Apostado en las calles de París, retrató todo el siglo XX, pero una foto lo hizo mundialmente famoso: ‘El beso frente al ayuntamiento’, no exenta de polémica. Una exposición homenajea al genio que hizo de la gente corriente algo extraordinario. Por Lourdes Gómez / Fotos: Robert Doisneau

En 1950, la revista Life le encargó a Doisneau una serie sobre jóvenes en París. De ahí salió El beso, una foto espontánea… pero no tanto. Doisneau conoció a Françoise Bornet y Jacques Carteaud, entonces estudiantes y novios, en un café y les propuso posar. La foto arrasó como icono de posguerra, pero la verdadera historia no se supo hasta 1993. Una pareja afirmó ser la de la foto y le reclamó dinero.

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El fotógrafo ganó el juicio al presentar la serie completa de fotos, pero entonces fue Bornet, la protagonista real, la que reclamó su parte. Otra vez Doisneau ganó al demostrar que le había pagado regalándole una copia de la foto, que vendió por una gran suma años después. Según las hijas de Doisneau, la polémica minó la salud de su padre. Murió un año después, a los 81.

Los panes de Picasso

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La forma de trabajar de Doisneau era sencilla. Salía temprano a la calle, buscaba un lugar sugerente y pasaba horas allí, atento a lo que pasaba para captar los gestos de la gente. Y eso lo aplicaba tanto a desconocidos como a famosos. Fue un pionero en fotografiar a grandes personajes en sus lugares cotidianos. Así hizo con Sartre, Giacometti, Camus, Picasso… Y siempre encontraba un gesto único.

 La fina ironía del color

Cisnes 1000Doisneau dejó alrededor de 450.000 negativos. La inmensa mayoría de sus fotos son en blanco y negro. Aunque experimentó con el espectro cromático, no publicó ninguna foto en color hasta los años sesenta. Fue su serie en Palm Springs, en Estados Unidos, una sorprendente e irónica producción sobre un universo un tanto irreal y muy alejado del París en el que él siempre vivió.

Un mundo propio

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Grabador y tipógrafo de formación, Doisneau aprendió fotografía por su cuenta. Empezó como fotógrafo industrial, pero duró poco. Prefería las calles, donde coincidía con Cartier Bresson, ambos unidos en la búsqueda del ‘instante decisivo’. «No había plan alguno, sino improvisación día a día», contaba Doisneau, en busca siempre de un ideal. «Mi foto es la del mundo tal como deseo que sea».

La gente corriente

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«Los gestos corrientes de gente corriente en situaciones corrientes». Así definía sus fotos Doisneau, como esta novia en un balancín en 1946. Al final de su vida insistía: «Hoy, algunos tratan de provocarme mala conciencia llamándome ‘depredador’. Es cierto, lo reconozco, me apoderé de los tesoros que algunos de mis contemporáneos llevaban consigo sin ser conscientes de ello».

La noche de París

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Doisneau indagó también sobre la vida nocturna de París. En los clubs de jazz y los locales de starlettes coincidía con intelectuales como Sartre o Cocteau, con los que entabló amistad. Fotografió más de 30 años con una Rolleiflex. Doisneau decía que le venía bien por su timidez. Obligado a encorvarse para regular su visor, la cámara le tranquilizaba: «No es agresiva y permite un gesto de cortesía al tener que agachar la cabeza».