Brutalidad y humanidad. El gran fotorreportero de nuestro tiempo lleva 40 años retratando la doble cara del ser humano. Con este premio, el hombre que busca ser invisible es ahora noticia. Por Fernando Goitia

Ha visto el horror, la guerra, sangre derramada en vano, niños famélicos cayendo como moscas ante sus madres, atentados, represión; pero también escenas de emoción desbordada que convierte en imágenes desde hace cuatro décadas. A sus 68 años, James Nachtwey mantiene intacto ese instinto de fotorreportero de raza por el cual ha recibido en cinco ocasiones -más que nadie- la Medalla de Oro Robert Capa a la fotografía más valiente del año. En resumen, es una de esas pocas personas que ha visto todo tipo de cosas por el mundo que muy pocos han visto.

XLSemanal. «Los acontecimientos que he registrado no deben ser olvidados y no deben repetirse». ¿Siente usted que ayuda a hacer de este un mundo mejor?

James Nachtwey. Por fortuna, sí. En Somalia, por ejemplo, durante la hambruna de 1992, mis fotografías ayudaron a movilizar la ayuda que salvó 1,5 millones de vidas. Entonces, de hecho, fui por mi cuenta. Ningún medio estaba interesado. Al volver, el New York Times las publicó en portada, y al día siguiente todo el mundo llamaba al periódico preguntando qué podía hacer.

XL. Debió de ser muy gratificante…

J.N. Sí, cosas como estas me hacen sentir que mi trabajo merece la pena. Diecisiete años después, de hecho, un miembro de Cruz Roja que había estado en Mogadiscio durante la emergencia se me acercó a darme las gracias y me dijo que aquellas fotos desataron la marea solidaria.

XL. Descubrió la fotografía en los sesenta, cuando esta comenzó a mostrar su verdadero poder de influencia. ¿Sintió usted ese impacto?

J.N. Totalmente. Fueron los años de Vietnam y del Movimiento por los Derechos Civiles, dos acontecimientos que nuestros líderes intentaban maquillar. Pero entonces los fotógrafos comenzaron a contarnos la verdad. La opinión pública accedió, de repente, a una versión que contradecía la oficial. El curso de la guerra cambió, así como la propia sociedad; las fotografías contribuyeron a la construcción de un nuevo imaginario colectivo.

XL. Estudió Historia del Arte y Ciencias Políticas. ¿Qué papel desempeña este bagaje en su trabajo?

J.N. Muy importante, sin duda. En los sesenta, aquellas fotografías me conmovieron, pero no se me pasaba por la cabeza ponerme al otro lado de la cámara. El caso es que, cuando me gradué, tuve la sensación de que sabía mucho pero había vivido poco. Así que me enrolé en un mercante como friegaplatos y allí sentí la fuerza del mar, conocí a personas muy singulares, la crudeza de la vida portuaria… Fue un gran comienzo. Con el dinero que ahorré recorrí Europa durante seis meses y, llevado por mi atracción hacia la Historia del Arte, visité museos como el Prado, donde descubrí a Goya, su serie Los desastres de la guerra, y aquello cambió mi vida.

XL. El arte y la guerra. ¿Esa fue la conexión entonces?

J.N. Así es. Goya pintó esa serie mucho antes de la invención de la fotografía, pero describían de forma tan honesta e inmediata la barbarie de la guerra que, al momento, las conecté con las fotografías de Vietnam que tanto me habían impactado. Aunque nunca utilizara una cámara, vi a Goya como el patriarca de los fotógrafos de guerra. Fue cuando decidí convertirme en uno de ellos. Como no tenía ni dinero ni cámara, mi hermano me prestó su Nikon y aprendí por mi cuenta.

XL. Mucha gente cree que el reportero ante el horror ni siente ni padece, que simplemente hace su trabajo. ¿Qué opina?

J.N. Bueno, yo no me protejo de nada. Para mí, es esencial ser vulnerable. Lo que veo produce emociones poderosas, sientes un horror y una tristeza tremendos y una rabia incontenible; si no sintiera todo eso, no podría convertir esos sentimientos en fotografías. Este estereotipo de que has de ser insensible para funcionar correctamente en medio de la tragedia es falso.

XL. ¿Nunca deja de disparar?

J.N. Si veo algo reprobable, mi responsabilidad es fotografiarlo. No hacer esa fotografía es incumplir mi servicio a la sociedad. Como decía Robert Capa. «El mayor deseo de un fotógrafo de guerra es no tener guerras que fotografiar».

XL. Si alguien le pide ayuda, ¿qué hace?

J.N. Si de verdad veo que se me necesita, dejo la cámara y ayudo. He cargado en camilla a combatientes heridos; he rescatado a gente de una turba de linchadores; he llevado a víctimas de la hambruna hasta los lugares donde daban comida… Esa idea de que nos limitamos a observar no es cierta. Es más, muchos ponen sus vidas en riesgo e incluso la pierden porque creen que la gente tiene derecho a saber.

XL. Parte clave de su trabajo es generar confianza -o no generar desconfianza- en las personas que retrata. ¿Cómo se aproxima a ellas?

J.N. No soy agresivo, no corro ni provoco revuelo, prefiero dejar que las cosas ocurran. De algún modo consigo hacerme invisible, pese a estar ahí. Incluso para mí resulta extraño. Debe de ser algo que proyecto. O que no proyecto…

“Goya cambió mi vida. Por su pintura me hice fotógrafo. Nadie como él reflejó de forma tan honesta los desastres de la guerra. Es el patriarca de los reporteros”

XL. ¿Ha cambiado mucho su aproximación a lo largo de los años?

J.N. No. Los fotógrafos de guerra debemos improvisar, escuchar a nuestra intuición, utilizar nuestros instintos y experiencia y hacer lo posible para conseguir la historia que queremos contar.

XL. ¿Y el miedo? ¿Cómo se maneja?

J.N. El miedo forma parte del instinto de supervivencia. Siempre se siente, pero lo importante es no permitir que te paralice o te haga entrar en pánico. En mi caso, ante las situaciones muy peligrosas, consigo mantener la calma de un modo muy natural. Eso me permite tomar decisiones cruciales de forma más clara y más rápida.

XL. En 2014 fue herido de bala en una pierna en Tailandia. ¿Cuáles han sido los episodios en que se ha visto más cerca de sufrir, digamos, un daño irreparable?

J.N. Ha habido varios. Soy muy consciente de que no estoy hecho a prueba de balas, pero acepto el riesgo. Siempre que pasa algo así, sigo trabajando. Esa vez en Tailandia, por ejemplo, no fui al hospital hasta que acabé el trabajo. Antes de eso, en Irak, nos lanzaron una granada al interior del Humvee donde viajaba y seguí disparando hasta que perdí el conocimiento…

XL. ¡«Hasta que perdí el conocimiento»!

J.N. Sí, yo y todos los que íbamos en el vehículo estamos vivos por mi colega Michael Weisskopf. Intentó lanzar la granada fuera y nos salvó, pero perdió la mano… Bueno, y mucho antes todavía, el 11-S, estaba justo debajo de la torre norte del World Trade Center cuando se vino abajo. Tuve cinco segundos para buscar un lugar donde ponerme a salvo y, milagrosamente, lo encontré.

XL. ¿Es cierto que lo pasó mal en Grecia, mientras cubría la crisis de refugiados?

J.N. Oh, sí, sufrí una herida y se me infectó. Pasé 16 días en la UCI. Casi no lo cuento. He tenido mucha suerte.

XL. No todas sus vivencias habrán sido tan terribles…

J.N. No. Haber vivido la fase final de la lucha de liberación en Sudáfrica, en 1994, fue emocionante. Viví la tragedia de los sudafricanos de un modo muy personal -mi gran amigo y colega Ken Oosterbrook fue asesinado a tiros delante de mí-, pero nunca he presenciado nada tan impresionante e inspirador como ver a Nelson Mandela ser investido presidente. Al día siguiente me fui a Ruanda, en pleno genocidio. Un vertiginoso descenso de lo mejor a lo peor de la humanidad.

XL. En los días de Instagram, Facebook y Twitter, ¿cómo ve el futuro de su profesión?

J.N. Ganarse la vida yendo por libre como periodista es cada vez más difícil. Las tarifas que pagan los medios se han reducido de forma drástica; las revistas dedican cada vez menos páginas a reportajes fotográficos sobre asuntos críticos de interés social… Así que hay que reinventarse. Necesitamos ser más emprendedores y crearnos nuestras propias oportunidades.

XL. ¿Cómo le ha afectado a usted?

J.N. Sigo siendo muy activo, aunque trabajo menos. Es inevitable, porque en los últimos años vemos un énfasis en las historias de cotilleo y entretenimiento, en detrimento de los asuntos de carácter social. Las decisiones de marketing priman sobre los valores periodísticos. Se ha perdido algo vital, porque el periodismo es, por supuesto, un negocio, pero también un servicio público vital para la democracia.

XL. ¿Hasta qué punto los fotógrafos mantienen hoy el poder de influencia que tuvieron en los años sesenta?

J.N. Digamos que los cambios sociales siguen siendo imposibles sin la información. Para resolver los problemas, primero hay que identificarlos, y esa sigue siendo la tarea del periodismo. Por otro lado, aunque hemos perdido terreno debido a Internet y a las cámaras de los móviles, estas herramientas se han mostrado muy efectivas contra la censura en regímenes opresivos. Controlar la información es hoy más difícil para los poderosos, ya que cualquier ciudadano puede contar lo que ve y vive. Cada uno tiene su papel.

XL. ¿Dónde se encuentra hoy el mayor problema que afronta la humanidad?

J.N. El gran problema es que los civiles se han convertido en el objetivo principal de todas las guerras. Irak, Afganistán, Siria, Gaza; lo que sucedió en Chechenia, en Ruanda, en los Balcanes… Se destruyen pueblos, se atacan mercados, ciudades enteras son reducidas a escombros para sembrar el terror y mostrar poder de destrucción. Lo que está ocurriendo con las poblaciones en los países en guerra son crímenes contra la humanidad. Este es, por cierto, el tema del que habla mi libro Inferno.

XL. Tras toda una vida cubriendo guerras. ¿Cuál sería su gran conclusión?

J.N. Que es mucho más fácil empezar una guerra que ponerle fin. Todo conflicto acaba de forma inevitable en una espiral injustificable de matanzas, carnicería y barbarie. En la vida hay muchas cosas por las que merece la pena luchar, pero debemos aprender a hacerlo de maneras que no nos conduzcan a nuevas guerras.


Este premio significa para mí…

«Es un gran honor recibir este premio y sumarme a esa larga lista de organizaciones e individuos que lo han recibido antes que yo. Como a muchos otros millones de personas, muchos de ellos me han inspirado e influenciado de forma muy personal. Ser incluido en esta lista es algo que, por otra parte, te hace ser humilde al ver el impresionante nivel de los logros obtenidos por todos los premiados».