Su fortuna personal supera los 32.000 millones de dólares. Wang Jianlin, dueño de Wanda, es el hombre más rico de China y quiere expandir su imperio… conquistando la meca del cine. Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Cordon Press y Getty Images

Ya ha adquirido tres estudios, por 8000 millones. Ahora le ha hecho una oferta a Paramount, Disney y Warner. Dice que lo hace solo porque es un buen negocio, pero Hollywood puede no volver a ser lo mismo…

No queremos invadirlos

Esto es un negocio. Todos salimos ganando. Ustedes ganan cuota de mercado para las películas americanas en China y yo gano dinero». Que el magnate inmobiliario chino Wang Jianlin, fundador del Grupo Wanda, tenga que repetir hasta catorce veces este mantra durante la presentación de sus planes para Hollywood da que pensar. ¡Que un empresario casi tenga que pedir disculpas por abrir la billetera y poner 8000 millones de dólares sobre la mesa!

¿Bienvenido, míster Wang? Ni mucho menos. Todos quieren ir a las fastuosas fiestas que organiza en Los Ángeles, de las que son habituales Leonardo DiCaprio, Nicole Kidman, John Travolta o Matt Damon… Pero el mundo del cine está dividido. Hay quien quiere ponerle una alfombra roja y hay quien paga vallas publicitarias con el cartel «China nos compra».

Su mantra: yo no soy tonto

Wang se define como un inversor angelical. Ha adquirido las productoras de Godzilla y Batman, con problemas financieros, y ahora quiere pescar a las grandes: Warner, Century Fox, Paramount, Universal y Disney. ¡Y quiere hacerlo de una tacada! «No voy a decirles qué historias tienen que contar», asegura en tono conciliador. El cebo es suculento: la taquilla china será en 2018 la mayor del mundo, superando a la de Estados Unidos. Y hoy por hoy solo un puñado de películas extranjeras se exhiben en las pantallas chinas. Con el tijeretazo previo de la censura, que además de la crítica política prohíbe los desnudos, la violencia extrema, los fenómenos paranormales y los fantasmas. Pero un grupo de congresistas pone el grito en el cielo: «¡No nos rindamos ante la propaganda extranjera!». Y citan las conexiones de Wang con el Gobierno chino.

“El cine americano tiene que encontrar la forma de agradar al público chino. Las historias que cuentan no son tan buenas”

«¿Soy tonto? ¡Claro que no!», se defiende Wang en The New York Times. Afirma que su plan es crear sinergias con los estudios que está construyendo en Quingdao, que serán los mayores del mundo y tendrán incluso una reproducción exacta de una calle de Nueva York. «Si vienen actores famosos a Quingdao, subirá el precio de la propiedad. Y podré vender más casas». Pero Wang no siempre es tan diplomático. «Los americanos tienen que encontrar la forma de agradar al público chino. Las historias que cuentan no son tan buenas y dependen demasiado de los efectos especiales», sentencia.

F9BNXF Edificio Espana, Plaza Espana, Madrid, Spain

Compró la torre España en Madrid, pero pronto se deshizo de ella, al saber que no podía tirar la fachada. Aun así, ganó dinero con la operación

Ya las tuvo tiesas con Disney, que ha abierto parque temático en Shanghái y le hace la competencia en el mercado del consumo familiar. «La época en que las masas seguían ciegamente al ratón Mickey y al pato Donald pasó a la historia», proclama. Y no puede evitar que de vez en cuando le aflore el orgullo. Porque, en el fondo, el dinero es lo de menos en esta historia. Lo que está en juego es la supremacía cultural. Lo que los politólogos llaman ‘el poder blando’, en contraposición al duro, el que Putin y su obsesión por convertir de nuevo a Rusia en una potencia militar sería un ejemplo. Las pretensiones de Wang son más sutiles…

El pelotazo del hijo de un guerrillero maoísta

Dicen que hay dos monedas en China. Una es la de curso legal -el yuan, devaluado para impulsar las exportaciones-. La otra es simbólica y siempre se revaloriza: se llama ‘guanxi’. Es la que engrasa la economía y hace que prosperen los negocios. Porque el guanxi son los contactos y se cuidan como oro en paño. Wang Jianlin tiene la agenda llena: del Ejército, del Partido Comunista, de su época de funcionario… «Hay que trabajar cerca del Gobierno, pero alejado de la política», dice. También asegura que nunca ha sobornado a nadie, aunque Bo Xilai -que fuera alcalde de Dalian cuando él empezaba- cumple cadena perpetua por corrupción.

A Gulfstream G550 jet manufactured by Gulfstream Aerospace Corp., a unit of General Dynamics Corp., stands on display at the Singapore Airshow held at the Changi Exhibition Centre in Singapore, on Tuesday, Feb. 11, 2014. The air show takes place from Feb. 11-16. Photographer: Nicky Loh/Bloomberg via Getty Images

Wang viaja por todo el mundo y tiene dos jets privados. Eso sí, solo habla chino y va con un intérprete

Wang Jianlin, de 62 años, nació en la provincia de Sichuan. Es el mayor de cinco hermanos. «Pasábamos hambre», recuerda. Hijo de un guerrillero comunista que acompañó a Mao. Su padre lo alistó en el Ejército Rojo a los 16 años para evitarle las privaciones de la Revolución Cultural. Fue destinado a las fronteras y ascendió desde soldado raso a coronel. Interiorizó la jerarquía y el respeto. Pero se licenció a los 32, viendo que nunca podría llegar a general.

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Wang (primero a la derecha), como su padre, se unió al Ejército Popular con 15 años. Se convirtió en líder de su pelotón, después fue el subdirector de la Escuela Militar

Fue funcionario, asignado a una inmobiliaria pública que construía viviendas en la ciudad de Dalian. Aprovechó la apertura de China al capitalismo y compró la empresa con 80.000 dólares prestados por un camarada de armas. Así nació el Grupo Wanda, a principios de los noventa. Por aquel entonces, los municipios pusieron a la venta millones de metros cuadrados de suelo urbano. Con buenos contactos se podía comprar muy barato. Luego se echó mano del terreno rústico en la periferia de las grandes ciudades, pagando una compensación irrisoria o presionando a los campesinos para que se fueran. Wanda creció reformando los suburbios de Dalian, poniendo retretes en los pisos, un lujo del que entonces solo disfrutaba la élite. Así fue ganando reputación entre la emergente clase media, para la que primero construyó apartamentos, luego oficinas y más tarde centros comerciales.

Un entusiasta de Bill Gates y de actuar en los karaokes

Wang dirige la compañía con disciplina castrense. Es muy puntual. Llega a su despacho las 7.20. Multa a los que no visten impecablemente. Presume de que sus proyectos nunca se retrasan ni exceden el presupuesto. «Ni un día más tarde ni un yuan de más», es su lema. Su referente es Bill Gates. Sus diversiones también son disciplinadas. Lo da todo en el karaoke y solo coge una semana de vacaciones.

¿Caprichos? Viaja a París a comprarse trajes de Lanvin, tiene el yate tuneado de James Bond y una colección de arte que incluye un Picasso, por el que pagó 20 millones. Es futbolero. Contrató a Camacho como entrenador de la selección nacional de China. Y ha comprado el 20 por ciento del Atlético de Madrid.

A su hijo le dio 80 millones para ‘foguearse’ en los negocios

Está casado y como buen comunista -tiene el carné del partido desde los 22- obedeció la política del hijo único. Su vástago, Wang Sicong, es famoso por sus excentricidades, que airea en Instagram. Su padre le dio 80 millones para que se ‘foguease’ como inversor. «Si se arruina, tiene un sitio en Wanda, pero antes tendrá que ganarse nuestro respeto». Sicong ha metido la pasta en negocios variopintos, desde funerarias hasta plataformas de juego on-line.

“Hay que trabajar cerca del gobierno, pero lejos de la política”. Su agenda de contactos no tiene precio

Wang obliga a sus empleados a leer las Analectas, de Confucio, su libro de cabecera. «La riqueza sin rectitud es como una nube pasajera», escribió el filósofo. Para Confucio, la unidad básica para medir el tiempo es el siglo. Y Wang está obsesionado con el largo plazo.

BEIJING, CHINA - FEBRUARY 14: (CHINA OUT) Wanda Group Chairman Wang Jianlin's son Wang Sicong attends a donating activity and poses with his fans on February 14, 2015 in Beijing, China. (Photo by VCG/VCG via Getty Images)

Su hijo, Wang Sicong, es dado a extravagancias, como comprarle relojes de oro a su perro

Quiere que su compañía sea algún día centenaria. «La mayoría de los rusos se hicieron ricos de la noche a la mañana, pero los empresarios chinos empezamos de cero y vamos creciendo paso a paso -dice-. Durante los últimos dos siglos no ha habido grandes multinacionales chinas. Son americanas o europeas. Uno de mis sueños es que Wanda se convierta en la empresa número uno del mundo en todo lo que hace». ¿Por qué no? ¿Quién hubiera pensado que la china Lenovo desbancaría a IBM y HP en la venta de ordenadores? ¿O que Huawei competiría con Apple? Por sus ambiciones, The Economist lo compara con Napoleón.

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Está casado con Lin Ning, que se ocupa de varias organizaciones sociales y que se caracteriza por una discreción de la que carece su hijo

Y las cifras corroboran que no es una comparación descabellada. Wanda -cuyo fundador ve como con «un elefante lanzado a toda velocidad»- crece al 30 por ciento anual desde hace una década y es la mayor propietaria de suelo en China, con centros comerciales en más de 160 ciudades. Abre uno nuevo cada tres semanas. La empresa está valorada en 86.000 millones de dólares. Y la fortuna personal de Wang supera los 32.000. Le ha arrebatado a Jack Ma, presidente de Alibaba -comercio online– el título de hombre más rico de China. Pero no se conforma.

Su objetivo: facturar tanto como Amazon en 2020

Wang pretende ahora ampliar horizontes. Ya posee más de 80 hoteles de lujo en todo el mundo. Quiso añadir a su colección el edificio España de Madrid, que compró al Banco Santander por 265 millones de euros, pero no obtuvo el permiso para reformar la fachada. «Fue una baratija, así que no voy a perder dinero», se jactó antes de revenderlo. De hecho, ganó seis millones. Y está empeñado en diversificar el negocio. Apuesta por el ocio. Parques temáticos y estudios de cine. Empezó a lo grande en 2012 adquiriendo la cadena estadounidense de salas cinematográficas AMC (527 cines) y convirtiéndose así en el mayor exhibidor mundial. Y se propone facturar tanto como Amazon (más de cien mil millones) en 2020.

Dirige sus empresas con disciplina militar y obliga a sus empleados a leer a Confucio

Pero que Wang se haya fijado en Hollywood representa para muchos estadounidenses una claudicación. Simboliza el cambio de paradigma, la entrega del relevo a la nueva superpotencia. Es cierto que Hollywood ya no es lo que era. El semanario The Atlantic recuerda que la ciudad de Los Ángeles se convirtió en la meca del cine hace precisamente un siglo gracias a empresarios como Cecil B. DeMille, que aplicaron los principios de la producción en serie. Pero la deslocalización también ha llegado aquí, alentada por la creciente importancia del procesamiento digital. En 2014, los estudios de Hollywood produjeron 106 películas, aunque de ellas solo 22 se rodaron en California. Y el año pasado ni una sola superproducción por encima de cien millones de dólares se rodó allí. Así que, bien mirado, Hollywood ha durado 100 años. La medida favorita de Wang. La próxima centuria es china.