salmán ministro de Defensa lo hizo con una condición. que aquel príncipe deslenguado y altanero, según sus detractores, no pisase el ministerio. Pero discretamente consiguió buenos contratos de armamento y se hizo imprescindible para su progenitor, que llegó al trono en enero de 2015. Y de inmediato le hizo saltarse unos cuantos turnos para llegar donde está ahora; pisando varios callos, los de su primo, ministro del Interior, y los de Muqrin bin Abdulaziz, exjefe del espionaje, entre otros.

Su jugada maestra es convertir la compañía estatal de petróleo, Aramco, el orgullo de los saudíes, en un fondo de inversiones descomunal. Dos billones de dólares, suficientes para comprar de una tacada Apple, Google, Microsoft y Berkshire Hathaway, las mayores compañías del mundo. Pero que el primer paso sea la privatización del cinco por ciento de la petrolera es casi una afrenta nacional y pone munición en manos de sus enemigos. Si fracasa, el joven príncipe no solo perderá su turno. Según fuentes norteamericanas, la economía saudí podría desplomarse. Las consecuencias serían globales.


JUEGOS DE GUERRA

Las mayores maniobras militares de la historia de Arabia Saudí se organizaron en marzo pasado en un campamento cercano a las fronteras con Irak y Kuwait, a la mayor gloria del príncipe Mohamed bin Salmán, ensalzado como «el ministro de Defensa más joven del mundo». Tuvieron aires de superproducción cinematográfica e iban dirigidas a dos clases de público. Uno presente: los generales y gobernantes árabes. Y otro ausente: el Estado Islámico e Irán. Porque Arabia Saudí mantiene un conflicto con el régimen de Al-Asad en Siria y con la rebelión chií del Yemen. Dos enemigos apoyados por Teherán, su gran rival en la lucha por el control de Oriente Medio. Esta rivalidad le está costando carísima al reino wahabita, que por primera vez desde los años treinta, cuando comenzó su opulencia gracias al petróleo, ve cómo su modo de vida corre peligro. Según los analistas, Arabia Saudí trató de ahogar las exportaciones petroleras de Irán inundando los mercados, lo que provocó una bajada de los precios sin precedentes, agravada luego por la revolución de las tecnologías de extracción como el fracking. Los precios han bajado tanto que el FMI primero y luego los propios asesores económicos del príncipe dan la voz de alarma: si Arabia no controla su gasto público, disparado por décadas de derroche y la burocracia, entrará en bancarrota en un par de años. Por eso, Bin Salmán juega a dos bandas. Por un lado, como adalid de una modernización económica y social y, por otro, como líder militar contra los enemigos exteriores y contra el terrorismo. Arabia Saudí ha pasado del cuarto al segundo puesto mundial en importaciones de armas.