Algunas han cruzado el desierto o se han lanzado al mar con un bebé en su vientre. Otras se han quedado embarazadas a las puertas de Europa con la esperanza de lograr así el estatus de refugiada. Todas ellas cargan una historia terrible a sus espaldas. Huyeron de la guerra para acabar ‘atrapadas’ en los campos de refugiados de Grecia. Por Fernando Goitia

El relato de Yasmina comienza el 5 de junio de 2016. Embarazada de tres meses, esa noche, a pie, dejó su ciudad, en el Kurdistán sirio. El Estado Islámico había tomado la plaza días antes y, tras cinco años de guerra, ella y su marido no aguantaron más.

Cuatro meses después, el 30 de septiembre, exhausta, una odisea homérica de por medio, Yasmina dio a luz a un sietemesino en un hospital griego. «Hemos sobrevivido», dice ahora con un gesto que aspira a ser sonrisa, mientras da el pecho a su bebé en Ritsona, un campo de refugiados, 70 km al norte de Atenas, donde ha encontrado cierta paz a la espera de que algún país europeo acepte su solicitud de acogida.

Todavía quedan 60.000 personas atrapadas en Grecia. Hace un año entró en vigor el pacto UE-Turquía que convirtió a este país, lugar de paso hacia Alemania, en una vía muerta

En Ritsona, donde la atención sanitaria es cosa de Cruz Roja Española (CRE) -también en Skaramagas, a las afueras de la capital-, abundan las gestantes y madres que han dado a luz hace pocos meses. Mujeres como Yasmina o Jameela, que salieron corriendo con sus bebés en el vientre; como Rasha, que inició la gestación por el camino, o Sakinek, embarazada ya en Grecia. Algunas, incluso, buscaron la maternidad para ganar méritos en su lucha por el estatus de refugiadas o para que las envíen, desde otros campos más precarios -hay 42 en toda Grecia-, a Skaramagas o Ritsona, adonde llegan atraídas por la fama de sus cuidados ginecológicos y pediátricos, pero también por sus condiciones de vida: caravanas con baño, luz, cocina, calefacción y antena parabólica; guardería; espacios para mujeres…

Todo un imán para los más de 60.000 ‘atrapados’ o UE-Turquía que frenó el flujo masivo y convirtió a Grecia, país de paso, en uno de acogida.

Todas sueñan con alcanzar los campos que atiende la Cruz Roja Española en Grecia. Un oasis de asistencia

Zina y su marido, por ejemplo, un matrimonio sirio, oyeron hablar de Ritsona cuando vivían en Nea Kavala, a 20 minutos de Macedonia. «Nos quedamos atrapados allí, un aeródromo donde metieron en tiendas a todos los que nos dieron con la frontera en las narices -relata Zina, de 25 años; a su lado duerme un bebé de tres meses, su tercer retoño-. Fue espantoso, no había higiene y hacía muchísimo frío. Para colmo, en mayo me quedé embarazada, aunque no lo buscara, y todo fue a peor: tardaban una semana en darte cita, no había traductores ni máquina para ecografías y para ir a un hospital había que esperar dos meses. Cuando una chica que conocí perdió a su bebé me dije: “Hay que salir de aquí” Ya estaba de siete meses. Nos hablaron de Ritsona y nos vinimos».
De haber llegado antes, quizá Zina no hubiera tenido ese bebé. «Trabajamos mucho en materia de contracepción -explica Greisy Crespo, de CRE-. Cuesta porque los hombres, ¡como en todas partes, vamos!, no quieren usar preservativo y las mujeres tienen miedo a ponerse un DIU. Algunas usan la píldora, pero… Es importante trabajar en esto porque las mujeres luego quieren abortar y, al ir al hospital, les demoran el procedimiento y acaban pasando el plazo legal de 12 semanas que rige en Grecia».

El trauma del hospital griego

Zubeida, siria de 40 años y madre de seis hijos, guarda un pésimo recuerdo de los hospitales griegos, donde prohíben a los familiares asistir al parto, no hay traductores y, según refugiadas y personal de Cruz Roja, es común la práctica de cesáreas sin consulta previa. «Al bebé de una amiga mía le rompieron un brazo en el parto», añade Zina, la siria llegada de Nea Kavala. Y a Zubeida, sin ir más lejos, su último parto, el sexto de su vida, hace dos meses, le ha dejado secuelas que tardará en superar. «Parí sola, en una camilla. Gritaba y gritaba, pero no vino nadie. Por suerte tenía experiencia».
Ante las quejas, los doctores griegos subrayan que la crisis ha hecho estragos en su sistema sanitario. «Hacemos el trabajo de tres médicos -alega Konstantinos Spiriounis, obstetra del Departamento de Salud Pública de Atenas-. Pero aquí se trata igual a griegos y a extranjeros».
A lo que Zina replica. «El trato nunca será igual, porque una griega da a luz y se entera de lo que le dicen, puede decidir y luego se va a su casa. Pero a nosotras nadie nos pregunta nada y, al salir, llevas a tu bebé a un campo de refugiados. Damos las gracias a los griegos por acogernos, pero espero que aprendan de los españoles a tratar a las personas en una situación tan vulnerable como la nuestra».

Khadeja. 40 años. Afganistán

“No quiero que mis hijos vivan una guerra”

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«Nosotros huimos de los talibanes. Le dijeron a mi marido que, si no se alistaba, lo pagaría toda la familia y salimos corriendo con nuestros tres hijos. Me quedé en cinta cinco meses después en una isla griega. nos habían dicho que a las embarazadas y a los enfermos los trasladaban a campos en Atenas. Nos trajeron aquí, al campo de Skaramagas. No sé dónde acabaremos, pero no pensamos volver. Crecimos en un país en guerra y no queremos eso para nuestros hijos».

Sevi. 20 años. Siria

“Es un milagro que no haya perdido a mi bebé”

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«Mi marido, mis dos hijos y yo llegamos a Grecia en marzo de 2016, con las fronteras hacia el resto de Europa cerradas. Intentamos cruzar varias veces con traficantes, sin éxito. Acabamos en un campo de refugiados horrible, vivíamos en tiendas, los niños enfermaban, había gente con hepatitis y yo, ya embarazada, pillé la sarna. Llegué de siete meses al campo de Ritsona y me dijeron que, si no reposaba, perdía el bebé. Por suerte, mi marido me ayuda, no le importa que la gente lo mire mal por ello».

Souad. 25 años. Kurdistán iraquí

“He sido madre dos veces desde que huimos del Daesh. Ahora tengo un hijo turco y otro griego”

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«Ojalá mis hijos nos ayuden a conseguir el estatus de refugiados. El pequeño Louis tiene solo un mes y es el único bebé que ha nacido en el campo de Skaramagas. Y ha sido gracias a la Cruz Roja. Fue un día difícil, pero hermoso. Tuve miedo, porque llamamos a la ambulancia para ir al hospital, cada vez tenía más contracciones y me puse de parto antes de que llegara. Por suerte, ese día estaban
las dos matronas y la ginecóloga y entre las tres, en la sala de emergencias, me ayudaron a traer a Louis. Ahora tengo un hijo griego y otro turco, porque el mayor, William, de año y medio, nació en Turquía tras huir de ISIS».

Zuzan. 17 años. Siria

“No es el lugar ideal para ser madre, pero es la voluntad de Dios”

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«Hace cinco años que dejé mi casa en Siria, huyendo de la guerra. Mis padres y mi familia nos fuimos a Irak. Estuvimos allí cuatro años, hasta que llegó el Daesh. Como ya estaba prometida, hui hacia Grecia con la familia de mi marido. Nos casamos por el camino, en Turquía, el 16 de febrero de 2016 y llegamos al campo griego de Ritsona un mes después. Lo acababan de abrir y pasamos varios meses en tiendas de campaña hasta que nos pusieron caravanas. Mi cuñada se quedó embarazada primero, pero su bebé murió.m Este es mi primer hijo y quiero tener más. Sé que no es el lugar ideal para ser madre, pero es la voluntad de Dios. Ahora solo esperamos y esperamos a que un país nos acoja».

Rula. 33 años. Siria

“Nos dijeron que, si me quedaba embarazada, nos darían el estatus. ¡Mentira!”

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«Al llegar a Grecia, nos dijeron que las embarazadas tenían más opciones de obtener el estatus de refugiado. ¡Mentira! Nos rechazaron de todos modos. Yo arrastraba, además, una fuerte depresión. Recibiré a mi bebé con alegría, aunque ahora tengo claro que, de haber sabido lo que nos esperaba, no habríamos dejado nuestro hogar en Siria. El problema es que no podemos volver porque mi marido desertó del Ejército; sufrió una herida en el brazo y aprovechamos el permiso para huir. En cien años no acabará ese conflicto. Todos se odian y a nosotros, que somos ismaelitas, nos odian todos. Incluso aquí. Por eso pasamos el día metidos en la caravana».

Sakinek. 24 años. Afganistán

“Atravesé Irán y Turquía, crucé desiertos, subí montañas con nieve por la rodilla. Todo por mi hija”

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«Yo no quería tener otro hijo, que naciera en un campo de refugiados, viviendo con mi hija y mi marido en la misma habitación. Quería dedicarme a mi hija, que aún no tiene ni tres años y ha sufrido mucho. Pasado el shock, ahora que ya estoy de seis meses estoy ilusionada. Quiero que mi hija Hadiyeh crezca libre, no como yo, y por eso dejamos nuestro hogar en Herat (Afganistán) y cruzamos Pakistán, Irán y Turquía, dormimos en establos, cruzamos desiertos y pasos montañosos con nieve por las rodillas, enfermamos y nos gastamos todo el dinero».