«A mí nunca en la gran puta vida me van a atrapar vivo». Esta sentencia de Pablo Escobar, recogida en una grabación de la Policía, lleva dos décadas alimentando las dudas sobre su muerte

Aquel día, 2 de diciembre de 1993, el Bloque de Búsqueda, un cuerpo de 1500 soldados y policías de élite creado para capturar a Escobar 17 meses antes, arrinconó a su único objetivo. Un total de 500 hombres rodearon la casa donde se escondía y asaltaron la vivienda. Según la versión oficial, Escobar escapó por el tejado, donde fue abatido por tres disparos. El primero entró por la espalda, a la altura del hombro -quedó alojado entre sus dientes 35 y 36, dictaminaron los forenses-; el segundo, en el muslo izquierdo, lo hizo caer al suelo; y el tercero, el definitivo y mortal, le atravesó la cabeza desde el lado derecho, cerca del oído, y acabó con su vida. La escasa distancia a la que se efectuó el tiro, casi a bocajarro, llevó a pensar en una ejecución.

Para la familia de Escobar, sin embargo, eso significa que él mismo se pegó ese último tiro. Es decir, el capo prefirió quitarse la vida, tal como había prometido antes, que dejarse coger. «Él mismo se mató, no lo mató la Policía. Pablo era un zorro», sostiene su hermano Roberto. Una versión que ha desmentido siempre el Bloque de Búsqueda, grupo que, en todo caso, no quedó en muy buen lugar ante ese último balazo recibido por Escobar, como si hubiera sido rematado.

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