Galicia lleva cuarenta años ardiendo. Pero lo que pasó en octubre no fue más de lo mismo. Fueron incendios de sexta generación. Veloces, devastadores, incontrolables. El fuego, como un virus, ha mutado. Pero ¿por qué? Viajamos al lugar de los hechos para buscar respuestas. Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Carlos Carrión, Juan Pablo Moreiras (Contacto) y Getty Images

El fuego que rodeó Chandebrito y convirtió esta parroquia de Pontevedra en una sucursal del infierno fue algo nunca visto en Galicia, a pesar de que esta comunidad lleva 40 años ardiendo: desde 1976 se han quemado ya un millón y medio de hectáreas, el equivalente al 55 por ciento de su territorio.

El humo llegó hasta Inglaterra: tiñó de un color de ciencia ficción no solo el cielo de Galicia, también el de Londres

Empezó en Parada, municipio de Nigrán. Avanzó por los montes a gran velocidad, abrasándolo todo -árboles, casas, un autobús, las ovejas en sus cobertizos…- imparable durante 30 km, y llegó a las afueras de Vigo en horas.

En Chandebrito lloran a las dos vecinas que murieron. Los termómetros de los coches marcaban 90 grados, las tres carreteras que pasan por el pueblo se convirtieron en túneles de fuego; miles de pavesas revoloteaban sembrando nuevos focos… Algunos agentes llamaron a sus familias para despedirse y desenfundaron el arma dispuestos a pegarse un tiro si se veían sin escapatoria.

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El castro arrasado de esta parroquia pontevedresa de 500 habitantes, Chandebrito, que fue rodeada por las llamas, se ha convertido en el epicentro del horror vivido en el 44 por ciento de los municipios gallegos durante el Domingo Negro

Fue un fin de semana de espanto, el del 14 y 15 de octubre. Casi 300 incendios. Cuatro muertos, 50.000 hectáreas calcinadas… Al otro lado del río Miño, en Portugal, decenas de víctimas. El humo llegó a teñir de un color de ciencia ficción el cielo de Londres. Y menos mal que el lunes llovió.

¿La explicación oficial? «Terrorismo incendiario». El Gobierno de turno -sea del color que sea- recurre a la misma explicación desde los años noventa. Pero ni la Guardia Civil ni la Fiscalía han encontrado jamás ninguna evidencia de una trama organizada. En 2016 se registraron 2800 incendios, de los que se investigaron 206 delitos de incendio forestal. Solo 28 llegaron a juicio.

Y las motivaciones fueron individuales. Rencillas, descuidos… Xilberte Manso, del Instituto de Estudios Miñoranos de Gondomar, se indigna: «Es un insulto a la inteligencia. Los terroristas reivindican sus acciones. Aquí nunca nadie ha reivindicado nada». Hubo dos detenciones durante los incendios de octubre: una anciana que quemaba rastrojos y un señor que asó unos chorizos en su finca y que se entregó él mismo. Entre ambos, tres hectáreas quemadas. Tres de cincuenta mil.

La explicación es más compleja. Multifactorial. Y la única manera de encontrar soluciones es hacer un diagnóstico de lo que ocurre. Y es urgente. Porque esta vez no es más de lo mismo. Y lo que viene será peor. ¿Por qué? Porque el fuego, como si fuera un virus, ha mutado. Nadie está preparado para enfrentarse a incendios forestales como los de hace cien días. Incendios de sexta generación.

Los fuegos de sexta generación atacan por sorpresa, provocan conatos aquí y allá, como una manada de criaturas salvajes

Hagamos memoria. La primera generación llega en los años setenta, cuando el paisaje de mosaico retrocede y el bosque se vuelve más impenetrable. Los de segunda ganan velocidad. Los de tercera, ya en los años noventa, son más intensos y frecuentes por la mayor densidad de combustible. Con la cuarta, las llamas llegan hasta las entradas de pueblos. El margen para salvar vidas humanas empieza a ser crítico. La quinta es la de los ‘megafuegos’ con diferentes focos; unos 8000 focos hubo en Galicia durante la oleada de 2006, que duró doce días.

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Vecinos y brigadistas lucharon contra las llamas. La consejera de Medio Rural, Ángeles Vázquez, defiende su gestión. «En cuanto se anunciaron vientos huracanados, se llamó a la gente de vacaciones. Pero nunca es suficiente en situaciones extremas».

Los expertos ya creían haberlo visto todo. Pero la sexta es aún más agresiva. La masa de combustible es tan grande que el fuego modifica las condiciones meteorológicas, crea remolinos, tormentas, cambia de rumbo, acelera… Son fuegos que superan la capacidad de extinción de las brigadas forestales, cuyo límite son llamas de tres metros y velocidad de propagación de 2 km/h. En Galicia, las llamaradas alcanzaron 20 m y velocidades aterradoras de más de 10 km/h. Pero si el viento llega a los 90 km/h, las llamas le echan una carrera a Usain Bolt y ganan. El fuego rapidísimo de copas, propiciado por la abrumadora cantidad de eucaliptos y pinos, es técnicamente inapagable. Solo queda huir o rezar. Y es también impredecible. Ataca por sorpresa, provocando conatos aquí y allá, como una manada de criaturas salvajes.

No solo el fuego ha mutado. También la población. El medio rural ha envejecido. Quedan pocas manos y fuerzas para limpiar el monte

El fuego ha mutado por cuatro factores. Uno es el cambio climático. Galicia llevaba siete meses de sequía extrema -hay quienes la han rebautizado ‘Galifornia’-. Y si irrumpe el factor 30 -humedad de menos del 30 por ciento, calima de 30 grados, vientos de más 30 km/h-, el riesgo es máximo. Cuando sopla el nordés, un viento seco y caliente, Galicia entra en combustión, a pesar de que ninguna región de Europa gasta tanto en extinguir y, en menor medida, prevenir: 170 millones de euros al año.

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Se vivieron escenas de pánico, pero conservar la calma y organizarse, como se hizo en Pías, evitó una tragedia mayor. En el túnel de La Cañiza quedaron atrapados decenas de vehículos. Los conductores arrancaron la mediana para escapar

Otra mutación es la demográfica. El medio rural se despobló. Y los que se quedaron han envejecido. Hay unas dos mil aldeas deshabitadas. Y otras dos mil donde los vecinos se cuentan con los dedos de una mano. Y sobran dedos… Pocas manos y pocas fuerzas para desbrozar el monte. Y para limpiarlo. La maleza campa a sus anchas.

También el paisaje ha mutado. Sorprende que Galicia fuera prácticamente monte pelado hasta mediados del siglo XX. La política forestal de la posguerra consistió en plantar pinos y eucaliptos, dos especies foráneas que medran con el fuego; sobre todo el eucalipto, que actúa de ‘repetidor’ en los incendios, lanzando pavesas al aire que pueden volar decenas de kilómetros. Los prados y cultivos que servían de cortafuegos naturales se fueron perdiendo. El 15 por ciento de Galicia ya es un gran eucaliptal: 425.000 hectáreas, el doble de lo que estaba previsto en los planes forestales para 2032.

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El Gobierno de Alberto Núñez Feijóo ha anunciado 30 medidas para mejorar la lucha contra los incendios, entre ellas destaca el veto a las tres especies más pirófitas -eucalipto, pino y acacia- a menos de cincuenta metros de las poblaciones

La papelera ENCE es el principal fabricante de celulosa de Europa. Y está en el punto de mira por fomentar la expansión de las plantaciones de eucalipto gallegas, que compra a las comunidades de montes y a los particulares. ENCE se defiende: «El 70 por ciento del terreno que arde es monte abandonado, no eucaliptales. Es la acción criminal la que aprovecha la sequía y el viento para quemar el monte», argumenta Ignacio Colmenares, su presidente. Pero las voces críticas hablan del peligro de apostar tanto por un monocultivo. «¿Las minas de coltán del Congo son un beneficio para ese país o una maldición? En Galicia solo se factura el 13 por ciento de la riqueza del papel. Los ‘cuartos’ se van fuera. Esto es economía colonial», se lamenta Xosé Santos, del Concello Forestal.

El 15 por ciento de Galicia es ya un gran eucaliptal: 425.000 hectáreas, el doble de lo que estaba previsto para 2032

Lo que no cambia es la estupidez humana. El fuego siempre ha sido una herramienta, pero también un arma. Sirve para ahuyentar a los lobos, para abrir pastos, para limpiar… Y también para vengarse de un vecino. El factor humano explica la mayoría de los fuegos. Pero los pirómanos en sentido estricto -afectados por una tendencia patológica- solo están detrás del 5 por ciento. No hay que confundir con los incendiarios, que por lo general son unos desalmados o unos negligentes.

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La banda sonora del bosque ha enmudecido en Nieves (Pontevedra), donde el fuego llegó desde Portugal, saltando el río Miño como si tal cosa.

El autor de un incendio -sea por descuido o intencionado- es en el 75 por ciento de los casos un vecino del lugar, que vive a menos de 10 km del punto que empieza a arder. «Galicia la queman los gallegos, es lo único que se sabe», resume Santos. El retrato robot: varón, alcohólico, resentido… Y con un sentido desquiciado de la propiedad. Que piensa: «Es mi trozo de monte y lo quemo porque quiero». Solo que ahora no arde un trozo; arde entero.

XOSÉ SANTOS, VOCAL DEL CONCELLO FORESTAL DE GALICIA (ORENSE)

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“Ahora, el problema es la erosión. Mi generación no verá estos bosques recuperados”

«Llevo como agente forestal toda mi vida. Y me siento un fracasado. Mi generación ya no verá estos montes recuperados… Es una locura hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes. La mitad de los incendios forestales en España de los últimos 20 años han ocurrido en Galicia. Falla todo: desde la prevención a la investigación… Los políticos improvisan. Envían a 500 brigadistas a casa en plena alerta máxima. Ahora, el problema es la erosión… Pero apenas se hace nada, excepto contratar servicios de helicóptero que cuestan 16.000 euros diarios para lanzar paja a la buena de Dios. Las cenizas han llegado a los manantiales que abastecen a las aldeas».

XOSÉ LOIS VILAR, INSTITUTO DE ESTUDIOS MIÑORANOS, GONDOMAR (PONTEVEDRA)

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“Con los incendios se pierden los petroglifos, inscripciones de cuatro mil años. Es como si ardiera Altamira”

«La cuarta parte del territorio gallego es monte vecinal en propiedad comunal. Los vecinos lo gestionan desde los tiempos de los suevos. Pero muchas comunidades están en la ruina. El eucalipto solo les deja 1,19 euros por metro cuadrado cada 20 años, cuando talan. Sin embargo, otro monte es posible. En Couso lo han demostrado con plantaciones de setas y mermeladas ecológicas. Pero los políticos prefieren un monte despoblado donde nadie proteste si se instala una eólica o se plantan más eucaliptos… Con los incendios, además, se pierden petroglifos. El calor borra inscripciones de cuatro mil años. Es como si ardieran las cuevas de Altamira».

FRANCISCO MAGIDE, VECINO Y CONCEJAL DE PARADA DE SIL (RIBEIRA SACRA, ORENSE)

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“Los pueblos no ardieron porque se organizaron los vecinos. Todavía lloro cuando paso por aquí”

«Todavía lloro cuando paso con el coche por aquí. Perder el paisaje es una tragedia para una zona como esta, que empieza a despegar turísticamente. Casi perdemos el monasterio románico de Santa Cristina y los pueblos no ardieron porque se organizaron los vecinos. Hubo mucha descoordinación institucional. Solo vino una brigada de tres forestales con una autobomba. Tarde. Nos salvamos porque la gente joven que trabaja en Orense y Lugo se vino de las ciudades a apagar el fuego. Pero si el incendio se mete en el cañón del río Sil, no lo para nadie. Muchas empresas ganan con la extinción, sin contar viveros para repoblar… Hasta que no se destine ese dinero a la prevención, no hay nada que hacer».