En la comarca de las Tierras Altas de Soria viven dos personas por kilómetro cuadrado. Los pueblos desaparecen. Sin embargo, cada vez más gente está decidida a evitarlo. Dejar que un pueblo muera, dicen, es una pérdida tan grande que debería estar tipificado como un delito contra el patrimonio cultural. Por Carlos Manuel Sánchez

Hoy toca hacendera en Sarnago, en las Tierras Altas de Soria. Trabajo comunal. Como en otros tiempos, cuando en los pueblos de España se reservaban unos días para arreglar -entre todos- los caminos, las acequias, las fachadas… En fin, lo que se terciase.
Un camión hormigonera aparca en la plaza del pueblo y un puñado de vecinos se apresta a echar una mano. Tres generaciones. Los que emigraron, sus hijos y sus nietos. ¡Pero si en Sarnago, según el padrón, no queda nadie! El censo es cero desde que murió el último habitante del pueblo, Aurelio, allá por 1979. A efectos oficiales, Sarnago no existe.

Sarnago es un símbolo de  la resistencia: “No queremos ser  la generación que enterró los recuerdos de nuestros abuelos”

Y, sin embargo, esta mañana se ha formado una buena cuadrilla en el pueblo. Ahí anda, ayudándose de un bastón, Bonifacio Pérez, al que todos llaman El Boni; el mayor, nonagenario; y ahí está a su lado Marcos Carrascosa, estudiante de Arquitectura veinteañero, el pipiolo. Y ahí va también su padre, José Mari, que emigró a Soria y se empleó en la Telefónica, sudando la gota gorda. Y Ángel. Y Abilio y Pablo y Francisco y Jesús y Jaime… Todos a una. Cementando la plaza.

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Sarnago en lo alto y sin carretera. Se llega por una pista de tierra, cuatro kilómetros sin asfaltar. El pueblo está a 1200 metros de altitud y depende de San Pedro Manrique

Bastante atareadas se les ve también a las mujeres: Milagros Jiménez, Maribel Benito, y Luisa y Sagrario…; enseñando al forastero la escuela donde estudiaron, ahora reconvertida en humilde museo etnográfico, y las vistas de la sierra de la Alcarama, donde Milagros fue pastora de niña. Y evocando a la tía Romualda, que sanaba las fracturas de los huesos con un emplasto de cáñamo, incienso molido y claras de huevo batidas. Y preparando el almuerzo. Porque después de trabajar, la gente de bien almuerza.

Soria es la capital de la Europa deshabitada. Y Sarnago se ha convertido en un símbolo de resistencia. Si sigue aún en el mapa, es por cabezonería. La de algunos de los que se fueron. Que no se resignan a que el pueblo se muera como ha sucedido con otros veintitantos pueblos de la zona, abandonados. Y que regresan unos meses al año, cuando aprieta el calor en las ciudades. La población de Sarnago pasa entonces de cero a cien. El pueblo revive. Y la memoria se renueva. «No queremos ser la generación que enterró los recuerdos de nuestros padres y abuelos», resume José Mari Carrascosa. «Por eso hacemos lo que hacemos. Dejar que un pueblo muera es una pérdida tan grande y tan irreparable que debería estar tipificado como un delito contra el patrimonio cultural».

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Sarnago (0 habitantes en invierno, 100 en verano)
Cuando acaba el verano y todos se van de Sarnago, cierran el paso del agua y dejan los grifos abiertos para evitar que la gota congelada los reviente

Así han recuperado la fiesta de las ‘móndidas’. Y han arreglado casas y calles; que contrastan con las que siguen en ruinas, como bombardeadas por la desidia. Y no han podido aún restaurar la iglesia -invadida por las ortigas, paritorio de gatas- por culpa de la burocracia obispal. Y han traído el agua corriente y adecentado el lavadero. Y rehabilitaron la antigua calera, donde se derretían a más de 800 grados las piedras azuladas hasta soltar la cal. Y muestran el lugar donde el escritor Julio Llamazares vio el atardecer e imaginó La lluvia amarilla. Y todo lo han hecho sin pedir ayuda a nadie. Porque tampoco se la hubieran dado. Apoquinando y apencando cada uno lo suyo. Y echándole horas, y meses, y años…

Cuestión de estado

¿Echamos cuentas? La comarca de las Tierras Altas de Soria es el epicentro de la despoblación. Menos de 2 habitantes por kilómetro cuadrado (92 es la media de población en España). Una densidad menor que la del Sáhara Occidental. Más vacía que Laponia, que ya es decir. Pero es que además los esquimales son mucho más jóvenes. Aquí, la tasa de envejecimiento es el doble que la europea.

Si ampliamos el foco, se aprecia una gran región en el corazón de España -la Serranía Celtibérica- que abarca una docena de provincias en Aragón, Castilla-La Mancha, Castilla y León, La Rioja y Comunidad Valenciana, que han sufrido una hemorragia demográfica sin parangón en Europa. Por su velocidad y por su alcance. Quedan menos de medio millón de almas en un territorio que ocupa el doce por ciento del territorio nacional. ¿Es irreversible? Tiene toda la pinta… ¿Debería importarnos? Según los expertos, debería ser una cuestión de Estado.

«El número de licenciados por habitante en Sarnago es muy alto. La educación era muy importante para los pastores. ‘Estudia y no vuelvas’, les decían a los hijos»

Porque si abrimos aún más la perspectiva, estamos hablando de que sufren un problema grave de despoblación más de la mitad de los municipios españoles -4200 de los 8125 registrados-, según una investigación recién publicada de Joaquín Recaño, profesor de Geografía de la Universidad Autónoma de Barcelona. Y 1840 corren peligro inminente de extinguirse. Tienen una media de 110 habitantes y están situados en altitud. Pueblos que habían quedado malheridos por la emigración. Y a los que en cuestión de una década rematará el envejecimiento y la baja natalidad. ¿España invertebrada? ¡España deshuesada!

Atraer a los jóvenes

José Mari Carrascosa, hombre pragmático, propone tres medidas urgentes para evitarlo: «Banda ancha para que las empresas y los jóvenes emprendedores puedan instalarse. Unas comunicaciones decentes (ojo, que no estamos pidiendo ni AVE ni autovías). Y beneficios fiscales. En Canarias, por ejemplo, pagan menos IVA por insularidad, ¿por qué no se puede hacer algo parecido con los pueblos situados a más de 800 metros de altitud?».


Marcos Carrascosa: estudiante de Arquitectura

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“He venido a arrimar el hombro a la hacendera. Y quiero traer a unos amigos de la universidad a hacer algún trabajo, como empedrar la plaza. La verdad es que antes me daba un poco de pereza venir, pero con el tiempo te das cuenta de lo importante que es mantener el pueblo».

La Federación Española de Municipios y Provincias acaba de pedir una ley de rango nacional contra la despoblación. Y el escritor Abel Hernández, que es natural de Sarnago y se conoce el percal, expone los mimbres con los que debería urdirse esa ley: «Estamos ante una situación de emergencia. Ese plan ha de incluir exenciones fiscales a las empresas que se instalen en el territorio, mejora sustancial de las comunicaciones por carretera y por ferrocarril, estímulos a los profesionales jóvenes que se trasladen allí, como hacen en Australia, reapertura de escuelas, de consultorios médicos y de cuarteles de la Guardia Civil». Y añade: «La brecha digital, la desaparición de líneas de autobuses, y el cierre de las tabernas, de las panaderías, de las gasolineras y de las sucursales bancarias no hacen más que acelerar la agonía de los pueblos, que se sienten abandonados por el Estado y dejados de la mano de Dios».

1840 pueblos están en peligro de extinción. Evitarlo pasa por medidas como banda ancha y beneficios fiscales para jóvenes emprendedores

Y quién sabe, del mismo modo que la industrialización vació los pueblos, en el futuro la revolución digital podría volverlos a llenar. «Gran parte del empleo que ha convertido a las ciudades en enjambres humanos se va a acabar. Harán el trabajo las nuevas máquinas. Con las nuevas tecnologías cada vez más se trabajará a distancia. Esto empujará a la ordenada vuelta a los pueblos -augura Abel Hernández-, debidamente puestos al día, de miles y miles de habitantes de la ciudad. En este flujo y reflujo, la vida volverá a empezar cerca de la Naturaleza». A condición, claro está, de que esos pueblos todavía existan.

Milagros Jiménez: emigró a Pamplona

“El Estado compró las tierras y nos dejó sin sustento. En 15 años se fueron todos”

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«En las casas, la cuadra y el corral daban calor a las habitaciones. Mis padres dejaron Sarnago con amargura. Fue cuando el Estado compró las tierras: o vendían o los expropiaban. Repoblaron con pinos y la gente se quedó sin sustento.

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En quince años se fueron todos. Yo fui pastora de los diez a los catorce. En las fiestas, ¡qué de mozos había! La de las ‘móndidas’ era la más importante, se celebra por la Trinidad. La hemos recuperado».

Navabellida: el paraíso  de las ovejas

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En el siglo XVI pastaban tres millones de ovejas en la comarca. La lana de Soria y el oro de América llenaban las arcas reales. Hoy es un paraje fantasmal, a las afueras de Oncala, que recibió la ‘lotería’ de los molinos de viento (0 habitantes, 6 en verano)

Basilio Pérez: pastor trashumante

“Mi abuelo pasaba por la Gran Vía de Madrid con las ovejas. Yo las llevo en camiones”

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«El rebaño pasa siete meses en Extremadura y cinco en Soria. Ahora lo llevamos en camiones; antes andando. Mi abuelo pasaba por la Gran Vía de Madrid con las ovejas», cuenta Basilio.

Y Miguel Ridruejo: «Tengo 91 años. ¡Pues no he segado yo! ‘Pa na’, para coger cuatro fanegas… A los 45 me fui con la mujer y los cinco hijos a Zaragoza. A una fundición. Hacía horas para ganar más ‘perras’».

Valtajeros: a los pies del Moncayo

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El pueblo, limpio y cuidado, desde la iglesia restaurada, se ve el Moncayo.«Moncayo ladrón que manas en Castilla y riegas en Aragón», recitan los vecinos. Aunque hay 25 censados, en invierno solo se quedan ocho (25 habitantes, 275 en verano)

Luis Lerma: comerciante retirado

“Había un horno para todos. ¡Aquello sí que era pan! Las hogazas duraban ocho días”

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De niño, casi siempre iba a caballo. Cuando nevaba en Valtajeros, a la entrada de la escuela se formaba un ventisquero. Hacíamos un túnel para entrar.

El lavadero funciona aún. Y había un horno para todos, se cocía el pan por turnos. ¡Aquello sí que era pan! Las hogazas duraban ocho días. Mi mujer, Tere, también es del pueblo. Nos conocemos desde pequeños».

Taniñe: el efecto de  la expropiación

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Un recovero pasa con la furgoneta una vez por semana para vender alimentos. En invierno no viene, solo hay dos casas abiertas y no le compensa. En los sesenta, la expropiación forzosa de los montes comunales fue la puntilla del pueblo (3 habitantes, 10 en verano).