Correo Cartas, fax, ‘e-mails’ XLS 1385

El bloc del cartero

Magisterios

Evoca uno de nuestros lectores, en la hora de la pérdida de su autor, su experiencia personal de Cien años de soledad, lejana ya en el tiempo pero con la emoción incólume. Recuerda otra lectora, también en la hora de su partida, a la pequeña alumna que tuvo hace veinte años, y que en la memoria la despedida sigue provocando el vibrar de su corazón. Los que leemos y escribimos homenajeamos al maestro que se marchó y la que enseña a esa alumna que ya no está, y en una y otra circunstancia, la muerte trunca las vidas, pero no los afectos ni, lo que es más importante, los aprendizajes que los motivaron. Antes de dolernos, como solemos, de los malos resultados en los informes PISA, deberíamos acertar a reivindicar el valor inmenso del verdadero magisterio. Para el que lo recibe y para el que lo da.

La lección del ajedrez.Siempre me ha fascinado el ajedrez. Resume en un tablero de 64 casillas la vida misma. Las clases, la guerra, la estrategia, la observación, la renuncia. Cuando veo una partida al aire libre, me gusta husmear. Siempre se aprende algo. Hoy juegan un viejo y un chaval, menudo y pegado a un smartphone. Cuando llego, aún no hay bajas y los peones avanzan lentamente franqueando el paso a los alfiles. El viejo se lo toma con calma. Observa, mueve su palillo de lado a lado en la boca y hace un movimiento. Lentamente, con humildad. El chaval reacciona con rapidez y responde en pocos segundos, con movimientos contundentes. Con soberbia. Luego vuelve a whatsappear. Esto no le gusta al anciano, que se cobra varios peones, merma la retaguardia del joven y lo obliga a recurrir a movimientos más largos de piezas mayores. Al rato, los alfiles no tienen alas, las torres están condenadas, no hay caballos y la reina se ve arrinconada, viendo sus dos flancos bloqueados y dejando al rey en el exilio. Al chico le cuesta reconocer la derrota. Se olvida del WhatsApp y se centra más en una partida ya perdida. Ha pasado parte de su juventud a su contrincante. ¿Me pagas el cortado entonces? , pregunta con una sonrisa sincera de maestro. Entonces el joven empuja su rey, que cae suavemente, a la antigua usanza. Ya no hay brusquedad ni soberbia. Recoge su smartphone, hace una seña al camarero, se levanta y da la mano a su oponente. Es joven, pero no tonto, y sabe que acaba de recibir una gran lección por poco más de un euro. Luis A. Bañeres. Bilbao (vizcaya)¿Crueldad innecesaria?El número 1380 de XLSemanal vino, para mí, con una desagradable sorpresa. el reportaje sobre la caza del oso polar, de la cual estoy totalmente en contra, aun reconociendo la necesidad del pueblo inuit de recurrir a semejante acto. Mi indignación viene de la crueldad de las imágenes. Por favor, párense un momento a pensar que a muchas personas nos pueden herir la sensibilidad. Ya sé que es la cruda realidad, pero tengan cuidado con el tipo de reportajes que publican. Cualquier niño podría ver esas imágenes y afectarle. A mí, como adulta, sí que lo hicieron. Me costó conciliar el sueño esa noche y aún llevo esas imágenes en la memoria. Ana Rodríguez Saborido. Correo electrónicoEl poder de los pequeños gestos.Tengo la suerte de poder ir caminando a trabajar. Siempre que puedo, desde hace dos años, voy andando a primera hora, en torno a las 7.45 de la mañana. Durante todo este tiempo, me he cruzado con muchas personas. Entre ellas, un varón de sesenta años o así. Ni él ni yo vamos acompañados por la mañana, ni hablamos por teléfono ni montamos en bicicleta. Quizá por eso empezamos reconociéndonos tímidamente en nuestro camino. Más tarde levantábamos la barbilla en señal de saludo. Ese gesto dio paso a mover una ceja, luego a una leve sonrisa y finalmente a un hola u hola, buenos días . Siempre acompañado de una sonrisa. Muchas veces había fantaseado con la profesión de esta persona y pensaba si él haría lo mismo conmigo. Hoy no solo nos hemos saludado, sino que me ha hecho un gesto para que me parase a hablar con él. Así que me he hecho a la idea de que iba a ser él quién me acribillase a preguntas o que me iba a decir en lo que trabajaba No. Solo me ha parado para decirme que se jubila, que lo voy a ver mucho menos. Y me ha dado las gracias por sonreírle cada mañana. He seguido mi camino pensando que lo echaré de menos. Ya no me preocuparé por él cuando no nos encontremos, no elucubraré sobre si se ha puesto enfermo. No me preocuparé, pero no será lo mismo. Me faltará algo por las mañanas. Tengo que encontrar otra víctima de mis saludos y mis sonrisas. Estad al tanto. Podéis ser los siguientes. María Laguna Marín-Yaseli. ZaragozaMis ‘Cien años de soledad’.El 6 de enero de 1979 me compré el libro Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Me costó 350 pesetas. Yo tenía 20 años. Lo leí tres veces seguidas y me causó tal impacto que hoy, 35 años después, aún sigo bajo los efectos de lo que podría definir como ‘alucinación traumática literaria’. Todo lo que leí después [salvo a mi también admirado Hermann Hesse] han sido anuncios. Y todo lo que escribí después, y sigo escribiendo, está influido por aquellos Cien años de soledad de mi adolescencia. No fue casualidad que el universo de Macondo viniera a visitarme, o viceversa. Como tampoco que Siddhartha me diera de beber el néctar de la espiritualidad. Hace algunos años que no leo Cien años de soledad. Y no lo voy a hacer ahora. Sería muy doloroso para mí. Igual que el vía crucis que padecí leyendo El amor en los tiempos del cólera. Ahora que la lean otros. Aquellos que todavía no lo han hecho. Qué envidia poder volver a sentir la conmoción y la aventura de aquellos años de juventud con José Arcadio Buendía luchando a nuestro lado por las utopías alcanzables de justicia y libertad. Peter L. Rodríguez. Correo electrónico

La carta de la semana

Carta a Rebeca. Querida Rebeca. fuiste alumna mía cuando tenías cinco años. No eras hermosa ni fuerte. Tampoco tenías salud. Eras como la flor que crece en los riscos, que apenas tiene tierra para desarrollarse. Aun así, mirabas la vida con ese aire maravillado con el que miran los niños. Eras una personita frágil y delicada, callada, tierna y pensativa. Nunca levantabas la voz ni corrías como los demás niños. Recuerdo que te acercabas a mi mesa cuando yo estaba corrigiendo, me tocabas en el brazo y, cuando me volvía, tu voz queda me decía. Profesora, te quiero . En aquellos momentos, las lágrimas brotaban de mis ojos. Han pasado más de 20 años. El centro público donde tú estudiabas y yo trabajaba cerró por falta de alumnos. Y no te volví a ver. Ayer, leyendo el periódico, tu nombre me golpeó desde la pequeña esquela que tu familia te había dedicado. No podía creerlo. con 27 años nos habías dejado. Nuevamente tocaste mi alma, y mis lágrimas comenzaron a fluir. Me hubiera gustado haber llegado un poco antes y haberte podido coger de la mano y con voz queda, como tú hacías, decirte. Rebeca, escúchame, yo también te quiero .Victoria Domingo Salinas. Pamplona (navarra)

Por qué la he premiado Por condensar, en unas pocas líneas, el espíritu y la humanidad de la que acaso sea la profesión más hermosa del mundo.

XLSemanal quiere agradecer la colaboración de sus lectores premiando al autor de la carta de la semana con esta FNAC TABLET 3.0, de 8 pulgadas, valorada en 190 euros.